1 Corintios: Capítulo 15 (versículos 37-58)

Enviado por Peter Amsterdam

marzo 3, 2026

[1 Corinthians: Chapter 15 (verses 37–58)]

La entrega anterior de esta serie terminó en 1 Corintios 15:35,36. En esa instancia Pablo abordó varias preguntas y objeciones sobre la resurrección y la vida después de la muerte suscitadas por quienes alegaban que no existía tal resurrección de los muertos.

En los versículos que siguen Pablo continúa con su explicación respecto a la forma corporal que tendrán los resucitados.

Y lo que siembras, no es el cuerpo que ha de salir, sino el mero grano, ya sea de trigo o de otra cosa (1 Corintios 15:37).

El apóstol deja bien claro que la semilla sembrada en la tierra no es la planta ya desarrollada, sino un «mero grano». La verdad es que una semilla no guarda ningún parecido a la planta en la que se transformará una vez que crezca; de ahí que cuando observamos una semilla no percibimos lo que llegará a ser en su plenitud. De igual manera, nuestros cuerpos humanos son como semillas en comparación con nuestros cuerpos gloriosos resucitados.

Un exégeta bíblico lo explicó así:

La semilla corresponde a nuestro cuerpo perecible que debe morir primero, en contraste con la vida corporizada que emerge de la muerte y que representa nuestro cuerpo resucitado. Si bien el cuerpo perecible sepultado en la tierra no es el mismo que emerge en nueva vida, la imagen de la semilla da a entender claramente la continuidad de la identidad. De alguna manera sabremos que somos nosotros mismos alojados en un nuevo cuerpo y a la vez sabremos que otras personas que poseen su cuerpo nuevo son las mismas que conocimos en su cuerpo pereciblei.

Pablo prosigue diciendo: Pero Dios le da un cuerpo como quiere, a cada semilla su propio cuerpo (1 Corintios 15:38).

Al momento de la resurrección nuestros cuerpos se transformarán. Si bien nuestro cuerpo actual es mortal y perecedero, al momento de la resurrección será imperecedero y espiritual. El cambio que tendrá lugar es comparable con el de una semilla que, al sembrarla, se desarrolla luego en una preciosa flor. Nuestros cuerpos gloriosos serán sobrenaturales y no sufrirán deterioro ni descomposición, ni experimentarán las limitaciones de nuestro cuerpo temporal.

Pablo saca a relucir que Dios es el artífice que planificó esto. Así lo expresó un autor:

Así como Dios hace que la semilla extinta cobre vida y llegue a ser planta, así también moldea dicha semilla dándole la forma debida. Como soberano que es, Dios decide el aspecto que tendrá cada planta. En la resurrección Pablo dice que en efecto los creyentes poseerán el modelo de cuerpo que Dios haya determinado que tengan. Los cuerpos resucitados diferirán de los mortales, así como una semilla difiere de la planta en que se ha convertidoii.

No toda carne es la misma carne; sino que una es la carne de los hombres, otra la carne de los animales, otra la de las aves y otra la de los peces (1 Corintios 15:39).

La resurrección no nos devolverá el cuerpo con el mismo aspecto que tenía el mortal que poseíamos; habrá más bien una transformación. Dios ha dispuesto que los cuerpos gloriosos que tendremos después de la resurrección estén expresamente dotados para pasar la eternidad con Él.

También hay cuerpos celestiales y cuerpos terrenales. Pero de una clase es la gloria de los celestiales; y de otra, la de los terrenales (1 Corintios 15:40).

Pablo afirma aquí que existen dos categorías de cuerpos, los celestiales y los terrenales, y aborda la diferencia entre los dos. Es posible que cuando habla de «cuerpos celestiales» se refiera a las estrellas y los planetas, al igual que a los ángeles. Los «cuerpos terrenales» aluden a las plantas y animales, incluidos los seres humanos, que habitan en la Tierra. Pablo resalta la grandeza de la creación de Dios al señalar la gloria que caracteriza a cada género.

Una es la gloria del sol, otra es la gloria de la luna y otra la gloria de las estrellas; porque una estrella es diferente de otra en gloria (1 Corintios 15:41).

Pablo pasa entonces a señalar las distintas glorias, la del sol, la de la luna y la de las estrellas, cada uno de los cuales es glorioso en su singularidad. Cada estrella se distingue de otra en su esplendor y gloria. El apóstol realza las maravillas y la variedad de la creación de Dios. Cada parte de ella dispone de su belleza singular, y todas ellas son gloriosas, aunque distintas una de otraiii.

Así también es la resurrección de los muertos. Se siembra en corrupción; se resucita en incorrupción (1 Corintios 15:42).

Así como las semillas se siembran en la tierra y con el tiempo se transforman en plantas, asimismo nuestro cuerpo resucitará de los muertos con una forma nueva. En la actualidad estamos sujetos a la enfermedad, la debilidad y la muerte, ya que nuestro cuerpo fue concebido únicamente como morada temporal (2 Corintios 5:1). No obstante, gracias a que Jesús entregó Su vida en sacrificio por todos nosotros, los creyentes somos partícipes de la promesa que expresa que el cuerpo que poseemos hoy no es otra cosa que una vasija temporal a la espera de la magnífica resurrección. Pablo nos dice que nuestros nuevos cuerpos serán imperecederos y exentos de las debilidades del presente mundo. Esperamos con ilusión el cumplimiento de las promesas de Dios acerca del futuro, sabiendo que nos aguarda una aurora eterna y bienaventurada.

Se siembra en deshonra; se resucita con gloria. Se siembra en debilidad; se resucita con poder (1 Corintios 15:43).

Pablo prosigue hablando de la resurrección y manifiesta claramente que por medio de ella nos «levantaremos con gloria» (rva). Las hechuras físicas que ahora poseemos solo son temporales y perecibles en contraste con la contextura que recibiremos en la resurrección. A nuestros cuerpos actuales se los entierra cuando mueren, y se descomponen en la tumba. Ese, sin embargo, no es el fin.

Nuestro cuerpo se levantará en gloria, completamente transformado, libre de descomposición y glorioso. El que poseemos actualmente es frágil. Nos enfermamos, envejecemos y morimos. Así y todo, resucitaremos con poder. Nuestro nuevo cuerpo estará lleno de vida y no volverá a morir jamás.

Se siembra cuerpo natural; se resucita cuerpo espiritual. Hay cuerpo natural; también hay cuerpo espiritual (1 Corintios 15:44).

Pablo habla aquí de la transformación que ocurre durante la resurrección. Nuestros cuerpos actuales son como una semilla sembrada en el suelo, y así como una semilla se desarrolla hasta formar una planta, nuestros cuerpos se transformarán en cuerpos espirituales. No experimentaremos ya las limitaciones de la carne o del cuerpo natural. En otro pasaje Pablo dice que nuestro cuerpo frágil se transmutará de tal modo que llegará a parecerse al cuerpo glorioso de Cristo (Filipenses 3:21).

Así también está escrito: el primer hombre Adán llegó a ser un alma viviente; y el postrer Adán, espíritu vivificante (1 Corintios 15:45).

Pablo compara al primer hombre, Adán, con Cristo, al cual se alude en este versículo como «el postrer Adán». Dios le dio vida a Adán por ser el primer hombre. Sin embargo este desobedeció a Dios, lo que introdujo el pecado y la muerte en el mundo. El apóstol apunta entonces a la vida que heredamos de Adán, una vida que lleva aparejada la muerte. En comparación, se refiere a Cristo como el «espíritu vivificante», puesto que los que están en Cristo pueden abrigar el anhelo de que resucitarán y heredarán la vida eterna (Mateo 19:29).

Pero lo espiritual no es primero, sino lo natural; luego lo espiritual (1 Corintios 15:46).

Pablo pasa entonces a recordarnos que debemos abrazar tanto nuestra vida natural como la espiritual. Si bien habitamos en cuerpos terrenales, también tenemos un propósito más sublime que trasciende nuestra vida física. El cuerpo natural constituye la primera etapa en la vida del creyente; el cuerpo espiritual es el estado que tendrán los creyentes en la resurrección. Entender esto brinda esperanza a los creyentes, pues garantiza que las pruebas que afrontan aquí en la Tierra se sustituirán por una existencia espiritual gloriosa. «Así estaremos siempre con el Señor» (1 Tesalonicenses 4:17).

El primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo hombre es celestial. Como es el terrenal, así son también los terrenales; y como es el celestial, así son también los celestiales (1 Corintios 15:47,48).

En el libro del Génesis leemos que Dios creó al primer hombre, Adán, del polvo de la tierra y lo colocó en el huerto de Edén. Después que pecó, Adán fue expulsado del Edén y obligado a arar la tierra. Además se le limitó su tiempo de vida, o sea que moriría y volvería al polvo de donde provino (Génesis 3:17–19). Al entrar así el pecado al mundo toda la gente llegó a ser pecadora por naturaleza y experimenta la muerte (Romanos 5:12–15).

Pablo evoca entonces al «segundo hombre», Cristo, que «es celestial», divino y eterno. Con ello resalta la diferencia entre lo natural y lo espiritual: Adán representa a la pecaminosa raza humana, mientras que Jesús a la humanidad redimida. La naturaleza de Adán derivó en muerte; la naturaleza de Jesús redundó en justicia y vida eterna. Pese a que el cuerpo que habitamos actualmente es perecible, como el de Adán, los que pertenecen a Cristo a la postre tendrán cuerpos glorificados como el Suyo.

Al señalar la diferencia entre Adán y Jesús, Pablo indica que todo el mundo participa de la naturaleza terrenal, pecaminosa, de Adán, junto con su debilidad y posterior muerte. No obstante, los que pertenecen a Cristo también participan de Su naturaleza celestial. Sobre este punto, el comentarista bíblico Leon Morris escribió:

Nuestros cuerpos son terrenales y por ende están sujetos a la corrupción que es parte integral de las cosas de la Tierra. Los cristianos en cambio no son terrenales; son también celestiales merced a su relación con Cristo. Eso quiere decir que el pueblo de Cristo será como Él (1 Juan 3:2). La resurrección del cuerpo de Cristo nos da una vislumbre de lo que será la vida para los creyentes en el nuevo mundo que inaugurará la resurreccióniv.

Y así como hemos llevado la imagen del terrenal, llevaremos también la imagen del celestial (1 Corintios 15:49).

Pablo explica que así como los seres humanos han incorporado en ellos la imagen de la naturaleza mortal y pecadora de Adán, incorporarán también la imagen celestial, que tiene virtud ante Dios, es inmortal y se ajusta a la semejanza de Cristo.

Y esto digo, hermanos, que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción heredar la incorrupción (1 Corintios 15:50).

Pablo destaca que nuestro estado actual —mortal y débil— no es compatible con la naturaleza divina del reino de Dios. Las cosas de la Tierra son perecederas y no alcanzan lo que es eterno. El cuerpo perecedero no puede entrar en estado de incorrupción ni acceder al reino de los cielos en su condición actual. Hace falta la resurrección para transformar el cuerpo en un nuevo estado de inmortalidad. Pablo pone esto de relieve en su carta a los Filipenses: «Porque nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos ardientemente al Salvador, el Señor Jesucristo. Él transformará nuestro cuerpo de humillación para que tenga la misma forma de Su cuerpo de gloria» (Filipenses 3:20,21).

He aquí, les digo un misterio: No todos dormiremos, pero todos seremos transformados en un instante, en un abrir y cerrar de ojos, a la trompeta final. Porque sonará la trompeta, y los muertos serán resucitados sin corrupción; y nosotros seremos transformados (1 Corintios 15:51,52).

Pablo empieza este verso con la expresión «He aquí» para indicar que está a punto de decir algo importante. La palabra «misterio» en este contexto se refiere a una verdad divina no descubierta anteriormente, pero ahora sí reveladav. El apóstol ya había aludido a la resurrección de los muertos que tendrá lugar cuando Cristo regrese para llevarse a los que pertenecen a Él (1 Corintios 15:22,23). Claro que algunas personas seguirán con vida cuando se produzca el retorno de Cristo. Las que sigan vivas y estén aún aquí al regresar Él serán transformadas cuando entren en la eternidad y sus cuerpos se transmuden en cuerpos gloriosos (1 Tesalonicenses 4:16,17).

El cambio que sucederá será instantáneo. Vendrá acompañado de un potente toque de trompeta, asociado en el Nuevo Testamento al regreso de Cristo, la resurrección de los muertos y el principio de la nueva creaciónvi. En un abrir y cerrar de ojos todos los cuerpos mortales se sustituirán por inmortales. Los muertos se levantarán; no tendrán que enfrentar ya la muerte y la descomposición. Los que estén vivos se transformarán.

Estos versículos nos dan la certeza de que hasta en la muerte conservamos la promesa de una nueva vida que no perecerá jamás. Tenemos el certero conocimiento de que la transformación les aguarda a todos los que creen.

Porque es necesario que esto corruptible sea vestido de incorrupción, y que esto mortal sea vestido de inmortalidad (1 Corintios 15:53).

Pablo plantea lo que ocurrirá cuando los creyentes hagan la transición entre el mundo mortal y la vida eterna. Habla de despojarnos de nuestra naturaleza perecible y revestirnos de una existencia inmortal. En la vida venidera nuestros cuerpos mortales serán reemplazados por cuerpos imperecederos.

Y cuando esto corruptible se vista de incorrupción y esto mortal se vista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: ¡Sorbida es la muerte en victoria! (1 Corintios 15:54).

Pablo cita Isaías 25:8 cuando declara «sorbida es la muerte en victoria». Toda persona que haya creído en Cristo se transformará en lo que Dios haya dispuesto para Sus hijos. Nuestros cuerpos terrenales desaparecerán, relevados por cuerpos inmortales que vivirán con Dios eternamente.

¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? (1 Corintios 15:55).

Las dos preguntas que hace Pablo, dónde están la victoria y el aguijón de la muerte, apuntan a la derrota de esta durante la resurrección de Cristo y su derrota final cuando Él regrese. La victoria sobre la muerte y la tumba es reconfortante y alentadora para los cristianos, toda vez que les recuerda el triunfante y eterno porvenir que les espera gracias a Cristo. La muerte no es más que un puente que conduce a nuestra vida celestial.

Pues el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado es la ley (1 Corintios 15:56).

Pablo subraya la conexión entre el pecado, la muerte y la ley. El pecado ocasiona la muerte espiritual. La ley no nos salva del pecado; más bien apunta a nuestra necesidad de redención. Demuestra el poder del pecado y señala la necesidad de un Salvador que nos libre del cautiverio del pecado.

Pero gracias a Dios, quien nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo (1 Corintios 15:57).

Esta hermosa expresión de agradecimiento a Dios proclama el triunfo sobre el pecado y la muerte a través de Cristo. Pablo combina los temas del agradecimiento, la adoración, la victoria y el papel esencial que Cristo desempeña en nuestra vida. Mientras el pecado nos separa de Dios, la muerte sacrificial de Cristo en la cruz nos depara perdón y reconciliación con Dios. ¿Cómo debemos responder a ello? Con continua gratitud y agradecimiento por todo lo que se nos ha concedido por medio de Cristo.

Así que, hermanos míos amados, estén firmes y constantes, abundando siempre en la obra del Señor, sabiendo que su arduo trabajo en el Señor no es en vano (1 Corintios 15:58).

Pablo culmina su epístola a los corintios con una demostración de afecto, llamándolos «hermanos míos amados», o como dice la versión niv en inglés, «mis queridos hermanos y hermanas». Los insta a permanecer firmes en la fe y comprometidos con su vocación, siempre dispuestos a entregarse a la obra de Dios. Al actuar así, sabrán que «su arduo trabajo en el Señor no es en vano». Sus esfuerzos tendrán un objetivo y darán fruto, aunque los resultados no siempre se hagan evidentes en el acto.

Con esto damos por terminados los quince capítulos de la primera epístola a los corintios. En esta serie no cubriremos el último capítulo, 1 Corintios 16, con el que concluye esta epístola. En él Pablo imparte instrucciones prácticas a la iglesia, informa de sus planes de viaje y aborda otros asuntos relacionados con la congregación cristiana de aquella ciudad.


i Johnson, Alan F. 1 Corinthians, The IVP New Testament Commentary Series (IVP Academic, 2004), 302.

ii Pratt, Richard L. Holman New Testament Commentary—1 & 2 Corinthians, Vol. 7 (B&H Publishing Group, 2000).

iii Morris, Leon. 1 Corinthians: An Introduction and Commentary, Vol. 7, Tyndale New Testament Commentaries (InterVarsity Press, 1985), 194.

iv Morris, 1 Corinthians, 198–199.

v Johnson, 1 Corinthians, 307.

vi Véase Mateo24:31; 1 Tesalonicenses 4:16; Apocalipsis 11:15.

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