¿Café y un abrazo?

Enviado por María Fontaine

marzo 31, 2012

Tony Campolo, conocido sociólogo, orador y autor cristiano, relató un encuentro que tuvo mientras caminaba por el centro de Filadelfia:

«Noté que un vagabundo se acercaba a mí. De pies a cabeza estaba cubierto de suciedad y hollín. En la piel se veía mugre endurecida. Sin embargo, lo que más se notaba era la barba; le llegaba casi a la cintura y en ella tenía alimento descompuesto. El vagabundo sostenía una taza de café de McDonald’s; la tapa de la taza tenía las manchas de su boca sucia. Caminó hacia mí tambaleándose; parecía tener la mirada fija en su taza de café.

»De repente, levantó la vista y gritó:

—¡Señor! ¿Quiere un poco de mi café?

»Reconozco que no quería tomar de su taza de café. Pero sabía que lo correcto era aceptar su generosidad, y le dije:

—Sí. Tomaré un sorbo.

»Le devolví la taza y comenté:

—Es usted muy generoso; regalando su café. ¿Por qué razón está tan generoso hoy?

»El anciano marginado me miró a los ojos y respondió:

—El café está delicioso hoy, y pensé que si Dios te da algo bueno, ¡hay compartirlo con alguien!

»Pensé: “Ay, me puso una trampa. Esto me va a costar cinco dólares”. Le pregunté:

—Supongo que, a cambio, habrá algo que pueda hacer por usted.

»El vagabundo respondió:

—Sí. ¡Me puede dar un abrazo! (Confieso que esperaba que me pidiera cinco dólares.)

»Nos abrazamos. Luego, de repente me di cuenta de algo. ¡No me soltaba! Las personas que pasaban por la acera me miraban fijamente. Llevaba ropa formal ¡y estaba abrazando a un vagabundo sucio, apestoso! Me dio vergüenza. No sabía qué hacer.

»Luego, poco a poco, mis emociones cambiaron. De vergüenza, pasé al asombro y luego a la reverencia. Escuché una voz que desde los corredores de los tiempos me decía: “Tuve hambre; ¿me diste alimento? Estuve desnudo; ¿me vestiste? Estuve enfermo; ¿me atendiste? Fui un vagabundo que se encontraba en la calle Chestnut; ¿me abrazaste? Si lo hiciste a uno de estos Mis hermanos más pequeños, a Mí lo hiciste.”»[1]

Al reflexionar en esta anécdota, me pregunté: «¿Tendría yo tanto amor?»

Sí, podría dar un folleto a alguien, darle algo de dinero, decirle unas palabras para infundirle ánimo. ¿Y si me encontrara en una situación que requiriera dar más de lo que normalmente daría, más de lo que acostumbro?

También me hizo pensar en los sacrificios que los cristianos activos han hecho por años, y que no han dejado de hacer, a fin de entregar el amor de Dios a los demás.

Cuando meditaba más en esa anécdota, caí en la cuenta de cuál es la clave: Si Dios te pide algo, Él te dará la gracia para hacerlo de todo corazón. Cuando damos atención y amor sin fingimiento a los demás, ya sea en un hogar para ancianos, una cárcel, un orfanato, una casucha en los barrios bajos, o en las calles, puede ser un sacrificio si lo vemos en el plano físico. No obstante, al concentrarnos en lo espiritual y en el impacto eterno del amor incondicional del Señor entregado a través de nosotros a quienes padecen necesidad, Su Espíritu nos obliga a ser el reflejo del Señor que Él sabe que es necesario. Incluso lo desagradable en lo físico se vuelve algo bello a medida que nos convertimos en un vínculo que une al Señor con quienes necesitan con urgencia un abrazo de su Salvador.

¿Cuánto amor tengo? Casi nada, en comparación con el de Jesús, ¡estoy segura! Me parece que el Señor comprende de qué estamos hechos y el amor y fe que tenemos. Puede hacer que vayamos más allá de nuestro nivel de comodidad y también sabe de cuánto somos capaces. Si el Señor en concreto nos pone en una situación incómoda y nos hace ver claramente qué deberíamos hacer, entonces nos dará el amor o la gracia para obedecerlo.

No siempre es una situación poco común, como la de esta anécdota. En algunos casos, será simple cortesía. Una vez, cometí un error por no aceptar unas papas fritas de una bolsa que me ofrecía una persona, pues era un gesto de amabilidad de esa persona que me las ofrecía. Me sentí mal después y me prometí que trataría de aceptar lo que se me ofreciera, aunque no me apeteciera o fuera algo que no comiera con frecuencia. ¿Comería del plato de alguien o bebería de su taza? Es probable que en circunstancias normales no lo hiciera. Sin embargo, si el Señor me dejara ver con claridad que era importante, entonces espero que sí lo haría.

¿Daría un abrazo sincero a un mendigo? Espero que sí, si el Señor me indicara que era eso lo que Él quería que hiciera. Me doy cuenta de que lo que para una persona es un sacrificio, tal vez para otra no lo sea. Tal vez a alguien le sería más fácil obsequiar el poco dinero que tiene para ayudar a otra persona que darle un abrazo. Para otra persona, es posible que fuera más fácil dar un abrazo. O bien, es posible que a una persona le resulte más fácil dar abnegadamente de su tiempo limitado, y se siente a conversar con alguien, de lo que sería entregar de sus escasos fondos.

¿Podemos pedir al Señor que nos dé suficiente amor, de modo que cuando enfrentemos alguna situación, sea la que sea, nos esforcemos al máximo a fin de responder como lo haría Jesús? Ya sea que el sacrificio sea grande o pequeño, podemos encarnar a Jesús para alguien, no solo por medio del apacentamiento espiritual, sino también con nuestros actos, y reconocer que lo que hacemos es para Jesús. «En cuanto lo hicisteis a uno de estos Mis hermanos más pequeños, a Mí lo hicisteis»[2].


[1] Tomado de Let Me Tell You A Story, Tony Campolo (Thomas Nelson, 2000).

[2] Mateo 25:40.

Traducción: Patricia Zapata N. y Antonia López.

 

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