Parábolas de Jesús: El buen samaritano, Lucas 10:25–37

Enviado por Peter Amsterdam

mayo 21, 2013

Duración: 27:16

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Muchos conocemos bien la parábola del buen samaritano. Ahora bien, como nuestra cultura es muy distinta de la que había en Palestina en el siglo I, puede que haya aspectos del relato que no entendamos. Cuando oímos o leemos esta parábola, no nos escandaliza, ni nos parece que ataque el statu quo actual. Sin embargo, los que la oyeron de labios de Jesús en el siglo I sí debieron de quedar desconcertados. El mensaje debió de chocar con sus expectativas y poner en tela de juicio sus límites culturales.

En la parábola aparecen varios personajes, y al disponer de algo más de información sobre los sacerdotes, los levitas y los samaritanos se comprende mejor la importancia del papel que desempeña cada uno en el relato.

Examinemos los personajes por orden de aparición.

El hombre que fue golpeado

La parábola dice muy poco acerca del primer personaje, el hombre que fue golpeado y robado; pero nos proporciona un dato crucial. Le quitaron la ropa y quedó medio muerto, en el suelo, inconsciente, habiendo sufrido una fuerte paliza[1].

Es significativo porque en el siglo I la gente era fácilmente identificable por su modo de vestirse y por su idioma o acento. En tiempos de Jesús, Oriente Medio estaba gobernado por los romanos, que hablaban latín. La región estaba helenizada, es decir, tenía una gran influencia griega. Había numerosas ciudades griegas, y el griego se hablaba mucho. Los eruditos judíos hablaban hebreo, mientas que los campesinos judíos y la gente común y corriente de toda la región hablaba arameo. Por eso, escuchando hablar a alguien se podía identificar quién era.

Como el hombre que había sido golpeado no llevaba ropa, era imposible saber su nacionalidad. Como estaba inconsciente y no podía hablar, resultaba imposible determinar quién era o de dónde era. Ya veremos que ese es un elemento clave de la parábola.

El sacerdote

El segundo personaje del relato es el sacerdote. Los sacerdotes judíos de Israel constituían el clero que servía en el templo de Jerusalén. Dentro del clero había una jerarquía. Primero estaba el sumo sacerdote, después los principales sacerdotes. El jefe de la guardia del templo era el más importante de los principales sacerdotes, y por debajo de él había sacerdotes que hacían de tesoreros del templo, o de supervisores del templo, o que se encargaban de los sacerdotes ordinarios.

Los sacerdotes ordinarios eran los que servían en el templo durante una semana cada 24 semanas; o sea, que en un año cada sacerdote servía en el templo en dos ocasiones, cada una de una semana de duración. Muchos también servían en el templo durante las tres festividades principales del año; por tanto, algunos sacerdotes ordinarios trabajaban en el templo cinco semanas al año.

Se calcula que había unos 7.200 sacerdotes en Israel en aquel tiempo, todos ellos de la rama de la tribu de Leví que descendía de Aarón, el hermano de Moisés.

No todos los sacerdotes vivían en Jerusalén; muchos vivían en Jericó, una ciudad cercana, o en otras ciudades repartidas por Israel. Por tanto, los que no vivían en Jerusalén tenían que desplazarse allá de dos a cinco veces al año.

Por lo general, los sacerdotes eran vistos como de clase media, aunque había muchos de clase alta. Algunos poseían grandes riquezas y eran considerados como la aristocracia del país. Por otra parte, algunos eran pobres. Muchos tenían un oficio, o trabajaban como escribas durante la mayor parte del año, cuando no estaban sirviendo en el templo.

No se nos da detalles sobre el sacerdote de este relato; pero los que oyeron a Jesús contar esta parábola debieron de suponer que regresaba a su casa en Jericó tras haber estado una semana sirviendo en el templo[2].

El levita

El tercer personaje de la parábola es el levita. Si bien todos los sacerdotes eran levitas, no todos los levitas eran sacerdotes. Aun así, los levitas que no eran sacerdotes desempeñaban una función en el templo. Eran considerados el clero bajo, de una categoría inferior a la de los sacerdotes. Al igual que los sacerdotes, servían en el templo dos semanas al año, en dos épocas diferentes. Se calcula que había 9.600 levitas que servían en el templo a lo largo del año.

Había cuatro levitas que tenían un puesto permanente en el templo: el músico principal, el director del coro, el portero principal, y el que supervisaba a los levitas que servían en el templo.

Algunos levitas eran cantantes y músicos. Otros hacían de criados en el templo: a su cargo estaba la limpieza y conservación del templo, y ayudaban a los sacerdotes a ponerse y quitarse sus vestiduras. La policía del templo también estaba conformada por levitas. Montaban guardia en las puertas y en el patio de los gentiles, y en la entrada de los lugares a los que solo se permitía ingresar a los sacerdotes. También realizaban detenciones y aplicaban castigos siguiendo instrucciones del Sanedrín, el tribunal judío de la época.

Lo lógico habría sido suponer que el levita en el camino de Jericó regresaba a su casa después de una de sus semanas de servicio en el templo de Jerusalén[3].

El samaritano

Los samaritanos eran un pueblo que vivía en Samaria, una zona de colinas limitada al norte por Galilea y al sur por Judea. Aceptaban los cinco libros de Moisés, pero consideraban que Dios había escogido el monte Gerizim como lugar de culto, en vez de Jerusalén.

En el año 128 a. C., el templo samaritano del monte Gerizim fue destruido por el ejército judío.

Entre el año 6 y 7 d. C., unos samaritanos esparcieron huesos humanos en el templo judío, con lo que lo profanaron. Esos dos sucesos contribuyeron a la profunda hostilidad que había entre judíos y samaritanos.

Dicha animosidad se evidencia en el Nuevo Testamento, que cuenta que los judíos de Galilea que viajaban hacia el sur, a Jerusalén, con frecuencia daban un rodeo para no pasar por la región de Samaria. Eso significaba recorrer 40 kilómetros más y representaba dos o tres días más de viaje. La ruta era mucho más calurosa, e incluía una empinada cuesta para ir de Jericó a Jerusalén; pero muchos consideraban que valía la pena para evitar todo contacto con samaritanos.

Una vez que Jesús iba de Galilea a Jerusalén pasando por Samaria, los samaritanos no quisieron recibirlo, porque sabían que se dirigía al templo de Jerusalén. Esa es una muestra de su resentimiento y hostilidad contra los judíos y su templo. En esa misma ocasión, el rencor de los judíos hacia los samaritanos se hizo patente cuando los discípulos de Jesús, ofendidos porque los samaritanos no quisieran alojarlo, le preguntaron si debían mandar que cayera fuego del cielo para destruirlos[4].

Cuando un judío quería insultar a otro, lo llamaba samaritano. Se lo hicieron una vez a Jesús cuando le dijeron: «¿No decimos con razón que Tú eres samaritano y que tienes demonio?»[5]

Fue en ese ambiente de hostilidad cultural, racial y religiosa que Jesús contó la parábola del buen samaritano[6].

El intérprete de la Ley

El último personaje es el intérprete de la Ley. Aunque no forma parte del relato, fueron las preguntas que le hizo a Jesús las que dieron pie a la parábola. Sin el diálogo entre Jesús y el intérprete de la Ley, la parábola queda fuera de su contexto original, y se pierden elementos significativos.

En la época del Nuevo Testamento, los intérpretes de la Ley eran escribas. Eran expertos en la ley religiosa, intérpretes y maestros de las leyes de Moisés. Estudiaban las cuestiones más espinosas y sutiles de la Ley y emitían su opinión. Eran tenidos en gran estima por sus conocimientos. Como muestra de respeto, la gente se levantaba cuando les hacía una pregunta.

A menudo tales maestros entablaban con otros maestros y rabinos debates y discusiones sobre cómo debían interpretarse y entenderse las Escrituras. Puede que este intérprete le planteara a Jesús sus preguntas con la intención de iniciar un debate. Quizá también lo hizo porque tenía inquietudes espirituales.

La parábola

Ahora que conocemos mejor a los personajes, veamos lo que sucedió cuando un intérprete de la Ley le hizo a Jesús unas preguntas en Lucas, capítulo 10, versículo 25.

Cierto intérprete de la Ley se levantó, y para poner a prueba a Jesús dijo: «Maestro, ¿qué haré para heredar la vida eterna?»

El intérprete de la Ley se paró al dirigirse a Jesús y lo llamó «maestro». En otros pasajes de los Evangelios, se lo llama «rabí», que era el tratamiento que se daba a los maestros religiosos. El intérprete de la Ley reconoce que Jesús es un maestro y lo demuestra, no solo llamándolo así, sino también poniéndose en pie al hacerle su pregunta.

La cuestión de cómo alcanzar la vida eterna era motivo de debate entre los eruditos judíos del siglo I, y se hacía particular hincapié en el cumplimiento de la Ley como forma de ganarse la vida eterna. Es posible que el intérprete de la Ley estuviera buscando pruebas de que Jesús negaba que había que observar las leyes de Moisés[7].

Y Jesús le dijo: «¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?» Respondiendo [el intérprete de la Ley], dijo: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu fuerza, y con toda tu mente, y a tu prójimo como a ti mismo»[8].

Como se aprecia en los Evangelios, eso era justo lo que Jesús había estado enseñando; quizás el intérprete de la Ley se lo había oído decir. Su respuesta estaba tomada de dos pasajes de las Escrituras: Levítico 19:18 y Deuteronomio 6:5.

No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor[9].

Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza[10].

Jesús le dijo al intérprete de la Ley que tenía razón, que debía hacer eso, que debía cumplir ese principio de amar a Dios con todo su ser y amar a su prójimo.

En su siguiente frase, el intérprete de la Ley está buscando la forma de justificarse ante Dios. Justificarse ante Dios significa ponerse bien con Él, salvarse. El hombre quiere saber qué es lo que tiene que hacer, qué obras, qué actos debe realizar para justificarse, es decir, para merecerse la salvación.

Pero queriendo [el intérprete de la Ley] justificarse a sí mismo, dijo a Jesús: «¿Y quién es mi prójimo?»[11]

El intérprete de la Ley entiende que puede amar a Dios cumpliendo la Ley; pero eso de «amar a su prójimo» le parece un poco vago o confuso. Así que quiere saber quién es su prójimo, a quién concretamente tiene que amar. Sabe que en la categoría de «prójimo» están los «hijos de su pueblo», como dice el versículo de Levítico; en otras palabras, sus paisanos judíos. Pero ¿hay otros? Los gentiles no eran considerados «prójimos», aunque en Levítico 19:34 dice:

El extranjero que resida con ustedes les será como uno nacido entre ustedes, y lo amarás como a ti mismo…[12]

O sea, que se podría argumentar que si un extranjero viviese en la ciudad del intérprete de la Ley, sería también tu prójimo. Entonces, sus prójimos serían probablemente sus paisanos judíos y todo extranjero que viviera en su ciudad. Cualquier otro desde luego no sería su prójimo, y menos los detestados samaritanos.

Es en respuesta a la pregunta: «¿Quién es mi prójimo?» —en otras palabras, a quién tengo que amar— que Jesús cuenta la parábola.

Jesús le respondió: «Cierto hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de salteadores, los cuales después de despojarlo y de darle golpes, se fueron dejándolo medio muerto»[13].

La distancia hasta Jericó era de unos 27 kilómetros, en bajada, desde Jerusalén, que está a unos 800 metros de altitud, hasta Jericó, a 240 metros por debajo del nivel del mar, por un camino que tenía fama de peligroso a causa de los ladrones. En Oriente Medio, lo normal era que los bandidos golpearan a sus víctimas solo si estas se resistían; probablemente eso fue lo que hizo el hombre en cuestión, pues le quitaron la ropa, lo golpearon y lo abandonaron en el camino, inconsciente, medio muerto. «Medio muerto» equivale a lo que los rabinos llamaban «próximo a la muerte», es decir, «a punto de morir». Si bien era imposible saber la nacionalidad del hombre, dado el contexto y el desenlace del relato los primeros oyentes muy probablemente se imaginaron que ese hombre a punto de morir era judío[14].

Por casualidad cierto sacerdote bajaba por aquel camino, y cuando lo vio, pasó por el otro lado del camino[15].

Es probable que el sacerdote volviera de una de sus semanas de servicio en el templo. Por su categoría social, seguramente iba montado en un burro y podría haber llevado a Jericó al hombre herido. El caso era que no tenía forma de saber quién era, o de qué nacionalidad era, puesto que estaba inconsciente y además desnudo. La ley mosaica obligaba al sacerdote a ayudar a un compatriota judío, pero no a un extranjero, y dadas las circunstancias no podía determinar si el herido era lo uno o lo otro.

Además, el sacerdote no sabía si el hombre estaba muerto o vivo y, según la Ley, si tocaba un cadáver o se acercaba a uno quedaría ceremonialmente impuro. Si se acercaba a menos de unos dos metros, y el hombre estaba muerto, el sacerdote quedaría contaminado, y para purificarse le haría falta una semana de ritos religiosos, en la que tendría que comprar un animal para sacrificar. Durante ese tiempo no podría recaudar ningún diezmo, ni comer de ello, ni él, ni su familia, ni sus criados[16].

Si el hombre estaba inconsciente, y el sacerdote lo tocaba, y el hombre moría poco después, el sacerdote tendría que rasgar —romper— su ropa, o sea, que luego tendría que comprar ropa nueva para sustituirla. Así que ayudar a ese hombre no identificable podía salirle caro. Al final, por el motivo que fuera, decidió pasar de largo por el otro lado del camino para guardar las distancias con él.

La parábola continúa:

Del mismo modo, también un levita, cuando llegó al lugar y lo vio, pasó por el otro lado del camino[17].

El levita, que probablemente regresaba a su casa después de servir una semana en el templo, hace lo mismo que el sacerdote. Decide no ayudar.

Lo más seguro es que el levita fuera consciente de que el sacerdote había pasado al lado del hombre herido. Varios autores señalan que las curvas del camino que conduce de Jerusalén a Jericó permiten ver muy adelante. Uno de ellos escribe:

«Todavía hay vestigios de la antigua vía romana, y un servidor la ha recorrido casi en su totalidad. Uno puede ver el camino que hay por delante hasta una distancia considerable la mayor parte del tiempo. Es probable que [el levita], al llegar junto al hombre que estaba en el camino, se diera cuenta de que el sacerdote también lo había visto y había pasado de largo»[18].

El levita, por ser de una clase social inferior a la del sacerdote, posiblemente iba a pie. Aunque tal vez no habría podido llevar al hombre a ningún sitio, le podría haber administrado los primeros auxilios, pues no estaba sujeto a las mismas leyes de pureza que el sacerdote. Si bien tenía que conservarse puro durante su semana de servicio en el templo, ya no estaba sujeto a esa obligación. Por la redacción de la parábola, es posible que se acercara al hombre. El sacerdote lo vio y pasó de largo, pero el levita «llegó al lugar», lo vio y pasó de largo.

No se nos dice el motivo por el que pasó de largo; pero es posible que, sabiendo que el sacerdote, que conocía mejor las leyes y obligaciones religiosas, no había hecho nada, supuso que lo mejor era no hacer nada él tampoco. Una intervención suya se habría podido interpretar como una crítica de la concepción de la Ley del sacerdote, y se habría podido considerar como un insulto para el sacerdote[19].

También es posible que no prestara ayuda porque temía por su propia seguridad. Los bandidos podían seguir cerca, y si se quedaba un rato ayudando al moribundo, podía terminar igual que él. Fueran cuales fueran sus razonamientos, el levita, la segunda persona del templo, llegó, vio, pasó de largo y no hizo nada.

En este punto del relato, los oyentes originales debían de imaginarse que la siguiente persona que hallaría al hombre sería un judío no religioso. Habría sido totalmente lógico, considerando que se iba en orden decreciente de categoría social: sacerdote, levita, laico[20]. Sin embargo, en este relato Jesús fue mucho más lejos de lo que cabía esperar. La tercera persona que hace su aparición es un samaritano despreciado, un enemigo. Y el asunto se pone peor cuando Jesús cuenta todo lo que este hace por el moribundo, cosas que los religiosos, el sacerdote y el levita, personas que servían en el templo, hubieran debido hacer[21].

Pero cierto samaritano, que iba de viaje, llegó adonde él estaba; y cuando lo vio, tuvo compasión. Acercándose, le vendó sus heridas, derramando aceite y vino sobre ellas; y poniéndolo sobre su propia cabalgadura, lo llevó a un mesón y lo cuidó[22].

El samaritano, lo más seguro un mercader que transportaba vino y aceite y que tenía consigo al menos un animal, probablemente un burro, se compadeció del hombre golpeado. Primero cura sus heridas. ¿Qué utiliza para eso? No es el servicio de ambulancia de la localidad; no tiene un botiquín. Quizá, como comerciante, lleva alguna tela. Tal vez se quita la túnica de lino que lleva como ropa interior y usa eso, o se quita el turbante y lo usa como venda. Y echa vino y aceite en las heridas para limpiarlas, desinfectarlas y curarlas.

Además de eso, monta al hombre sobre su propio animal y lo lleva a una posada, supongo que en Jericó. El sacerdote podría haber llevado al hombre a Jericó para que lo atendieran. El levita podría haberle prestado al menos los primeros auxilios. Sin embargo, es el samaritano quien hace lo que ni el sacerdote ni el levita quisieron hacer.

El samaritano lleva al malherido a un mesón y lo cuida allá. Si, como se supone, el herido era un judío, el samaritano se arriesgó mucho al entrar a la ciudad con un judío moribundo sobre su asno; los parientes del herido podrían haberle echado a él la culpa de lo ocurrido, y haberse desquitado con él. Por su propia seguridad, habría sido más prudente dejar al hombre cerca de la ciudad o a las puertas de la misma; pero él lo llevó a la posada y pasó la noche cuidándolo. Y eso no fue todo lo que hizo.

Al día siguiente, sacando dos denarios se los dio al mesonero, y dijo: «Cuídelo, y todo lo demás que gaste, cuando yo regrese se lo pagaré»[23].

Dos denarios equivalían al salario de dos días de un obrero. Le dejó dinero al posadero para garantizar que el hombre recibiera los cuidados necesarios durante su recuperación. En caso de que el mesonero necesitara gastar más que eso para ayudar al hombre a restablecerse, el samaritano prometió pagárselo en su siguiente visita. De no haber hecho eso, el hombre podría haber acumulado deudas por alojamiento, atención y comida, y en aquel tiempo una persona que no pagaba sus deudas podía ser llevada presa. El samaritano prometió volver y pagar todo gasto adicional para que el hombre golpeado estuviera seguro y continuara recibiendo atención.

Probablemente el samaritano tenía negocios en Jerusalén y con frecuencia pasaba por Jericó cuando iba allá. Como era un cliente habitual del mesón, es lógico que el posadero se fiara de su promesa de que volvería y cubriría los gastos adicionales.

Al terminar la parábola, Jesús le pregunta al intérprete de la Ley:

«¿Cuál de estos tres piensas tú que demostró ser prójimo del que cayó en manos de los salteadores?» El intérprete de la Ley respondió: «El que tuvo misericordia de él». «Ve y haz tú lo mismo», le dijo Jesús[24].

La pregunta del intérprete de la Ley era: «¿Quién es mi prójimo?» Jesús no le respondió de la forma concreta que él quería, sino que contó una parábola y luego le preguntó quién se había portado como prójimo del hombre asaltado. El intérprete de la Ley quería una respuesta categórica y simple, como: «Tu prójimo es todo paisano judío, así como cualquiera que se haya convertido al judaísmo y todo extranjero que viva entre ustedes». Si al intérprete de la Ley le hubieran dado una lista así, habría sabido exactamente a quién la Ley le mandaba que amara. Pero la parábola de Jesús demostró que no se puede hacer una listita que reduzca las personas que estamos obligados a amar o que debemos considerar nuestro prójimo. Jesús aclaró que el prójimo son las personas necesitadas que Dios pone en nuestro camino.

Puede que el hombre que fue golpeado y dado por muerto no fuera «legalmente» el prójimo de los dos religiosos; no era posible saberlo. Pero el levita y el sacerdote estaban más preocupados por la ley religiosa, los rituales y el deber que por obrar con misericordia y bondad. Los que servían en el templo, que los oyentes originales habrían pensado que se compadecerían, no lo hicieron, sino que fue el samaritano, la persona que los oyentes menos se esperaban que hiciera su aparición, el que se conmovió. No solo se conmovió en el sentido de que sintió el deseo de ayudar, sino que su compasión lo impulsó a la acción. Y eso tuvo su costo.

El samaritano se arriesgó al detenerse a cuidar del hombre malherido en un lugar donde lo habrían podido atacar también a él. No sabía si los ladrones seguían en las inmediaciones. Gastó vino y aceite. Rasgó una tela o algunas de sus prendas para vendar las heridas del hombre. Lo transportó, se pasó la noche atendiéndolo y a la mañana dejó dinero para que lo cuidaran. Todo eso fueron costosos actos de amor.

Lo último que le dijo Jesús al intérprete de la Ley fue: «Ve y haz tú lo mismo». Con eso le indicó que era su pregunta la que no estaba bien. En vez de querer averiguar a quién tenía la obligación de amar, debería haber preguntado: «¿De quién debo hacerme prójimo?» Mediante esta parábola Jesús dejó bien claro que su prójimo —nuestro prójimo— es cualquiera que tenga necesidad, sea cual sea su raza, su religión o su posición en la comunidad. El mensaje de Jesús es que no hay límites a la hora de decidir a quién manifestar amor y compasión. La compasión va mucho más lejos que lo que requiere la ley. Hasta se nos pide que amemos a nuestros enemigos.

En los Evangelios, Jesús siempre enfatizó más el amor, la misericordia y la compasión que la observancia de reglas. En vez de concentrarse en lo que se debe hacer, hizo hincapié en cómo se debe ser. En este caso, compasivo, amoroso y misericordioso con los necesitados. No solo en intención, sino en acción.

Hacer de prójimo de los necesitados puede salir caro. El samaritano arriesgó su integridad física. El aceite, el vino, la tela y el dinero supusieron un costo económico. Lo que hizo le tomó tiempo, energías y recursos. Amar a los demás es un sacrificio; a veces es incluso peligroso.

Como cristianos, como discípulos de Jesús, se nos manda amar al prójimo como a nosotros mismos. No hay reglas absolutas acerca de quién es nuestro prójimo, pero está claro que cuando el Señor pone a un necesitado en nuestro camino, lo hace con la expectativa de que demostremos ser su prójimo.

La parábola nos exhorta a «ir y hacer nosotros lo mismo», a ser compasivos y amorosos.

Las personas golpeadas con las que nos encontramos en la vida tal vez no estén medio muertas físicamente a un lado del camino. Pero son tantos los que necesitan que les manifiesten amor y compasión, y tener a alguien que los ayude o que esté dispuesto a escuchar su clamor, para convencerse de que tienen valor, de que alguien los ama y cuida de ellos. Si Dios te pone a ti en su camino, es posible que te esté llamando a ser ese alguien.

Puedes manifestar tu compasión prestando ayuda material o apoyo emocional, ofreciendo tu amistad o ayuda espiritual. Puedes echar una mano a alguien en aprietos económicos, o brindarle apoyo moral, o conectarlo con Jesús y Su Palabra.

Cristo nos llama a ser compasivos. Como hizo con el intérprete de la Ley y los primeros que lo oyeron contar esta parábola, Él nos exhorta a actuar, a ir y hacer nosotros lo mismo.

Al hacerlo, tengamos en cuenta los siguientes puntos:

Tómate un tiempo para reflexionar sobre los principios que Jesús presentó en esta parábola.

En ella declaró qué espera de nosotros en cuanto a amor y compasión, y Sus palabras de cierre para nosotros, los que la oyen hoy en día, son: «Ve y haz tú lo mismo».


El buen samaritano, Lucas 10:25–37

25 Cierto intérprete de la ley se levantó, y para poner a prueba a Jesús dijo: «Maestro, ¿qué haré para heredar la vida eterna?»

26 Y Jesús le dijo: «¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?»

27 Respondiendo él, dijo: «Amaras al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu fuerza, y con toda tu mente, y a tu prójimo como a ti mismo».

28 Entonces Jesús le dijo: «Has respondido correctamente; haz esto y vivirás».

29 Pero queriendo él justificarse a sí mismo, dijo a Jesús: «¿Y quién es mi prójimo?»

30 Jesús le respondió: «Cierto hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de salteadores, los cuales después de despojarlo y de darle golpes, se fueron, dejándolo medio muerto.

31 Por casualidad cierto sacerdote bajaba por aquel camino, y cuando lo vio, pasó por el otro lado del camino.

32 Del mismo modo, también un levita, cuando llegó al lugar y lo vio, pasó por el otro lado del camino.

33 Pero cierto samaritano, que iba de viaje, llegó adonde él estaba; y cuando lo vio, tuvo compasión.

34 Acercándose, le vendó sus heridas, derramando aceite y vino sobre ellas; y poniéndolo sobre su propia cabalgadura, lo llevó a un mesón y lo cuidó.

35 Al día siguiente, sacando dos denarios se los dio al mesonero, y dijo: “Cuídelo, y todo lo demás que gaste, cuando yo regrese se lo pagaré”.

36 ¿Cuál de estos tres piensas tú que demostró ser prójimo del que cayó en manos de los salteadores?»

37 El intérprete de la ley respondió: «El que tuvo misericordia de él». «Ve y haz tú lo mismo», le dijo Jesús.


Anotaciones

Todos los versículos de la Biblia están tomados de la Nueva Biblia Latinoamericana de Hoy, © The Lockman Foundation, 2005. Utilizados con permiso. Derechos reservados.


[1] Lucas 10:30.

[2] Información sobre el sacerdocio y el templo facilitada por Joachim Jeremias en Jerusalem in the Time of Jesus, Fortress Press, Filadelfia, 1975.

[3] Información sobre los levitas facilitada por Joachim Jeremias en Jerusalem in the Time of Jesus, Fortress Press, Filadelfia, 1975.

[4] Envió mensajeros delante de Él; y ellos fueron y entraron en una aldea de los samaritanos para hacer los preparativos para Él. Pero no lo recibieron, porque sabían que había determinado ir a Jerusalén. Al ver esto, Sus discípulos Jacobo y Juan, dijeron: «Señor, ¿quieres que mandemos que descienda fuego del cielo y los consuma?» Lucas 9:52–54.

[5] Juan 8:48.

[6] Green, Joel B., y McKnight, Scot: Dictionary of Jesus and the Gospels, InterVarsity Press, Downers Grove, 1992, pp. 725–728.

[7] Para preparar este artículo consulté los excelentes libros de Kenneth E. Bailey: Jesús a través de los ojos del Medio Oriente (Grupo Nelson, 2012), Poet and Peasant y Through Peasant Eyes, William B. Eerdmans Publishing Company, Grand Rapids, 1985.

[8] Lucas 10:26,27.

[9] Levítico 19:18.

[10] Deuteronomio 6:5.

[11] Lucas 10:29.

[12] Levítico 19:34.

[13] Lucas 10:30.

[14] Bailey, Kenneth E., Poet and Peasant, and Through Peasant Eyes, edición combinada, William B. Eerdmans Publishing Company, Grand Rapids, 1985.

[15] Lucas 10:31.

[16] Bailey, Kenneth E., Poet and Peasant, and Through Peasant Eyes, edición combinada, William B. Eerdmans Publishing Company, Grand Rapids, 1985, p. 44.

[17] Lucas 10:32.

[18] Bailey, Kenneth E., Poet and Peasant, and Through Peasant Eyes, edición combinada, William B. Eerdmans Publishing Company, Grand Rapids, 1985, p. 46.

[19] Bailey, Kenneth E., Poet and Peasant, and Through Peasant Eyes, edición combinada, William B. Eerdmans Publishing Company, Grand Rapids, 1985, p. 47.

[20] Snodgrass,Klyne: Stories With Intent, William B. Eerdmans Publishing Company, Grand Rapids, 2008, p. 355.

[21] Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Levítico 19:18.

[22] Lucas 10:33,34.

[23] Lucas 10:35.

[24] Lucas 10:36,37.

[25] Mateo 6:4.

Traducción: Jorge Solá y Antonia López.

 

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