Lo esencial: El Espíritu Santo

Enviado por Peter Amsterdam

abril 30, 2013

El Espíritu Santo y el Mesías

En el artículo anterior echamos un vistazo a cómo se manifestó el Espíritu Santo en el Antiguo Testamento. El Espíritu de Dios actuaba en ciertos individuos, les otorgaba ciertas facultades, como el don de profecía, y los ungía de otras maneras también. En el Antiguo Testamento, por lo general el Espíritu del Señor solo venía sobre ciertas personas, solo interactuaba con algunas, y únicamente en forma temporal. Con todo, se profetizó que llegaría una época en que Dios derramaría Su Espíritu sobre Su pueblo en abundancia[1].

El Mesías

En el Antiguo Testamento también registra profecías acerca del Mesías que habría de venir, que sería intensamente lleno del Espíritu de Dios y haría grandes cosas en Su nombre. Aunque el pueblo judío no pensó que ese Mesías sería el Hijo de Dios, pues no tenían concepto alguno de que Dios era una Trinidad, entendían que el Mesías, un rey ungido, tendría gran poder gracias al Espíritu de Dios.

El Diccionario de Jesús y los Evangelios afirma:

Una corriente importante del judaísmo esperaba un Mesías con una fuerte unción del Espíritu, tanto el Espíritu de profecía (que proporciona una sabiduría y un conocimiento del Señor únicos y es el fundamento de la justicia dinámica) como el Espíritu de poder[2].

Refiriéndose al Mesías, el libro de Isaías dice:

Saldrá una vara del tronco de Isaí; un vástago retoñará de sus raíces y reposará sobre Él el Espíritu del Señor; Espíritu de sabiduría y de inteligencia, Espíritu de consejo y de poder, Espíritu de conocimiento y de temor del Señor[3].

Esta profecía indica que el Mesías debía ser del linaje de David, hijo de Isaí, y que el Espíritu de Dios reposaría sobre Él, es decir, que permanecería en Él; y que el Mesías estaría dotado de sabiduría, inteligencia, consejo, conocimiento y el temor de Dios. Isaías profetizó más sobre el Mesías, afirmando nuevamente que el Espíritu de Dios estaría sobre Él.

Este es mi siervo, Yo lo sostendré; Mi escogido, en quien Mi alma tiene contentamiento. He puesto sobre Él Mi Espíritu; Él traerá justicia a las naciones. […] No se cansará ni desmayará, hasta que establezca en la tierra la justicia[4].

Más adelante en el libro de Isaías se vuelve a profetizar que el Espíritu de Dios se manifestaría intensamente en el Mesías y que estaría ungido y haría Su obra con el poder del Espíritu del Señor.

El espíritu [del] Señor está sobre Mí, porque me ha ungido el Señor. Me ha enviado a predicar buenas noticias a los pobres, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos y a los prisioneros apertura de la cárcel; a proclamar el año de la buena voluntad del Señor y el día de la venganza del Dios nuestro; a consolar a todos los que están de luto; a ordenar que a los afligidos de Sion se les dé esplendor en lugar de ceniza, aceite de gozo en lugar de luto, manto de alegría en lugar del espíritu angustiado. Serán llamados «Árboles de justicia», «Plantío del Señor», para gloria Suya[5].

Cumplimiento de las profecías

Estas profecías se cumplieron en la vida de Jesús, el Mesías prometido. Los cuatro Evangelios refieren que fue lleno del Espíritu Santo al comienzo de Su vida pública, cuando fue bautizado por Juan el Bautista[6].

Aconteció que cuando todo el pueblo se bautizaba, también Jesús fue bautizado y, mientras oraba, el cielo se abrió y descendió el Espíritu Santo sobre Él en forma corporal, como paloma; y vino una voz del cielo que decía: «Tú eres Mi Hijo amado; en Ti tengo complacencia»[7].

Juan [el Bautista] testificó, diciendo: «Vi al Espíritu que descendía del cielo como paloma, y que permaneció sobre Él. Yo no lo conocía; pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Sobre quien veas descender el Espíritu y permanecer sobre Él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo”. Y yo lo he visto y testifico que este es el Hijo de Dios»[8].

Más tarde, cuando le preguntaron acerca de Jesús, Juan el Bautista afirmó:

El enviado de Dios comunica el mensaje divino, pues Dios mismo le da Su Espíritu sin restricción. El Padre ama al Hijo, y ha puesto todo en Sus manos[9].

Al inicio del ministerio de Jesús, el Espíritu Santo descendió sobre Él sin medida y permaneció en Él ininterrumpidamente. Justo después de eso, el Espíritu lo llevó al desierto, donde el diablo intentó infructuosamente derrotarlo.

Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y fue llevado por el Espíritu al desierto. Allí estuvo cuarenta días y fue tentado por el diablo[10].

Luego de vencer las tentaciones, comenzó a ministrar a otros mediante el poder del Espíritu. Adquirió popularidad, y todos lo elogiaban.

Jesús regresó a Galilea en el poder del Espíritu, y se extendió Su fama por toda aquella región. Enseñaba en las sinagogas, y todos lo admiraban[11].

Cuando retornó a Nazaret, el pueblo en el que había crecido, lo eligieron para que leyera las Escrituras en la sinagoga. El pasaje que leyó era de Isaías, acerca del ministerio del Mesías. Al final de la lectura, Jesús dejó claro que el pasaje hablaba de Él, que Él era el Mesías sobre quien había descendido el Espíritu del Señor.

Le entregaron el libro del profeta Isaías. Al desenrollarlo, encontró el lugar donde está escrito: «El Espíritu del Señor está sobre Mí, porque me ha ungido para anunciar buenas nuevas a los pobres. Me ha enviado para proclamar libertad a los presos y dar vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos, para proclamar el año del favor del Señor». Luego enrolló el libro, se lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos los que estaban en la sinagoga lo miraban detenidamente, y Él comenzó a hablarles: «Hoy se cumple esta Escritura en presencia de ustedes»[12].

Jesús estaba diciendo que Su ministerio había comenzado, que mediante el Espíritu de Dios, que estaba sobre Él, proclamaría las buenas nuevas, llevaría libertad a los cautivos, y sanaría y liberaría a los oprimidos. El apóstol Pedro señaló más tarde que Jesús hizo cada una de esas cosas por el ungimiento del Espíritu Santo.

Ustedes conocen este mensaje que se difundió por toda Judea, comenzando desde Galilea, después del bautismo que predicó Juan. Me refiero a Jesús de Nazaret: cómo lo ungió Dios con el Espíritu Santo y con poder, y cómo anduvo haciendo el bien y sanando a todos los que estaban oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con Él. Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la tierra de los judíos y en Jerusalén[13].

La «promesa del Padre»

El Espíritu Santo, que descendió sobre Jesús, desempeñó un papel importante en Su ministerio; lo orientó, lo guió y le confirió poder. Justo antes de ascender al Cielo, Él dijo a Sus discípulos que enviaría la «promesa del Padre» —esto es, el Espíritu Santo, el poder de Dios— y que debían aguardar en Jerusalén hasta que recibieran ese poder de lo alto.

Ciertamente, Yo enviaré la promesa de Mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén hasta que seáis investidos de poder desde lo alto[14].

Estando juntos, les ordenó: «No salgáis de Jerusalén, sino esperad la promesa del Padre, la cual oísteis de Mí, porque Juan ciertamente bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días»[15].

El Espíritu Santo, que había orientado y guiado a Jesús y le había dado poder, iba a hacer lo mismo por Sus discípulos. Jesús los preparó para Su partida diciéndoles que tenía que irse para que el Espíritu Santo pudiera venir sobre ellos, que el Espíritu vendría una vez que Él hubiera partido.

Os conviene que Yo me vaya, porque si no me voy, el Consolador  no vendrá a vosotros; pero si me voy, os lo enviaré[16].

Jesús dijo que era necesario que Él ascendiese al Cielo, que regresase al Padre y fuese glorificado para que pudiese venir el Espíritu Santo, el Consolador, el Ayudador. Y eso fue precisamente lo que sucedió, como atestiguó el apóstol Pedro ante una multitud, en el día de Pentecostés, justo después de haber sido lleno del Espíritu.

Exaltado por la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, [Jesús] ha derramado esto que vosotros veis y oís[17].

En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: «Si alguien tiene sed, venga a Mí y beba. El que cree en Mí, como dice la Escritura, de su interior brotarán ríos de agua viva». Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyeran en Él, pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado[18].

Jesús había estado con Sus discípulos unos tres años y medio. Habían viajado con Él, vivido con Él y aprendido de Él; lo habían escuchado predicar y enseñar a las multitudes. Lo habían visto sanar enfermos, resucitar muertos y echar fuera demonios. Habían recibido instrucción personal de Él y habían observado cómo interactuaba con los demás: con los ricos, los pobres, los marginados y los religiosos. Habían presenciado Su detención y crucifixión. Sabían que había muerto y, sin embargo, se apareció a ellos vivo en el aposento alto. Luego llegó el momento de Su partida. Él había significado muchas cosas para ellos, y ahora se iba a marchar. Les había dicho que le pediría al Padre que les enviara otro Consolador o Defensor.

Yo rogaré al Padre y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre[19].

El Paráclito

El término defensor o consolador empleado en este versículo es traducción del vocablo griego paraklētos, que significa «aquel que es invocado, a quien se le pide socorro, ayudador, asesor, asistente»; y también «quien defiende ante un juez la causa de otro, defensor, abogado».

Jesús dice que el Padre va a dar a Sus discípulos otro Consolador, de lo que se infiere que en ese momento ya tenían uno. Jesús, el Ayudador, Consolador, Consejero y Defensor que tenían en ese momento se disponía a partir, y en Su lugar el Padre iba a enviar el Espíritu Santo, el «Paráclito». (En muchos textos cristianos modernos se emplea el término paráclito en lugar de defensor, consolador, etc.)

Lo que Jesús había sido para Sus discípulos y lo que iba a ser para ellos el Espíritu Santo era muy similar.

Jesús: Yo he venido en nombre de Mi Padre […]. Salí del Padre […]. Para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad[20].

El Espíritu Santo: El Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en Mi nombre [...]. Cuando venga el Consolador, a quien Yo os enviaré del Padre […].Cuando venga el Espíritu de verdad […][21].

Jesús: Nosotros [los discípulos de Jesús] ya hemos creído, y sabemos que Tú eres el Santo de Dios[22].

El Espíritu Santo: El Consolador, el Espíritu Santo […][23].

Jesús: Yo soy el camino, la verdad y la vida[24].

El Espíritu Santo: [El Padre] os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad[25].

Jesús: Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque lo soy[26].

El Espíritu Santo: El Espíritu Santo [...] os enseñará todas las cosas y os recordará todo lo que Yo os he dicho[27].

Jesús: A Dios nadie lo ha visto jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, Él lo ha dado a conocer. […] Aquel a quien Dios envió, las palabras de Dios habla[28].

El Espíritu Santo: El Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, Él dará testimonio acerca de Mí. […] Cuando venga el Espíritu de verdad, […] Él me glorificará, porque tomará de lo Mío y os lo hará saber. Todo lo que tiene el Padre es Mío; por eso dije que tomará de lo Mío y os lo hará saber[29].

Jesús: A lo Suyo vino, pero los Suyos no lo recibieron. Mas a todos los que lo recibieron, a quienes creen en Su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios[31].

El Espíritu Santo: Os lo enviaré. Y cuando Él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio. De pecado, por cuanto no creen en Mí; de justicia, por cuanto voy al Padre y no me veréis más; y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado. […] El Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce; pero vosotros lo conocéis, porque vive con vosotros y estará en vosotros[32].

Jesús fue un ayudador y consolador para Sus discípulos, además de maestro, revelador de la verdad y testigo; pero afirmó que, luego de Su partida, Él y el Padre enviarían otro Consolador que desempeñaría ese mismo papel. Dicho Consolador ungiría poderosamente a los discípulos en su misión. Eso fue exactamente lo que sucedió, como veremos en el próximo artículo.


[1] Después de esto derramaré Mi espíritu sobre todo ser humano, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones.  También sobre los siervos y las siervas derramaré Mi Espíritu en aquellos días (Joel 2:28,29).

[2] Green, Joel B., y McKnight, Scot: Dictionary of Jesus and the Gospels, InterVarsity Press, Downers Grove, 1992, p. 342.

[3] Isaías 11:1,2.

[4] Isaías 42:1,4.

[5] Isaías 61:1–3.

[6] Mateo 3:13–17, Marcos 1:9–11.

[7] Lucas 3:21,22.

[8] Juan 1:32–34.

[9] Juan 3:34,35 (NVI).

[10] Lucas 4:1,2 (NVI).

[11] Lucas 4:14,15.

[12] Lucas 4:17–21 (NVI).

[13] Hechos 10:37–39 (NVI).

[14] Lucas 24:49.

[15] Hechos 1:4,5.

[16] Juan 16:7.

[17] Hechos 2:33.

[18] Juan 7:37–39.

[19] Juan 14:16.

[20] Juan 5:43, 16:28, 18:37.

[21] Juan 14:26, 15:26, 16:13.

[22] Juan 6:69 (DHH).

[23] Juan 14:26.

[24] Juan 14:6.

[25] Juan 14:16,17.

[26] Juan 13:13.

[27] Juan 14:26.

[28] Juan 1:18, 3:34.

[29] Juan 15:26, 16:13–15.

[30] Los puntos 1–5 han sido tomados del libro Dictionary of Jesus and the Gospels, de Joel B. Green y Scot McKnight, InterVarsity Press, Downers Grove, 1992, p. 349.

[31] Juan 1:11,12.

[32] Juan 16:7–11, Juan 14:17.

Traducción: Felipe Mathews y Jorge Solá.

 

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