El amor nunca muere

Enviado por María Fontaine

agosto 3, 2013

Supongamos que estás atravesando una época muy difícil y te sientes muy desorientado o que estás experimentando una pérdida, sufrimiento, dolor o cambios importantes en la vida, al punto en que no sabes si lograrás salir adelante. ¿Qué puedes hacer? Todos conocemos las soluciones espirituales: orar, leer la Palabra, acudir al Señor para pedirle ayuda. Invocar a Dios para que nos ayude en circunstancias difíciles debería ser siempre nuestro primer recurso.

Sin embargo, a veces en medio de esos problemas y de tanta desesperación, apenas logramos tener fe en que Dios nos escuchará. El Señor lo entiende. No nos juzga por sentirnos así. Es más, sabe que es entonces cuando más necesitamos de Él. Así que, aunque te cueste creer que te responderá, sigue siendo importante clamar a Él e invocar Su nombre. No tienes nada que perder, y todo que ganar.

No solo nos ha provisto Dios con las fuerzas que provienen directamente de Su Espíritu por medio de nuestras oraciones y de la Palabra que nos habla al alma, sino que además ha puesto a nuestra disposición otros medios que ayudarán a preservar nuestras fuerzas físicas y nuestra estabilidad emocional durante dichos periodos de adversidad.

Hay pasos prácticos que pueden tomarse (ampliamente reconocidos por muchos expertos en salud mental y emocional) cuando uno atraviesa momentos de profundo dolor, depresión, pérdida, aflicciones crónicas y cosas por el estilo. Por ejemplo, acudir a nuestros amigos y familiares, retirarnos para descansar, hacer el debido ejercicio, ceñirnos a una dieta saludable, dormir lo suficiente, abstenernos de tomar bebidas alcohólicas o que contengan cafeína, abstenernos de tomar drogas y limitar la cantidad de TV que vemos. Todas esas cosas contribuyen a reducir los niveles de estrés, tanto física como emocionalmente, y permiten que la mente sea capaz de soportar lo que uno enfrenta y que el cuerpo también esté en condiciones de recuperar sus fuerzas y energías.

Hay a disposición toda una gama de ayuda y consejos sobre el tema, de una serie de fuentes. No obstante, hay una herramienta de curación que a mi criterio destaca y de la que tomé nota muy especialmente. Porque es algo que se repite con frecuencia en los estudios que se han hecho sobre ese estado tan común al ser humano que es el desánimo profundo. Aparte, es algo que posiblemente comprueben que ya se han acostumbrado a hacer hasta cierto punto. Lo considero excepcional porque es algo que no solo beneficia a quien lo pone en práctica sino también a otros.

Es el simple acto de dar a los demás, según la medida de las posibilidades de cada quien. Está demostrado que mejora la salud mental, física y emocional de maneras medibles y en algunos casos profundas.

Numerosos institutos han llevado a cabo estudios, entre ellos los Institutos Nacionales de la Salud (National Institutes of Health) y la Universidad de Berkeley, de California. Estos se publicaron en boletines como Proceedings of the National Academy of Science. Uno de tales estudios concluyó que el acto de dar activa determinadas zonas del cerebro, las mismas que se activan con otros estímulos positivos, como en respuesta al placer sexual, las recompensas monetarias, disfrutar de una comida, el ejercicio y una serie de actividades más. Contribuir de alguna manera a ayudar a los demás literalmente gatilla la liberación de substancias químicas en el cerebro denominadas endorfinas, las cuales dan una sensación de bienestar porque promueven los vínculos afectivos y la sensación de pertenencia[1].

En otro estudio, un investigador concluyó que este principio de volcarse hacia otras personas que sufren reportaba beneficios concretos y positivos para quien lo hacía. Esto aplicado a personas que sufrían toda una gama de enfermedades, incluidas depresión, dolor crónico y SIDA. Según lo explicó: «Cuando los seres humanos ayudan a los demás a pesar de encontrarse en circunstancias similares a las de la persona a la que ayudan, parecen vivir más tiempo y experimentar mayor felicidad»[2].

En otro estudio, Paul Arnstein de la universidad de Boston y sus colegas evaluaron los efectos del voluntariado en pacientes de enfermedades crónicas. Sus hallazgos demuestran que el dolor, la depresión y la invalidez disminuían de manera constante tras el voluntariado.

Un investigador obtuvo unos resultados inesperados en su estudio de un grupo de pacientes crónicos de esclerosis múltiple que hacían llamadas telefónicas a otros pacientes para darles aliento en medio de sus aflicciones. Quedó claro que esto beneficiaba, por una parte, a quienes recibían las llamadas, pero que los mayores beneficiados resultaban ser los que se prestaban para escucharlos. De hecho, los que ofrecían el apoyo experimentaban mejoras notables en cuanto a calidad de vida, mucho mayores que aquellos a quienes prestaban su servicio[3].

Cuando algunos de los principios básicos que aprendimos en nuestra vida al servicio del Señor encuentran confirmación en investigaciones científicas puede servirnos como testimonio para personas que aún no han descubierto las verdades expuestas en la Biblia. Es maravilloso ver tales confirmaciones en hechos confirmados por investigaciones y estudios, pues nos proporcionan una magnífica manera de presentar los principios de la fe a las personas a las que testificamos.

Puede que salirnos de la zona de confort para ayudar a otros, brindarles aliento o apoyarlos sea lo último que tengamos ganas de hacer cuando estamos sufriendo, pero es una manera de convertir lo negativo en positivo para nosotros mismos, y en el curso de la acción, para los demás. El principio de ocuparnos en ayudar a otros como manera de sobreponernos a las dificultades, pérdidas o contratiempos que nosotros mismos padecemos en la vida es algo que, tal como lo mencioné antes, considero que muchos de nosotros ya hemos visto o experimentado en algún momento. Seguimos el precepto bíblico que reza «dad y se os dará», y como consecuencia cosechamos bendiciones.

Reproduzco un breve relato que lo ilustra muy bien:

Resulta que un hombre había muerto en un accidente, dejando una joven esposa y su niño de tres años. Cierto día, en medio de su profundo luto, con la sensación de que ya no valía la pena seguir viviendo y de estar a punto de abandonar, la mujer recordó una lista de metas y sueños para los próximos cinco años que habían elaborado juntos ella y su esposo. Incluía una serie de cosas que se proponían hacer con su hijo, sitios que querían conocer, un crucero que les hacía ilusión y otras cosas por el estilo.

Al repasar la lista, su mirada se posó sobre una meta que se le había ocurrido a su esposo Jaime. Recordó cómo se le había iluminado el rostro cuando salió con esa en particular: «Ayudar a una persona necesitada cada mes. Hacer algo especial para levantarle el ánimo». Solo habían tenido oportunidad de hacerlo una vez pero la respuesta había sido tan fenomenal que estaban deseosos de hacerlo de nuevo. Jaime había dicho: «Mi amor, la verdad es que nos cuesta muy poco ser fuente de felicidad para otros». Pero ahora, ¿qué podía hacer? «Ahora soy yo la necesitada. Soy yo la que sufre», se dijo para sus adentros. Pareció oír la voz de Jaime en su interior que le decía: «Si alguna vez te sientes triste, recuerda que siempre hay alguien más necesitado que tú».

Ese día tomó la decisión de detectar las necesidades de los demás y dar ánimo a las personas que Dios le ponía en el corazón. Sabía que Dios le había dado a Jaime como regalo especial de Su amor. Sabía que había tenido el privilegio de vivir a su lado varios años maravillosos, y que su muerte no había de suponer el final de su alegría, ni era tampoco una señal de que Dios le hubiese quitado el don que le había dado. El regalo del amor de Jaime viviría por siempre en su corazón. Es más: aumentaría en la medida en que lo diera a los demás. Poco a poco, su dolor fue dando lugar a un propósito que le permitió dar a conocer a Jesús a muchos que se encontraban solos y necesitaban su amistad, y transmitirles Su gozo y Su amor[4].

¡Cuando animamos a los demás, nosotros también cobramos ánimo!

Me encantan las citas como las que publico a continuación, que me recuerdan el principio bíblico de que dar nos reporta muchas más bendiciones que recibir, y el papel tan importante que juega —o debería jugar— el dar en nuestra vida.

Una de las mayores compensaciones de esta vida es que nadie puede tratar sinceramente de ayudar a otros sin ayudarse a sí mismo. Sirve y te servirán[5].

Aliviar el sufrimiento ajeno es olvidar el propio[6].

Dar es verdaderamente tener[7].

La forma de asegurarse la paz interior y la felicidad es dárselas a alguien más[8].

La bondad es recompensada por partida doble: bendice a quien la da y a quien la toma[9].

El remedio para la soledad está en amar más[10].

La bondad siempre reporta bienestar tanto al dador como al receptor[11].

Si quieres que se solucionen tus problemas, olvídate de ti mismo y piensa en los demás[12].

No se puede dar sin recibir, ni se puede recompensar sin recibir a cambio recompensa[13].

El alma generosa será prosperada, y el que saciare, él también será saciado[14].

¿Te sientes solo, hermano mío?
Arrímate al que está a tu lado,
tiéndele la mano al que no tiene amigos
y por fin te sentirás acompañado[15].

Olvídate de ti mismo; consuela a los que sufren.
Verás que tu tristeza se desvanecerá
y en tu interior un cáliz celestial
derramará su cántico de amor cual manantial[16].

«¡Mi carga es muy pesada!», cansado dije yo.
«Ya no me dan las fuerzas», suspiré en mi dolor.
De pronto escuché el llanto de otro que sufría
y al ver su mano trémula, yo le tendí la mía.
Cuando recobró fuerzas, me acordé de mi carga…
¡Se había desvanecido!, y el sol en mi interior brillaba[17].

Si dedicamos la vida a amar no podremos quejarnos de no tener nada que hacer ni conoceremos la infelicidad[18].

Da y recibirás[19].

Dale al mundo lo mejor que tienes y lo mejor te regresará a ti[20].

Dar es el secreto de una vida saludable. No necesariamente dinero, pero lo que sea que un hombre pueda dar en cuanto a ánimo, simpatía y comprensión[21].

Al dar, recibirás. Contribuye más y recibirás más. Si quieres que la bola te regrese con más rebote, lánzala con más fuerza[22].

Si logro yo evitar que un corazón se parta
en vano no habré vivido;
si alivio yo el dolor de algún alma que sufre
la pena habrá valido.
O si logro ayudar a que un ave malherida
regrese hasta su nido
en vano no habré vivido[23].

¡Dar da resultados! Dios nos concede bendiciones en la vida no solo para nuestro propio beneficio sino para que las compartamos con los demás, y al hacerlo, volvamos a cosechar bendiciones. En ocasiones sufriremos pérdidas, pero incluso esas pérdidas nos reportarán nuevas bendiciones: las de compartir con otros el amor, la plenitud y la felicidad que experimentamos. Cuando compartimos nuestras bendiciones con otros, estas se renuevan y siguen viviendo en nuestra vida[24].


[1] Jorge Moll y colegas de los Institutos Nacionales de la Salud (National Institutes of Health), 2006.

[2] María E. Pagano, PhD, de Case Western Reserve University School of Medicine.

[3] Carolyn Schwartz, profesora de investigación de la Facultad de Medicina de la Universidad de Massachusetts.

[4] Fuente desconocida.

[5] Ralph Waldo Emerson.

[6] Abraham Lincoln.

[7] Charles Spurgeon.

[8] Anónimo.

[9] Shakespeare.

[10] Anónimo.

[11] Clark A. Frank.

[12] Anónimo.

[13] Anónimo.

[14] Proverbios 11:25.

[15] John Oxenham.

[16] George Thomas Coster.

[17] J. F. Gibb.

[18] Joseph Joubert.

[19] Lucas 6:38.

[20] Madeline Bridges.

[21] John D. Rockefeller Jr.

[22] Anónimo.

[23] Emily Dickinson.

[24] Anónimo.

Traducción: Irene Quiti Vera y Antonia López.

 

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