Parábolas de Jesús: Lo perdido es encontrado, Lucas 15:1–10

Enviado por Peter Amsterdam

octubre 7, 2014

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En el capítulo 15 de Lucas, Jesús expresa de una forma bien hermosa los sentimientos de Dios en lo tocante a la salvación y restauración. Mediante tres parábolas con un argumento similar —la de la oveja perdida, la de la moneda perdida y la del hijo perdido— defiende Su relación con los pecadores y reprueba la actitud de quienes lo criticaban y censuraban. En este segmento presentaré las dos primeras, y en el siguiente continuaré con la del hijo perdido.

El relato comienza de esta manera:

Se acercaban a Jesús todos los publicanos y pecadores para oírlo, y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Este recibe a los pecadores y come con ellos»[1].

Los fariseos y legistas criticaban a Jesús porque no solo comía con pecadores, sino que además los recibía. Desaprobaban que comiera informalmente con ellos y que aceptara invitaciones para comer en sus casas, y quizá todavía más que los recibiera, es decir, que les manifestara hospitalidad, ya que es posible que Él también los convidara a comer. Tener invitados a la mesa y comer con ellos tiene un significado especial y es señal de aceptación[2].

El escritor Joachim Jeremias lo explica del siguiente modo:

Para captar lo que hacía Jesús al comer con «pecadores», es importante entender que en Oriente, hasta el día de hoy, invitar a una persona a comer era un honor. Era una oferta de paz, una señal de confianza, de fraternidad y de perdón; en una palabra, compartir la mesa era compartir vida. […] Especialmente en el judaísmo, reunirse en torno a la mesa indica comunión ante Dios, porque al comer todos los comensales del pan que se ha partido se pone de relieve que todos participan de la bendición pronunciada por el señor de la casa sobre el pan antes de partirlo. Por eso mismo, las comidas de Jesús con los publicanos (recaudadores de impuestos) y pecadores no son meros acontecimientos sociales, no solo son una expresión de Su extraordinaria humanidad, de Su generosidad social y de Su solidaridad con los despreciados, sino que tenían una significación más profunda: son una expresión de la misión y del mensaje de Jesús […]. La inclusión de pecadores en la comunidad salvífica, inclusión que se logra al compartir la mesa, es la expresión más significativa del mensaje sobre el amor redentor de Dios[3].

La oveja perdida

En respuesta a las críticas de los fariseos y escribas, Jesús se defiende y explica Sus acciones mediante tres parábolas, la primera de las cuales constituye una de las imágenes verbales más conocidas de la Biblia:

¿Qué hombre de vosotros, si tiene cien ovejas y se le pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la que se perdió, hasta encontrarla? Cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso, y al llegar a casa reúne a sus amigos y vecinos, y les dice: «Gozaos conmigo, porque he encontrado mi oveja que se había perdido». Os digo que así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento[4].

La defensa de Jesús comienza con la pregunta: «¿Qué hombre de vosotros, si tiene cien ovejas…?» Aunque en el Antiguo Testamento hay pasajes que se refieren a los pastores de un modo positivo, y Dios es llamado el Pastor de Israel, en la Palestina del siglo I el trabajo de pastor no era muy bien visto. En tiempos de Jesús, los ovejeros eran catalogados automáticamente de pecadores, por el hecho de que su oficio tenía mala fama. Con frecuencia los pastores eran considerados ladrones, pues llevaban sus ovejas a pastar en tierras ajenas. No se les permitía dar testimonio en juicios. En esencia, tenían el mismo estatus que los odiados recaudadores de tributos. La primera frase de Jesús ya es de por sí una provocación, pues está pidiendo a los dirigentes religiosos que se imaginen a sí mismos como pastores —y pecadores—, siendo que no se consideraban así. Jesús también hace la pregunta de esa manera con la intención de obtener el asentimiento de los oyentes, la aceptación de que todo pastor en esa situación buscaría la oveja perdida.

Como las parábolas no suelen contener muchos detalles, no se nos cuenta lo que pasa con las otras noventa y nueve ovejas mientras el pastor sale a buscar la perdida. Teniendo en cuenta que cien ovejas eran más de lo que podía pastorear un solo hombre[5], cabe suponer que otro pastor se queda con el rebaño o lo lleva al redil. Es probable que únicamente algunas ovejas fueran propiedad del pastor y que las demás fueran de parientes o de vecinos de su aldea, pues por lo general una familia campesina judía de la época tenía entre cinco y quince ovejas[6].

Las ovejas son animales gregarios; viven en rebaño, y cuando una se separa de él, se desconcierta. Se acuesta, se niega a moverse y espera a que llegue el pastor. Al encontrar la oveja, el pastor la recoge, se la echa a los hombros y la lleva a casa. Eso cuesta más de lo que uno se imagina. Una oveja de tamaño medio pesa unos 34 kilos, y caminar una gran distancia llevándola sobre los hombros sería difícil y pesado.

El pastor considera importante la oveja perdida, a pesar de no ser más que una entre cien. Se perdió y había que encontrarla; y cuando la encuentra, el pastor se regocija. Lo siguiente es cargarla laboriosamente hasta la casa y dejarla con el rebaño. Pero la parábola no termina ahí.

Y al llegar a casa reúne a sus amigos y vecinos, y les dice: «Gozaos conmigo, porque he encontrado mi oveja que se había perdido»[7].

El pueblo entero se alegra de que el pastor que buscaba solito la oveja regrese sano y salvo, habiéndola encontrado ilesa. La expresión que se emplea en el texto griego para decir «reúne a sus amigos y vecinos» se usa a veces para referirse a una invitación a un banquete. Es posible que parte del regocijo de la gente consistiera en celebrar juntos la ocasión con una comida. Veremos la misma situación de regocijo y posiblemente festejo en la segunda parábola, cuando se encuentra la moneda. Por último, en la tercera parábola se organiza un festín con el becerro engordado cuando el hijo perdido regresa a la casa de su padre. ¡El hallazgo y la recuperación de lo que estaba perdido es causa de alegría!

Jesús termina la parábola con estas palabras:

Os digo que así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento[8].

Jesús declara enfáticamente que Dios se alegra sobremanera cada vez que una persona accede a la salvación. «Más gozo en el cielo» puede entenderse en el sentido de que «Dios se alegra enormemente» cuando un pecador se arrepiente.

Probablemente esta parábola hizo pensar a los oyentes en el capítulo 34 de Ezequiel, que habla de las ovejas que andan errantes por los montes sin nadie que las busque o pregunte por ellas, y en el cual Dios asegura que las buscará y las reconocerá, las cuidará y pondrá sobre ellas a un pastor del linaje del rey David. También debieron de acordarse de las advertencias que lanzó Ezequiel contra los pastores que no cuidaban de las ovejas.

En respuesta a las críticas por el amoroso trato que dispensaba a los pecadores, Jesús contó una parábola sobre el deseo de Dios de buscar a los perdidos y comprar su salvación o recuperación, y sobre la alegría que siente Él cada vez que uno de ellos es hallado. Jesús presentó una imagen verbal que muestra la manera de ser de Su Padre y el amor que siente por todos los que necesitan salvación, sin importar quiénes sean ni la clase social a la que pertenezcan. Queda de manifiesto que la actitud de los fariseos, que se quejaban de que Él se relacionara con pecadores, es contraria a la naturaleza y personalidad de Dios. En vez de ir a buscar las ovejas perdidas, los fariseos propugnaban separarse de los pecadores perdidos.

Esta parábola, como muchas otras, sigue el esquema de ir de lo menor a lo mayor: Si el humilde pastor busca y recupera la oveja perdida, ¡cuánto más Dios buscará y rescatará a Sus hijos perdidos!

La moneda perdida

Jesús insiste en ello una segunda vez con la parábola de la moneda perdida. Se trata de una reflexión más sobre la pregunta que Él planteó en la primera parábola, solo que esta vez el protagonista no es un despreciado pastor, sino una mujer. En la Palestina del siglo I, las mujeres eran consideradas inferiores a los hombres. En ambas parábolas, Jesús crea de entrada un pequeño efecto de choque al poner como protagonistas a personas a las que los oyentes se consideraban superiores.

¿O qué mujer que tiene diez dracmas, si pierde una dracma, no enciende la lámpara, barre la casa y busca con diligencia hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas, y les dice: “Gozaos conmigo, porque he encontrado la dracma que había perdido”. Así os digo que hay gozo delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente[9].

En aquella época, la mayoría de los pueblos agrícolas eran bastante autosuficientes, tejían su propia ropa y cultivaban sus alimentos. El dinero era escaso, y por consiguiente en un hogar campesino la moneda perdida tenía mucho más valor que el sueldo diario al que equivalía monetariamente[10]. Da la impresión de que para esta mujer perder la moneda representaba un gran perjuicio. La gravedad de la pérdida queda de relieve al compararla con la de la primera parábola, en la que se perdió una oveja de cien. Aquí es una moneda de diez, y veremos que en la parábola del hijo perdido es un hijo de dos.

Generalmente las casas pobres de Palestina tenían una sola puerta y quizás un hueco en la pared de piedra, cerca del tejado, que servía de ventilación, por lo que en el interior había muy poca luz natural[11]. De ahí que encender una lámpara y barrer el suelo fuera la manera más lógica de buscar diligentemente la moneda. Uno puede imaginarse la ansiedad de la búsqueda y a la mujer barriendo con esmero cada sitio en el que podría estar, corriendo los muebles y barriendo una y otra vez hasta que la encuentra. Como el pastor que buscaba la oveja, ella busca la moneda «hasta encontrarla». En esta parábola, el énfasis está en la búsqueda cuidadosa.

Al encontrar la moneda perdida, llama a sus amigas y vecinas para que se regocijen con ella. El término griego empleado para decir que las reúne es femenino, por lo que está implícito que llama a otras mujeres para alegrarse con ella y posiblemente celebrarlo con una comida festiva.

Las palabras «gozaos conmigo» son las mismas que dijo el pastor a sus vecinos. La mujer, al igual que el pastor, invita a sus amigas y vecinas a participar de su alegría por haber encontrado lo que estaba perdido.

Jesús entonces repite una expresión de la primera parábola: «Os digo» o, en otras versiones, «les aseguro». Es una expresión que se usa en los cuatro Evangelios cuando Jesús va a hacer una declaración de peso, y aparece 45 veces en el de Lucas. En este caso, Él va a proclamar:

Hay gozo delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente[12].

«Gozo delante de los ángeles», también traducido como «alegría en presencia de los ángeles», equivale al «gozo en el cielo» de la primera parábola. Expresa la alegría de Dios por la recuperación de lo perdido.

El hecho de que la mujer encienda la lámpara, barra toda la casa y busque la moneda es una analogía de la diligencia y el esfuerzo con que Dios busca a los perdidos. Como en el caso del pastor que fue tras la oveja perdida, Jesús quiere enfatizar que si una mujer que pierde una moneda la busca tan diligentemente y se alegra tanto cuando la encuentra, ¿cuánto más no buscará Dios a los que están perdidos y se regocijará cuando sean hallados?

Estas dos primeras parábolas de las tres que contó Jesús para responder a los fariseos y escribas que lo censuraban por comer y tratarse con pecadores arrojan luz sobre cómo entiende Dios la redención y restauración. En estas parábolas vemos a Dios representado por un pastor y por una mujer. Ambos valoran lo que está perdido, hacen un esfuerzo significativo para recuperarlo y se alegran tremendamente al encontrarlo.

A diferencia de los fariseos y escribas, que criticaban a Jesús por las personas con que andaba, Dios quiere salvar a los que están perdidos. No se fija en su estatus, ni en sus riquezas, ni en su procedencia, ni en su religiosidad o falta de ella. Los busca porque están perdidos y es preciso encontrarlos. Los busca porque los ama, se preocupa por ellos y desea que vuelvan a Él.

Los fariseos se relacionaban únicamente con los que consideraban justos, y se apartaban de los que tenían por injustos. Una máxima rabínica posterior dice: «Nadie se asocie con pecadores, ni siquiera para acercarlos a la Torá»[13]; es bien representativa de la actitud de los fariseos. Las acciones y palabras de Jesús pusieron de manifiesto que la intención de Dios es buscar a los perdidos, teniendo contacto con los que están separados de Él y necesitan redención y restauración, comiendo con ellos, recibiéndolos y tratándolos con amor e interés. A diferencia de los fariseos, Él estaba dispuesto a asociarse con pecadores para conducirlos a la salvación. Entendía el sentir de Dios.

Dios, al obrar por medio de Su Espíritu para convencer al mundo de su error en lo referente a la justicia y al juicio[14], no solo hace un esfuerzo por buscar a los perdidos, sino que además los restaura, como se evidencia en la abnegación del pastor que carga sobre sus hombros la oveja perdida para llevarla de nuevo con el rebaño. Se advierte ese mismo sacrificio en Jesús, que dio Su vida por nosotros, para salvarnos y llevarnos a Su Padre. Y cuando eso sucede, ¡Dios se alegra en gran manera!

Nos hace bien recordar que Dios con frecuencia se vale de nosotros para buscar a los perdidos. Una de nuestras misiones como cristianos es comunicar el Evangelio a los necesitados. ¿Nos ponemos a disposición del Señor cuando Él hace que nos crucemos con algún necesitado? ¿Prestamos atención para reconocer a las personas a las que Él nos quiere conducir? Y cuando nos vemos frente a alguien que precisa el amor y la verdad de Dios, ¿actuamos oportunamente para testificarle de verdad y transmitirle el mensaje divino con palabras que entienda?

Conviene que nos preguntemos si en nuestro trato con los perdidos reflejamos fielmente la manera de ser de Dios, o si por el contrario nuestra actitud es más similar a la de los fariseos. ¿Nos apartamos de los que espiritualmente están necesitados, según cuál sea su estatus, su situación económica, su raza o su credo? ¿O estamos dispuestos a ser atrayentes, a manifestar a todos el amor de Dios, inclusive a los oprimidos, a los tipos rudos, a los que en el mundo de hoy son rechazados y despreciados? ¿Reconocemos que a veces las personas que menos prometedoras parecen son las que mejor responden a la amabilidad, el amor y la comprensión? ¿Estamos dispuestos a tener trato con los perdidos con el fin de que conozcan el amor incondicional de Dios y Su salvación?

El escritor Klyne Snodgrass lo presenta de esta manera:

Jesús no aprobaba el pecado, pero tampoco dejaba a la gente sumida en él ni expresaba el menor desdén por los pecadores. A imagen de Su Padre, los invitaba a aceptar el perdón de Dios y a participar en Su reino. Digamos lo que digamos, la gracia iniciadora y la aceptación divina que manifestó Jesús deben ser evidentes en todo lo que hagamos.

Emulemos todos la manera de ser y la personalidad de Dios al relacionarnos con personas que necesitan Su amor y salvación.


Lo perdido es encontrado, Lucas 15:1–10

1 Se acercaban a Jesús todos los publicanos y pecadores para oírlo,

2 y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Este recibe a los pecadores y come con ellos».

3 Entonces Él les refirió esta parábola, diciendo:

4 «¿Qué hombre de vosotros, si tiene cien ovejas y se le pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la que se perdió, hasta encontrarla?

5 Cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso,

6 y al llegar a casa reúne a sus amigos y vecinos, y les dice: “Gozaos conmigo, porque he encontrado mi oveja que se había perdido”.

7 Os digo que así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento.

8 ¿O qué mujer que tiene diez dracmas, si pierde una dracma, no enciende la lámpara, barre la casa y busca con diligencia hasta encontrarla?

9 Y cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas, y les dice: “Gozaos conmigo, porque he encontrado la dracma que había perdido”.

10 Así os digo que hay gozo delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente».


Nota:

Todos los versículos de la Biblia proceden de la versión Reina-Valera, revisión de 1995, © Sociedades Bíblicas Unidas, 1995. Utilizados con permiso.


[1] Lucas 15:1,2.

[2] Kenneth E. Bailey, Poet and Peasant (Grand Rapids: William B. Eerdmans Publishing Company, 1976), 143.

[3] Joachim Jeremias, Teología del Nuevo Testamento (Salamanca: Ediciones Sígueme, 1974), 135.

[4] Lucas 15:4–7.

[5] Bailey, Poet and Peasant, 149.

[6] Ibíd., 148.

[7] Lucas 15:6.

[8] Lucas 15:7.

[9] Lucas 15:8–10.

[10] Bailey, Poet and Peasant, 157.

[11] Simon J. Kistemaker, The Parables, Understanding the Stories Jesus Told (Grand Rapids: Baker Books, 1980), 175.

[12] Lucas 15:10.

[13] Klyne Snodgrass, Stories With Intent (Grand Rapids: William B. Eerdmans Publishing Company, 2008), 101.

[14] Juan 16:8,9.

Traducción: Jorge Solá y Antonia López.

 

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