Jesús, Su vida y mensaje: La muerte de Jesús (5ª parte)

Enviado por Peter Amsterdam

Mayo 24, 2022

[Jesus—His Life and Message: The Death of Jesus (Part 5)]

En el Evangelio de Mateo y en el de Marcos dice que cerca de la hora novena (las 3 de la tarde) Jesús «clamó a gran voz, diciendo: “Elí, Elí, ¿lama sabactani?” (que significa: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”)»[1]. También consta que alguien «tomó una esponja, la empapó de vinagre, la puso en una caña y le dio a beber»[2]. Entonces Jesús gritó por última vez y murió.

El Evangelio de Mateo dice: «Jesús, habiendo otra vez clamado a gran voz, entregó el espíritu»[3]. El de Marcos dice que «Jesús, lanzando un fuerte grito, expiró»[4]. El de Juan: «Cuando Jesús tomó el vinagre, dijo: “¡Consumado es!” E inclinando la cabeza, entregó el espíritu»[5]. Y el de Lucas: «Entonces Jesús, clamando a gran voz, dijo: “Padre, en Tus manos encomiendo Mi espíritu”. Habiendo dicho esto, expiró»[6].

Los hechos que tuvieron lugar después que Jesús expiró vienen descritos en los cuatro evangelios. En este artículo los estudiaremos todos. El Evangelio de Juan explica:

Era el día de preparación, y los líderes judíos no querían que los cuerpos permanecieran allí colgados el día siguiente, que era el día de descanso (y uno muy especial, porque era la semana de la Pascua). Entonces le pidieron a Pilato que mandara a quebrarles las piernas a los crucificados para apresurarles la muerte. Así podrían bajar los cuerpos. Entonces los soldados fueron y les quebraron las piernas a los dos hombres crucificados con Jesús. Cuando llegaron a Jesús, vieron que ya estaba muerto, así que no le quebraron las piernas[7].

«Día de preparación» es el término para referirse al día de preparación para el sábado. Según la religión judía, el día de descanso comienza el viernes al anochecer, por lo que es necesario que todo el trabajo cese antes del anochecer del viernes. Como Jesús y los otros dos hombres fueron crucificados un viernes, había que bajarlos de las cruces y sepultarlos antes de que comenzara el día de reposo. Y como habían sido crucificados por orden de Roma, era preciso obtener permiso del gobernador para bajar a Jesús de la cruz y enterrarlo.

Los dirigentes judíos le pidieron a Pilato que ordenara que se les quebraran las piernas a los crucificados, ya que así morirían más rápido. Con las piernas rotas, ya no podrían soportar su propio peso y no podrían respirar. Si no se les rompían las piernas, los crucificados podían estar días en la cruz antes de morir; en cambio, al rompérselas se asfixiaban en cuestión de minutos. La petición fue concedida, y se les rompieron las piernas a los dos delincuentes, con lo que murieron. Jesús, sin embargo, ya había muerto, probablemente porque estaba debilitado a raíz de los azotes y golpes que había sufrido antes de ser crucificado. Por lo tanto, no le rompieron las piernas.

Pero uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua. Y el que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero; y él sabe que dice verdad, para que vosotros también creáis, pues estas cosas sucedieron para que se cumpliera la Escritura: «No será quebrado hueso Suyo». Y también otra Escritura dice: «Mirarán al que traspasaron»[8].

El incidente del soldado que le clavó a Jesús una lanza y que hizo que le brotara sangre y agua del costado solo viene descrito en el Evangelio de Juan. Probablemente este evangelio menciona esos hechos porque estaban predichos en las Escrituras. Lo de Su costado traspasado es seguramente una referencia a Zacarías 12:10, que dice: «Mirarán hacia mí, a quien traspasaron, y llorarán como se llora por el hijo unigénito, y se afligirán por él como quien se aflige por el primogénito». Y el pasaje que dice que no hay que romperle ningún hueso al cordero expiatorio es Éxodo 12:46: «Se comerá en una casa, y no llevarás de aquella carne fuera de ella ni le quebraréis ningún hueso».

El velo del Templo

Dos de los evangelios mencionan que, en el momento en que Jesús murió, el velo del Templo se rasgó en dos. El Evangelio de Mateo señala:

Entonces el velo del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas se partieron, los sepulcros se abrieron y muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron; y después que Él resucitó, salieron de los sepulcros, entraron en la santa ciudad y aparecieron a muchos[9].

Y el de Marcos:

Entonces el velo del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo. Y el centurión que estaba frente a Él, viendo que después de clamar había expirado así, dijo: “¡Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios!”[10]

El Evangelio de Mateo comienza hablando del Templo y menciona «el velo». En el Templo había dos velos que lo dividían en tres secciones. Al entrar en el Templo, uno accedía a la primera sección, donde se admitía la presencia de laicos. Un velo separaba la primera sección de la segunda. Solo los sacerdotes judíos estaban autorizados a traspasar ese primer velo y acceder al Lugar Santo. Un segundo velo separaba el lugar santo del lugar santísimo. Allí no se le permitía entrar a nadie, salvo una vez al año, en el Día de la Expiación, cuando el sumo sacerdote entraba para rociar la sangre de los animales sacrificados y ofrecer incienso.

No está claro si fue el velo exterior o el interior el que se rasgó en dos. En cualquier caso, da la impresión de que fue una señal de juicio contra el Templo. Mateo pretende mostrar que, simbólicamente, la muerte de Jesús abrió un camino para acceder a los lugares santos. Eso se ve corroborado por lo que dice la Epístola a los Hebreos.

Hermanos, tenemos libertad para entrar en el lugar santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que Él nos abrió a través del velo, esto es, de Su carne. También tenemos un gran sacerdote sobre la casa de Dios. Acerquémonos, pues, con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia y lavados los cuerpos con agua pura[11].

Sepultura

Después de todo esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, pero secretamente por miedo de los judíos, rogó a Pilato que le permitiera llevarse el cuerpo de Jesús; y Pilato se lo concedió. Entonces fue y se llevó el cuerpo de Jesús[12].

A José de Arimatea se lo menciona en los cuatro evangelios. Cada uno de ellos aporta algún dato sobre él. El de Mateo dice que era «un hombre rico, de Arimatea, llamado José, que también había sido discípulo de Jesús»[13]. El de Marcos dice que era un «miembro noble del Concilio, que también esperaba el reino de Dios»[14]. El de Lucas dice: «Era miembro del Concilio, hombre bueno y justo. […] También esperaba el reino de Dios y no había consentido en el acuerdo ni en los hechos de ellos»[15].

El Evangelio de Juan añade: «También Nicodemo, el que antes había visitado a Jesús de noche, llegó con unos treinta y cuatro kilos de una mezcla de mirra y áloe. Ambos tomaron el cuerpo de Jesús y, conforme a la costumbre judía de dar sepultura, lo envolvieron en vendas con las especias aromáticas»[16]. Era costumbre poner las especias entre las sábanas con las que se envolvía el cuerpo. Los evangelios sinópticos[17] no mencionan la participación de Nicodemo, pero da la impresión de que José de Arimatea y Nicodemo prepararon juntos el cuerpo de Jesús para su sepultura. La cantidad de especias, mirra y áloe —unos 34 kilos— era inusual. Sin embargo, si Nicodemo tenía la intención de cubrir por completo el cuerpo, es probable que se necesitara esa cantidad.

En circunstancias en que los discípulos de Jesús se habían escondido, estos dos discípulos secretos tomaron la iniciativa. No tenían nada que ganar al asociarse públicamente con Jesús; sin embargo, con sus audaces acciones se declararon seguidores Suyos y le dieron un entierro digno según las costumbres del judaísmo. Prepararon el cuerpo envolviéndolo en una sábana o sudario. Pusieron especias entre las diferentes capas. Luego lo llevaron a un sepulcro cercano.

En el lugar donde fue crucificado había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el cual aún no se había puesto a nadie. Allí, pues, por causa de la preparación de la Pascua de los judíos, y porque aquel sepulcro estaba cerca, pusieron a Jesús[18].

Según el Evangelio de Mateo, este sepulcro era propiedad de José de Arimatea.

Tomando José el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo puso en su sepulcro nuevo, que había labrado en la peña; y después de hacer rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro, se fue[19].

A menudo los sepulcros se tallaban en la roca y se cerraban con una pesada piedra. La piedra de la entrada se hacía rodar por un surco con el fin de sellar el acceso. También se podía rodar para abrir la boca del sepulcro, con el fin de recoger los huesos en el futuro y así poder volver a utilizar el sepulcro.

Jesús tuvo que ser sepultado a toda prisa, ya que el día de reposo comenzaba al caer el sol, y a partir de ese momento no habría sido posible darle sepultura. Es evidente que los rituales funerarios no se realizaron en su totalidad, ya que el primer día de la siguiente semana las mujeres volvieron al sepulcro para terminarlos.


Nota

A menos que se indique otra cosa, todos los versículos de la Biblia proceden de la versión Reina-Valera, revisión de 1995 © Sociedades Bíblicas Unidas, 1995. Utilizados con permiso.


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[1] Mateo 27:46; Marcos 15:34.

[2] Mateo 27:48; Marcos 15:36.

[3] Mateo 27:50.

[4] Marcos 15:37.

[5] Juan 19:30.

[6] Lucas 23:46.

[7] Juan 19:31–33 (NTV).

[8] Juan 19:34–37.

[9] Mateo 27:51–53.

[10] Marcos 15:38,39.

[11] Hebreos 10:19–22.

[12] Juan 19:38.

[13] Mateo 27:57.

[14] Marcos 15:43.

[15] Lucas 23:50,51.

[16] Juan 19:39,40 (NVI).

[17] Mateo, Marcos y Lucas.

[18] Juan 19:41,42.

[19] Mateo 27:59,60.

 

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