¡Corramos la voz!

Abril 2, 2013

Enviado por Peter Amsterdam

La Palabra de Dios declara que este mundo, y nuestra vida en él, no son todo lo que hay; que esta vida es solo parte de nuestra existencia y que nuestro espíritu continúa viviendo tras la muerte de nuestro cuerpo. También enseña que solo nosotros, los seres humanos, tenemos la posibilidad de estar en presencia de Dios en la próxima vida, si primero nos reconciliamos con Él.

En Su gran amor por el mundo, y por cada uno de los que en él vivimos, Dios hizo posible anular la brecha que existe entre Él y nosotros por medio de Jesús, quien entregó Su vida por nuestros pecados. Debido a tan grande acto de amor, se nos han perdonado nuestros pecados y podemos vivir en presencia de Dios en la vida venidera. Esta es la profunda verdad en la que creemos tanto ustedes como yo, como cristianos. ¡Qué gran consuelo nos reporta saber que a raíz del sacrificio que hizo Jesús viviremos eternamente con Dios en la vida venidera!

Este hecho, sin embargo, tiene también una cara triste, pues no todos cuentan con esta información y muchas personas no saben, o no entienden, que la vida eterna en compañía de Dios está a su alcance. La mayoría de nosotros tampoco lo sabía, hasta que lo escuchamos de boca de otro cristiano, ya sea en persona, por escrito en alguna publicación o a través de los medios. Porque nos lo dijeron y nosotros lo creímos, heredamos la vida eterna.

Justamente esta mañana agradecía al Señor por mi amigo de secundaria, Chuck, que me testificó, que respondió con paciencia a todas mis preguntas y me explicó las cosas de manera lo bastante sencilla como para que pudiera comprenderlas. Me señaló varios versículos clave de la Biblia, que me hablaron al alma. No fue insistente; no me dio con la Biblia en la cabeza ni se empecinó en explicarme todos los aspectos teológicos de lo que me decía. Mostró interés y preocupación por mí, me tuvo paciencia, fue compresivo y respondió a mis interrogantes, explicándome acerca del profundo amor que Dios sentía por mí.

Me vida se transformó por completo porque cuando estaba indagando, buscando respuestas, alguien se tomó el tiempo para testificarme. Me imagino que mi vida hubiera tomado otro rumbo si Chuck no me hubiese hablado del Señor en ese momento de mi existencia en el que estaba deseoso de lo espiritual y abierto a que me hablaran de Él. Le estaré eternamente agradecido a Chuck por haberlo hecho.

Supongo que ustedes también tendrán una historia similar. Alguien les habrá hablado acerca de Jesús. A lo mejor fueron sus abuelos, o quizás escucharon acerca de la salvación de parte de algún predicador. Tal vez alguien les testificó en el colegio, en la calle o en algún restaurante. Quizás fue un amigo, un pariente o alguien en el trabajo; o tal vez alguien que se sentó junto a ustedes en un bus, un tren o un avión. Es muy probable que Dios se haya servido de alguien más para decirles lo mucho que los ama y hablarles acerca de Jesús, que murió por ustedes. Y seguramente estarán muy contentos de que lo hiciera.

Un tema sobre el que he escrito extensamente el último par de años es el de nuestro ejemplo como cristianos; manifestar el amor, la aceptación y la compasión de Jesús a los demás en la vida cotidiana, y así atraer a otros hacia el Señor. Es que, es importante. Nuestro ejemplo de vida, el amor que manifestamos y la forma en que irradiamos la luz del Espíritu de Dios que mora en nosotros son a menudo cosas que despiertan la curiosidad en los demás. No obstante, llega el momento en que se vuelve necesario recurrir a las palabras para explicar las cosas. Hay un momento para hablar, para expresar la fe verbalmente. Es importante dar ejemplo como cristianos, como también es importante hablar sobre el Señor, la salvación y la fe a aquellos con quienes interactuamos.

Que las personas hablen a otros acerca del Evangelio es fundamental para transmitir la creencia de que existe otra vida después de esta vida, y que debido al profundo amor de Dios por la humanidad, Él nos ha dado el regalo, la oportunidad, de vivir con Él para siempre. Si los cristianos no se ocupan de hablar sobre estas cosas, mucha gente se perderá la oportunidad de escuchar estas magníficas nuevas.

«Todo el que invoque el nombre del Señor será salvo. Ahora bien, ¿cómo invocarán a Aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en Aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán si no hay quien les predique?[1]

Sé que muchos de ustedes han testificado a otros a lo largo de su vida, y que lo que les estoy diciendo no tiene nada de nuevo. Es, más bien, un recordatorio de que sigan testificando. Sin importar en qué situación se encuentren, el llamado a dar a conocer estas noticias siempre estará presente. Jesús dijo:

Como el Padre me envió a Mí, así Yo los envío a ustedes[2]. Yo los escogí a ustedes y los comisioné para que vayan y den fruto[3].

Cada uno de nosotros ha recibido el regalo de la salvación. Lo recibimos gratuitamente —fue un regalo—, no obstante, a Jesús le salió caro. Se entregó por completo a fin de redimir a la humanidad, y ahora depende de nosotros, los cristianos, que corramos la voz y demos ese mensaje a otros. Si no lo hacemos, no hay garantía de que vayan a escucharlo por otros medios.

El apóstol Pablo expresó de manera sucinta la importancia de dar a conocer el Evangelio a los demás, cuando afirmó:

[Lo hago] porque me es impuesta necesidad; y ¡ay de mí si no anunciare el evangelio![4]

Otras traducciones de este versículo dicen: «Lo hago porque Dios así me lo ordenó» (DHH), «estoy bajo la obligación de hacerlo» (NVI). Otra lo pone de la siguiente manera: «Estoy obligado por Dios a hacerlo. ¡Qué terrible sería para mí si no predicara la buena noticia! (NTV).

Se nos ha dado el mayor regalo que una persona pueda recibir. Hemos hallado la perla preciosa. Se nos ha concedido el privilegio de acceder al reino de los Cielos. Multitudes siguen buscando lo que nosotros ya tenemos, lo sepan o no. Por el amor y la misericordia que nos tiene Dios se nos concedió el privilegio de conocer la verdad, el propósito y el significado de la vida. Estamos conectados con Dios y se nos ha dado la vida eterna. Otros aún se encuentran buscando las respuestas y el propósito que Dios, en Su amor, quiere darles.

La gente necesita el agua de vida que da Dios, un agua que fluye como un río desde lo más profundo de nuestro ser[5]. Qué triste, qué terriblemente lamentable es que nosotros, que hemos sido tan bendecidos, no la compartamos con aquellos que con tanta urgencia la necesitan, que ignoremos la instrucción que nos dio Jesús de divulgar las buenas nuevas.

El fundador de LFI, David Berg, manifestaba un gran entusiasmo por dar a conocer el mensaje de Dios y su salvación a los demás. A menudo decía que el Señor ha llamado a todos los cristianos a testificar a los demás. Si bien la mayoría de nosotros no nos dedicamos a labores misioneras a tiempo completo, sigue siendo nuestro deber divulgar el Evangelio. Cuando leo lo que dijo David Berg sobre la necesidad que tiene la gente de obtener la salvación y de nuestro deber cristiano de transmitirles las buenas nuevas, me siento comprometido.

David escribió:

Sea cual sea su nacionalidad, país, color o credo, el corazón del hombre es igual en todas partes del mundo, y sus angustias, penas, pecados, dolores y temor a la muerte son también iguales en todos. Sus anhelos, amores y sed de Dios y Su verdad, de gozo, felicidad y paz interior son creados por Dios y comunes a los hombres del mundo entero.

Hay mucha gente que, aunque busca afanosamente amor verdadero, rara vez lo encuentra, por no decir nunca; porque aun entre los que siguen a Dios muy pocos están dispuestos a demostrarles Su amor verdadero.

«Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura» no es opcional; es un mandamiento. El mensaje está claro. Es innegable y no admite pretextos.

[Testificar] no es solo algo agradable que hacer cuando tengamos ganas o encontremos tiempo, sino la misión y deber que Dios he encomendado a todos Sus hijos verdaderos.

Como dijo el mismo Jesús: «A la verdad la mies es mucha, mas los obreros pocos. Rogad, pues», nos mandó, «al Señor de la mies que envíe obreros a Su mies»[6]. Su vasta mies, las multitudes de personas que padecen hambre y frío, y andan errantes en la oscuridad sin Dios[7].

A nosotros se nos ha dado el privilegio de ser llamados a salir de las tinieblas hacia Su luz admirable[8], y nos corresponde hacer todo lo que esté a nuestro alcance, siempre que podamos, para ayudar a otros a conectarse con Dios por medio de Jesús.

No cabe la menor duda de que puede resultar muy difícil hacerlo, con lo ocupados que andamos en la vida. Es difícil hacerse o tomarse el tiempo para testificar. Yo soy salvo porque Chuck me dedicó tiempo. Tú eres salvo porque alguien dio de su tiempo y esfuerzo para presentarte el Evangelio, seguramente alguien que al igual que tú, consideraba que tampoco tenía tiempo. Jesús se sacrificó en la cruz por ti, y otros cristianos sacrificaron su tiempo y esfuerzo para conectarte a ti con Él. Como se ha dicho antes, solo Cristo puede salvar a este mundo, pero no puede salvarlo Cristo solo. Alguien tiene que contarles a las personas acerca de Jesús y Su salvación, y cuando Dios te pone a alguien en el camino, ese alguien eres tú.

Cuándo, dónde, cómo y con quién compartimos el mensaje será diferente para cada uno de nosotros. Pero si verdaderamente reconocemos el profundo amor y desvelo que siente Dios por cada individuo, y que Jesús entregó Su vida para que tengan acceso a la vida eterna, deberíamos sentirnos obligados a contárselo a las personas que el Señor nos pone en el camino de la vida, incluso cuando nos resulta inconveniente, difícil, costoso o humillante.

El Salvador de nuestras almas nos solicita que les presentemos a otros la oportunidad de conocerlo a Él. Que hagamos que quienes aún no han escuchado al respecto cobren conciencia del estupendo regalo que se nos ha dado. ¿Estamos dispuestos a  hacer lo que se nos ha pedido? ¿Oramos por almas, y luego actuamos en consecuencia? ¿Oramos por obreros que divulguen el mensaje, y estamos dispuestos a ser nosotros también esos obreros? ¿Oramos para que el Señor ponga en nuestro camino a esas personas que están buscándolo? ¿Le pedimos al Espíritu Santo que nos guíe hacia aquellos que responderán al amor de Dios? ¿Estamos dispuestos a entregar parte de nuestro tiempo, esfuerzo, pensamientos, oraciones y acciones a la misión que Jesús nos encomendó? Cuando nos vemos frente a alguien que necesita la vida eterna, ¿nos ponemos en acción presentándole el mensaje?

Si de veras estamos comprometidos a hacer lo que Jesús nos encargó, lo haremos. Si cobramos conciencia del efecto eterno que tendrá en la vida y el futuro de alguien más, lo haremos. Si procuramos ser más como Jesús, lo haremos. Si amamos a nuestro prójimo como a nosotros mismos, tal como nos enseñó Jesús, entonces nos sentiremos obligados a contarles cuán profundamente los ama Dios y a mostrarles que pueden ingresar al reino de los cielos creyendo en Jesús, Su hijo.

Así es que, corramos la voz.


[1] Romanos 10:13–14 NVI.

[2] Juan 20:21 NVI.

[3] Juan 15:16 NVI.

[4] 1 Corintios 9:16 TLA.

[5] «…el que cree en Mí. La Escritura dice que de sus entrañas brotarán ríos de agua viva». Juan 7:38 BLPH (Biblia la Palabra Hispanoamérica).

[6] Mateo 9:37–8 RV1960.

[7] Estos cinco párrafos fueron tomados de Testificar, nº344, mayo de 1975, párrafos 6–7, 1, 3, 8.

[8] «Ustedes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo que pertenece a Dios, para que proclamen las obras maravillosas de aquel que los llamó de las tinieblas a Su luz admirable». 1 Pedro 2:9 NVI.

Traducción: Irene Quiti Vera y Antonia López.