Lo esencial: Naturaleza y personalidad de Dios

Enviado por Peter Amsterdam

mayo 22, 2012

La inmutabilidad de Dios

(En Lo esencial: Introducción se puede consultar un preámbulo y una explicación de toda esta colección de artículos.)

La inmutabilidad de Dios —Su constancia, como la denominan algunos teólogos— es parte de Su naturaleza divina. Significa que en cuanto a Su Ser, Su perfección, Sus objetivos y promesas, Dios no cambia. No altera Su naturaleza ni Su personalidad.

El universo y todo lo que hay en él sufre alteraciones. Se producen transiciones, movimientos de un estado a otro. Las personas —por ejemplo— envejecen; y a medida que eso sucede, cambian. Crecen o disminuyen de tamaño, así como también intelectual y emocionalmente. También se pueden sufrir transformaciones morales, pasar de ser una mala persona a una buena o viceversa. Alguien puede estudiar y practicar cierto oficio y con el tiempo llegar a dominarlo y adquirir pericia en él. Esos son ejemplos de mutabilidad, una característica intrínseca de la vida dentro de la creación.

Sin embargo, Dios trasciende la creación. Él no cambia. Si lo hiciera, mejoraría o empeoraría. Adquiriría o perdería inteligencia y conocimientos. Se volvería más amoroso o menos amoroso, más santo o menos santo. No obstante, por ser Dios, es infinito en todos esos atributos, y por ende no mejora ni empeora en ellos. Si lo hiciera, no sería Dios.

Toda la creación se encuentra en un proceso de transformación, se está transmutando en algo que no es en la actualidad. En cambio Dios es «ser». Es. Siempre es. No cambia.

Yo, el Señor, no cambio; por esto, hijos de Jacob, no habéis sido consumidos[1].

Desde el principio Tú fundaste la tierra, y los cielos son obra de Tus manos. Ellos perecerán, mas Tú permanecerás; y todos ellos como una vestidura se envejecerán; como un vestido los mudarás, y serán mudados; pero Tú eres el mismo y Tus años no se acabarán[2].

Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza ni sombra de variación[3].

La Roca

La naturaleza de Dios, Sus atributos o perfecciones, no se alteran. Él siempre es bueno, amoroso, justo, ecuánime, santo, omnisciente, omnipotente y demás. Esas cualidades nunca varían. Él es constante.

Si Su personalidad variara, no podríamos tener la certeza de que el Dios que conocemos como bueno y amoroso seguiría siéndolo. Si Él estuviera sujeto a cambios, en algún momento podría comenzar a pensar que a fin de cuentas el pecado no es tan malo; a la larga podría degenerarse hasta el punto de empezar a obrar malvadamente y llegar a convertirse en un ser perverso y omnipotente. Sin embargo, Su personalidad y atributos no cambian y no pueden cambiar; son constantes, no sufren variación . Los autores del Antiguo Testamento emplearon el término Roca para expresar Su inmutabilidad y la confianza que a raíz de ello depositaban en Él.

Yo proclamo el nombre del Señor; atribuyan grandeza a nuestro Dios. ¡La Roca! Su obra es perfecta, porque todos Sus caminos son justos; Dios de fidelidad y sin injusticia, justo y recto es Él[4].

El Señor es justo; Él es mi Roca, y en Él no hay injusticia[5].

El Señor, roca mía y castillo mío, y mi libertador; Dios mío, fortaleza mía, en Él confiaré; mi escudo y la fuerza de mi salvación, mi alto refugio[6].

Dios no cambia en cuanto a Sus designios, Su voluntad y Sus planes. Una vez que ha decidido realizar algo, lo hace. Su plan de salvación es algo que determinó desde antes de la fundación del mundo, y lo llevó a cabo tal como había prometido. Las profecías, predicciones y juicios emitidos durante el Antiguo Testamento se cumplieron. Sus planes de salvar almas por medio de Jesús, de que Jesús retorne, de que los creyentes tengan vida eterna, Sus designios en cuanto a juicios y en cuanto al Cielo, no varían; permanecen inalterables.

El consejo del Señor permanecerá para siempre; los pensamientos de Su corazón por todas las generaciones[7].

Acordaos de las cosas pasadas desde los tiempos antiguos; porque Yo soy Dios, y no hay otro Dios, ni nada hay semejante a Mí, que anuncio lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho; que digo:«Mi plan permanecerá y haré todo lo que quiero»; que llamo desde el oriente al ave y de tierra lejana al hombre de Mi plan. Yo hablé, y lo haré venir; lo he pensado, y también lo llevaré a cabo[8].

Me fue dada esta gracia […] de aclarar a todos cuál sea el plan del misterio escondido desde los siglos en Dios, el creador de todas las cosas, para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales, conforme al propósito eterno que hizo en Cristo Jesús, nuestro Señor[9].

Él estaba destinado desde antes de la fundación del mundo, pero ha sido manifestado en los últimos tiempos por amor de vosotros. Por medio de Él creéis en Dios, quien lo resucitó de los muertos y le ha dado gloria, para que vuestra fe y esperanza sean en Dios[10].

En Él asimismo tuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de Su voluntad[11].

Cuando Dios quiso asegurar que cumpliría Su promesa, juró que daría lo prometido sin cambiar nada[12].

Dios no cambia respecto de Su Palabra y Sus promesas. Si dejara de cumplirlas, si actuara en contra de Su Palabra, no sería digno de confianza. La promesa de salvación, de vida eterna, y Su voluntad de responder a nuestras oraciones quedarían en entredicho. Si Él pudiera cambiar, esos fundamentos inamovibles de nuestra fe estarían sujetos a alteraciones. Pero Sus promesas y Su Palabra permanecen para siempre.

Tu palabra, Señor, es eterna, y está firme en los cielos[13].

Dios no es como los mortales: no miente ni cambia de opinión. Cuando Él dice una cosa, la realiza. Cuando hace una promesa, la cumple[14].

¿Cambia Dios de parecer?

Cuando se plantea la inmutabilidad de Dios suelen surgir interrogantes acerca de las veces en que dio la impresión de haber cambiado de parecer, como por ejemplo cuando le dijo a Jonás que fuera a la ciudad de Nínive a anunciar que en cuarenta días sería destruida.

Jonás se levantó y fue a Nínive, conforme a la palabra del Señor. Nínive era una ciudad tan grande, tanto que eran necesarios tres días para recorrerla. Comenzó Jonás a adentrarse en la ciudad, y caminó todo un día predicando y diciendo: «¡Dentro de cuarenta días Nínive será destruida!» Los hombres de Nínive creyeron a Dios, proclamaron ayuno y, desde el mayor hasta el más pequeño, se vistieron con ropas ásperas. Cuando la noticia llegó al rey de Nínive, este se levantó de su silla, se despojó de su vestido, se cubrió con ropas ásperas y se sentó sobre ceniza. Luego hizo anunciar en Nínive, por mandato del rey y de sus grandes, una proclama que decía: «Hombres y animales, bueyes y ovejas, no prueben cosa alguna; no se les dé alimento ni beban agua, sino cúbranse hombres y animales con ropas ásperas, y clamen a Dios con fuerza. Que cada uno se convierta de su mal camino y de la violencia que hay en sus manos. ¡Quizá Dios se detenga y se arrepienta, se calme el ardor de Su ira y no perezcamos!» Vio Dios lo que hicieron, que se convirtieron de su mal camino, y se arrepintió del mal que había anunciado hacerles, y no lo hizo[15].

Otro caso fue aquel en que le otorgó al rey Ezequías —que en aquel momento estaba enfermo— quince años más de vida después de haberle dicho que moriría.

En aquellos días Ezequías enfermó de muerte. Y el profeta Isaías hijo de Amoz, vino a él y le dijo: «Esto dice el Señor: “Ordena los asuntos de tu casa, porque vas a morir. Ya no vivirás”». Entonces volvió Ezequías su rostro a la pared e hizo oración al Señor, y dijo: «Señor, te ruego que recuerdes ahora que he andado delante de Ti en verdad y con íntegro corazón, y que he hecho lo que ha sido agradable delante de Tus ojos». Y lloró Ezequías con gran llanto. Entonces vino palabra del Señor a Isaías, diciendo: «Ve y dile a Ezequías: “El Señor, Dios de tu padre David, dice así: ‘He oído tu oración y he visto tus lágrimas; he aquí que Yo añado a tus días quince años’”»[16].

Al examinar esos casos en los que da la impresión de que Dios cambió de parecer, debemos recordar que Él es una Persona que interactúa con la humanidad. Como parte de esa interacción, Él responde a las decisiones de los hombres y a las alternativas por las que optan. A Él le disgustan las acciones de las personas que obran mal; pero si tales personas se arrepienten y cambian, la relación de Dios con ellas también cambia. Su amor por ellas permanece inalterable, pero Su reacción varía en función de las decisiones que tomen individualmente o en conjunto. En el caso de Nínive, Dios reaccionó justificadamente ante la impiedad de la gente disponiéndose a destruirla, y le dijo a Jonás que lo anunciara. Después que Jonás procedió a hacerlo, el pueblo se arrepintió, y como consecuencia de ese arrepentimiento, Dios respondió con misericordia.

En el caso de Ezequías, Dios decretó que iba a morir; pero cuando el rey suplicó y lloró, Dios respondió a su oración y lo sanó.

En ambos casos, Dios respondió con amor y misericordia a los cambios de actitud y las oraciones de la gente afectada. En ninguno de ellos modificó Dios Su personalidad o Sus atributos, ni Su designio general y Su plan. Aunque Él no cambió, la gente sí lo hizo, y Él respondió de acuerdo a Su naturaleza divina.

El autor y teólogo Wayne Grudem lo explica de la siguiente forma:

Esos casos deben entenderse como auténticas expresiones de la actitud o intención de Dios respecto de una situación que se dio en cierto momento. Al cambiar la situación, naturalmente que la actitud o la expresión de la intención del Señor también se modifica. No es más que una confirmación de que Dios responde de distinta forma ante situaciones distintas. El caso de la prédica de Jonás ante el pueblo de Nínive es esclarecedor. Dios ve la impiedad de Nínive y envía a Jonás a proclamar: «¡De aquí a cuarenta días Nínive será destruida!» La posibilidad de que Dios revoque ese castigo si la gente se arrepiente no está explícita en la proclamación de Jonás tal como consta en las Escrituras, pero naturalmente está implícita en la advertencia: la finalidad de una advertencia es suscitar el arrepentimiento. Una vez que la gente se arrepintió, la situación varió. Ante esa nueva situación, Dios respondió de otra forma[17].

En el caso de Ezequías, Grudem afirma:

En este caso la oración misma representó un factor en la nueva situación y fue de hecho lo que alteró la situación. Dios respondió a esa situación distinta contestando la oración y suspendiendo el castigo[18].

Los autores Lewis y Demarest explican:

Siempre podemos contar con que Dios se interesa por la integridad moral y el bienestar de las personas. Él responde a las oraciones inmutablemente, de acuerdo a Sus deseos y los propósitos que animan el amor santo. Desde la perspectiva de la experiencia humana, da la impresión (en el lenguaje fenomenológico de las Escrituras) de que Dios se arrepiente. Lo que sucede en realidad es que los impíos cambian de parecer respecto del pecado. Cuando el pueblo de Nínive se arrepintió, Dios «se arrepintió» y por compasión no lo sometió a la destrucción con que lo había «amenazado». Los designios fundamentales de Dios tanto para con los impenitentes como para con los arrepentidos permanecieron inalterables; solamente varió la actividad de Dios de acuerdo a los cambios de actitud espiritual de los ninivitas[19].

Otro factor que hay que tener en cuenta con relación a las situaciones detalladas más arriba es que la Biblia emplea descripciones antropomórficas de Dios, tales como la mención de que «se arrepintió» en el relato sobre Jonás. Estas se entienden mejor como lenguaje descriptivo que resulta humanamente comprensible.

Sobre este tema del lenguaje antropomórfico, William Lane Craig señala:

Es vital que entendamos el género o tipo literario de la mayoría de los relatos bíblicos. La Biblia es una obra narrativa. Consta de relatos acerca de Dios contados desde la perspectiva humana. Es lógico que un buen relator procure contar su relato con la vivacidad y el color que él quiere para darle realce. Así pues, se encuentran relatos bíblicos acerca de Dios referidos desde la perspectiva humana en que Dios no solo desconoce lo que ha de suceder a futuro, sino incluso lo que sucede en el presente. Dios desciende y le dice a Abraham: «La gente de Sodoma y Gomorra tiene tan mala fama que ahora voy allá, para ver si en verdad su maldad es tan grande como se me ha dicho» (Génesis 18:20–33, DHH). Eso no solo invalidaría la precognición de Dios, sino Su misma cognición del presente. Hay otros pasajes en los que se hace referencia a Dios en términos antropomórficos, en el sentido de que tiene nariz, ojos, brazos y otras partes del cuerpo, alas, etc., y si tomamos eso a pie juntillas, Dios sería un monstruo que escupe fuego. Esos son antropomorfismos, recursos literarios propios del arte narrativo del cronista, y no deben leerse como una filosofía de la religión o un libro de texto de teología sistemática[20].

(En el artículo Naturaleza y personalidad de Dios: Dios es Espíritu se aborda con más detalle la cuestión de los antropomorfismos, particularmente en la sección dedicada a ese tema en particular.)

En cada una de esas situaciones Dios no mudó Su naturaleza, personalidad, propósito o promesas. De hecho, fue constante en todo ello, mostrándose justo, amoroso, recto y cercano, y actuando dentro de Sus designios generales.

Aplicación

La inmutabilidad de Dios —Su constancia— es parte medular de nuestra fe en Él. Si fuera inconstante, si Su naturaleza o personalidad cambiaran periódicamente, si Él mejorara o empeorara, no podríamos confiar en Él. No podríamos confiar en Su Palabra ni en Sus promesas.

Dios no altera Su Ser, Su naturaleza, Su personalidad, Sus propósitos, Sus promesas ni Su plan. Se puede contar con Él, pues es fiel y verdadero. Es la roca sobre la que podemos edificar, aquel en quien podemos confiar en este cambiante mundo, ya que es el Dios inmutable.

Confíen en el Señor para siempre, porque el Señor es una Roca eterna[21].

Jesucristo es el mismo ayer, hoy y por los siglos[22].


Notas

A menos que se indique otra cosa, los versículos citados proceden de la versión Reina-Valera, revisión de 1995, © Sociedades Bíblicas Unidas, 1995. Utilizados con permiso. También se citan versículos de la Reina-Valera, revisión de 1960 (RVR 1960), de la Nueva Versión Internacional (NVI), de la versión Dios Habla Hoy (DHH), de la Nueva Biblia Latinoamericana de Hoy (NBLH) y de la Traducción en Lenguaje Actual (TLA).


[1] Malaquías 3:6.

[2] Salmo 102:25–27.

[3] Santiago 1:17.

[4] Deuteronomio 32:3,4 (NBLH).

[5] Salmo 92:15 (NVI).

[6] Salmo 18:2.

[7] Salmo 33:11 (RVR 1960).

[8] Isaías 46:9–11.

[9] Efesios 3:8–11.

[10] 1 Pedro 1:20,21.

[11] Efesios 1:11.

[12] Hebreos 6:17 (TLA).

[13] Salmo 119:89 (NVI).

[14] Números 23:19 (DHH).

[15] Jonás 3:3–10.

[16] Isaías 38:1–5.

[17] Grudem, Wayne: Teología sistemática: Una introducción a la doctrina bíblica, Vida, 2007.

[18] Grudem, Wayne: Teología sistemática: Una introducción a la doctrina bíblica, Vida, 2007.

[19] Lewis, Gordon R., y Demarest, Bruce A.: Integrative Theology, Zondervan, Grand Rapids, 1996, vol. 1, p. 200.

[20] Extracto de la transcripción de la entrevista en video «Can God Change?» del programa de PBS «Closer to Truth».

[21] Isaías 26:4 (NVI).

[22] Hebreos 13:8.

Traducción: Felipe Mathews. Revisión: Gabriel García V. y Jorge Solá.

 

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