Parábolas de Jesús: El trigo y la cizaña, Mateo 13:24–43

Enviado por Peter Amsterdam

noviembre 24, 2015

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[The Stories Jesus Told: The Wheat and the Weeds, Matthew 13:24–43]

La parábola del trigo y la cizaña figura únicamente en el Evangelio de Mateo y presenta, en cuanto a vocabulario e ideas expresadas, algunas semejanzas con la del crecimiento de la semilla[1] del capítulo 4 de Marcos; por otra parte, también hay algunas diferencias significativas. Tales semejanzas son de esperar en el ministerio de un predicador itinerante que de tanto en tanto imparte enseñanzas parecidas, a veces repitiéndolas palabra por palabra y en otras ocasiones cambiando ligeramente el vocabulario y el énfasis[2]. El capítulo trece de Mateo contiene ocho parábolas, y dentro de esa sucesión la del trigo y la cizaña está justo a continuación de otra parábola relacionada con la siembra: la del sembrador.

Echemos un vistazo a la parábola:

Mateo 13:24–30

Les refirió otra parábola, diciendo: «El reino de los cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras dormían los hombres, vino su enemigo y sembró cizaña entre el trigo, y se fue. Cuando brotó la hierba y dio fruto, entonces apareció también la cizaña. Fueron entonces los siervos del padre de familia y le dijeron: “Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿Cómo, pues, tiene cizaña?” Él les dijo: “Un enemigo ha hecho esto”. Y los siervos le dijeron: “¿Quieres, pues, que vayamos y la arranquemos?” Él les dijo: “No, no sea que al arrancar la cizaña arranquéis también con ella el trigo. Dejad crecer juntamente lo uno y lo otro hasta la siega, y al tiempo de la siega yo diré a los segadores: ‘Recoged primero la cizaña y atadla en manojos para quemarla; pero recoged el trigo en mi granero’”».

A diferencia del agricultor de la parábola del sembrador, que sembraba él mismo las semillas, el hombre de esta parábola goza de una buena posición económica, es un propietario que tiene peones para realizar esas tareas. En la parábola, después que ellos siembran la buena semilla de trigo, viene por la noche un enemigo y siembra cizaña en el mismo campo.

En la Antigüedad, cuando existían rivalidades entre agricultores, estos a veces sembraban semillas dañinas en el campo de su adversario. Si bien la ley romana lo prohibía, se seguía haciendo[3]. La cizaña (maleza en algunas traducciones) a la que se alude aquí era probablemente espantapájaros, una mala hierba tóxica similar al trigo y que abunda en Siria y Palestina. En las primeras fases de desarrollo, el espantapájaros se parece al trigo, aunque posteriormente es fácil distinguir uno de otro, ya que el espantapájaros produce una espiga más pequeña[4].

Nadie se da cuenta de que el enemigo del hombre ha sembrado espantapájaros hasta meses después, «cuando brotó la hierba y dio fruto». En ese momento «apareció también la cizaña». Hasta entonces no era evidente que el trigo y la cizaña estaban creciendo juntos.

El dueño del terreno entiende que su enemigo ha sembrado la cizaña. Sabe también que sería inútil arrancar el espantapájaros. A esas alturas, todo esfuerzo por meterse en el campo y arrancar las plantas de espantapájaros dañaría también las de trigo, dado que sus raíces deben de estar estrechamente entrelazadas. Decide más bien que, cuando llegue el tiempo de la siega, los segadores harán dos veces la fatigosa labor de segar, primero para recoger el espantapájaros, luego el trigo. El espantapájaros lo atarán en manojos para quemarlo, probablemente como combustible. El trigo se recogerá y guardará en graneros.

Al igual que con la parábola del sembrador, Jesús no le da ninguna explicación a la muchedumbre sobre la parábola, pero sí se la explica más tarde a Sus discípulos.

Versículos 36–43

Entonces, después de despedir a la gente, entró Jesús en la casa. Se le acercaron Sus discípulos y le dijeron: «Explícanos la parábola de la cizaña del campo». Respondiendo Él, les dijo: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre. El campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino, y la cizaña son los hijos del malo. El enemigo que la sembró es el diablo; la siega es el fin del mundo, y los segadores son los ángeles. De manera que, así como se arranca la cizaña y se quema en el fuego, así será en el fin de este mundo. Enviará el Hijo del hombre a Sus ángeles, y recogerán de Su Reino a todos los que sirven de tropiezo y a los que hacen maldad, y los echarán en el horno de fuego; allí será el lloro y el crujir de dientes. Entonces los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre. El que tiene oídos para oír, oiga».

El campo es el mundo, en el que el Hijo del Hombre, Jesús, siembra a «los hijos del reino». Por otra parte, el Diablo ha sembrado también en el campo a «los hijos del malo». En este contexto, la expresión «hijos de…» es de uso frecuente en hebreo y en arameo, y significa «los que pertenecen a»[5].

Examinemos en qué se diferencian en la parábola los hijos del reino de los hijos del malo.

Los hijos del reino han sido sembrados por el sembrador (Jesús), se menciona que Dios es «su Padre», son llamados «justos» y dice que «resplandecerán como el sol en el reino de su Padre». En cambio, los hijos del malo han sido sembrados por el enemigo (el Diablo), dice que «hacen maldad» —o en otras versiones, que son «perversos»— y explica que su destino será ser echados «en el horno de fuego», donde será «el lloro y el crujir de dientes».

En esta parábola, Jesús aborda un misterio del reino.

¿Cómo podía estar presente el reino si el mal todavía estaba presente? Aunque el reino estaba presente a causa del ministerio de Jesús, era distinto de como la gente se lo solía imaginar. Los judíos tenían la expectativa de que el Mesías separaría el trigo de la paja y establecería una comunidad pura. Los textos judíos de la época hablan de la esperanza de que el Mesías limpiara a Jerusalén de gentiles, expulsara a los pecadores, reuniera un pueblo santo y se mostrara intolerante con los malos. En el ministerio de Jesús no había nada de eso, pero aun así Él proclamaba la presencia del reino[6].

Según Jesús, la expectativa judía era incorrecta. El bien y el mal iban a seguir lado a lado en el mundo. El mal no iba a ser extirpado de la humanidad hasta «el fin del mundo», hasta el día del juicio. Jesús dejó bien claro que en ese día todos los que sirven de tropiezo y todos los que pecan serán echados. La palabra griega que se tradujo como «sirven de tropiezo» (en otras traducciones dice «causas de pecado» o «estorbos») alude a cualquier persona o cosa por medio de la cual uno es atraído hacia el pecado. De modo que los que hacen lo malo y las cosas que son causa de pecado serán echados. La cizaña que crece juntamente con el trigo se recogerá, atará y quemará. Aunque el trigo y el espantapájaros crezcan juntos por un tiempo, llegará el momento en que se haga una separación, y correrán una suerte bien distinta.

Jesús pinta el cuadro de que la cizaña será echada en un horno encendido, donde habrá llanto y rechinar de dientes. La imaginería sobre el infierno viene de la palabra hebrea Gehena, que originalmente era el valle de Hinón, al sur de Jerusalén, donde se arrojaba y quemaba la porquería y los animales muertos de la ciudad. Se usaba como símbolo de los impíos y su futura destrucción.

En cambio, la descripción del destino del trigo que se recoge en el granero del propietario es una imagen de gloria. El lenguaje empleado evoca el de Daniel 12:3:

Los entendidos resplandecerán como el resplandor del firmamento; y los que enseñan la justicia a la multitud, como las estrellas, a perpetua eternidad.

Esta parábola es una de las tres que se centran en el juicio final[7]. Muestra que los hijos del reino y los del mal coexisten en este mundo y seguirán haciéndolo hasta el día del juicio. Si bien el reino ha llegado al mundo por medio del ministerio de Jesús, no lo ha hecho plenamente. El bien y el mal cohabitan en el mundo, aunque en el futuro los malos y las causas de pecado serán echados, y entonces sí que el reino de Dios estará totalmente presente.

La parábola de la red, que Mateo incluye apenas unos versículos más adelante, da un mensaje similar.

Versículos 47–50

El reino de los cielos es semejante a una red que, echada al mar, recoge toda clase de peces. Cuando está llena, la sacan a la orilla, se sientan y recogen lo bueno en cestas y echan fuera lo malo. Así será al fin del mundo: saldrán los ángeles y apartarán a los malos de entre los justos, y los echarán en el horno de fuego; allí será el lloro y el crujir de dientes.

Jesús se refería a la pesca con lo que hoy en día se llama una red de cerco[8]. Ese tipo de red se puede soltar desde una embarcación o desde la costa. Tiene flotadores de corcho a lo largo de la parte superior y pesos de plomo a lo largo de la inferior. Se puede tender entre dos barcas, o soltar desde una embarcación y posteriormente arrastrar hasta la costa mediante sogas. Cuando se tira de la red, todo lo que se encuentra en su camino queda atrapado[9].

Este tipo de red no discrimina entre peces, así que las capturas hechas con ella podían ser de cualquiera de las veinticuatro especies conocidas que hay en el mar de Galilea[10]. Una vez en la orilla, se hacía una selección de los peces. Si bien los pescadores en general separan los peces capturados entre comestibles y no comestibles, los pescadores judíos tenían que hacer una diferenciación adicional de conformidad con sus leyes dietéticas, que prohibían el consumo de ciertos peces comestibles.

 

Deuteronomio 14:9,10

De entre los [animales] que viven en el agua, estos podréis comer: todo lo que tiene aletas y escamas. Pero no comeréis lo que no tiene aletas y escama; os será inmundo.

Los peces buenos, los que eran limpios, se ponían en recipientes, quizá canastas o cajas; mientras que los malos, los inmundos, se tiraban.

El público judío debió de pensar enseguida en el juicio, dado que la imagen de la red, ya sea para pescar o para cazar, se relaciona en el Antiguo Testamento con los castigos de Dios, tal como se aprecia en Oseas y en otros pasajes[11].

Oseas 7:12

Cuando vayan allá, tenderé sobre ellos Mi red, los haré caer como aves del cielo, los castigaré conforme a lo anunciado en sus asambleas.

Aunque la parábola del trigo y la cizaña habla de que los justos resplandecerán como el sol y describe asimismo el destino de los transgresores, esta otra se centra únicamente en el destino de los malos o impíos. De nuevo se nos dice que los ángeles separarán a los malos y los echarán en un horno ardiente, en el que habrá llanto y rechinar de dientes. En esta parábola, Jesús indica que habrá un proceso de separación y un juicio. En ese momento, cuando llegue el fin del mundo, lo malo será excluido del reino de Dios.

Debo reconocer que no me gusta pensar en el juicio, un tema que está íntimamente entrelazado con todo el resto de la Biblia y que Jesús abordó con frecuencia. Como dijo C. S. Lewis:

No hay doctrina que eliminaría con mayor gusto del cristianismo, si ello estuviera en mi poder. Pero tiene todo el respaldo de la Escritura y, especialmente, de las propias palabras de nuestro Señor; siempre ha sido profesada por la cristiandad, y tiene el respaldo de la razón[12].

Tan solo en el Evangelio de Mateo, hay 21 pasajes en los que Jesús habla directamente del juicio o lo da a entender[13]. No es un tema popular, y dentro del cuerpo de Cristo algunos han cometido el error de utilizarlo como táctica de intimidación, tanto en otras épocas como en la actualidad. Pero por mucho que nos desagrade el concepto, se trata innegablemente de un aspecto fundamental del mensaje de Jesús, por una parte con relación a Israel y por otra como elemento de Su predicación sobre el reino[14].

El juicio futuro es una realidad, y es precisamente la razón por la que Jesús vino a la Tierra y sacrificó Su vida por todos nosotros. Todos los seres humanos merecemos ser castigados a causa de nuestros pecados, los cuales nos separan de Dios. Dios no desea esa separación; pero como Él es completa santidad, en Su presencia no puede haber nada que no sea santo. Por otro lado, Su amor por la humanidad lo llevó a idear una forma de redimirnos y declararnos puros, mediante la muerte de Jesús en la cruz, que tuvo como consecuencia el perdón de nuestros pecados. Debido a eso, somos considerados justos; y en la separación que habrá en el fin del mundo, los que hayan establecido una relación con Dios por medio de Jesús no correrán la misma suerte que los que no lo hayan hecho.

Esa verdad tiene dos efectos en mí. En primer lugar, me hace sentirme muy agradecido por haber tenido la oportunidad de escuchar el evangelio de una manera que me llevó a creer en Jesús y establecer una relación con Dios. En segundo lugar, me impulsa a dar a conocer el mensaje. Tengo amigos que no son cristianos. A causa de su personalidad, mentalidad y experiencias, una invitación directa a creer no les caería bien, sino que podría cerrar por completo la puerta. Es un caso en el que hago testificación relacional. Tengo muchas ganas de que acepten al Señor, pero no ocurrirá enseguida; así que le pido al Señor que los guarde y proteja para que no se mueran sin conocerlo. Tengo muy presente el concepto del juicio, y su inevitabilidad me motiva a hacer todo lo posible por que establezcan una relación con Dios.

La imagen del horno encendido y del lugar de llanto y rechinar de dientes, que aparece en ambas parábolas, es justamente eso, una imagen. No debe tomarse literalmente y pensar que los que rechacen el mensaje del evangelio arderán entre llamas en la otra vida. De todos modos, sean cuales sean las circunstancias exactas, el caso es que quedarán separados de Dios y de los que lo aman. Si tenemos en cuenta todo lo que Dios es —amor, hermosura, bondad, misericordia, santidad, amabilidad, equidad, justicia, confiabilidad y mucho más—, el solo pensamiento de estar en un lugar en el que los rasgos de Dios estén ausentes porque Él está ausente es espeluznante.

La gente necesita a Dios. Él no quiere que nadie perezca, sino que desea, tal como escribió el apóstol Pedro, que todos vengan al arrepentimiento[15]. A los que hemos gustado el amor y la misericordia de Dios se nos pide que demos a conocer la noticia de que Él nos ama. Al hacerlo, damos a la gente la oportunidad de unirse a los que pasarán la eternidad en un lugar lleno de todo lo que Dios es. ¡Hagamos, pues, todo lo posible por divulgar el amor y el mensaje de Dios!


El trigo y la cizaña, Mateo 13:24–30, 36–43

24 Les refirió otra parábola, diciendo: «El reino de los cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo;

25 pero mientras dormían los hombres, vino su enemigo y sembró cizaña entre el trigo, y se fue.

26 Cuando brotó la hierba y dio fruto, entonces apareció también la cizaña.

27 Fueron entonces los siervos del padre de familia y le dijeron: “Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿Cómo, pues, tiene cizaña?”

28 Él les dijo: “Un enemigo ha hecho esto”. Y los siervos le dijeron: “¿Quieres, pues, que vayamos y la arranquemos?”

29 Él les dijo: “No, no sea que al arrancar la cizaña arranquéis también con ella el trigo.

30 Dejad crecer juntamente lo uno y lo otro hasta la siega, y al tiempo de la siega yo diré a los segadores: ‘Recoged primero la cizaña y atadla en manojos para quemarla; pero recoged el trigo en mi granero’”».

36 Entonces, después de despedir a la gente, entró Jesús en la casa. Se le acercaron Sus discípulos y le dijeron: «Explícanos la parábola de la cizaña del campo».

37 Respondiendo Él, les dijo: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre.

38 El campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino, y la cizaña son los hijos del malo.

39 El enemigo que la sembró es el diablo; la siega es el fin del mundo, y los segadores son los ángeles.

40 De manera que, así como se arranca la cizaña y se quema en el fuego, así será en el fin de este mundo.

41 Enviará el Hijo del hombre a Sus ángeles, y recogerán de Su Reino a todos los que sirven de tropiezo y a los que hacen maldad,

42 y los echarán en el horno de fuego; allí será el lloro y el crujir de dientes.

43 Entonces los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre. El que tiene oídos para oír, oiga».


Nota

Todos los versículos de la Biblia proceden de la versión Reina-Valera, revisión de 1995, © Sociedades Bíblicas Unidas, 1995. Utilizados con permiso.


[1] Marcos 4:26–29. V. también Parábolas de Jesús: Las semillas y la levadura.

[2] David Wenham, The Parables of Jesus (Downers Grove: InterVarsity Press, 1989), 57.

[3] Craig S. Keener, The Gospel of Matthew: A Socio-Rhetorical Commentary (Grand Rapids: William B. Eerdmans Publishing Company, 2009), 387.

[4] R. T. France, The Gospel of Matthew (Grand Rapids: William B. Eerdmans Publishing Company, 2007), 526.

[5] Wenham, The Parables of Jesus, 59.

[6] Klyne Snodgrass, Stories with Intent (Grand Rapids: William B. Eerdmans Publishing Company, 2008), 206.

[7] Las otras dos son la de la red (Mateo 13:47–50) y la de las ovejas y las cabras (Mateo 25:31–46).

[8] Foto: C. Ortiz Rojas, NOAA.

[9] Snodgrass, Stories with Intent, 486.

[10] Joachim Jeremias, Las parábolas de Jesús (Estella: Editorial Verbo Divino, 1974), 272.

[11] V. también Salmo 66:10,11; Isaías 51:20; Lamentaciones 1:13; Ezequiel 12:13, 17:20.

[12] El problema del dolor.

[13] Mateo 3:10–12; 5:21–26, 29,30; 7:13,14,19,23, 24–27; 8:11,12; 10:15,28,32,33; 11:20–24; 12:31, 34–37; 13:39–43, 49,50; 16:27; 18:6–9, 34,35; 22:13; 24:51; 25:30, 41–36.

[14] Snodgrass, Stories with Intent, 492.

[15] 2 Pedro 3:9.

 

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