Parábolas de Jesús: Las semillas y la levadura, Mateo 13:31–33; Marcos 4:26–29, 30–32; Lucas 13:18–21

mayo 26, 2015

Enviado por Peter Amsterdam

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[The Stories Jesus Told: The Seeds and the Leaven—Matthew 13:31–33; Mark 4:26–29, 30–32; Luke 13:18–21]

Algún tiempo después de ser bautizado por Juan el Bautista, Jesús comenzó a anunciar que el reino de los Cielos se había acercado[1]. Las expresiones «reino de los Cielos» y «reino de Dios» son intercambiables. En la Palestina del siglo I, los judíos evitaban decir el nombre Dios y más bien empleaban formas indirectas o lo sustituían por otras palabras. (Los judíos practicantes de hoy en día hacen lo mismo.) En este caso Mateo, que se dirigía a un público judío, sustituyó Dios por los Cielos. Por eso escribió «el reino de los cielos se ha acercado».

Jesús, a lo largo de Su vida pública, habló del reino de Dios. Dice que iba por las «ciudades y aldeas, predicando y anunciando el evangelio del reino de Dios»[2]. «La gente […] lo siguió; y Él los recibió, les hablaba del reino de Dios»[3]. «Envió [a Sus discípulos] a predicar el reino de Dios y a sanar»[4]. Proclamar el reino de Dios fue uno de los principales componentes del ministerio de Jesús.

Jesús, por medio de varias parábolas, se refirió a distintos aspectos del reino de Dios. En este video examinaremos tres parábolas que tienen que ver con el crecimiento del reino. La primera, llamada a veces la parábola del crecimiento de la semilla, es la única de las tres que se encuentra en el Evangelio de Marcos. Dice así:

Marcos 4:26–29

Así es el reino de Dios, como cuando un hombre echa semilla en la tierra. Duerma y vele, de noche y de día, la semilla brota y crece sin que él sepa cómo, porque de por sí lleva fruto la tierra: primero hierba, luego espiga, después grano lleno en la espiga; y cuando el fruto está maduro, en seguida se mete la hoz, porque la siega ha llegado.

En esta parábola, Jesús compara el reino con el proceso de siembra de las semillas, fructificación y siega. Conviene tener presente que las parábolas son breves y omiten muchos detalles que los oyentes o lectores pueden agregar por su cuenta. Se nos retrata a un agricultor que esparce semilla y seguidamente se duerme y se levanta día y noche mientras las semillas brotan y crecen.

El propósito de la parábola no es acusar al agricultor de perezoso, indolente o desconocedor de las prácticas agrícolas. Más bien señala que entre el momento de la siembra y el de la siega, si bien las acciones del agricultor constituyen una ayuda, no son lo que hace crecer la semilla. Él simplemente espera a que la semilla pase por las distintas fases de crecimiento y dé fruto.

La semilla —en este caso de trigo— crece por sí sola. La hierba tarda en abrirse paso por entre la tierra; luego se forma la espiga, que con el tiempo madura y queda lista para la siega. Todo el proceso hasta que la planta da fruto toma tiempo, y ese proceso no lo causa nada que haga el agricultor, aparte de esparcir las semillas. La lluvia, los elementos del suelo, la vida que hay en la semilla —productos todos ellos de la creación de Dios— son lo que determina el crecimiento de la semilla. Una vez que se ha plantado, cumple a cabalidad su propósito. Y cuando la planta se ha desarrollado plenamente, viene la siega.

¿Qué da a entender Jesús sobre el reino al contar esta parábola a Sus oyentes? Está explicando que el reino es como un proceso de crecimiento que se produce automáticamente y desemboca en la fructificación y la cosecha. La inactividad del agricultor muestra el paso del tiempo: duerme, se despierta, día tras día, y durante ese tiempo la semilla se desarrolla por sí sola. A la larga, cuando el grano madura, «se mete la hoz, porque la siega ha llegado». La redacción de este pasaje es similar a la de Joel 3:13, que dice:

Meted la hoz, porque la mies está ya madura. Venid, descended, porque el lagar está lleno y rebosan las cubas; porque mucha es la maldad de ellos.

Segar la mies con la hoz sugiere castigo, en este caso castigo futuro, después que el grano alcance su máximo desarrollo. En otra parábola Jesús dice:

La siega es el fin del mundo, y los segadores son los ángeles[5].

Jesús cuenta esta parábola para ilustrar que el reino de Dios paulatinamente está tomando forma, sin importar cuáles sean los esfuerzos que hagan las personas por promoverlo o combatirlo. El elemento central es la semilla: su crecimiento gradual hasta convertirse en hierba, hasta que se forma el fruto y de ahí hasta el tiempo de la cosecha. Es un proceso que toma tiempo, pero que avanza inexorablemente día tras día. El agricultor sabe que, una vez que esparza las semillas, no hay nada que él pueda hacer para acelerar el proceso. Por otra parte, tiene la certeza de que la semilla dará fruto, y cuando lo haga, vendrá la cosecha.

Para captar el mensaje que pretendía dar Jesús, conviene recordar que Su público eran personas que habían presenciado Su ministerio —por una parte Sus discípulos, por otra los que se congregaban para escucharlo—, personas que tenían las típicas expectativas judías con relación a la misión del Mesías. Esperaban un rey o gobernante que se alzara, rompiera los grilletes con que los oprimían las autoridades romanas y le devolviera al reino de Israel su antiguo esplendor. Esa esperanza se pone de manifiesto en lo que ocurrió después que Jesús alimentó a los cinco mil. Dice:

Aquellos hombres, al ver la señal que Jesús había hecho, dijeron: «Verdaderamente este es el Profeta que había de venir al mundo». Pero entendiendo Jesús que iban a venir para apoderarse de Él y hacerlo rey, volvió a retirarse al monte Él solo[6].

Jesús predicaba el reino de Dios; pero el reino que anunciaba no se ajustaba a las típicas expectativas de la gente de la época. Sanaba a los enfermos, daba vista a los ciegos, hasta resucitó muertos; pero no abordaba la cuestión política. No había indicación alguna de que se estuviera preparando para derribar el régimen romano. Es posible que el entusiasmo de algunos que inicialmente habían recibido bien Su mensaje estuviera comenzando a decaer. Quizás algunos cuestionaban Su mensaje y Sus métodos, hasta el punto de que, como cuenta el Evangelio de Juan, «muchos de Sus discípulos volvieron atrás y ya no andaban con Él»[7].

Claramente algunos, al no cumplirse sus expectativas, ponían en duda que Jesús pudiera ser el Mesías. En esta parábola, Él aclaró que los oyentes tenían que ampliar, por una parte, su concepto del reino, y por otra dejar que transcurriera un tiempo para que estuviera plenamente vigente. El reino, como la semilla, tarda en pasar por todo el proceso desde la siembra hasta la cosecha. Se demora en dar fruto; pero cuando lo haga, ciertamente vendrá la siega.

En las otras dos parábolas, Jesús da un mensaje similar. La primera es la de la semilla de mostaza, y aparece en los tres evangelios sinópticos, Mateo, Marcos y Lucas.

Mateo la refiere así:

Mateo 13:31,32

El reino de los cielos es semejante al grano de mostaza que un hombre tomó y sembró en su campo. Esta es a la verdad la más pequeña de todas las semillas, pero cuando ha crecido es la mayor de las hortalizas y se hace árbol, de tal manera que vienen las aves del cielo y hacen nidos en sus ramas[8].

En las otras dos versiones hay ligeras diferencias. Marcos escribe que la planta «echa grandes ramas, de tal manera que las aves del cielo pueden morar bajo su sombra», y Lucas que «se hizo árbol grande, y las aves del cielo anidaron en sus ramas»[9].

Decir que la semilla de mostaza es la más pequeña de todas corresponde al uso proverbial de tal semilla entre los judíos y grecorromanos para referirse a algo minúsculo. No quiere decir que no existan semillas más pequeñas. Las hay. Pero esa era la más pequeña de las que plantaban los agricultores de la época. La mayoría de los comentaristas coinciden en que la semilla en cuestión debía ser de mostaza negra (Brassica nigra). Se trata de una semilla minúscula que produce una planta grande, que alcanza una altura de 2,5 a 3,5 metros, tanto como algunos árboles. El tamaño de la planta permite que los pájaros aniden en sus ramas, con lo que cumple función de árbol. En la parábola, Jesús señala el contraste entre la minúscula semilla y la planta alta que sale de ella.

Al equiparar el reino con una semilla de mostaza, Jesús quiere dar a entender que aunque el reino que Él anuncia sea en ese momento minúsculo, alcanzará un tamaño enorme comparado con el del principio. Quiere mostrar el contraste entre la pequeñísima semilla y el tamaño del resultado final.

Probablemente la referencia a una planta que cumple función de árbol y en cuyas ramas anidan los pájaros debió de recordarles a los oyentes el pasaje de las Escrituras que compara el reino babilónico de Nabucodonosor con un árbol grande «cuyo follaje era hermoso y su fruto abundante, […] debajo del cual vivían las bestias del campo y en cuyas ramas anidaban las aves del cielo»[10]. También habrían oído ecos del pasaje en que el reino de Asiria es llamado cedro, y dice que «se encumbró su altura sobre todos los árboles del campo […]. En sus ramas hacían nido todas las aves del cielo, […] y a su sombra habitaban muchas naciones»[11].

La planta de mostaza que brota de una semilla minúscula y se vuelve lo suficientemente grande para que aniden aves en sus ramas ilustra cómo de algo muy pequeño e insignificante sale algo grande e imponente. La referencia a imágenes del Antiguo Testamento establece una comparación con enormes reinos que incluyeron a varias naciones. La ilustración muestra la grandeza del reino de Dios que se constituirá a partir del ministerio de Cristo[12].

En esta parábola, Jesús compara la insignificante semilla de mostaza con los humildes comienzos del reino de Dios, que con el tiempo irá adquiriendo grandeza. Lo que ha empezado como algo minúsculo se volverá enorme.

Al igual que en la parábola del crecimiento de la semilla, hay un intervalo entre la siembra de la semilla de mostaza y el pleno desarrollo de la planta. Lo que sucede en el presente no lo es todo. Pasará el tiempo, la planta crecerá y las aves anidarán en sus ramas.

En la tercera parábola, que refieren tanto Mateo como Lucas, Jesús da un mensaje similar. Veamos lo que dice:

Mateo 13:33

El reino de los cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer y escondió en tres medidas de harina, hasta que todo quedó leudado.

Habla de una mujer que agrega levadura[13] a tres medidas de harina. En aquel tiempo en Palestina se solía leudar el pan con un poco de masa fermentada de una hornada anterior, que se guardaba y se añadía a la harina de la siguiente hornada.

Es interesante que en la época de Jesús (y en los hogares practicantes de hoy en día), una vez al año, para la celebración de la Pascua, se retiraba de las casas judías toda la levadura, y durante siete días no comían nada leudado[14]. Si bien se abstenían de comer levadura por motivos religiosos, el tener que eliminar toda la levadura de la casa significaba que todos los hogares de Israel comenzaban el año con levadura nueva, y es posible que eso mitigara los casos de contaminación o infección[15].

En la parábola, la harina con la que trabajaba la mujer (tres medidas) era suficiente para preparar ciento cincuenta barras de pan, una cantidad nada despreciable. A esa masa le agregó una pizca de levadura y la dejó reposar, probablemente durante la noche, para darle oportunidad de subir. Durante ese tiempo, el poco de levadura afectó a toda la masa e hizo que su volumen se duplicara o triplicara.

Esta parábola, al igual que la anterior, muestra que con el tiempo los humildes comienzos del ministerio de Jesús darán lugar a un tremendo crecimiento y expansión del reino.

Cierto escritor lo expresa de la siguiente manera:

Es posible que se desprecie al grupúsculo de discípulos que predica un reino insignificante y apenas digno de atención; pero tan seguro como el efecto de una pizca de levadura en una gran masa de harina será el efecto del reino por todo el mundo[16].

Al igual que la parábola de la semilla de mostaza, esta describe el proceso de crecimiento del reino, que de algo pequeñísimo saldrá algo sorprendentemente grande.

Las tres parábolas abordan interrogantes que es lógico que surgieran en vida de Jesús sobre la eficacia de Su ministerio. Aunque hacía muchos milagros, no hablaba ni daba ninguna señal de que fuera a librar a la nación de la opresión romana. Jesús, de hecho, presentó una visión distinta y más exacta de cómo estaba actuando Dios y explicó que la ansiada liberación no sería como la gente esperaba. Aunque no satisfizo las ideas preconcebidas que había sobre el reino, comunicó a Sus seguidores que este se había acercado y que iba a crecer, tan seguro como que las semillas esparcidas en un campo, el grano de mostaza y la levadura se traducen en crecimiento. Aunque en ese momento aquello no parecía tener ninguna trascendencia, el resultado final iba a ser enorme.

Hoy en día, la verdad contenida en estas parábolas es evidente. En los años posteriores a la muerte y resurrección de Jesús, el reino lentamente comenzó a crecer. No se cumplieron las limitadas expectativas de la gente de la época, pero se ha extendido por el mundo entero. Con el tiempo, el crecimiento que se ha producido a partir de esos humildes comienzos ha superado las expectativas que había en aquel entonces. Tan seguro como que el reino se ha expandido a consecuencia de las semillas sembradas en tiempos de Jesús es que seguirá creciendo hasta la cosecha. Así como el reino no ha parado de crecer —como dio a entender Jesús en estas parábolas—, se nos garantiza que llegará el tiempo de la siega.

Una de nuestras misiones como cristianos es continuar difundiendo el mensaje del reino, comunicar la buena nueva e invitar a otras personas a incorporarse al reino de Dios, iniciándose en el conocimiento de Jesús y aceptándolo como su Salvador, para que ellas también disfruten de vida nueva. Cada generación de cristianos, desde la época de Jesús hasta ahora, ha anunciado el reino y ha hecho así su parte para garantizar el crecimiento y la continuidad del mismo más allá de su vida. Es deber nuestro hacer lo mismo.

Se nos ha encomendado la misión de difundir el evangelio, de leudar el mundo de hoy con la levadura de la Palabra de Dios y el mensaje de salvación. Hagamos todos nuestra parte como levadura de Dios, como sembradores, a fin de que Su reino se expanda por entre los que nos rodean. Participemos todos en el cumplimiento del mensaje de estas parábolas de Jesús.


La semilla de mostaza y la levadura, Mateo 13:31–33

31 Otra parábola les refirió, diciendo: «El reino de los cielos es semejante al grano de mostaza que un hombre tomó y sembró en su campo.

32 Esta es a la verdad la más pequeña de todas las semillas, pero cuando ha crecido es la mayor de las hortalizas y se hace árbol, de tal manera que vienen las aves del cielo y hacen nidos en sus ramas».

33 Otra parábola les dijo: «El reino de los cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer y escondió en tres medidas de harina, hasta que todo quedó leudado».

El crecimiento de la semilla, Marcos 4:26–29

26 Decía además: «Así es el reino de Dios, como cuando un hombre echa semilla en la tierra.

27 Duerma y vele, de noche y de día, la semilla brota y crece sin que él sepa cómo,

28 porque de por sí lleva fruto la tierra: primero hierba, luego espiga, después grano lleno en la espiga;

29 y cuando el fruto está maduro, en seguida se mete la hoz, porque la siega ha llegado».

La semilla de mostaza, Marcos 4:30–32

30 Decía también: «¿A qué compararemos el reino de Dios? ¿Qué parábola nos servirá para representarlo?

31 Es como el grano de mostaza, que cuando se siembra es la más pequeña de todas las semillas que hay en la tierra,

32 pero después de sembrado crece y se hace la mayor de todas las hortalizas, y echa grandes ramas, de tal manera que las aves del cielo pueden morar bajo su sombra».

La semilla de mostaza y la levadura, Lucas 13:18–21

18 Dijo: «¿A qué es semejante el reino de Dios, y con qué lo compararé?

19 Es semejante al grano de mostaza que un hombre tomó y sembró en su huerto; y creció y se hizo árbol grande, y las aves del cielo anidaron en sus ramas».

20 Y volvió a decir: «¿A qué compararé el reino de Dios?

21 Es semejante a la levadura que una mujer tomó y mezcló con tres medidas de harina, hasta que todo hubo fermentado».


Nota

Todos los versículos de la Biblia proceden de la versión Reina-Valera, revisión de 1995, © Sociedades Bíblicas Unidas, 1995. Utilizados con permiso.


[1] Mateo 4:17.

[2] Lucas 8:1.

[3] Lucas 9:11.

[4] Lucas 9:2.

[5] Mateo 13:39.

[6] Juan 6:14,15.

[7] Juan 6:66.

[8] Mateo 13:31,32

[9] Marcos 4:30–32; Lucas 13:18–19.

[10] Daniel 4:20,21.

[11] Ezequiel 31:3–6.

[12] Robert A. Guelich: World Biblical Commentary: Mark 1–8:28, Nashville: Thomas Nelson, 1989, 251.

[13] Sustancia que se añade a la masa para que fermente y suba. / Masa de una tanda anterior que se guarda con el fin de iniciar la fermentación.

[14] Éxodo 12:15,19,20.

[15] Leon Morris: The Gospel According to Matthew, Grand Rapids: William B. Eerdmans Publishing Company, 1992, 353.

[16] Ibíd.