Darle sentido a la vida: Sé amable

Mayo 4, 2011

Enviado por María Fontaine

El principio más profundo de la naturaleza humana es la necesidad de sentirse apreciado. William James

Las palabras bondadosas no cuestan mucho… sin embargo, logran mucho. Blaise Pascal

Me sumergiría mil veces en el abismo por levantarle el ánimo a alguien que está decaído. Bueno me es haber sido humillado, para que sepa hablar palabras al cansado. Charles Spurgeon

Todos necesitamos ánimo. Estoy convencida de que Dios quiere alentar a las personas, pero que en muchos casos necesita que seamos nosotros los portadores de ese ánimo. Y, aunque parezca mentira, nosotros tenemos lo que los demás necesitan. ¡Tenemos el amor de Dios, que es poderosísimo! ¡Tenemos el Espíritu del amor y las palabras de amor! Nuestra vida puede tener impacto en los demás debido al poder de nuestras palabras. No es necesario que sean palabras profundas ni elocuentes: basta con palabras sencillas, con tal de que satisfagan la necesidad de amor, esperanza, significado y consuelo que tenga la persona a quien se las dirigimos.

Si piensas que no tienes tiempo ni energías, o que no cuentas con las habilidades o el dinero necesario (o que, con el que tienes no basta), no te preocupes: a la mayoría nos pasa lo mismo. No obstante, todos podemos dar a otros por medio de nuestras palabras de ánimo, a través de las cuales nos es posible influir en los demás y propagar el amor de Dios donde sea que vayamos. En cinco minutos o menos podemos marcar la diferencia en un paradero de autobús, en el metro, al cruzar la calle, en la tienda, en el trabajo, en el colegio, en línea, cuando salimos a dar un paseo y en miles de circunstancias más.

Algo que podemos preguntarnos es: «¿Qué podría decirle a esta persona que la ayude de alguna manera? …que le levante el ánimo, le alegre el día; que haga que se sienta apreciada y valorada; que la haga sentir que vale la pena como persona; que la haga sentirse bien consigo misma y la ayude a creer que su aporte es valioso…» Y después, pidámosle al Señor que nos ayude a tener la fe para decirle lo que sea que Él nos inspire.

A todo el mundo le gusta sentirse apreciado y valorado, sentir que su aporte es significativo. Y en muchos casos, dejarle a la persona algo para leer (un folleto, por ejemplo) puede agregar valor a tu testificación.

Les relato una experiencia personal: resulta que Peter y yo estábamos sentados en la terraza de un café. En la mesa de al lado había una familia con una hija de unos veintitantos años en una silla de ruedas. A pesar de su discapacidad se la veía radiante; indiscutiblemente era el alma de la fiesta. Seguimos comiendo, y me enfrasqué por completo en una conversación con Peter, al punto en que ni siquiera me di cuenta de que la muchacha ya se estaba yendo, pero alcancé a conversar con su madre justo antes de que se marcharan.

Le comenté lo impresionada que me había quedado con su hija. Concordó conmigo y me quedó claro que se sentía orgullosa de ella. Agregué: «Claro que la mamá debe de haber tenido algo que ver en ello…» Se conmovió mucho y me aceptó muy agradecida el folleto que le di.

Me gusta ver esas oportunidades de animar a las personas como parte de mi misión de ir por todas partes «haciendo el bien» por quienes recorren la travesía conmigo, como lo hizo Jesús[1]. Es tanto lo que se me ha dado a mí… y siento que estas oportunidades, por breves que sean, me brindan la posibilidad de manifestar a los demás el amor de Dios.

A lo mejor nuestras palabras de ánimo serán apenas un peldaño en el largo camino de la vida de una persona. Y aunque no tengamos folletos a la mano ni dé el tiempo para hablar específicamente sobre Jesús, nunca es una pérdida de tiempo ayudar a alguien a sentirse más seguro de sí mismo o a darse cuenta de la trascendencia de su persona, a cobrar conciencia de que notamos ese acto o característica particular que nos llamó la atención. Si lo que nos proponemos es darles ánimo, si es eso lo que buscamos, las personas reconocerán que lo hacemos especialmente para ellos, que no tenemos ninguna intención de obtener algo a cambio… ni siquiera ganar un alma, necesariamente.

Claro que queremos que todos lleguen a conocer a Jesús, pero si nuestra motivación primordial en todo encuentro con alguien siempre es que lo conozcan, sufriremos muchas decepciones. Puede que la búsqueda de algunas personas apenas haya comenzado, o quizás todavía ni siquiera estén en la búsqueda. No obstante, nuestras palabras comprensivas y compasivas, junto con nuestras oraciones, podrían conectarlas con el amor de Dios. Si no se conectan de inmediato con Jesús, quizás suceda más tarde.

En algunos casos veremos los resultados de las palabras de ánimo que regalamos; en otros, es posible que nunca los veamos. Lo importante es que seamos dadores. Tal vez algunas personas no lleguen a ver la relación entre nuestras acciones y el amor de Dios, pero es posible que tus palabras siembren la semilla o rieguen la que otra persona sembró. De modo que siempre tiene valor compartir esas palabras de aliento. El amor nunca falla, de modo que si tus palabras no hacen que una persona lo entienda todo de inmediato, la verdad es que no importa. Lo que sí importa es que la gente se sienta amada, apreciada y valorada, pues cuando haces que se sientan así, en el fondo están experimentando un toquecito del amor de Dios. Es un privilegio ser un dador de bondades.

A mí me parece que no siempre es necesario tratar de que la persona rece la oración de salvación ahí mismo, sobre todo cuando se trata de un encuentro breve. Por lo general, los encuentros breves con las personas no se prestan para algo así. No obstante, para lo que sí se prestan es para «reanimar a otros»[2], decirles algo que les dé fe en sí mismos y fe en que aún hay personas buenas y amables en este mundo que se preocupan por los demás. Es posible que eso los haga pensar en el Hombre Amoroso que inspira esas cualidades. Pero de no ser así, tal vez sea como sembrar o regar una semillita que se cosechará más adelante.

Esforzarnos por brindar ánimo y manifestar el amor de Dios a las personas por medio de nuestras acciones puede ser parte importante del panorama más amplio que implica su eventual salvación cuando se encuentran listas. Tal como lo expresó Pablo, puede que uno plante la semilla y que otro la riegue, pero quien da el crecimiento en su tiempo es Dios[3]. A menudo puede que el papel que tengamos nosotros en que la persona reciba el obsequio de la salvación suponga que participemos en la preparación del suelo, o en las etapas de riego y cuidados especiales, hasta que por fin germine y comience a crecer. Pablo agrega: «El que siembra y el que riega están al mismo nivel, aunque cada uno será recompensado según su propio trabajo»[4].

Aquí tienen un par de vivencias personales más.

Hace unos meses cuando estábamos embarcándonos en un vuelo, noté que el aeromozo se veía bastante nervioso e impaciente, cosa que me parece comprensible cuando las personas están abordando. Cuando le pedí amablemente si me podía traer un vaso de agua, me preguntó con brusquedad si no podía esperarme a que despegara el avión. Pero como realmente no podía esperar, insistí, y me la trajo a regañadientes.

Ya en el aire, le tocó servir las bebidas. Al llegar a mi asiento, lo detuve y le dije que había reparado en su interacción con los pasajeros y que me había llamado la atención lo bien que los atendía. Apenas me hizo caso, probablemente porque se sentía avergonzado de no haberme atendido bien a mí. Pero de todos modos, el amor que damos nunca se desperdicia y lo que damos no pasa inadvertido.

En el mismo vuelo, justo delante de mí, había una niña de unos diez u once años, al otro lado del pasillo. Tenía un enorme cuaderno para colorear de lo más bonito que por lo visto su mamá le había llevado para el vuelo. En la misma fila había otra niña de más o menos la misma edad, y su papá iba sentado detrás de ella. No tenía libro para colorear. Es más, no tenía nada para entretenerse durante el vuelo.

La que tenía el libro estaba de lo más ocupada coloreando y tenía todas sus crayolas en la mesita. A la otra, pobrecita, se le iban los ojos. Tan mal me sentí por ella, que oré para que la que tenía el libro se diera cuenta y quisiera arrancar una hoja de su bonito libro y se la diera a la que no tenía nada. Dicho y hecho: al ratito, vi que la niña había arrancado una hoja y se la había dado a su compañera de asiento, e incluso estaba compartiendo con ella sus crayolas.

Me pareció que seguramente había supuesto un sacrificio para ella. Me estiré inclinándome sobre el pasillo para poder darle una suave palmadita en hombro, y le dije que me parecía muy lindo que hubiese compartido su libro de colorear con la niña que no tenía nada. Se le iluminó la carita y se notó que le había agradado mucho que alguien hubiese notado su gesto.

No sé qué tan lejos pueda llegar un breve intercambio como ese, pero quisiera creer que la próxima vez que esa niña tenga que tomar la decisión de compartir algo, recuerde a la señora que se sintió orgullosa de ella por haber tomado una decisión acertada.

Sé que muchos de ustedes son expertos en compartir su amor de maneras muy hermosas en sus interacciones con la gente. Seguramente sabrán a qué me refiero cuando expreso lo gratificante que puede llegar a ser canalizar el amor de Jesús para levantarle a alguien el ánimo por medio de unas palabras de aliento, una sonrisa o un acto. También sé que muchos de ustedes han tenido muchas más posibilidades que yo de conocer a otras personas y aprender a interactuar con ellas de la mejor manera posible, ya que salen mucho más que yo. Sin duda tendrán muchas experiencias propias que contar. Es eso, justamente, parte de lo que hace tan especial ser cristiano: su fe en acción.

Requiere fe creer que las palabras que intercambiamos en esos breves encuentros que tenemos con personas ajenas a nosotros marcarán una diferencia. La mayoría de las veces no sabemos cuáles serán los resultados finales, y en la mayoría de los casos no llegaremos a enterarnos, al menos no en esta vida. Eso sí: sabemos que el amor nunca falla y que cuando oramos y le ponemos tren de aterrizaje a nuestras oraciones, siempre sucede algo en el corazón y el espíritu de la persona en cuestión.

Como dijo alguien una vez: «A menudo menospreciamos el poder de una caricia, de una mirada, de una sonrisa, de una palabra tierna, de un oído que escucha, de un cumplido sincero o del más pequeño acto bondadoso, todo lo cual puede llegar a transformar por completo una vida»[5].


[1] Hechos 10:38. (RV)

[2] Proverbios 25:11. (NTV)

[3] Ver 1 Corintios 3:5–7. (NVI)

[4] 1 Corintios 3:8. (RV)

[5] Leo Buscaglia.

Foto (de izquierda a derecha): Olivia y Stephanie. Fotografía de Tina Miles