Disciplinas espirituales: El servicio

Septiembre 2, 2014

Enviado por Peter Amsterdam

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[The Spiritual Disciplines: Service]

Al ingresar al mundo, Jesús se anonadó y asumió la condición de siervo[1]. Los cristianos hemos sido llamados, como Él, a servir a nuestros hermanos en la fe, como también a otras personas. Dicho servicio es un modo de dejar que brille nuestra luz delante los demás y al mismo tiempo glorificar a Dios[2]. Todo servicio cristiano es una parte importante y hermosa del amor que profesamos por Dios, y si bien distintos cristianos realizan distintos tipos de servicio, todo servicio que ensalza a Dios es honroso.

En el presente artículo abordaré el servicio específicamente como disciplina espiritual en lugar de escribir sobre el servicio cristiano en general. El servicio como disciplina espiritual se practica para servir a los demás y también como un medio abnegado de adquirir mayor semejanza con Cristo. Es el mismo principio que rige para todas las otras disciplinas espirituales.

Ejemplos

Cuando se sirve en el sentido de disciplina espiritual uno opta por una modalidad concreta de servicio que lo ayude a fortalecerse en un aspecto en el que está flojo. Por ejemplo, un gerente que esté acostumbrado a dirigir y dar instrucciones quizá decida colaborar en su iglesia o en un comedor de beneficencia en calidad de subalterno, a las órdenes de otras personas, con el fin de contrarrestar su orgullo o su naturaleza dominante. Una persona deseosa de llamar la atención tal vez opte por servir desde el anonimato. Quien suele ser egoísta con su tiempo posiblemente se comprometa a dedicar cierta cantidad de horas a la semana a servir a los necesitados.

El servicio constituye una disciplina cuando uno lo practica con doble finalidad: ayudar a otros y ayudarse a sí mismo a superar algo que esté coartando su crecimiento espiritual. No todo servicio tiene que realizarse como disciplina espiritual: hay muchas ocasiones en que servimos sin otro móvil que nuestro amor por el Señor y los demás. No obstante, para los que aspiran a crecer espiritualmente, a ejercitarse y fortalecerse, el servicio, por mucho que exija sacrificio, puede ser un hermoso medio de lograr lo que se han propuesto.

Dallas Willard lo expresó así:

Al servir, empleamos nuestros bienes y energías para promover activamente el bien ajeno y las causas de Dios en nuestro mundo. Recordemos una importante distinción: no todo acto que puede realizarse como disciplina debe hacerse necesariamente como tal. Muchas veces puedo servir a otra persona como un simple acto de amor y justicia, sin reparar en cómo pueda incrementar con ello mi capacidad para seguir a Cristo. […] Sin embargo, también cabe la posibilidad de servir a otra persona como ejercicio para superar la arrogancia, la posesividad, la envidia, el rencor o la codicia. En ese caso, realizo mi servicio como una disciplina para la vida espiritual[3].

Motivación

La motivación para servir, ya como disciplina, ya en el curso de nuestra vida cotidiana, se halla en las Escrituras. Esto es lo que nos motiva[4]:

  • La gratitud: Servir es la respuesta adecuada al trato bondadoso que nos dispensa Dios. Sírvanle en verdad con todo su corazón; pues han visto cuán grandes cosas ha hecho por ustedes[5].
  • La alegría: Servimos con alegría, no a regañadientes.Sirvan al Señor con alegría[6].
  • El perdón: Al igual que Isaías, cuyos pecados fueron perdonados y acto seguido se ofreció a servir, nosotros también servimos para corresponder al perdón que se nos ha concedido. Él tocó mi boca [la de Isaías], y me dijo: «Esto ha tocado tus labios, y es quitada tu iniquidad y perdonado tu pecado». Y oí la voz del Señor que decía: «¿A quién enviaré, y quién irá por Nosotros?» «Aquí estoy; envíame a mí», le respondí[7].
  • La humildad: Servimos motivados por la humildad. Pues si Yo, el Señor y el Maestro, les lavé los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Porque les he dado ejemplo, para que como Yo les he hecho, también ustedes lo hagan[8].
  • El amor: Servimos porque amamos a Dios y al prójimo.Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo[9].

Cuando servimos impulsados por la gratitud, la alegría, la humildad y el amor a Dios y a los demás, sea el servicio que desempeñemos una disciplina o no, lo realizamos con gusto y entusiasmo, independientemente de la situación en que nos encontremos y del medio que Él nos haya indicado, ya sea emocionante y extraordinario, o prosaico. Naturalmente que ciertos tipos de servicio ofrecen grandes emociones, y por lo general es más inspirador para uno participar en ellos. Sin embargo, ni el grado de emoción ni el papel que uno cumpla debieran importarnos en realidad.

Cuando Jesús lavó los pies de Sus discípulos, asumió la labor de un esclavo. En aquella época nadie salvo el esclavo más servil lavaba los pies de quienes entraban en una casa. Esa noche en el aposento alto, Jesús —que había sanado a muchedumbres de enfermos, expulsado demonios, calmado tempestades y caminado sobre las aguas— se arrodilló y lavó los pies mugrientos de los discípulos a quienes amaba y servía.

Cuando acabó de lavarles los pies, tomó Su manto, y sentándose a la mesa otra vez, les dijo: «¿Saben lo que les he hecho? Ustedes me llaman Maestro y Señor; y tienen razón, porque lo soy. Pues si Yo, el Señor y el Maestro, les lavé los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Porque les he dado ejemplo, para que como Yo les he hecho, también ustedes lo hagan. En verdad les digo, que un siervo no es mayor que su señor, ni un enviado es mayor que el que lo envió. Si saben esto, serán felices si lo practican»[10].

Jesús manifestó claramente que sea cual sea tu prestigio espiritual, el puesto laboral que ocupes, el capital que poseas o cualquier otra cosa que según tu percepción o la de otras personas te otorgue superioridad sobre los demás, todo eso ha de hacerse a un lado al servir al prójimo. Cuando Santiago y Juan solicitaron puestos de autoridad, Jesús les respondió: «Como ustedes saben, los que se consideran jefes de las naciones oprimen a los súbditos, y los altos oficiales abusan de su autoridad. Pero entre ustedes no debe ser así. Al contrario, el que quiera hacerse grande entre ustedes deberá ser su servidor, y el que quiera ser el primero deberá ser esclavo de todos»[11]. Jesús nos invita a no fijarnos tanto en el rango y la autoridad y señala que la grandeza a los ojos de Dios se halla sirviendo. Independientemente de la posición o estatus económico que tenga un cristiano, se espera que sirva a Dios y a sus semejantes movido por el amor y la humildad, como un acto de gratitud, para corresponder al perdón recibido.

Servir con amor

La persona que sirve por amor a Dios y al prójimo no busca gratificación externa. No necesita que otros se enteren. No pretende el aplauso y la gratitud de los demás. Se contenta con servir anónima y humildemente. No distingue entre servicio pequeño y grande, ya que todo acto de servicio es fruto de la misma motivación. El acento no está en los resultados. Tampoco espera que el beneficiario corresponda al servicio prestado, sino que encuentra placer en el servicio mismo. No discrimina; no aspira a servir a los nobles y poderosos, sino a todos los que padezcan necesidad, comúnmente los humildes y los indefensos. Presta sin falta sus servicios sea cual sea su estado de ánimo; no se deja llevar por cambios de humor o por caprichos, sino que controla sus sentimientos y satisface la necesidad que haya. Vela por las necesidades ajenas sin pretensiones[12].

La persona que sirve como disciplina debe resistir activamente el reconocimiento y las alabanzas de los demás. Richard Foster lo manifiesta de la siguiente manera:

De todas las disciplinas espirituales clásicas, el servicio es la que más propicia el desarrollo de la humildad. Cuando emprendemos a conciencia un determinado curso de acción que acentúe el bien ajeno y que, en su mayor parte, constituya una labor anónima, se produce un profundo cambio en nuestro espíritu. Nada disciplina los deseos desordenados de la carne como el servicio, y nada transforma los deseos de la carne como servir en el anonimato. La carne lloriquea por causa del servicio, pero berrea por causa del servicio oculto. Brega y forcejea por recibir honra y reconocimiento. Urde maniobras sutiles y religiosamente aceptables para llamar la atención sobre el servicio prestado. Si nos negamos firmemente a ceder ante ese apetito de la carne, lo crucificamos. Cada vez que crucificamos la carne, crucificamos nuestro orgullo y arrogancia[13].

¿Qué rasgos caracterizan, pues, al servicio como disciplina? Se empieza por tener una actitud de servicio. Es abrigar un deseo de servir, de ayudar cuando sea y donde sea necesario. Eso puede traducirse en cuidar al niño de los vecinos, llevar comidas a familias en situación inestable o hacer mandados o recados para personas confinadas en su casa. Puede manifestarse mediante la hospitalidad, por ejemplo teniendo invitados a cenar en tu casa. En una iglesia o en un ámbito comunitario, puede significar colocar las sillas para las reuniones, preparar colaciones, realizar la limpieza posterior, dar una clase bíblica o participar en una excursión de testificación con los jóvenes. En tu labor personal de propagación cristiana, implica testificar a alguien que precise ayuda, posiblemente una persona de difícil trato. Es demostrar de manera palpable amor e interés sincero por los necesitados. Es dar una mano cuando haga falta. Es aprovechar tus aptitudes y los dones del Espíritu para ayudar por cualquier medio de que dispongas cuando la situación lo exija.

Servicios concretos

En el libro Celebración de la disciplina, Foster detalla algunos servicios que él considera parte de la disciplina del servicio[14]:

  • El servicio de la hospitalidad. «Practiquen la hospitalidad entre ustedes sin quejarse»[15], se nos exhorta; o como lo expresa otra versión de la Biblia: «Abran las puertas de su hogar con alegría al que necesite un plato de comida o un lugar donde dormir»[16].
  • El servicio de escuchar. El amor que profesamos por Dios parte por escuchar Su Palabra, de donde se infiere que debemos amar a nuestros semejantes aprendiendo a escucharlos. Cuando aprendemos a quedarnos callados y escuchar a los demás, aprendemos también a guardar silencio ante el Señor y ponerle atención. Hacemos bien en escuchar sosegadamente a los demás, pues es posible que así oigamos a Dios hablarnos por intermedio de ellos. Muchas veces lo que ellos necesitan es a alguien que les preste oído, no nuestras opiniones o respuestas.
  • El servicio de sobrellevar las cargas ajenas. «Sobrelleven los unos las cargas de los otros, y cumplan así la ley de Cristo»[17]. El amor se cumple cuando unos sobrellevamos los dolores y sufrimientos de los otros, llorando con los que lloran, particularmente con los que atraviesan un valle de sombra de muerte. Podemos aliviar las penas y angustias de nuestros semejantes depositándolas en los fuertes y cariñosos brazos de Jesús.
  • El servicio de compartir unos con otros la palabra de vida. Cuando recibimos una palabra del Señor para otra persona, la podemos transmitir con humildad, sin añadir nuestra propia interpretación o lectura, sino limitándonos a comunicar lo que Dios ha dicho.
  • El servicio de dejarse servir. Acceder a que otros nos sirvan es un acto de sumisión y servicio. Aceptamos gentilmente el servicio de que somos objeto, sin sentirnos obligados a retribuirlo. Al recibirlo nos sometemos al regalo que se nos ha hecho con amor y demostramos respeto por la dádiva y el dador.

Jesús dijo: «Yo estoy entre vosotros como el que sirve»[18]. Si deseamos ser imitadores de Cristo, entonces aprender a servir al prójimo con amor y humildad, como hizo Jesús, sin otro interés que glorificar al Padre, y comprometernos a ello, es una disciplina que merece la pena practicar.


Nota:

A menos que se indique otra cosa, todos los versículos proceden de la Santa Biblia, versión Reina-Valera 95 (RVR 95), © Sociedades Bíblicas Unidas, 1995. Utilizados con permiso. Todos los derechos reservados.


[1] Filipenses 2:6,7.

[2] Mateo 5:16.

[3] Dallas Willard, El espíritu de las disciplinas (Vida, 2010).

[4] Puntos tomados de Spiritual Disciplines for the Christian Life, de Donald S. Whitney (Colorado Springs: Navpress, 1991), 117–122.

[5] 1 Samuel 12:24 (NBLH).

[6] Salmo 100:2 (NBLH).

[7] Isaías 6:7,8 (NBLH).

[8] Juan 13:14,15 (NBLH).

[9] Mateo 22:37–39.

[10] Juan 13:12–17 (NBLH).

[11] Marcos 10:42–44 (NVI).

[12] Richard J. Foster, Celebración de la disciplina (Buenos Aires: Editorial Peniel, 2009).

[13] Foster, Celebración de la disciplina.

[14] Foster, Celebración de la disciplina.

[15] 1 Pedro 4:9 (NVI).

[16] 1 Pedro 4:9 (NTV).

[17] Gálatas 6:2 (RVC).

[18] Lucas 22:27.