¡Él está vivo!

abril 22, 2011

Enviado por Peter Amsterdam

Ya habían pasado como tres años desde que habían respondido al llamado a seguirlo. Cada uno tenía su propia historia de cómo había sucedido. A Natanael le habían dicho que era un israelita en quien no había falsedad[1]. Pedro y su hermano Andrés escucharon las palabras: «Venid en pos de Mí, y os haré pescadores de hombres»[2] en una ocasión en que se encontraban echando las redes al mar. Mateo estaba sentado en la caseta de recaudación de impuestos[3]. Los años que siguieron habían sido los más emocionantes e intensos de sus vidas.

Las cosas que presenciaron fueron increíbles: curaciones milagrosas de personas enfermas, liberaciones de fuerzas demoniacas[4], la alimentación de cinco mil personas a partir de un puñado de panes y peces[5], seguida de otra alimentación masiva[6]. Hubo también una ocasión en que bajaba por una calle un cortejo fúnebre y Él se conmovió a tal punto ante el dolor de la madre por la pérdida de su hijo que detuvo la procesión, tocó el ataúd, y el joven revivió y se incorporó[7]. ¡Y esa no fue la única vez en que alguien revivió! También se dio el caso de la niña que estaba muerta cuando Él ingresó a su cuarto y viva cuando salió[8]. Y qué de Lázaro, que llevaba cuatro días muerto cuando Él le ordenó que saliera vivo de la tumba[9].

En ocasiones, contó relatos increíblemente perspicaces, historias que encerraban verdades profundas y revelaban importantes enseñanzas a quienes manifestaban la apertura necesaria para captarlas[10]. A veces enseñaba a multitudes de personas que se juntaban a escuchar lo que decía, y en determinado momento estuvieron a punto de llevarlo a la fuerza para coronarlo rey[11]. En otros momentos llevaba a Sus seguidores más íntimos a algún lugar tranquilo donde pudieran descansar, y allí les enseñaba de manera individualizada[12].

Sin duda fueron días emocionantes.

Claro está, no todos los días estaban colmados de emoción positiva. En algunos, había oposición. Había quienes discrepaban con él y con Sus enseñanzas, y lo desafiaban con la intención de demostrar que Sus enseñanzas estaban mal. A pesar de ello, Sus respuestas estaban llenas de sabiduría y poder, y sobre todo, de amor[13]. Puede que los que lo desafiaban no lo interpretaran como amor, pero quienes creían en Él percibían un profundo amor por el prójimo en las respuestas que daba, y por encima de todo, en Sus acciones. Todo en Él se basaba en el amor y la compasión por los demás. Era la persona más increíble que habían conocido jamás. Lo amaban profundamente.

Con el paso del tiempo, la oposición fue aumentando y sus enemigos estaban cada vez más decididos a detenerlo. Sin embargo, en medio de todo ello, hubo un día en que la gente salió a su encuentro fuera de los muros de la ciudad agitando ramas de palma y exclamando: «Hosanna al Hijo de David»[14]. Sus opositores religiosos temían tocarlo debido a Su popularidad, y además les preocupaba que Sus actividades fueran a provocar la intervención de las autoridades civiles, a consecuencia de lo cual podían poner en riesgo sus puestos prominentes[15].

Aquellos tres años fueron extraordinarios, maravillosos, llenos de esperanza, emoción y aprendizaje. Sus seguidores pensaban que las cosas seguirían así por muchos años. Incluso disputaban entre sí quién sería el más importante cuando Él asumiera el poder[16].

Hasta que sucedió. Lo arrestaron, y en un lapso de apenas veinticuatro horas lo ejecutaron como criminal. Sus esperanzas y sueños a futuro se hicieron añicos. La vida que habían vivido en los años anteriores había llegado a su fin. El futuro del que Él les había hablado no había resultado tal como se los había pintado. Él estaba muerto.

Se sentían tristes y confundidos. Tenían miedo y se escondieron tras puertas cerradas con llave. Estaban totalmente desconcertados con el final tan abrupto de aquello a lo que se habían habituado, del trabajo en el que habían participado, del amor que habían llegado a conocer muy bien. Todo cambió casi instantáneamente. El futuro pintaba sombrío.

Tres días después, por la mañana, unas mujeres que eran Sus seguidoras visitaron la tumba, pero no encontraron allí Su cuerpo. Cuando se lo contaron a los otros discípulos, nadie les creyó[17]. Pedro y Juan salieron a toda prisa hacia el sepulcro y comprobaron que era cierto lo que decían: Él no estaba ahí. No lo entendían pero sabían que Su cuerpo había desaparecido[18].

De pronto Él se apareció en medio de ellos en la habitación cerrada donde se escondían. El hombre al que habían amado y seguido, que había sido torturado y asesinado brutalmente, estaba parado frente a ellos[19].

¡Estaba vivo!

Había resucitado de los muertos y estaba de vuelta con ellos. Su presencia lo cambiaba todo. A pesar de que lo habían ejecutado como a un criminal, el hecho de que estuviese vivo frente a ellos demostraba que todo lo que había dicho y hecho era de Dios. Las cosas que les había dicho acerca de Su persona eran ciertas: Él era, en efecto, la resurrección y la vida[20]; también era verdad que levantaría ese templo en tres días[21]; que lo matarían y que volvería a vivir[22]. La verdad de esas palabras ahora era más evidente que nunca porque estaba ahí mismo, con vida. Su fe no estaba equivocada. Él no había sido otro mesías fallido. Era quien habían creído que era[23]. Su fe y su esperanza se renovaron. Su presencia les dio una nueva comprensión de lo que había sucedido. Cambió por completo el contexto de los días anteriores. Al fin y al cabo no había sido una derrota: era una victoria.

Poco después, ascendió al cielo. Ya no estaba físicamente con ellos, pero el Espíritu Santo fue enviado a habitar en ellos: una presencia constante para guiarlos en verdad y amor, y en el compartir de la fe que habían adquirido[24]. Él los había instruido mucho durante los años que habían tenido oportunidad de vivir juntos, y luego les encargó que fueran a todas partes a enseñar acerca de Él, a hablar sobre Su amor, Su vida, Su muerte y Su resurrección, y sobre la salvación que estaba al alcance de todos[25].

Los magníficos días de vivir y trabajar juntos con Él habían acabado, y los días de salir a proclamar lo ocurrido a otros habían comenzado. Si bien tomó tiempo y les costó adaptarse, hicieron lo que les encargó: fueron a diversas ciudades y países, conocieron nuevas personas, hicieron nuevas amistades, y guiaron a muchos a Él. Edificaron comunidades, transmitieron a otros lo que Él les había enseñado; se dedicaron a la misión día tras día, año tras año, corazón por corazón. Enfrentaron dificultades, pruebas y tribulaciones, pero siguieron incluso hasta la muerte. Y al hacerlo, tuvieron un impacto profundo en el mundo de su época y de todas las que le siguieron.

¡Su resurrección lo cambió todo! El que estuviera vivo les confirió poder para ir más allá de aquello a lo que estaban acostumbrados, para soltar las cosas tal como habían sido hasta ese momento y adentrarse en una nueva forma de vida que consistía en transmitir Su amor y salvación a otros, lo cual tuvo como consecuencia que desde aquel momento se transmitiera la fe a las siguientes generaciones.

El factor clave de todo fue el hecho de que resucitara de los muertos. Eso fue lo que marcó la diferencia. Si bien las cosas habían cambiado y Él ya no estaba físicamente presente con ellos, estaba más presente que nunca con ellos por medio del Espíritu Santo. Aún podía obrar milagros; resucitar a los muertos; dar respuestas increíbles a quienes las necesitaban; manifestar amor, compasión y misericordia; proclamar las buenas nuevas de la salvación. Solo que ahora, en lugar de hacerlo en persona, lo hacía por medio de ellos. ¿Cómo así? Porque estaba vivo. Seguía viviendo en ellos y obrando por su intermedio. Y ha seguido así de vivo para quienes lo han amado y seguido desde entonces.

La Pascua es la celebración de la resurrección de Jesús. Es la celebración del hecho de que esté vivo. Derrotó a la muerte, al infierno y a Satanás. Nos redimió de nuestros pecados. Vivió, amó y murió por cada uno de nosotros individualmente, y está hoy con nosotros en la misma medida en que lo estuvo con aquellos con quienes transitó la Tierra hace dos milenios.

¡Vive! Durante un breve periodo Sus discípulos no se dieron cuenta de que así era, pues no veían otra cosa que las circunstancias en que se encontraban. Lo acababan de crucificar: había desaparecido y ya no estaba con ellos. Pero eso no duró mucho. La confusión, el temor y la incertidumbre pasaron ni bien se dieron cuenta de que, aunque las circunstancias físicas hubieran cambiado, Él estaba vivo, y de que Su amor, Su verdad, Su compasión, Sus palabras y Sus acciones seguían presentes. Estaba vivo y obraba por medio de ellos para transformar el mundo, para propagar Su verdad y amor, Su redención y Su salvación.

Él sigue tan vivo como siempre, obrando por intermedio de ti para que hagas lo mismo. Sin importar las circunstancias en que te encuentres ni los cambios que hayan ocurrido, y por difíciles que puedan estar las cosas, Él vive en ti. Su poder y ungimiento, y Su Espíritu, están presentes en ti. El poder para cumplir con la misión que encargó a Sus discípulos originales y a todos cuantos respondieron a Su llamado desde entonces, sigue vigente.

Donde sea que nos encontremos, Él está con nosotros. Sean cuales sean nuestras circunstancias, la situación en que nos encontremos, estemos en un país lejano o en nuestro lugar de origen, Él está con nosotros, obrando a través de nosotros tanto como se lo permitamos. Él vive. Otros tienen que enterarse, tienen que experimentarlo. Y una manera de que lo vean y lo entiendan es que Él viva en ti y que pueda manifestar Su vida a través de la tuya.

Compártelo con los demás. Permite que vean Su espíritu en ti. Que escuchen Sus palabras a través de las palabras que les diriges. Deja que lo sientan en tus actos amorosos, en tu compasión y tu empatía. Demuéstrales que está vivo aun en el mundo confuso de hoy presentándoselos; concertando una cita para que lo conozcan, poniéndolos en contacto con Él de manera que también sepan que vive.


[1] Cuando Jesús vio que Natanael se le acercaba, comentó:
—Aquí tienen a un verdadero israelita, en quien no hay falsedad.
—¿De dónde me conoces? —le preguntó Natanael.
—Antes de que Felipe te llamara, cuando aún estabas bajo la higuera, ya te había visto.
—Rabí, ¡tú eres el Hijo de Dios! ¡Tú eres el Rey de Israel! —declaró Natanael. (Juan 1:47–49 ESV.)

[2] Pasando por la orilla del mar de Galilea, Jesús vio a Simón y a su hermano Andrés que echaban la red al lago, pues eran pescadores. «Vengan, síganme —les dijo Jesús—, y los haré pescadores de hombres.» Al momento dejaron las redes y lo siguieron. Marcos 1:16–18 NVI.

[3] Al irse de allí, Jesús vio a un hombre llamado Mateo, sentado a la mesa de recaudación de impuestos. «Sígueme», le dijo. Mateo se levantó y lo siguió. Mateo 9:9 NVI.

[4] Jesús recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas, anunciando las buenas nuevas del reino, y sanando toda enfermedad y dolencia entre la gente. Su fama se extendió por toda Siria, y le llevaban todos los que padecían de diversas enfermedades, los que sufrían de dolores graves, los endemoniados, los epilépticos y los paralíticos, y él los sanaba. Mateo 4:23–24 NVI.

[5] Cuando Jesús desembarcó y vio a tanta gente, tuvo compasión de ellos y sanó a los que estaban enfermos.
Al atardecer se le acercaron Sus discípulos y le dijeron:
—Éste es un lugar apartado y ya se hace tarde. Despide a la gente, para que vayan a los pueblos y se compren algo de comer.
—No tienen que irse —contestó Jesús—. Denles ustedes mismos de comer.
Ellos objetaron:
—No tenemos aquí más que cinco panes y dos pescados.
—Tráiganmelos acá —les dijo Jesús.
Y mandó a la gente que se sentara sobre la hierba. Tomó los cinco panes y los dos pescados y, mirando al cielo, los bendijo. Luego partió los panes y se los dio a los discípulos, quienes los repartieron a la gente. Todos comieron hasta quedar satisfechos, y los discípulos recogieron doce canastas llenas de pedazos que sobraron. Los que comieron fueron unos cinco mil hombres, sin contar a las mujeres y a los niños.
Mateo 14:14–21 NVI.

[6] Y Jesús, llamando a Sus discípulos, dijo: «Tengo compasión de la gente, porque ya hace tres días que están conmigo, y no tienen qué comer; y enviarlos en ayunas no quiero, no sea que desmayen en el camino». Entonces Sus discípulos le dijeron: «¿De dónde tenemos nosotros tantos panes en el desierto, para saciar a una multitud tan grande?» Jesús les dijo: «¿Cuántos panes tenéis?» Y ellos dijeron: «Siete, y unos pocos pececillos». Y mandó a la multitud que se recostase en tierra. Y tomando los siete panes y los peces, dio gracias, los partió y dio a Sus discípulos, y los discípulos a la multitud. Y comieron todos, y se saciaron; y recogieron lo que sobró de los pedazos, siete canastas llenas. Y eran los que habían comido, cuatro mil hombres, sin contar las mujeres y los niños. Mateo 15:32-38.

[7] Poco después Jesús, en compañía de Sus discípulos y de una gran multitud, se dirigió a un pueblo llamado Naín. Cuando ya se acercaba a las puertas del pueblo, vio que sacaban de allí a un muerto, hijo único de madre viuda. La acompañaba un grupo grande de la población. Al verla, el Señor se compadeció de ella y le dijo:
—No llores.
Entonces se acercó y tocó el féretro. Los que lo llevaban se detuvieron, y Jesús dijo:
—Joven, ¡te ordeno que te levantes!
El muerto se incorporó y comenzó a hablar, y Jesús se lo entregó a su madre. Todos se llenaron de temor y alababan a Dios.
—Ha surgido entre nosotros un gran profeta —decían—. Dios ha venido en ayuda de Su pueblo.  Lucas 7:11–16 NVI.

[8] Todavía estaba hablando Jesús, cuando llegaron unos hombres de la casa de Jairo, jefe de la sinagoga, para decirle:
—Tu hija ha muerto. ¿Para qué sigues molestando al Maestro?
Sin hacer caso de la noticia, Jesús le dijo al jefe de la sinagoga:
—No tengas miedo; cree nada más.
No dejó que nadie lo acompañara, excepto Pedro, Jacobo y Juan, el hermano de Jacobo. Cuando llegaron a la casa del jefe de la sinagoga, Jesús notó el alboroto, y que la gente lloraba y daba grandes alaridos. Entró y les dijo:
—¿Por qué tanto alboroto y llanto? La niña no está muerta sino dormida.
Entonces empezaron a burlarse de Él, pero Él los sacó a todos, tomó consigo al padre y a la madre de la niña y a los discípulos que estaban con Él, y entró a donde estaba la niña. La tomó de la mano y le dijo:
Talita cum (que significa: Niña, a ti te digo, ¡levántate!).
La niña, que tenía doce años, se levantó en seguida y comenzó a andar. Ante este hecho todos se llenaron de asombro. Marcos 5:35–42 NVI.

[9] Conmovido una vez más, Jesús se acercó al sepulcro. Era una cueva cuya entrada estaba tapada con una piedra.
—Quiten la piedra —ordenó Jesús.
Marta, la hermana del difunto, objetó:
—Señor, ya debe oler mal, pues lleva cuatro días allí.
—¿No te dije que si crees verás la gloria de Dios? —le contestó Jesús.
Entonces quitaron la piedra. Jesús, alzando la vista, dijo:
—Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Ya sabía Yo que siempre me escuchas, pero lo dije por la gente que está aquí presente, para que crean que Tú me enviaste.
Dicho esto, gritó con todas Sus fuerzas:
—¡Lázaro, sal fuera!
El muerto salió, con vendas en las manos y en los pies, y el rostro cubierto con un sudario.
—Quítenle las vendas y dejen que se vaya —les dijo Jesús. Juan 11:38–44 NVI.

[10] Los discípulos se acercaron y le preguntaron:
—¿Por qué le hablas a la gente en parábolas?
—A ustedes se les ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos; pero a ellos no. Al que tiene, se le dará más, y tendrá en abundancia. Al que no tiene, hasta lo poco que tiene se le quitará. Por eso les hablo a ellos en parábolas: Aunque miran, no ven; aunque oyen, no escuchan ni entienden. Mateo 13:10–13 NVI.

[11] Pero Jesús, dándose cuenta de que querían llevárselo a la fuerza y declararlo rey, se retiró de nuevo a la montaña Él solo.  Juan 6:15 ESV.

[12] Entonces subió Jesús a una colina y se sentó con Sus discípulos. Juan 6:3 NVI.

[13] Entonces, para acecharlo, enviaron espías que fingían ser gente honorable. Pensaban atrapar a Jesús en algo que Él dijera, y así poder entregarlo a la jurisdicción del gobernador. Lucas 20:20 NVI.

[14] Los discípulos fueron e hicieron como les había mandado Jesús. Llevaron la burra y el burrito, y pusieron encima sus mantos, sobre los cuales se sentó Jesús. Había mucha gente que tendía sus mantos sobre el camino; otros cortaban ramas de los árboles y las esparcían en el camino. Tanto la gente que iba delante de Él como la que iba detrás, gritaba:
—¡Hosanna al Hijo de David!
—¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!
—¡Hosanna en las alturas! Mateo 21:6–9 NVI.

[15] Entonces los jefes de los sacerdotes y los fariseos convocaron a una reunión del Consejo.
—¿Qué vamos a hacer? —dijeron—. Este hombre está haciendo muchas señales milagrosas. Si lo dejamos seguir así, todos van a creer en Él, y vendrán los romanos y acabarán con nuestro lugar sagrado, e incluso con nuestra nación. Juan 11:47–48 NVI.

[16] Llegaron a Capernaúm. Cuando ya estaba en casa, Jesús les preguntó:
—¿Qué venían discutiendo por el camino?
Pero ellos se quedaron callados, porque en el camino habían discutido entre sí quién era el más importante. Marcos 9:33–34 NVI.

[17] Las mujeres que habían acompañado a Jesús desde Galilea siguieron a José para ver el sepulcro y cómo colocaban el cuerpo. Luego volvieron a casa y prepararon especias aromáticas y perfumes. Entonces descansaron el sábado, conforme al mandamiento. El primer día de la semana, muy de mañana, las mujeres fueron al sepulcro, llevando las especias aromáticas que habían preparado. Encontraron que había sido quitada la piedra que cubría el sepulcro y, al entrar, no hallaron el cuerpo del Señor Jesús. Mientras se preguntaban qué habría pasado, se les presentaron dos hombres con ropas resplandecientes. Asustadas, se postraron sobre su rostro, pero ellos les dijeron:
—¿Por qué buscan ustedes entre los muertos al que vive? No está aquí; ¡ha resucitado! Recuerden lo que les dijo cuando todavía estaba con ustedes en Galilea: «El Hijo del hombre tiene que ser entregado en manos de hombres pecadores, y ser crucificado, pero al tercer día resucitará».
Entonces ellas se acordaron de las palabras de Jesús. Al regresar del sepulcro, les contaron todas estas cosas a los once y a todos los demás. Las mujeres eran María Magdalena, Juana, María la madre de Jacobo, y las demás que las acompañaban. Pero a los discípulos el relato les pareció una tontería, así que no les creyeron. Lucas 23:55–56, 24:1–11 NVI.

[18] Pedro y el otro discípulo se dirigieron entonces al sepulcro. Ambos fueron corriendo, pero como el otro discípulo corría más aprisa que Pedro, llegó primero al sepulcro. Inclinándose, se asomó y vio allí las vendas, pero no entró. Tras él llegó Simón Pedro, y entró en el sepulcro. Vio allí las vendas y el sudario que había cubierto la cabeza de Jesús, aunque el sudario no estaba con las vendas sino enrollado en un lugar aparte. En ese momento entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; y vio y creyó. Hasta entonces no habían entendido la Escritura, que dice que Jesús tenía que resucitar. Juan 20:3–9 NVI.

[19] Al atardecer de aquel primer día de la semana, estando reunidos los discípulos a puerta cerrada por temor a los judíos, entró Jesús y, poniéndose en medio de ellos, los saludó.
—¡La paz sea con ustedes!
Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Al ver al Señor, los discípulos se alegraron. Juan 20:19–20 NVI.

[20] Entonces Jesús le dijo:
—Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en Mí vivirá, aunque muera; y todo el que vive y cree en Mí no morirá jamás. ¿Crees esto?
—Sí, Señor; yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que había de venir al mundo. Juan 11:25–27 NIV.

[21] —Destruyan este templo —respondió Jesús—, y lo levantaré de nuevo en tres días.
—Tardaron cuarenta y seis años en construir este templo, ¿y tú vas a levantarlo en tres días?
Pero el templo al que se refería era Su propio cuerpo. Juan 2:19–21 NVI.

[22] —El Hijo del hombre tiene que sufrir muchas cosas y ser rechazado por los ancianos, por los jefes de los sacerdotes y por los maestros de la ley. Es necesario que lo maten y que a los tres días resucite. Marcos 8:31 NVI.

[23] —Y ustedes, ¿quién dicen que soy Yo?
—Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente —afirmó Simón Pedro.
—Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás —le dijo Jesús—, porque eso no te lo reveló ningún mortal, sino Mi Padre que está en el cielo. Mateo 16:15–17 NVI.

[24] Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De repente, vino del cielo un ruido como el de una violenta ráfaga de viento y llenó toda la casa donde estaban reunidos. Se les aparecieron entonces unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos. Todos fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en diferentes lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse. Hechos 2:1–4 NVI.

[25] Por tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes. Y les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo. Mateo 28:19–20 NVI.