Jesús, Su vida y mensaje: Fin de Su ministerio público

abril 13, 2021

Enviado por Peter Amsterdam

[Jesus—His Life and Message: The End of His Public Ministry]

En el capítulo 12 de Juan, Jesús dice:

«Entre tanto que tenéis la luz, creed en la luz, para que seáis hijos de luz». Habiendo dicho Jesús esto, se fue y se ocultó de ellos[1].

En ese punto del Evangelio de Juan termina el ministerio público de Jesús.

Pero a pesar de que había hecho tantas señales delante de ellos, no creían en Él, para que se cumpliera la palabra del profeta Isaías, que dijo: «Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio? ¿Y a quién se ha revelado el brazo del Señor?» Por esto no podían creer[2].

Juan, en su evangelio, llama «señales» a los milagros de Jesús[3]. En este evangelio se le atribuyen numerosos milagros/señales. Salvo dos que realizó en privado[4], todos los demás los hizo en público, más que nada en Galilea y en Jerusalén. Los que «no creían en Él» no eran solo los que le acababan de preguntar: «¿Cómo, pues, dices Tú que es necesario que el Hijo del hombre sea levantado? ¿Quién es este Hijo del hombre?»[5], sino también todas las muchedumbres y todos los líderes judíos que lo habían escuchado desde la primera Pascua de Su vida pública hasta este punto. Cierto autor escribe:

Si bien Jesús acusó repetidamente de incredulidad a uno u otro grupo de oyentes[6], esta es la primera vez que el evangelista hace una generalización tan categórica, confirmando, sobre la base de la narración precedente, lo que había declarado desde un principio: «Los suyos no lo recibieron» (Juan 1:11)[7].

Dice que la incredulidad de la gente, a pesar de las muchas señales que hizo Jesús, era «para que se cumpliera la palabra del profeta Isaías». Seguidamente, el evangelista cita el versículo Isaías 53:1: «¿Quién ha creído a nuestro anuncio y sobre quién se ha manifestado el brazo del Señor?» La pregunta: «¿Quién ha creído?», da a entender que nadie ha creído, lo cual nos remite al versículo 37: «A pesar de que había hecho tantas señales delante de ellos, no creían en Él»[8].Lo mismo se repite en el siguiente versículo.

Por esto no podían creer, porque también dijo Isaías: «Cegó los ojos de ellos y endureció su corazón, para que no vean con los ojos, ni entiendan con el corazón, ni se conviertan, y Yo los sane»[9].

El texto cita un pasaje de Isaías, Isaías 6:9,10, que dice:

Anda, y dile a este pueblo: «Oíd bien, y no entendáis; ved por cierto, pero no comprendáis». Embota el corazón de este pueblo, endurece sus oídos y ciega sus ojos, para que no vea con sus ojos ni oiga con sus oídos ni su corazón entienda, ni se convierta y haya para él sanidad.

Estos versículos del libro de Isaías se citan también en los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas[10], así como en el libro de los Hechos[11].

De nuevo se menciona la incredulidad de la gente: «No podían creer». La idea es que la gente incrédula oía las palabras que decía Jesús, pero no entendía su significado. Cuando este evangelio cita la frase: «Cegó los ojos de ellos»,no quiere decir que esa ceguera se produjera contra la voluntad de las personas. Lo mismo se aplica al endurecimiento de su corazón. Cada una tomó una decisión, cada una escogió, y por tanto cada una era responsable de las consecuencias de su decisión.

Isaías dijo esto cuando vio Su gloria, y habló acerca de Él[12].

Se menciona por tercera vez el nombre de Isaías. En el libro de Isaías dice:

El año en que murió el rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el Templo. Por encima de Él había serafines. Cada uno tenía seis alas: con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies y con dos volaban. Y el uno al otro daba voces diciendo: «¡Santo, santo, santo, Señor de los ejércitos! ¡Toda la tierra está llena de Su gloria!»[13]

El Evangelio de Juan ve, en las palabras de Isaías, una alusión a la gloria de Jesús. Cierto autor explica:

Las palabras de Isaías 6:3 describen la gloria de Yahveh; pero Juan no hace una distinción categórica entre ambos. Para él, está claro que Isaías se refería a la gloria revelada en Cristo[14].

A continuación, el Evangelio de Juan dice:

A pesar de eso, muchos, incluso de los gobernantes, creyeron en Él, pero no lo confesaban por temor a los fariseos, para no ser expulsados de la sinagoga, porque amaban más la gloria de los hombres que la gloria de Dios[15].

Está claro que muchos, incluso algunos dirigentes judíos, creyeron en Jesús, tal como se indica aquí y en otros pasajes de este evangelio.

Mientras estaba en Jerusalén, en la fiesta de la Pascua, muchos creyeron en Su nombre al ver las señales que hacía[16].

Muchos de la multitud creyeron en Él y decían: «El Cristo, cuando venga, ¿hará más señales que las que este hace?»[17]

Muchos de los judíos que habían ido para acompañar a María y vieron lo que había hecho Jesús, creyeron en Él[18].

De todos modos, aunque muchos creían en Él, no confesaban abiertamente su creencia por las consecuencias que eso tendría. De haber confesado su fe, los habrían echado de la sinagoga. En un pasaje anterior de este evangelio dice que «los judíos ya habían acordado que si alguno confesaba que Jesús era el Mesías, fuera expulsado de la sinagoga»[19]. Aquí dice que estos «amaban más la gloria de los hombres que la gloria de Dios». Esta frase es similar a algunas declaraciones que hizo Jesús.

Esta es la condenación: la luz vino al mundo, pero los hombres amaron más las tinieblas[20].

¿Cómo podéis vosotros creer, pues recibís gloria los unos de los otros y no buscáis la gloria que viene del Dios único?[21]

Los restantes versículos de este capítulo (Juan 12:44–50) contienen las últimas palabras del ministerio público de Jesús registradas en este evangelio. Los comentaristas señalan que muy probablemente Jesús las dijo en una ocasión posterior.

Jesús clamó y dijo: «El que cree en Mí, no cree en Mí, sino en el que me envió; y el que me ve, ve al que me envió»[22].

Cualesquiera que fueran las circunstancias, Jesús dijo estas palabras hablando con voz fuerte, lo cual indica que eran importantes. Enfatizó la cercanía entre Él y Su Padre al explicar que toda persona que confíe en Él confía en Dios Padre. Se parece a otra declaración de este mismo evangelio: «Mi doctrina no es Mía, sino de aquel que me envió»[23]. En los evangelios sinópticos[24] se presenta el mismo concepto: «El que me recibe a Mí, recibe al que me envió»[25], y: «El que a vosotros oye, a Mí me oye; y el que a vosotros desecha, a Mí me desecha; y el que me desecha a Mí, desecha al que me envió»[26].

Yo, la luz, he venido al mundo, para que todo aquel que cree en Mí no permanezca en tinieblas[27].

Justo después de hablar de la vista —«el que me ve, ve al que me envió»—,Jesús vuelve a hacer hincapié en la luz, tal como había hecho antes: «Entre tanto que tenéis la luz, creed en la luz, para que seáis hijos de luz»[28], y: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida»[29]. Por causa de la pecaminosa naturaleza humana, la gente está en tinieblas; no obstante, Jesús vino al mundo para traernos salvación, para librarnos de esa oscuridad.

Al que oye Mis palabras y no las guarda, Yo no lo juzgo, porque no he venido a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo. El que me rechaza y no recibe Mis palabras, tiene quien lo juzgue: la palabra que he hablado, ella lo juzgará en el día final[30].

Un versículo anterior decía que «a pesar de que había hecho tantas señales delante de ellos, no creían en Él»[31]. Aquí Jesús explica qué les sucederá a los que no crean.

Dice que los que hayan oído y entendido las enseñanzas de Jesús y hayan decidido rechazarlas serán juzgados. Pero Jesús aclara que no es Él quien los juzga, sino la propia reacción de cada uno ante Su palabra. Jesús no afirma que no vayan a ser juzgados; de hecho, en un pasaje anterior de este evangelio dice: «El que no cree ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. Y esta es la condenación: la luz vino al mundo, pero los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas»[32].

Cierto autor explica: «Cuando se comunica el mensaje de salvación, quien desprecia al Portavoz y rechaza obstinadamente Sus palabras no se libra, sino que tiene quien lo juzgue: el propio mensaje de salvación. En el día final se lo condenará porque el mensaje de salvación le llegó, y él lo rechazó»[33].

Yo no he hablado por Mi propia cuenta; el Padre, que me envió, Él me dio mandamiento de lo que he de decir y de lo que he de hablar. Y sé que Su mandamiento es vida eterna. Así pues, lo que Yo hablo, lo hablo como el Padre me lo ha dicho[34].

Jesús declara enérgicamente que todo lo que ha enseñado no procede de ninguna fuente humana, sino que se lo comunicó el propio Padre. Hace hincapié en que fue el Padre quien lo envió, y en que todo lo que ha enseñado seguía instrucciones de Su Padre.

Con esto termina el ministerio público de Jesús en el Evangelio de Juan. A partir de ese momento, Jesús deja de dirigirse a las multitudes y se centra en Sus discípulos y en prepararlos para lo que viene: Su arresto y crucifixión.


Nota

Todos los versículos de la Biblia proceden de la versión Reina-Valera, revisión de 1995 © Sociedades Bíblicas Unidas, 1995. Utilizados con permiso.


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[1] Juan 12:36.

[2] Juan 12:37–39.

[3] Juan 2:11, 23; 3:2; 4:48, 54; 6:2,14,26,30; 7:31; 9:16; 10:41; 12:18, 37.

[4] Juan 2:11, 4:54.

[5] Juan 12:34.

[6] V. Juan 3:12; 5:38,44; 6:36, 64; 8:44,45; 10:25.

[7] Michaels, The Gospel of John, 708.

[8] Juan 12:37.

[9] Juan 12:39,40.

[10] Mateo 13:14,15, Marcos 4:11,12, Lucas 8:10.

[11] Hechos 28:26.

[12] Juan 12:41.

[13] Isaías 6:1–3.

[14] Morris, El Evangelio según Juan, Vol. 2, 223.

[15] Juan 12:42,43.

[16] Juan 2:23.

[17] Juan 7:31.

[18] Juan 11:45.

[19] Juan 9:22.

[20] Juan 3:19.

[21] Juan 5:44.

[22] Juan 12:44,45.

[23] Juan 7:16.

[24] Mateo, Marcos y Lucas.

[25] Mateo 10:40.

[26] Lucas 10:16.

[27] Juan 12:46.

[28] Juan 12:36.

[29] Juan 8:12. V. también Juan 1:4–9, 3:19–21, 8:12, 9:5.

[30] Juan 12:47,48.

[31] Juan 12:37.

[32] Juan 3:18,19.

[33] Morris, El Evangelio según Juan, Vol. 2, 227.

[34] Juan 12:49,50.