Jesús, Su vida y mensaje: Fuego del cielo (Lucas 9:51–56)

Agosto 14, 2018

Enviado por Peter Amsterdam

[Jesus—His Life and Message: Fire from Heaven (Luke 9:51–56)]

El Evangelio de Lucas narra varios hechos de la vida de Jesús que no constan en ningún otro evangelio. Comentaremos algunos de ellos en este artículo y en los que le seguirán. El primer pasaje se encuentra hacia el final del capítulo 9 de Lucas y comienza con estas palabras:

Cuando se cumplió el tiempo en que Él había de ser recibido arriba, afirmó Su rostro para ir a Jerusalén[1].

Estas palabras dan inicio a lo que los comentaristas denominan el «viaje a Jerusalén» o la «narrativa del viaje». Esta sección del Evangelio de Lucas contiene 424 versículos y representa aproximadamente el 37 por ciento del mismo. Termina en Lucas 19:44. La mayor parte del texto de esta sección figura únicamente en el Evangelio de Lucas. Incluye diecisiete parábolas y varios dichos lucanos.

En el largo viaje de Jesús hacia Jerusalén, el primer hecho registrado es que Él y Sus discípulos se acercaron a una ciudad samaritana. Samaria es un territorio montañoso situado entre Galilea, una región judía del norte, y Jerusalén, al sur. Como los judíos consideraban que los pobladores de Samaria no eran judíos puros, por lo general procuraban no pasar por esa zona del país. Y para evitarla la circunvalaban, lo que alargaba su viaje dos o tres días. Jesús, en cambio, no tenía reparos en entrar en una aldea samaritana.

Y envió mensajeros delante de Él, los cuales fueron y entraron en una aldea de los samaritanos para hacerle preparativos[2].

No se especifica el motivo por el que Jesús quería ir a esa aldea samaritana. Puede que quisiera pernoctar allá o que tuviera pensado predicar a la gente del pueblo, o quizás ambas cosas. Tampoco se indica quiénes fueron los mensajeros, aunque probablemente eran algunos de Sus discípulos. Para una aldea, acoger de improviso a un grupo de doce a más personas representaba un trastorno, así que enviar anticipadamente a unos cuantos para conseguir alojamiento era una medida prudente.

Sin embargo, los aldeanos no quisieron permitir que Jesús y Sus compañeros se quedaran allí.

Pero no lo recibieron, porque Su intención era ir a Jerusalén[3].

La hostilidad entre judíos y samaritanos se debía en parte a diferencias religiosas. Los samaritanos rendían culto en el monte Gerizim en vez de hacerlo en el monte Sion, donde estaba el templo judío, y las únicas Escrituras que ellos reconocían era el Pentateuco —los cinco primeros libros de la Biblia, es decir, los de Moisés—. La animadversión no era solo por parte de los samaritanos, como se evidencia por el hecho de que los judíos, para desacreditar a Jesús, lo llamaron samaritano:

Respondieron entonces los judíos, y le dijeron: «¿No decimos bien nosotros, que Tú eres samaritano y que tienes demonio?»[4]

En el pasaje en que Jesús conversa con una samaritana junto a un pozo, hay una frase que en algunas versiones está entre paréntesis: «Porque judíos y samaritanos no se tratan entre sí»[5], prueba de que había animosidad por parte y parte.

Jesús, en cambio, no tenía esos prejuicios. En una ocasión en que sanó a un grupo de diez leprosos, uno de ellos era samaritano, y de hecho fue el único de los diez que regresó a darle las gracias.

Cuando Él los vio, les dijo: «Id, mostraos a los sacerdotes». Y aconteció que, mientras iban, quedaron limpios. Entonces uno de ellos, viendo que había sido sanado, volvió glorificando a Dios a gran voz, y se postró rostro en tierra a Sus pies dándole gracias. Este era samaritano. Jesús le preguntó: «¿No son diez los que han quedado limpios? Y los nueve, ¿dónde están? ¿No hubo quien volviera y diera gloria a Dios sino este extranjero?» Y le dijo: «Levántate, vete; tu fe te ha salvado»[6].

Como ya mencionamos, Jesús también departió largo y tendido con la samaritana con la que se encontró junto a un pozo. Seguidamente ella fue a los samaritanos de su aldea y les habló de Él, a consecuencia de lo cual Él se quedó con ellos y estuvo dos días enseñándoles.

Muchos de los samaritanos de aquella ciudad creyeron en Él por la palabra de la mujer, que daba testimonio diciendo: «Me dijo todo lo que he hecho». Entonces vinieron los samaritanos a Él y le rogaron que se quedara con ellos, y se quedó allí dos días. Muchos más creyeron por la palabra de Él[7].

No obstante, la buena acogida que le dispensaron a Jesús los samaritanos en algunos pueblos no se extendió a esta aldea en particular, por el hecho de que Su intención era ir a Jerusalén. Cierto autor escribe:

Los samaritanos, al enterarse de que Jesús se dirigía a Jerusalén, no quisieron tener nada que ver con Él. Tan enconada era su enemistad con los judíos que no ayudaban a nadie que viajara a Jerusalén, aunque por lo visto no les importaba acoger a galileos. Josefo [escritor judío de la Antigüedad] cuenta que los samaritanos no se oponían a que se maltratara a los peregrinos que subían a Jerusalén[8].

Al parecer, el desaire que le hicieron a Jesús fue más porque se dirigía a Jerusalén que simplemente porque era judío.

Al ver esto, Jacobo y Juan, Sus discípulos, le dijeron: «Señor, ¿quieres que mandemos que descienda fuego del cielo, como hizo Elías, y los consuma?»[9]

El Evangelio de Marcos cuenta que a estos dos hermanos Jesús les puso un apodo: «…a Jacobo, hijo de Zebedeo, y a Juan, hermano de Jacobo, a quienes apellidó Boanerges, es decir, “Hijos del trueno”»[10]. No se explica por qué los llamó de esa manera, pero es posible que tuviera algo que ver con su fogoso temperamento. En este pasaje quisieron hacer caer fuego del cielo, y hay otros que contienen fuertes declaraciones de uno de ellos o de ambos.

Juan le respondió diciendo: «Maestro, hemos visto a uno que en Tu nombre echaba fuera demonios, pero él no nos sigue, y se lo prohibimos porque no nos seguía»[11].

Jacobo y Juan, hijos de Zebedeo, se le acercaron y le dijeron: «Maestro, queremos que nos concedas lo que vamos a pedirte». Él les preguntó: «¿Qué queréis que os haga?» Ellos le contestaron: «Concédenos que en Tu gloria nos sentemos el uno a Tu derecha y el otro a Tu izquierda»[12].

Está visto que los Hijos del trueno tenían mucho carácter y eran hombres de acción.

En el mismo Evangelio de Lucas, Jesús ya había dicho a Sus discípulos lo que debían hacer si no los recibían bien:

En cualquier casa donde entréis, quedad allí, y de allí salid. Dondequiera que no os reciban, salid de aquella ciudad y sacudid el polvo de vuestros pies en testimonio contra ellos[13].

Lo mismo repitió en un pasaje posterior de Lucas, agregando algunos detalles.

En cualquier ciudad donde entréis y no os reciban, salid por sus calles y decid: «¡Aun el polvo de vuestra ciudad, que se ha pegado a nuestros pies, lo sacudimos contra vosotros! Pero sabed que el reino de Dios se ha acercado a vosotros». Os digo que en aquel día será más tolerable el castigo para Sodoma que para aquella ciudad[14].

Sacudir el polvo de sus pies era un ritual que practicaban los judíos al salir de un territorio pagano, a fin de limpiar sus pies de la impureza de las tierras gentiles. En este caso, sirve para advertir a aquellos que rechazan el mensaje de Jesús que su juicio les llegará.

Habría sido lícito que Jacobo y Juan sacudieran el polvo de sus pies al salir de esta aldea, pero la condena tan severa que ellos recomendaron excedía en mucho el eventual castigo que el propio Dios pudiera darles y que Jesús había mencionado. La idea de mandar fuego del cielo como castigo, como proponen Jacobo y Juan, tiene un precedente en el Antiguo Testamento, como rigurosa forma de punición.

Elías respondió al capitán de cincuenta: «Si yo soy hombre de Dios, que descienda fuego del cielo y te consuma con tus cincuenta hombres». Y descendió fuego del cielo que lo consumió a él y a sus cincuenta hombres[15].

Si bien Dios había enviado fuego del cielo en más de una ocasión, la propuesta de Jacobo y Juan de ejecutar ellos mismos el castigo estaba fuera de lugar, y Jesús se lo hizo saber.

Entonces Jesús se volvió a ellos y los reprendió. Así que siguieron de largo hacia otro pueblo[16].

¿Por qué los reprendió? Tal como escribe cierto autor, en vez de reaccionar apropiadamente ante la inhospitalidad, «se comportaron como personas embriagadas con su propia sensación de poder»[17]. Ocasionalmente Jesús profirió fuertes amenazas de castigo, como la siguiente:

¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida! que si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que se han hecho en vosotras, tiempo ha que, sentadas en ceniza y con vestidos ásperos, se habrían arrepentido. Por tanto, en el juicio será más tolerable el castigo para Tiro y Sidón que para vosotras. Y tú, Capernaúm, que hasta los cielos eres levantada, hasta el Hades serás abatida[18].

Sin embargo, dichos castigos iban a llegar en el día del juicio. El deseo de los discípulos de que hubiera un castigo expedito y destructivo estaba mal. No les correspondía a ellos dictar tal castigo.

Algunas traducciones de la Biblia añaden una frase que Jesús dirigió a Sus discípulos. Esta no figura en los manuscritos más antiguos y por tanto no se incluye en la mayoría de las versiones de la Biblia. Según ella, cuando Jesús se volvió y los reprendió les dijo: «Vosotros no sabéis de qué espíritu sois, porque el Hijo del hombre no ha venido para perder las almas de los hombres, sino para salvarlas»[19]. Aunque es probable que esta frase se añadiera posteriormente a algunos manuscritos, lo que expresa concuerda con lo que transmite Lucas en este capítulo.

Por lo visto los discípulos habían olvidado el consejo de Jesús cuando les enseñó:

A vosotros los que oís, os digo: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odian; bendecid a los que os maldicen y orad por los que os calumnian[20].

Si bien se les había encomendado que anunciaran el evangelio e incluso que hablaran de los juicios de Dios, tales juicios no iban a venir por medio de ellos, sino directamente de Dios, en el momento que Él escogiera.

Los discípulos terminaron aprendiéndolo y más tarde testificaron y conquistaron a muchos samaritanos. Después de Su resurrección, Jesús dejó bien claro que Sus discípulos debían dar testimonio en Samaria.

Me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta lo último de la tierra[21].

Los discípulos obedecieron y cumplieron ese encargo.

Felipe, descendiendo a la ciudad de Samaria, les predicaba a Cristo[22].

Cuando los apóstoles que estaban en Jerusalén oyeron que Samaria había recibido la palabra de Dios, enviaron allá a Pedro y a Juan; los cuales, una vez llegados, oraron por ellos para que recibieran el Espíritu Santo[23].

Las iglesias tenían paz por toda Judea, Galilea y Samaria; eran edificadas, andando en el temor del Señor, y se acrecentaban fortalecidas por el Espíritu Santo[24].

Durante el ministerio de Jesús, uno de Sus principales objetivos era instruir a discípulos que seguirían con Su obra después de que Él ascendiera al cielo. Parte de cualquier formación es aprender de los errores, como ejemplifica este incidente en el que Jesús corrige a los fanáticos «Hijos del trueno».

(En los dos artículos siguientes comentaremos otros hechos mencionados únicamente en el Evangelio de Lucas.)


Nota

A menos que se indique otra cosa, todos los versículos de la Biblia proceden de la versión Reina-Valera, revisión de 1995, © Sociedades Bíblicas Unidas, 1995. Utilizados con permiso.


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[1] Lucas 9:51.

[2] Lucas 9:52.

[3] Lucas 9:53.

[4] Juan 8:48.

[5] Juan 4:9.

[6] Lucas 17:14–19.

[7] Juan 4:39–41.

[8] Leon Morris, Luke (Downers Grove: InterVarsity Press, 1988), 198.

[9] Lucas 9:54.

[10] Marcos 3:17.

[11] Marcos 9:38.

[12] Marcos 10:35–37.

[13] Lucas 9:4,5.

[14] Lucas 10:10–12.

[15] 2 Reyes 1:10.

[16] Lucas 9:55,56 (NTV).

[17] Joel B. Green, The Gospel of Luke (Grand Rapids: Eerdmans, 1997), 405.

[18] Lucas 10:13–15.

[19] Lucas 9:55,56.

[20] Lucas 6:27,28.

[21] Hechos 1:8.

[22] Hechos 8:5.

[23] Hechos 8:14,15.

[24] Hechos 9:31.