La Pascua: renovación, regeneración, recreación

abril 5, 2012

Enviado por Peter Amsterdam

La Pascua es la festividad en que los cristianos celebran el acontecimiento más significativo de la historia del hombre: La resurrección de entre los muertos del Dios-Hombre, Jesucristo. ¡Este suceso alteró para siempre el curso de la humanidad! Marcó el primer día de la nueva creación de Dios. Permítanme que me explaye.

Dios creó todas las cosas, incluido el hombre, y cuando hubo terminado, lo miró todo y «consideró que era muy bueno».[1] No obstante, su excelente creación original se desfiguró con la llegada del pecado. En el momento en que Adán decidió rebelarse contra la voluntad de Dios, el pecado irrumpió en el mundo concebido por el Creador, y las enfermedades, la corrupción y la muerte se injirieron en la humanidad. A partir de entonces, el hombre volvería al polvo de dónde provino.[2] Adán, el primer hombre, introdujo el pecado y la muerte al mundo y a partir de ese momento la creación de Dios ha padecido los efectos del pecado.

Avancemos a la época de Jesús. El Hijo de Dios, la Palabra de Dios, ingresó a la humanidad encarnado en un niño nacido de María y de Dios y sin padre humano.[3] Era plenamente Dios y plenamente hombre, el Dios-Hombre.[4] Su misión consistía en vencer el pecado y la muerte introducidos en la humanidad por medio de Adán. Vivió una vida libre de pecado, fue condenado y ejecutado como criminal y sepultado en una tumba. Tres días después se levantó de entre los muertos. ¡Resucitó!

Su resurrección configuró la primera fase de la nueva creación de Dios. El cuerpo de Jesús fue transformado y liberado de los efectos de la primera creación; es decir, los del pecado y la muerte. Dios creó una nueva vía de existencia humana: un cuerpo humano levantado de entre los muertos y transformado mediante el poder divino en uno nuevo, sobre el cual la muerte, la descomposición y la corrupción no tienen incidencia. ¡Nada parecido había sucedido en la historia de la humanidad! Y volverá a ocurrir a todos los que crean en Jesús, quienes, por ser creyentes, resucitarán con sus nuevos cuerpos cuando Jesús regrese o serán transformados en un abrir y cerrar de ojos, si llega a ocurrir que están vivos en ese momento . Ello señalará la segunda fase de la nueva creación.

Pues sabemos que Cristo, por haber sido levantado de entre los muertos, ya no puede volver a morir; la muerte ya no tiene dominio sobre Él.[5]

Fíjense bien en el misterio que les voy a revelar: No todos moriremos, pero todos seremos transformados, en un instante, en un abrir y cerrar de ojos, al toque final de la trompeta. Pues sonará la trompeta y los muertos resucitarán con un cuerpo incorruptible, y nosotros seremos transformados.[6]

El Señor mismo descenderá del cielo con voz de mando, con voz de arcángel y con trompeta de Dios, y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego los que estemos vivos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados junto con ellos en las nubes para encontrarnos con el Señor en el aire. Y así estaremos con el Señor para siempre.[7]

El cuerpo resucitado de Jesús ya no padecía por la tortura que tuvo que soportar: la espalda desgarrada por los azotes; la cabeza ensangrentada por la corona de espinas; las manos, los pies y el costado atravesados. Ya no se resentía por el maltrato; estaba vivo y vibrante.

Su cuerpo resucitado no era espíritu; era físico, hecho de carne y hueso, el cual Sus discípulos tocaron. Los instruyó,[8] anduvo con ellos,[9] cocinó para ellos[10] y comió  con ellos.[11] En una ocasión estuvo en medio de 500 de ellos.[12] Luego de 40 días,[13] ascendió en cuerpo al cielo,[14] donde está sentado a la derecha de Dios en Su nuevo cuerpo.[15]

Aterrorizados [los discípulos], creyeron que veían a un espíritu.

—¿Por qué se asustan tanto? —les preguntó—. ¿Por qué les vienen dudas? Miren Mis manos y Mis pies. ¡Soy Yo mismo! Tóquenme y vean; un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que los tengo Yo.[16]

Por ser cristianos y parte de la creación de Dios ¡podemos esperar con ilusión el momento del regreso de Cristo, en que revivirá nuestro cuerpo de entre los muertos! Recibiremos cuerpos gloriosos como el Suyo. El apóstol Pablo compara nuestros cuerpos resucitados de la muerte con una semilla que se siembra y de la cual brota una planta más íntegra. La planta es la continuación de la semilla y, no obstante, es distinta. Luego explica que esos cuerpos gloriosos serán imperecederos, resucitados en gloria y poder a modo de cuerpos espirituales. Imperecedero significa  que no envejece, no se enferma ni se agota; tendremos cuerpos que permanecerán jóvenes y sanos para siempre. No tendrán las debilidades que ahora los aquejan. Más bien poseerán el poder total con el que fue concebido originariamente el cuerpo humano. No los afectará el pecado ni la naturaleza desmedrada del hombre, a los cuales está sujeto hoy el cuerpo físico. Estarán completamente subyugados al Espíritu Santo y guiados por Él en condición de cuerpos espirituales. Un autor los describe así: En estos cuerpos resucitados veremos claramente plasmada la humanidad  tal como Dios la concibió.[17]

En cambio, nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde anhelamos recibir al Salvador, el Señor Jesucristo. Él transformará nuestro cuerpo miserable para que sea como Su cuerpo glorioso, mediante el poder con que somete a Sí mismo todas las cosas.[18]

Queridos hermanos, ahora somos hijos de Dios, pero todavía no se ha manifestado lo que habremos de ser. Sabemos, sin embargo, que cuando Cristo venga seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal como Él es.[19]

Tal vez alguien pregunte: «¿Cómo resucitarán los muertos? ¿Con qué clase de cuerpo vendrán?» ¡Qué tontería! Lo que tú siembras no cobra vida a menos que muera. No plantas el cuerpo que luego ha de nacer, sino que siembras una simple semilla de trigo o de otro grano. Pero Dios le da el cuerpo que quiso darle, y a cada clase de semilla le da un cuerpo propio.[20]

Así sucederá también con la resurrección de los muertos. Lo que se siembra en corrupción, resucita en incorrupción; lo que se siembra en oprobio, resucita en gloria; lo que se siembra en debilidad, resucita en poder; se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual.[21]

La nueva creación de Dios no terminará con la resurrección de nuestros cuerpos; irá más allá. La tercera fase implicará que toda la creación será renovada. Cuando Adán pecó, Dios maldijo el suelo. El mundo dejó de ser el lugar sublime que Dios instauró en un principio. El pecado alteró eso. No obstante, gracias a la muerte y resurrección de Cristo, de Su victoria sobre el pecado y la muerte, Dios renovará por completo el mundo.

La creación misma ha de ser liberada de la corrupción que la esclaviza, para así alcanzar la gloriosa libertad de los hijos de Dios.[22]

Presten atención, que estoy por crear un cielo nuevo y una tierra nueva. No volverán a mencionarse las cosas pasadas, ni se traerán a la memoria.[23]

Según Su promesa, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva, en los que habite la justicia.[24]

Después vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían dejado de existir.[25]

Cuando Jesús murió en la cruz ejecutado como delincuente, a los ojos de los judíos fue un Mesías malogrado, puesto que no cumplió Su promesa acerca del reino. Pero tres días más tarde, al resucitar de entre los muertos, ese panorama cambió radicalmente. La verdad sobre su mesiazgo se hizo evidente para quienes lo aceptaron. Cumplió Su misión al tomar sobre Sí nuestros pecados y así reconciliarnos con Dios. Dicha misión exigía Su muerte, pero una vez que cumplió ese cometido, Dios lo levantó de los muertos. Al hacerlo manifestó al mundo Su aprobación por lo que Jesús había hecho.

Al manifestarse como hombre, se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz! Por eso Dios lo exaltó hasta lo sumo y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre.[26]

Al cabo de 40 días más en la tierra, Jesús ascendió al cielo y diez días después una nueva dinámica le fue destinada al mundo: el Espíritu Santo. En épocas anteriores, el Espíritu Santo se hacía presente y se manifestaba en ciertas ocasiones, por ejemplo durante la creación. Asimismo[27] el Espíritu Santo infundía poder a algunas personas para que profetizaran[28] o les confería aptitudes extraordinarias[29] o dones de mando.[30] Sin embargo, no estaba a disposición de todos los hijos de Dios.[31]

Después de Su ascensión, Jesús envió «la promesa del Padre», que era el Espíritu Santo, para que morara en los creyentes. Con ello dio cumplimento a la profecía del libro de Joel.

Ahora voy a enviarles lo que ha prometido Mi Padre; pero ustedes quédense en la ciudad hasta que sean revestidos del poder de lo alto.[32]

Una vez, mientras comía con ellos [los discípulos], les ordenó:

—No se alejen de Jerusalén, sino esperen la promesa del Padre, de la cual les he hablado: Juan bautizó con agua, pero dentro de pocos días ustedes serán bautizados con el Espíritu Santo.[33]

A este Jesús, Dios lo resucitó, y de ello todos nosotros somos testigos. Exaltado por el poder de Dios, y habiendo recibido del Padre el Espíritu Santo prometido, ha derramado esto que ustedes ahora ven y oyen.[34]

Después de esto, derramaré mi Espíritu sobre todo el género humano. Los hijos y las hijas de ustedes profetizarán, tendrán sueños los ancianos y visiones los jóvenes. En esos días derramaré mi Espíritu aun sobre los siervos y las siervas.[35]

Cuando las personas reconocen en Jesús al Salvador, entran a formar parte de la nueva creación, lo cual hace posible que el Espíritu Santo more en ellas. La obra del Espíritu Santo en la vida de los creyentes es el proseguimiento de la primera fase de la nueva creación que comenzó con la resurrección de Jesús. El efecto de la salvación y de la infusión del Espíritu Santo en la humanidad se expresa en términos de renacimiento, renovación y regeneración de la vida de los creyentes. El nuevo nacimiento alude a nacer del espíritu en contraposición a nacer de la carne. La renovación consiste en dar nueva energía y transformar para bien al creyente. La regeneración es la elaboración de una nueva vida consagrada a Dios, un cambio radical de pensamiento.[36]

—Arrepiéntase y bautícese cada uno de ustedes en el nombre de Jesucristo para perdón de sus pecados —les contestó Pedro—, y recibirán el don del Espíritu Santo. En efecto, la promesa es para ustedes, para sus hijos y para todos los extranjeros, es decir, para todos aquellos a quienes el Señor nuestro Dios quiera llamar.[37]

—Yo te aseguro que quien no nazca de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios —respondió Jesús—. Lo que nace del cuerpo es cuerpo; lo que nace del Espíritu es espíritu.[38]

Pero cuando se manifestaron la bondad y el amor de Dios nuestro Salvador, Él nos salvó, no por nuestras propias obras de justicia sino por Su misericordia. Nos salvó mediante el lavamiento de la regeneración y de la renovación por el Espíritu Santo, el cual fue derramado abundantemente sobre nosotros por medio de Jesucristo nuestro Salvador.[39]

La resurrección y ascensión de Jesús al cielo y Su envío del Espíritu Santo para que morase dentro de los creyentes, constituyen la primera fase de la nueva creación. La segunda tendrá lugar al retorno de Cristo y la tercera cuando se instauren el cielo nuevo y la tierra nueva.

Después vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían dejado de existir, lo mismo que el mar. Vi además la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, procedente de Dios, preparada como una novia hermosamente vestida para su prometido. Oí una potente voz que provenía del trono y decía: «¡Aquí, entre los seres humanos, está la morada de Dios! Él acampará en medio de ellos, y ellos serán Su pueblo; Dios mismo estará con ellos y será su Dios.[40]

Por ser parte de la nueva creación, el Espíritu de Dios constantemente nos renueva, nos transforma y nos ayuda a asumir la mente de Cristo. Vamos desarrollando y manifestando algunas de las características de Dios a medida que crecemos en amor, gozo, paz, paciencia, paz, benignidad, bondad, fidelidad y dominio propio. Conforme permitimos que el Espíritu Santo nos guíe, no cesamos de crecer y madurar espiritualmente. Nos renovamos y vamos adquiriendo los rasgos de Cristo. Todo ello es parte del proceso de la nueva creación que tiene lugar dentro de nosotros paulatinamente a medida que el Espíritu nos transforma.

El que no tiene el Espíritu no acepta lo que procede del Espíritu de Dios, pues para él es locura. No puede entenderlo, porque hay que discernirlo espiritualmente. En cambio, el que es espiritual lo juzga todo, aunque él mismo no está sujeto al juicio de nadie, porque «¿quién ha conocido la mente del Señor para que pueda instruirlo?» Nosotros, por nuestra parte, tenemos la mente de Cristo.[41]

El fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio.[42]

El Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad. Así, todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados a su semejanza con más y más gloria por la acción del Señor, que es el Espíritu.[43]

La creación original se trastocó por la desobediencia de Adán. Por medio de él, el pecado, la muerte y todas sus consecuencias afectaron a la humanidad y el mundo tal como lo conocemos. Por medio de la obediencia de Jesús, de Su muerte y resurrección, tanto nosotros como la creación somos finalmente redimidos; el proceso de la nueva creación ya ha empezado y culminará con el cielo nuevo y la tierra nueva. ¡Y lo bueno es que tú eres parte de todo eso!

La creación aguarda con ansiedad la revelación de los hijos de Dios, porque fue sometida a la frustración. Esto no sucedió por su propia voluntad, sino por la del que así lo dispuso. Pero queda la firme esperanza de que la creación misma ha de ser liberada de la corrupción que la esclaviza, para así alcanzar la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Sabemos que toda la creación todavía gime a una, como si tuviera dolores de parto. Y no sólo ella, sino también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente, mientras aguardamos nuestra adopción como hijos, es decir, la redención de nuestro cuerpo.[44]

Pues así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos volverán a vivir, pero cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias; después, cuando Él venga, los que le pertenecen. Entonces vendrá el fin, cuando Él entregue el reino a Dios el Padre, luego de destruir todo dominio, autoridad y poder. Porque es necesario que Cristo reine hasta poner a todos Sus enemigos debajo de Sus pies. El último enemigo que será destruido es la muerte.[45]

Celebrar la resurrección de Jesús es celebrar la vida nueva. La Pascua es la celebración de una de las razones fundamentales de nuestra fe; es la celebración del proceso en curso de la nueva creación de Dios, mientras esperamos su culminación.

A fin de que, así como Cristo resucitó por el poder del Padre, también nosotros llevemos una vida nueva.[46]

Si Cristo no ha resucitado, nuestra predicación no sirve para nada como tampoco la fe de ustedes… Y si Cristo no ha resucitado, la fe de ustedes es ilusoria y todavía están en sus pecados... Lo cierto es que Cristo ha sido levantado de entre los muertos, como primicias de los que murieron. De hecho, ya que la muerte vino por medio de un hombre, también por medio de un hombre viene la resurrección de los muertos.[47]

¡Tenemos mucho que celebrar!: que ahora Dios-el Espíritu Santo mora en nosotros y nos ayuda, nos guía y nos renueva; que somos parte de Su nueva creación; que viviremos eternamente en nuestros nuevos cuerpos, disfrutando de perfecta salud y sin los efectos de la vejez, libres de enfermedades y dolencias, y que tenemos el honor y el privilegio de transmitir esas maravillosas noticias a los demás. Esa es la buena nueva del Evangelio: el amor que Dios abriga por cada ser humano, el ofrecimiento de la vida eterna, la resurrección de los muertos, la cualidad de ser nuevas criaturas en Jesucristo y parte de la nueva creación universal por la eternidad.

Nuestra misión consiste en invitar a tantos como podamos a convertirse en una nueva creación, hacerlos pasar por la puerta de la salvación y conducirlos ahora mismo a un nuevo y maravilloso mundo y a una eternidad dichosa en el futuro. A quienes somos portadores de esa invitación y transitamos por los caminos y vallados de la vida, la belleza del don de Dios por medio de Jesús debiera incentivarnos a hacer a todas las personas que podamos partícipes de ese don y de las bendiciones que acarrea. ¡Felices Pascuas!


[1] Dios miró todo lo que había hecho, y consideró que era muy bueno. Y vino la noche, y llegó la mañana: ese fue el sexto día. Génesis 1:31 (NVI)

[2] Te ganarás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la misma tierra de la cual fuiste sacado. Porque polvo eres, y al polvo volverás». Génesis 3:19 (NVI)

[3] El nacimiento de Jesús, el Cristo, fue así: Su madre, María, estaba comprometida para casarse con José, pero antes de unirse a él, resultó que estaba encinta por obra del Espíritu Santo. Mateo 1:18 (NVI)

—El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con Su sombra. Así que al santo niño que va a nacer lo llamarán Hijo de Dios. Lucas 1:35 (NVI)

[4] Véanse los siguientes artículos de la serie Lo esencial: El Dios-Hombre (Primera parte) y El Dios-Hombre (Segunda parte).

[5] Romanos 6:9 (NVI)

[6] 1 Corintios 15:51–52 (NVI)

[7] 1 Tesalonicenses 4:16–17 (NVI)

[8] Entonces, comenzando por Moisés y por todos los profetas, les explicó lo que se refería a Él en todas las Escrituras. Lucas 24:27 (NVI)

[9] Aquel mismo día dos de ellos se dirigían a un pueblo llamado Emaús, a unos once kilómetros de Jerusalén. Iban conversando sobre todo lo que había acontecido. Sucedió que, mientras hablaban y discutían, Jesús mismo se acercó y comenzó a caminar con ellos. Lucas 24:13–15 (NVI)

[10] Al desembarcar, vieron unas brasas con un pescado encima, y un pan.

—Traigan algunos de los pescados que acaban de sacar —les dijo Jesús.

Simón Pedro subió a bordo y arrastró hasta la orilla la red, la cual estaba llena de pescados de buen tamaño. Eran ciento cincuenta y tres, pero a pesar de ser tantos la red no se rompió.

—Vengan a desayunar —les dijo Jesús.

Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Quién eres tú?», porque sabían que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio a ellos, e hizo lo mismo con el pescado. Juan 21:9–13 (NVI)

[11] Como ellos no acababan de creerlo a causa de la alegría y del asombro, les preguntó:

—¿Tienen aquí algo de comer?

Le dieron un pedazo de pescado asado, así que lo tomó y se lo comió delante de ellos. Lucas 24:41–43 (NVI)

[12] Después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, la mayoría de los cuales vive todavía, aunque algunos han muerto. 1 Corintios 15:6 (NVI)

[13] Después de padecer la muerte, se les presentó dándoles muchas pruebas convincentes de que estaba vivo. Durante cuarenta días se les apareció y les habló acerca del reino de Dios. Hechos 1:3 (NVI)

[14] Habiendo dicho esto, mientras ellos lo miraban, fue llevado a las alturas hasta que una nube lo ocultó de su vista. Ellos se quedaron mirando fijamente al cielo mientras Él se alejaba. De repente, se les acercaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron:

—Galileos, ¿qué hacen aquí mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido llevado de entre ustedes al cielo, vendrá otra vez de la misma manera que lo han visto irse. Hechos 1:9–11 (NVI)

[15] Después de hablar con ellos, el Señor Jesús fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Marcos 16:19 (NVI)

A este Jesús, Dios lo resucitó, y de ello todos nosotros somos testigos. Exaltado por el poder de Dios, y habiendo recibido del Padre el Espíritu Santo prometido, ha derramado esto que ustedes ahora ven y oyen. Hechos 2:32–33 (NVI)

[16] Lucas 24:37–39 (NVI)

[17] Wayne Grudem, Systematic Theology, p. 832.

[18] Filipenses 3:20–21 (NVI)

[19] 1 Juan 3:2 (NVI)

[20] 1 Corintios 15:35–38 (NVI)

[21] 1 Corintios 15:42–44, 49 (NVI)

[22] Romanos 8:21 (NVI)

[23] Isaías 65:17 (NVI)

[24] 2 Pedro 3:13 (NVI)

[25] Apocalipsis 21:1 (NVI)

[26] Filipenses 2:8–9 (NVI)

[27] La tierra era un caos total, las tinieblas cubrían el abismo, y el Espíritu de Dios iba y venía sobre la superficie de las aguas. Génesis 1:2 (NVI)

[28] El Señor descendió en la nube y habló con Moisés, y compartió con los setenta ancianos el Espíritu que estaba sobre él. Cuando el Espíritu descansó sobre ellos, se pusieron a profetizar. Pero esto no volvió a repetirse. Números 11:25 (NVI)

[29] «Toma en cuenta que he escogido a Bezalel, hijo de Uri y nieto de Jur, de la tribu de Judá,y lo he llenado del Espíritu de Dios, de sabiduría, inteligencia y capacidad creativa para hacer trabajos artísticos en oro, plata y bronce, para cortar y engastar piedras preciosas, para hacer tallados en madera y para realizar toda clase de artesanías. Éxodo 31:2–5 (NVI)

[30] Entonces Josué, hijo de Nun, fue lleno de espíritu de sabiduría, porque Moisés puso sus manos sobre él. Los israelitas, por su parte, obedecieron a Josué e hicieron lo que el Señor le había ordenado a Moisés. Deuteronomio 34:9 (NVI)

Samuel tomó el cuerno de aceite y ungió al joven en presencia de sus hermanos. Entonces el Espíritu del Señor vino con poder sobre David, y desde ese día estuvo con él. 1 Samuel 16:13 ESV.

[31] Entonces un muchacho corrió a contárselo a Moisés:

—¡Eldad y Medad están profetizando dentro del campamento!

Josué hijo de Nun, uno de los siervos escogidos de Moisés, exclamó:

—¡Moisés, señor mío, detenlos! Pero Moisés le respondió:

—¿Estás celoso por mí? ¡Cómo quisiera que todo el pueblo del Señor profetizara, y que el Señor pusiera Su Espíritu en todos ellos! Números 11:27–29 (NVI)

[32] Lucas 24:49 (NVI)

[33] Hechos 1:4–5 (NVI)

[34] Hechos 2:32–33 (NVI)

[35] Joel 2:28–29 (NVI)

[36] Definición de la palabra griega palingenesia: regeneración. Tomada del diccionario Strong’s

[37] Hechos 2:38–39 (NVI)

[38] Juan 3:5–6 (NVI)

[39] Tito 3:4–6 (NVI)

[40] Apocalipsis 21:1–3 (NVI)

[41] 1 Corintios 2:14–16 (NVI)

[42] Gálatas 5:22–23 (NVI)

[43] 2 Corintios 3:17–18 (NVI)

[44] Romanos 8:19–23 (NVI)

[45] 1 Corintios 15:22–26 (NVI)

[46] Romanos 6:4 (NVI)

[47] 1 Corintios 15:14, 17, 20–21 (NVI)

Traducción: Luis Azcuénaga y Gabriel García V.