Liberen a los prisioneros

Abril 12, 2014

Enviado por María Fontaine

Hay un grupo de personas que existen en todos los países del mundo. La mayoría procede de los estratos pobres de la sociedad, sin embargo quienes acaban en ese grupo pueden también venir de las clases medias o incluso de las más altas. Sus vidas, en la mayoría de los casos se han convertido en un verdadero infierno en vida. No obstante, aun en las circunstancias a menudo brutales y extremas en que se ven obligados a vivir, existe un gran potencial para que la luz de Dios resplandezca en su oscuridad.

La gente es prisionera del pecado hasta que Jesús rompe sus ataduras por medio de Su sangre. Pero en el mundo hay quienes no solo viven presos del pecado sino que también están físicamente presos, encerrados en cárceles de verdad, tras barrotes y cercos de alambre de púas. Aunque no te sientas personalmente llamado a la retadora tarea de visitar o escribirle a los presos, de todos modos puedes hacer algo muy importante: comprometerte a orar por quienes se encuentran presos y que tanto necesitan a Jesús. Muchos reos endurecidos, inalcanzables, que experimentaron una transformación sobrenatural al conocer la luz y el amor de Cristo, atribuyen buena parte del milagro que ocurrió en su vida a cristianos que intercedieron por ellos en oración.

Ya sea que un recluso haya cometido crímenes o que haya acabado en la cárcel injustamente, por lo general caen presa de la amargura y la rabia, la soledad, el temor, el remordimiento y la depresión, entre otras emociones. Quienes se entregan al mal a menudo también atacan a otros prisioneros, abusan de ellos y los desmoralizan por completo, dejándolos en muchos casos sin esperanza alguna de salvación o incluso de supervivencia.

Desde joven me pesaba en el corazón la situación los presos. Cuando tenía doce años, mi tía a veces iba a visitar las cárceles con un grupo de la iglesia a la que pertenecía. Conoció a un hombre que se había salvado estando preso, así que me sugirió que le escribiera regularmente, para animarlo. Y lo hice. Me conmovió su situación y la de tantos otros presos en todas partes del mundo. Fue el primer contacto que tuve con un preso, aunque fuera a distancia.

En el mundo actual no recomendaría el ministerio de correspondencia con presos a los jovencitos. De hecho, la mayoría de ministerios en cárceles requieren la mayoría de edad por parte de los voluntarios. Pero cuando yo era joven —hace mucho de eso— me fue muy bien con la orientación de mi tía como mentora, una persona indudablemente movida por el Espíritu Santo. Nunca llegué a conocer al hombre al que le había escrito, pero tuve la oportunidad de animarlo espiritualmente.

Hace unos cuantos años ayudé a recopilar un librito que publicó LFI. Estaba compuesto de mensajes recibidos del Señor para los presos, y muchos se podían usar como folletos o entregar en hojas sueltas. Se llamó Freedom Within («Libertad Interior», para descargarlo en inglés pulsa aquí). Lo que me proponía al compilar ese librito era que, aunque esos presos no pudieran liberarse físicamente, pudieran descubrir cómo ser libres espiritualmente.

Con el ministerio de las cárceles, al igual que con algunos otros, a menudo los avances son lentos. Es todo un reto ingresar a esos recintos; uno se topa con una serie de trabas burocráticas y aspectos relacionados con la seguridad para atravesar sus muros. Y luego hay toda otra serie de barreras en los presos mismos, que están endurecidos y amargados, presos del temor, la depresión y la desesperación. Pero si el Señor te pone ese deseo en el corazón, te abrirá también las puertas de par en par en tanto perseveres, y puede llegar a ser un ministerio muy gratificante en el cual el Señor puede servirse poderosamente de ti para transformar vidas poco a poco.

Una integrante de LFI, Marianne, lleva aproximadamente un año y medio apoyando en una cárcel importante de México. En vez de contarles yo la historia, me gustaría compartir con ustedes una conversación que tuvimos en la que me describió el trabajo que realiza.

Marianne:

Ya llevo siete años trabajando y realizando diversas labores humanitarias junto con otra integrante de la Familia, Isabelle, que tiene una organización sin fines de lucro. Varias veces habíamos conversado sobre nuestro deseo de hacer algo en las cárceles, en vista de los consabidos problemas del sistema judicial y penitenciario. Habiendo ya trabajado con mujeres víctimas de la violencia, mi querida amiga se había dado cuenta de que las presas enfrentaban muchas de esas mismas dificultades.

Isabelle tenía muchas ganas de trabajar con las internas, así que ofreció un programa de coaching y talleres a uno de los centros de rehabilitación para mujeres. Tras sortear la montaña de trámites burocráticos y papeleos necesarios para que aprobaran su proyecto y le permitieran el acceso al sistema penitenciario, por fin logró comenzar.

La necesidad era inmensa, y sus talleres fueron muy bien recibidos. Así que se nos ocurrió ofrecer también clases de idiomas a las mujeres. En ese entonces tenían a alguien que les enseñaba inglés, de modo que ofrecí darles clases de francés. El programa fue aprobado, y mientras mi compañera dictaba sus talleres, yo empecé a dar clases de francés a un grupo de 16 mujeres.

María:

¿Cuáles son las condiciones de vida en la cárcel?

Marianne:

Sin lugar a dudas es un mundo muy duro, donde convive una gran diversidad de personas. Tengo una amiga que lleva 18 años prestando servicios en una cárcel cerca de la frontera entre México y Estados Unidos. Me contó que a algunas de las reclusas las obligan a confesar crímenes que no cometieron para salvar el pellejo de integrantes de los cárteles de la droga. Se les da a elegir entre firmar una confesión o que el cártel les mate a uno o más familiares. Por lo general no queda en amenazas.

En la cárcel a la que vamos Isabelle y yo hay unas 300 mujeres. Muchas acaban pasando el tiempo drogándose, robando y metiéndose en más problemas. Hay un pabellón psiquiátrico, y algunas viven en un permanente sopor. Las tienen a todas juntas en un mismo lugar: a las que terminan ahí a la fuerza por culpa de los cárteles las mezclan con delincuentes endurecidas, incluidas mujeres que asesinaron a sus propios hijos. Se oye con frecuencia de casos en que las drogan a la fuerza, las amenazan de muerte o les propinan tremendas palizas. Las presas locales pueden llegar a ser particularmente duras con las extranjeras; hay golpizas y hostigamiento, y les roban sus cosas. Se vive en un permanente clima de temor.

María:

¿Hay niños en la cárcel?

Marianne:

No, en esta no. Muchas de las mujeres extrañan mucho —muchísimo— a sus hijos. En uno de los otros centros les permiten a las mujeres tener a sus hijos con ellas hasta los seis años. Algunos bebés nacen ahí. Cuando cumplen seis años, tienen que abandonar la cárcel e irse a vivir con parientes o en centros especiales. Es muy traumático para algunas de las mujeres tener que separarse de sus hijos.

María:

¿Qué haces para testificar?

Marianne:

Después de mis clases de francés les ofrezco libros devocionales, y por lo general los aceptan. También llevo algunos libros para niños, que aprecian mucho; para sus hijos y algunos para sus nietos. Tengo tiempo libre entre clases, así que las alumnas pueden quedarse un rato más a conversar; hay dos o tres que son particularmente receptivas y acuden a mí para pedirme oración. Eso me da oportunidad de averiguar qué tal están. A otras les testifico más esporádicamente, cuando atraviesan momentos difíciles en particular y se me acercan a conversar.

En general en la cultura latina hablar del Señor es de lo más aceptable, de modo que no hay ningún inconveniente cuando vuelco la conversación en ese sentido, siempre y cuando haga mi trabajo y no use la clase para «predicarles». Indudablemente, se presta para atender espiritualmente a las más receptivas.

María:

¿Podrías contarme algunas de tus interacciones con las mujeres?

Marianne:

De las 300 mujeres del reclusorio, hay un grupo de aproximadamente 25 o 30 que se esmeran por aprender todo lo que pueden. Es una manera de sobrevivir en ese entorno tan deprimente. La mayoría de ese pequeño grupo participan en todas las actividades culturales y educativas que se les ofrecen aquí, con el fin de no perder la cordura y como vía de escape a la depresión y el mundo de temor, delincuencia y oscuridad que las rodea día y noche.

Las mujeres de mi clase, la mayoría de las cuales llevan ya varios años presas, atesoran la oportunidad de escapar de ese mundo tan retorcido por unos momentos, para estudiar algo que las haga sentirse mejor consigo mismas. He interactuado personalmente con cada una de ellas, y orado personalmente con varias. Se han hecho amigas entre ellas y han formado una especie de grupo de apoyo, a pesar de que su procedencia e incluso sus edades son muy diversas. A veces se saludan en francés y se ayudan mutuamente con las tareas que les dejo.

En mi grupo hay una mujer judía. Un día vino a clase con una venda muy grande alrededor del pecho; una de las reclusas le había derramado encima su té hirviendo, y había amenazado con matarla. Se le sugirió que denunciara a la persona que la había atacado, pero ella oró y decidió que Dios es el juez supremo, y que lo mejor era no hacer nada para prolongarle a nadie la estadía en ese lugar infernal.

Con semejante oscuridad como telón de fondo, hasta el más mínimo gesto de amor, hasta el más ínfimo rayito de luz resplandecen. Ella sabe que soy cristiana y aun así se me acerca en busca de oración. ¡Me contó que su rabino no viene a visitarla por no ofender a su familia! Tiene una pequeña de siete años que entró en estado de coma tras presenciar el arresto de su madre por parte de la policía, así que ahora su familia la responsabiliza por el estado de su hija. Estaba ayunando y orando, rogando a Dios que la ayudara a luchar por la recuperación de su hija. Recopilé varias promesas del Antiguo Testamento y se las di para que pudiera invocarlas, ¡y me agradeció muchísimo por el amor y el apoyo! En el desierto, cada gotita de agua es valiosa.

En mi clase hay una mujer colombiana que tenía la esperanza de que la liberaran la Navidad pasada, pero todavía sigue presa. Al parecer hay problemas con su embajada… es creyente. En su cumpleaños le llevé un regalo, una copia de Momentos de sosiego, un librito hermoso con citas y versículos sobre la victoria en momentos de dificultad. Se conmovió hasta las lágrimas porque nadie más se acuerda de su cumpleaños; nadie le lleva nada. Me dijo: «Sé que Dios está valiéndose de este tiempo para cambiarme, y cuando salga de veras quiero hacer bien las cosas».

En el último día del segundo módulo de clases, a modo de celebración, llevé unos pasteles y la película Les Miserables, que vieron juntas con emoción. Habíamos hablado un poco de la historia de Francia, de modo que sabían que se trataba de un clásico del periodo que les había mencionado. Puede que el mundo de Fantine y Cosette en Les Miserables haya sido el mundo del siglo XIX en Francia, pero en muchos sentidos es también el mundo presente de varias de las mujeres de ese lugar.

La injusticia, el abuso, la corrupción, la pobreza y muchas cosas por el estilo son una realidad que muchas de estas mujeres han tenido que enfrentar toda la vida; a lo mejor no todas, pero varias de ellas. En un momento de la película, al ver a Fantine una de ellas exclamó: «¡Esa soy yo!» Vi cómo las elecciones y decisiones que tomaba Jean Valjean las conmovían mucho: cuando eligió no matar a Javert, que lo había acusado injustamente; cuando estuvo a punto de decir la verdad para que otro hombre no tuviera que morir en su lugar; cuando recogió a Fantine y la ayudó a morir con dignidad. Sentí que se conmovían.

María:

¿Consideras que estás teniendo un impacto duradero en alguna de las reclusas?

Marianne:

El progreso es lento, pero siento que estoy impactando la vida de algunas. Saben que hago esto porque soy cristiana. Algunas me dijeron que soy distinta a otras personas que visitan la cárcel y que no saben identificarse tanto con ellas e incluso pueden llegar a ponerse algo legalistas o dogmáticas, o hasta «prediconas». Lo que le pido a Jesús es que me ayude a transmitir aunque sea un poquito de Su amor en ese lugar tan oscuro, aparte de enseñarles algo de mi lengua materna y de mi cultura.

Oro por ellas a menudo, y por lo que he estado orando particularmente es por líderes obreras que no solo encuentren consuelo para sí mismas sino que puedan a su vez consolar a otras… y algunas ya lo están haciendo. Hay una muchacha en especial por la que el Señor me ha puesto un interés particular en el corazón, que tengo la sensación de que podría ayudar a muchas de las otras. Tiene 33 años, y es un poco retadora, pero no se puede negar que tiene empuje. Si ella se entusiasma por el Señor, podría marcar una diferencia ahí mismo, donde está. En este tipo de situaciones la oración es muy importante porque es lo que mueve la mano de Dios para hacer lo que nosotros no podemos.

Mi amiga y colega, Isabelle, está iniciando en este momento una nueva serie de talleres en la prisión. Una de las reclusas ya ha asistido a dos series y se ha enrolado en la tercera. Otras están tomando el curso por segunda vez, y un par de mis alumnas se han inscrito… Isabelle ha tenido oportunidad de profundizar y orar con varias de ellas. Al parecer los principios que han aprendido en los talleres han tenido un fuerte impacto en sus vidas. Algunas han experimentado cambios francamente espectaculares en su vida.

Procuramos llevar un poquito de Su luz, amor y cuidado a estas apreciables mujeres que luchan por sobrevivir en la situación tan difícil en que se encuentran. Queremos contribuir a mejorar su calidad de vida. Oramos que algunas incluso lleguen a convertirse en impulsoras de cambio positivo en esta situación, y ojalá también cuando salgan de este lugar. Una mujer que espera ser liberada muy pronto le preguntó a Isabelle si podría ayudarla con los talleres en la cárcel cuando salga.


Hay aproximadamente diez millones de personas confinadas en prisiones alrededor del mundo[1]. Esas personas constituyen un segmento de la sociedad que en su mayoría no cuenta con ningún tipo de apoyo, nadie a quien le importe si están vivos o se mueren. Si bien algunos son delincuentes violentos, buena parte se encuentra entre rejas por cuestiones como abuso o tráfico de estupefacientes, evasión de impuestos u otros crímenes no violentos. También existe un buen número de personas que han sido encarceladas a pesar de ser inocentes. En muchos lugares, sus «crímenes» podrían ser no estar de acuerdo con quienes ostentan el poder, participar en manifestaciones contra el gobierno o formar parte de una minoría religiosa. En algunos países, incluso en aquellos que se consideran desarrollados o del primer mundo[2], mucha gente acaba presa durante años o hasta décadas sin que jamás se le haya comprobado crimen alguno.

Con esto les he dado apenas un vistazo al amplio tema de las cárceles. La necesidad espiritual de esperanza y del espíritu del Señor es enorme. No podemos liberar a los presos en el plano físico, sin embargo podemos ayudar a liberar sus espíritus de modo que creen una conexión con Dios, que los ama y quiere que se vuelvan parte de Su reino.

Jesús se planteó la misión de liberarnos. Podemos ayudar a liberar a otros cautivos ayudándolos a hacerse ciudadanos de Su reino.

Sé que varios de ustedes en algún momento han participado en ministerios en cárceles, y que algunos de ustedes hacen voluntariado en las cárceles actualmente. Les agradecería mucho si pudieran hacerme llegar cualquier testimonio que tengan de sus visitas o correspondencia con hombres y mujeres que se encuentran presos, sobre todo los casos en que lograron conducirlos al Señor o ayudar a alguien a madurar espiritualmente al punto de ayudar a compartir Sus buenas nuevas con otros dentro de su cárcel. También me interesan mucho los recuentos de personas que hayan testificado fuera de las cárceles a familiares de los presos. Los testimonios sirven para multiplicar los frutos de lo que el Señor hace por nuestro intermedio porque a menudo inspiran a otros a tomar acciones de ese tipo.

La mayoría de las sociedades no ofrecen muchas oportunidades que digamos a los ex convictos para que puedan rehacer su vida y volverse miembros productivos de su sociedad. El estigma social de por sí le hace difícil incluso a quienes tienen facilidad para encontrar empleo que rehagan su vida. Necesitan fe y esperanza, y la fortaleza del Señor para ayudarlos a perseverar y sobreponerse a los múltiples retos que enfrentan estando presos.

Muchos ex convictos no cuentan con sitios a donde ir cuando son liberados. Lamentablemente, muchos recaen en vidas de crimen, violencia, drogas, etc., y sus vidas se van a pique. Si no cuentan con algo superior a que acudir, la mayoría carece de la motivación suficiente como para vencer las corrientes negativas del pasado. No obstante, como cristianos, nosotros contamos con el poder para marcar una diferencia. El que nosotros hagamos lo que está en nuestras manos para ayudarles a encontrar fe en Jesús, Su Palabra y Su amor puede ayudarlos a romper el círculo vicioso y encontrar nueva vida.

Este mundo que han creado los pecados del hombre con su inhumanidad para con sus semejantes puede llegar a ser un lugar muy frío. Sin embargo, como dice la Biblia, «allí donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia»[3]. Una de las razones por las que Jesús todavía nos tiene aquí en la Tierra es para que hagamos todo lo que está en nuestras manos para cumplir con la tarea que Él comenzó: «…proclamar libertad a los cautivos y dar vista a los ciegos, poner en libertad a los oprimidos»[4].

Jesús dijo: «Estuve preso y me visitaste»[5]. Podemos visitar a Jesús en las cárceles del mundo por medio de las oraciones por muchos que no tienen esperanza ni amor, ni tienen luz alguna en la vida. Les pide que por favor hagan un alto en este instante para orar pidiendo que Dios haga llegar Su luz y Su vida a los corazones de quienes se encuentran en cautiverio. Por favor pídanle a Jesús que haga algo para conectarlos con Él, para que cambien las cosas, para infundirles esperanza y de alguna manera hacerles saber que a pesar de todo Él los ama entrañable e incondicionalmente.

«Acuérdense de los presos, como si ustedes fueran sus compañeros de cárcel, y también de los que son maltratados, como si fueran ustedes mismos los que sufren»[6].