Lo esencial: El Espíritu Santo

julio 30, 2013

Enviado por Peter Amsterdam

Los dones del Espíritu, 1ª parte

Un recorrido por los Evangelios nos enseña que la vida y el ministerio de Jesús estuvieron imbuidos del poder del Espíritu Santo. Su misión empezó después que Juan lo bautizó en las aguas del río Jordán, cuando los cielos se abrieron y el Espíritu descendió sobre Él en forma de paloma[1]. Una vez que Jesús abandonó el Jordán, fue llevado por el Espíritu al desierto, donde ayunó 40 días y fue tentado por el Diablo. Concluido ese periodo, regresó a Galilea investido del poder del Espíritu. A partir de entonces comenzó a anunciar el reino de Dios y a hacer obras milagrosas que manifestaban el poder de Dios y dejaban atónitos a muchos. Las poderosas obras que realizó y la autoridad con que hablaba y enseñaba proclamaron la irrupción del reino de Dios.

Jesús regresó a Galilea en el poder del Espíritu, y se extendió Su fama por toda aquella región. Enseñaba en las sinagogas, y todos lo admiraban. […] Estaban asombrados de Su enseñanza, porque les hablaba con autoridad. […] Todos se asustaron y se decían unos a otros: «¿Qué clase de palabra es esta? ¡Con autoridad y poder da órdenes a los espíritus malignos, y salen!» Y se extendió Su fama por todo aquel lugar[2].

Si Yo expulso los demonios por el Espíritu de Dios, entonces el reino de Dios ha llegado a ustedes[3].

En la fiesta de Pentecostés, diez días después que Jesús ascendió al Cielo, Sus discípulos se llenaron del Espíritu Santo, que era la «promesa del Padre»[4]. A partir de ese momento, ellos también sanaron enfermos, expulsaron demonios y levantaron gente de los muertos. Gracias a la investidura del Espíritu, predicaron el mensaje, consiguieron nuevos conversos y con el tiempo difundieron la fe por todo el mundo.

A lo largo de las siguientes décadas, conforme el cristianismo se propagó por todo el mundo conocido y se manifestaron diferentes dones del Espíritu Santo, se fueron apreciando otros aspectos de Su poder. Este no solo se hizo patente en la predicación del Evangelio, las curaciones y otros milagros, sino también en las profecías, la enseñanza, la administración y de muchas otras formas. A los cristianos se les concedió el Espíritu Santo y Sus dones tanto para que anunciaran el Evangelio como para que edificaran, fortalecieran y consolidaran la Iglesia, el cuerpo de creyentes.

Cuando venga el Espíritu Santo sobre ustedes, recibirán poder y serán Mis testigos tanto en Jerusalén como en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra[5].

Puesto que anhelan dones espirituales, procuren abundar en ellos para la edificación de la iglesia[6].

Pablo escribió sobre los dones del Espíritu en cinco ocasiones[7]. Pedro los menciona una vez[8]. Las distintas listas de Pablo difieren un poco unas de otras; algunas incluyen dones que otras omiten. Eso pareciera indicar que Pablo no pretendió presentar listas exhaustivas en sus cartas a las diversas iglesias, sino que al mencionar los dones del Espíritu en una epístola a una u otra iglesia de aquella época simplemente se limitó a dar algunos ejemplos[9].

Esta sería una lista combinada de los dones que Pablo y Pedro mencionan en sus escritos:

  • Palabra de sabiduría
  • Palabra de conocimiento
  • Fe
  • Dones de sanidades
  • Milagros
  • Profecía
  • Discernimiento de espíritus
  • Lenguas
  • Interpretación de lenguas
  • Administración
  • Ayudar
  • Servir
  • Contribuir
  • Dirigir
  • Misericordia
  • Maestro/enseñanza
  • Evangelista/evangelización

Algunos de ellos figuran más como un título o ministerio que como un don. Tal es el caso de evangelista y maestro.

Los listados que aparecen en las Epístolas no son completos en el sentido de que no abarcan todo aspecto de cada don. Por ejemplo, puede que una persona que posea el don de ayudar tenga una gracia particular para cierto tipo de ayuda, quizá para atender a los ancianos, o a los enfermos, o para cuidar niños. El don de dirigir se puede manifestar de diversos modos o con diferentes tipos de personas; por ejemplo, puede que alguien esté dotado para dirigir a gente joven, o a equipos dedicados a la difusión del Evangelio, o a un grupo de hombres o de mujeres, o una obra en general.

Existen también algunos aspectos o atributos de los dones anteriormente enumerados que podrían considerarse subconjuntos de los mismos o incluso dones aparte. Ejemplos de ello son los dones musicales y el de oración intercesora[10].

Enseguida haremos una breve descripción de cada uno de los dones mencionados por Pablo y Pedro.

Palabra de sabiduría o de conocimiento

En las Escrituras no aparece sino una sola mención de estos dos dones. Tampoco se ofrece ninguna explicación sobre sus características. Existen dos interpretaciones generales sobre la naturaleza de estos dones:

  1. La capacidad de recibir una revelación del Espíritu Santo que permite al poseedor del don alcanzar y exponer sabiduría acerca de una situación determinada, o tener un conocimiento específico sobre una situación previamente desconocida para él.
  2. La disposición para hablar palabras de sabiduría o la aptitud para hablar con conocimiento en diversas situaciones.

La primera interpretación alude a quienes reciben revelaciones directamente del Espíritu. Se les indica, por ejemplo, que uno de los presentes padece cierta dolencia o enfermedad, o está pensando en dejar a su marido o a su mujer, o ya lo ha hecho, etc. La persona investida con el don no tiene ningún conocimiento previo de la situación; simplemente pronuncia palabras de sabiduría o de conocimiento a fin de ayudar a quien está pasando por la dificultad, dado que para esa persona puede ser un aliento darse cuenta de que Dios está al tanto de su situación, o quizás eso puede crear una oportunidad para que la persona pida ayuda u oración.

La segunda interpretación se refiere más a personas que adquieren sabiduría por medio de sus vivencias, o que obtienen conocimiento a través del estudio o la experiencia, y cuyas habilidades innatas el Espíritu evidentemente potencia. Entre los casos bíblicos de ese tipo de conocimiento o sabiduría cabe mencionar los diáconos nombrados en Hechos capítulo 6, o la decisión del concilio de Jerusalén en Hechos 15.

Fe

El don de la fe hace referencia a una fe extraordinaria que trasciende la que se ejercita en la vida cristiana habitual. Es una impartición especial de fe otorgada por el Espíritu en determinadas situaciones. Algunos que poseen dones de sanidad o de milagros, por ejemplo, muy posiblemente tienen también el don de la fe. Se puede entender como la fe que mueve montañas mencionada por Pablo en su capítulo del amor, 1 Corintios 13.

Si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy[11].

La expresión «toda la fe» podría ser indicativa de que el don de la fe mencionado en el capítulo anterior (1 Corintios 12) alude a una fe capaz de producir resultados que sin el poder de Dios no serían viables, fe para cosas que sin la intervención divina sería imposible lograr, fe para mover obstáculos que por otros medios serían insalvables.

Respondiendo Jesús, les dijo: «Tened fe en Dios. De cierto os digo que cualquiera que diga a este monte: “Quítate y arrójate en el mar”, y no duda en su corazón, sino que cree que será hecho lo que dice, lo que diga le será hecho»[12].

El don de la fe también puede manifestarse cuando una persona es capaz de fortalecer la fe de otras en situaciones desesperadas, como cuando el apóstol Pablo reconfortó a sus compañeros de viaje durante una tormenta en el mar[13]. Alguien investido del don de la fe puede reforzar la fe tambaleante de otra persona por medio de las palabras que le dirija[14].

Dones de curación o sanidades

En 1 Corintios 12 Pablo escribe sobre los dones de sanidades. Cuando enumera los demás dones del Espíritu, emplea el vocablo griego charisma, que significa don, en singular; sin embargo, en el caso de la sanación emplea el plural, charismata. O sea, que para la curación son dones. De ello se infiere que una persona no recibe un don para sanar a la gente, sino que en cierto sentido traspasa a otros los dones de curación divina. Se puede considerar que quien posee dones de sanidades se los concede de parte de Dios a quienes tengan necesidad de ellos, ya sea que precisen curarse de un dolor, de un cáncer o de cualquier enfermedad o trastorno.

Las Escrituras ejemplifican los distintos métodos empleados para las sanaciones. A veces la persona imponía las manos sobre el que necesitaba curación; se hace alusión a ungir al enfermo con aceite; se citan ocasiones en que la persona provista de dones de sanidades simplemente habló, sin tocar al enfermo, y la curación se produjo. No existe un método determinado que haya que seguir cuando se emplean los dones de curación. La clave de la sanación reside en que es obra de Dios y no del hombre. El énfasis está en el poder que tiene Dios para sanar. El individuo que sirve de conducto no es más que un medio para que se produzca la sanación; sin embargo, el poder está en el Señor, que concede la sanidad a la persona que la precisa.

Milagros

Muchos de los milagros que se narran en el Nuevo Testamento corresponden a curaciones; pero ya que los dones de sanidades se mencionan por separado, este don muy probablemente se refiere a otro tipo de milagros. Pablo empleó la palabra griega dynamis cuando escribió sobre el don de los milagros, la cual, en el texto de las Epístolas, aparece traducida 88 veces como poder, fuerza o potestad y 7 como milagro. Pablo no da ninguna definición que explique exactamente qué abarca el don de milagros, pero se podría considerar que representa toda actividad en que se hace evidente el poder extraordinario de Dios. Entre otras cosas, podría incluir librarse de un peligro; de sufrir un daño físico, como cuando Pablo fue mordido por una víbora[15]; expulsar demonios; milagros de provisión, y cualquier otra manifestación del poder de Dios para favorecer Sus propósitos en una situación determinada[16].

Profecía

El don de profecía es el que Pablo más menciona en sus epístolas[17]. Se hace evidente, por el modo en que él habla de él, que el ejercicio de este don era algo común en las iglesias que fundó. También queda claro que tanto hombres como mujeres profetizaban[18]. Las profecías dentro de la comunidad de creyentes sirven para su edificación, exhortación y consolación. Las profecías son mensajes edificantes que robustecen la fe de la gente y la ayudan en su relación con el Señor. En ciertas ocasiones una profecía puede incluir una admonición y una invitación a cambiar o a seguir un rumbo más positivo. En otras, puede que contenga una revelación; está, por ejemplo, el caso de Ágabo, que profetizó que vendría una hambruna y que Pablo sería apresado en Jerusalén[19].

La profecía en el Nuevo Testamento difiere de la del Antiguo. A lo largo del Antiguo Testamento hubo individuos a quienes Dios llamó para que fueran profetas y comunicaran los mensajes divinos a Israel y a otras personas y pueblos. El Espíritu Santo de Dios se expresaba únicamente a través de ellos, puesto que en aquella época no estaba presente en todos los creyentes. El Espíritu no descendió sobre todos ellos, con lo que el don de profecía quedó al alcance de todos, hasta que Jesús no ascendió al Cielo.

Sucederá que en los últimos días, dice Dios, derramaré Mi Espíritu sobre todo el género humano. Profetizarán sus hijos y sus hijas, los jóvenes tendrán visiones y los ancianos tendrán sueños. En esos días derramaré Mi Espíritu sobre Mis siervos y Mis siervas, y profetizarán[20].

Los profetas veterotestamentarios comunicaron las palabras de Dios unilateralmente a la nación de Israel y a otras, y en aquella época hicieron las veces de portavoces de Dios. Ejercieron una importante función de autoridad espiritual en el país, la cual no tienen los profetas del Nuevo Testamento. Si bien en tiempos neotestamentarios hubo personas calificadas de profetas y que por lo visto ejercieron una labor profética[21], de la lectura de 1 Corintios 14:30,31 se deduce que toda persona —por lo menos en potencia— tiene acceso al don, y no solo ciertos individuos que desempeñen un ministerio profético[22].

Si alguien que está sentado recibe una revelación, el que esté hablando ceda la palabra. Así todos pueden profetizar por turno, para que todos reciban instrucción y aliento[23].

En el Nuevo Testamento no se otorga a la profecía la misma autoridad que se le otorgaba en el Antiguo. Más bien queda a criterio de la comunidad discernirla y juzgarla. Pablo enseñó que después de dos o tres profecías, otros de los presentes deben sopesar lo dicho.

En cuanto a los profetas, que hablen dos o tres, y que los demás examinen con cuidado lo dicho[24].

Las profecías que se dan dentro de una comunidad o iglesia se sopesan con dos finalidades: determinar que lo dicho proviene del Señor, y establecer su significación y relevancia. Las verdaderas profecías armonizan con la Escritura; no la contradicen. Edifican y fortalecen la fe de la comunidad. Glorifican al Señor y no a los profetas que las transmiten.

Cuando se recibe una profecía en una reunión o individualmente, se debe considerar que Dios se está expresando a través de conductos humanos imperfectos. Por lo tanto, hay que dar cabida a errores de índole humana. Las profecías están sujetas a nuestro espíritu falible y no deben considerarse perfectas o inmunes a los errores. Así y todo, se trata de un don del Espíritu Santo concebido para ayudarnos en nuestra vida cristiana, en nuestros encuentros de confraternidad y oración, en nuestras labores misionales y como medio de escuchar palabras de consuelo, edificación y exhortación de parte de Dios.

Continúa en la 2ª parte.


[1] Jesús, después que fue bautizado, subió enseguida del agua, y en ese momento los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma y se posaba sobre Él (Mateo 3:16).
     Cuando subía del agua, vio abrirse los cielos y al Espíritu como paloma que descendía sobre Él (Marcos 1:10).
     Aconteció que cuando todo el pueblo se bautizaba, también Jesús fue bautizado y, mientras oraba, el cielo se abrió y descendió el Espíritu Santo sobre Él en forma corporal, como paloma; y vino una voz del cielo que decía: «Tú eres Mi Hijo amado; en Ti tengo complacencia» (Lucas 3:21,22).
     Juan testificó, diciendo: «Vi al Espíritu que descendía del cielo como paloma, y que permaneció sobre Él. Yo no lo conocía; pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Sobre quien veas descender el Espíritu y permanecer sobre Él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo”» (Juan 1:32,33).

[2] Lucas: 4:14,15,32,36,37 (BAD).

[3] Mateo 12:28 (NBLH).

[4] Yo enviaré sobre ustedes la promesa de Mi Padre; pero ustedes, permanezcan en la ciudad hasta que sean investidos con poder de lo alto (Lucas 24:49, NBLH).

[5] Hechos 1:8 (NVI).

[6] 1 Corintios 14:12 (NBLH).

[7] 1 Corintios 12:28, 1 Corintios 12:8–10, Efesios 4:11, Romanos 12:6–8, 1 Corintios 7:7.

[8] 1 Pedro 4:11.

[9] Grudem,Wayne: Teología sistemática: Una introducción a la doctrina bíblica, Vida, 2007, p. 1075.

[10] Ibíd. 1077

[11] 1 Corintios 13:2 (RVR 1960).

[12] Marcos 11:22,23.

[13] Anoche se me apareció un ángel del Dios a quien pertenezco y a quien sirvo, y me dijo: «No tengas miedo, Pablo. Tienes que comparecer ante el emperador; y Dios te ha concedido la vida de todos los que navegan contigo». Así que ¡ánimo, señores! Confío en Dios que sucederá tal y como se me dijo. Sin embargo, tenemos que encallar en alguna isla (Hechos 27:23–26. NVI).

[14] Estos ejemplos se tomaron de la obra Renewal Theology, Systematic Theology from a Charismatic Perspective, de J. Rodman Williams, Zondervan, Grand Rapids, 1996, pp. 358-60.

[15] Sucedió que Pablo recogió un montón de leña y la estaba echando al fuego, cuando una víbora que huía del calor se le prendió en la mano. Al ver la serpiente colgada de la mano de Pablo, los isleños se pusieron a comentar entre sí: «Sin duda este hombre es un asesino, pues aunque se salvó del mar, la justicia divina no va a consentir que siga con vida». Pero Pablo sacudió la mano y la serpiente cayó en el fuego, y él no sufrió ningún daño. La gente esperaba que se hinchara o cayera muerto de repente, pero después de esperar un buen rato y de ver que nada extraño le sucedía, cambiaron de parecer y decían que era un dios (Hechos 28:3–6, NVI).

[16] Grudem, Wayne: Teología sistemática, p. 1121.

[17] No desprecien las profecías (1Tesalonicenses 5:20, NVI).
     Empéñense en seguir el amor y ambicionen los dones espirituales, sobre todo el de profecía (1 Corintios 14:1, NVI).
     El que profetiza habla a los demás para edificarlos, animarlos y consolarlos (1 Corintios 14:3, NVI).
     Yo quisiera que todos ustedes hablaran en lenguas, pero mucho más que profetizaran. El que profetiza aventaja al que habla en lenguas, a menos que este también interprete, para que la iglesia reciba edificación. Hermanos, si ahora fuera a visitarlos y les hablara en lenguas, ¿de qué les serviría, a menos que les presentara alguna revelación, conocimiento, profecía o enseñanza? (1 Corintios 14:5,6).
     Hermanos míos, ambicionen el don de profetizar, y no prohíban que se hable en lenguas. Pero todo debe hacerse de una manera apropiada y con orden (1 Corintios 14:39,40, NVI).
     Tenemos dones diferentes, según la gracia que se nos ha dado. Si el don de alguien es el de profecía, que lo use en proporción con su fe (Romanos 12:6, NVI).
     Él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; y a otros, pastores y maestros, a fin de capacitar al pueblo de Dios para la obra de servicio, para edificar el cuerpo de Cristo (Efesios 4:11,12, NVI).
     Timoteo, hijo mío, te doy este encargo porque tengo en cuenta las profecías que antes se hicieron acerca de ti. Deseo que, apoyado en ellas, pelees la buena batalla y mantengas la fe y una buena conciencia (1 Timoteo 1:18,19, NVI).
     Ejercita el don que recibiste mediante profecía, cuando los ancianos te impusieron las manos (1 Timoteo 4:14, NVI).

[18] Al día siguiente salimos y llegamos a Cesarea, y nos hospedamos en casa de Felipe el evangelista, que era uno de los siete y tenía cuatro hijas solteras que profetizaban (Hechos 21:8,9, NVI).

[19] Uno de ellos, llamado Ágabo, se puso de pie y predijo por medio del Espíritu que iba a haber una gran hambre en todo el mundo, lo cual sucedió durante el reinado de Claudio (Hechos 11:28, NVI).
     Deteniéndonos allí varios días, descendió de Judea cierto profeta llamado Ágabo, quien vino a vernos, y tomando el cinto de Pablo, se ató las manos y los pies, y dijo: «Así dice el Espíritu Santo: “Así atarán los judíos en Jerusalén al dueño de este cinto, y lo entregarán en manos de los gentiles”» (Hechos 21:10,11, NBLH).

[20] Hechos 2:17,18 (NVI).

[21] En la iglesia que estaba en Antioquía había profetas y maestros: Bernabé, Simón llamado Niger, Lucio de Cirene, Manaén, que se había criado con Herodes el tetrarca, y Saulo. Mientras ministraban al Señor y ayunaban, el Espíritu Santo dijo: «Aparten a Bernabé y a Saulo para la obra a la que los he llamado» (Hechos 13:1,2, NBLH).
     Por aquel tiempo unos profetas bajaron de Jerusalén a Antioquía. Uno de ellos, llamado Ágabo, se puso de pie y predijo por medio del Espíritu que iba a haber una gran hambre en todo el mundo, lo cual sucedió durante el reinado de Claudio (Hechos 11:27,28, NVI).
     Judas y Silas, que también eran profetas, hablaron extensamente para animarlos y fortalecerlos (Hechos 15:32, NVI).
     Llevábamos allí varios días, cuando bajó de Judea un profeta llamado Ágabo (Hechos 21:10, NVI).

[22] Hawthorne, Gerald F., y Martin, Ralph P. (ed.): Dictionary of Paul and His Letters, InterVarsity Press, Downers Grove, 1993, p. 346.

[23] 1 Corintios 14:30,31 (NVI).

[24] 1 Corintios 14:29 (NVI).

Traducción: Gabriel García V. y Jorge Solá.