Más como Jesús: Introducción y contexto (2ª parte)

enero 12, 2016

Enviado por Peter Amsterdam

[More Like Jesus: Introduction and Background (Part 2)]

En la primera parte de esta introducción a la serie Más como Jesús examinamos el concepto de conducirnos como Dios lo hace e imitar a Cristo, tal como se expresa en el Antiguo Testamento y en los evangelios. En esta parte, nos concentraremos en la expresión de esa misma idea en las epístolas[1].

La iglesia primitiva cayó en la cuenta de que el Dios de Israel, el Dios de la alianza, había actuado en favor de la humanidad a través de la vida, muerte y resurrección de Jesús. El plan de Dios mencionado en el Antiguo Testamento estaba cumpliéndose. El objetivo era reunir, de entre todas las naciones, a un pueblo que le perteneciera a Dios, participara en el nuevo pacto y viviera a la luz del magnífico acto divino de salvación.

Mediante la salvación, los que están «en Cristo» se transforman:

«Si alguno está en Cristo, nueva criatura es: las cosas viejas pasaron; todas son hechas nuevas»[2]. Por ser nuevas criaturas en Cristo, una de nuestras metas es conducirnos como tales, emular a Cristo. «Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados. Y andad en amor, como también Cristo nos amó y se entregó a Sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante»[3].

El apóstol Pablo exhortó a imitarlo a las iglesias que había establecido:

«Sed imitadores míos, así como yo lo soy de Cristo»[4]. «Os ruego que me imitéis. Por esto mismo os he enviado a Timoteo, que es mi hijo amado y fiel en el Señor, el cual os recordará mi proceder en Cristo»[5].

Pablo enseñó que debemos tener la misma actitud que Cristo:

No hagan nada por egoísmo o vanidad; más bien, con humildad consideren a los demás como superiores a ustedes mismos. Cada uno debe velar no solo por sus propios intereses sino también por los intereses de los demás. La actitud de ustedes debe ser como la de Cristo Jesús, quien, siendo por naturaleza Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse. Por el contrario, se rebajó voluntariamente, tomando la naturaleza de siervo y haciéndose semejante a los seres humanos[6].

Emular a Cristo significa tener Su misma personalidad, lo cual se vuelve posible gracias a los frutos del Espíritu Santo en nosotros. Puede verse un modelo de tales frutos —amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio propio[7]— en la vida de Jesús.

La expresión de esos rasgos de personalidad no está exenta de conflicto interno. La salvación no acaba con nuestra tendencia a pecar; no reduce automáticamente nuestra pecaminosidad. Por consiguiente, se nos exhorta a despojarnos de ciertos aspectos de nuestra vida y vestirnos de Cristo.

La noche está avanzada y se acerca el día. Desechemos, pues, las obras de las tinieblas y vistámonos las armas de la luz. […] Vestíos del Señor Jesucristo y no satisfagáis los deseos de la carne[8].

En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está corrompido por los deseos engañosos, renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad[9].

No mintáis los unos a los otros, habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos y revestido del nuevo. Este, conforme a la imagen del que lo creó, se va renovando hasta el conocimiento pleno[10].

Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de bondad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia. Soportaos unos a otros y perdonaos unos a otros, si alguno tiene queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros. Sobre todo, vestíos de amor, que es el vínculo perfecto[11].

Stanley Grenz escribe:

Los creyentes deben despojarse de una realidad y vestirse de otra. Despojarse de la carne y vestirse del espíritu. Despojarse de su antigua conducta y vestirse de la nueva. Despojarse de las obras de la carne y vestirse del Señor Jesucristo. Despojarse de las obras de las tinieblas y vestirse de las de la luz. De esa manera tan vívida describió Pablo la ética cristiana, como el abandono de la pasada manera de vivir con el fin de abrazar una nueva conducta[12].

Por supuesto, ese despojarse, vestirse y conducirse de otra manera no es automático; requiere diligencia y disciplina. Pablo habló de ese adiestramiento:

Ejercítate para la piedad[13]. Serás […] criado en las palabras de la fe y de la buena doctrina[14]. Sigue la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre. Pelea la buena batalla de la fe[15].

Emular a Cristo requiere esfuerzo y disciplina. Exige un deliberado despojarse y vestirse, y hacer lo que sea preciso para alinear nuestra actitud interna con el Espíritu, la Palabra y la voluntad de Dios. Exige compromiso para crecer espiritualmente, el cual resulta en una transformación interna que nos permite estar más centrados en Dios y ser más como Cristo. El deseo de hacer el esfuerzo y autodisciplinarse está motivado por nuestro amor a Jesús y nuestra gratitud por el sacrificio que Él hizo por nosotros. Pelamos la buena batalla de la fe, perseguimos la justicia, la piedad, la fe y el amor porque nos hemos consagrado a Dios, que nos reconcilió en Cristo.

Como estamos eternamente agradecidos por el amor y la compasión divinos, deseamos vivir de un modo digno: digno del llamamiento que recibimos[16], digno del Dios que nos llamó[17], digno del Señor[18] y digno del evangelio de Cristo[19].

Evidentemente, por nosotros mismos no somos capaces de llevar una vida digna y centrada en Cristo; es el Espíritu Santo quien nos capacita para hacerlo. Grenz escribe:

El mismo Espíritu que mora en nosotros y actúa de mediador en la salvación a través de la unión del creyente con Cristo es también el que nos proporciona el poder divino necesario para vivir cristianamente. El Espíritu en nosotros nos permite vivir en un nuevo plano[20].

El Espíritu Santo es la solución para tener la mente de Cristo, ya que «los que viven conforme al Espíritu fijan la mente en los deseos del Espíritu»[21]. Por la intervención del Espíritu Santo somos transformados moralmente en la imagen de Cristo.

Nosotros todos, mirando con el rostro descubierto y reflejando como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en Su misma imagen, por la acción del Espíritu del Señor[22].

La presencia del Espíritu Santo en nosotros nos empodera para vivir una vida transformada. Ese empoderamiento —combinado con nuestra gratitud y amor hacia Dios, nuestro deseo de emular a Jesús y nuestro compromiso personal de hacer el esfuerzo y tener la disciplina que haga falta— nos permite ser más como Jesús.

Hemos visto que tanto el Antiguo Testamento como los evangelios y las epístolas nos exhortan a conducirnos de una manera que refleje a Dios en nuestro mundo. Está claro que hemos sido llamados a ser santos, amorosos, amables, misericordiosos, compasivos y humildes, cualidades todas ellas que reflejan atributos de la naturaleza y personalidad de Dios. Tal como se evidencia en las Escrituras, existe la expectativa de que los que constituimos el pueblo de Dios —los que a través del sacrificio de Su Hijo hemos sido conducidos a una relación con Él— queramos vivir conforme a lo que Él nos ha revelado en Su Palabra sobre Sí mismo y Sus deseos.

El hecho de leer y estudiar cómo puede mi conducta ajustarse más a la manera de ser de Dios ha sido muy esclarecedor para mí y me ha ayudado en mis esfuerzos por vivir mi fe. En esta serie de artículos hablaré de lo que me ha servido a mí, y cada artículo será sobre una virtud cristiana o rasgo de Cristo que conviene que imitemos. Algunos serán de tipo práctico; otros se centrarán más en conceptos espirituales. En algunos casos, el tema de uno estará relacionado con el del siguiente, mientras que otros artículos se pararán solos. Ruego que estas lecturas renueven tus ideas sobre cómo puedes reflejar mejor a Jesús en tu vida cotidiana.


Nota

A menos que se indique otra cosa, todos los versículos de la Biblia proceden de la versión Reina-Valera, revisión de 1995, © Sociedades Bíblicas Unidas, 1995. Utilizados con permiso.


[1] Este artículo es un resumen del capítulo 3 del libro The Moral Quest, de Stanley J. Grenz (Downers Grove: IVP Academic, 1997).

[2] 2 Corintios 5:17.

[3] Efesios 5:1,2.

[4] 1 Corintios 11:1.

[5] 1 Corintios 4:16,17.

[6] Filipenses 2:3–7 (NVI).

[7] Gálatas 5:22,23.

[8] Romanos 13:12,14.

[9] Efesios 4:22–24.

[10] Colosenses 3:9,10.

[11] Colosenses 3:12–14.

[12] Grenz, The Moral Quest, 122.

[13] 1 Timoteo 4:7.

[14] 1 Timoteo 4:6 (RVA).

[15] 1 Timoteo 6:11,12.

[16] Yo, pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados (Efesios 4:1).

[17] Exhortábamos y consolábamos a cada uno de vosotros, y os encargábamos que anduvierais como es digno de Dios, que os llamó a Su Reino y gloria (1 Tesalonicenses 2:11,12).

[18] Así podréis andar como es digno del Señor, agradándolo en todo, llevando fruto en toda buena obra y creciendo en el conocimiento de Dios (Colosenses 1:10).

[19] Solamente os ruego que os comportéis como es digno del evangelio de Cristo, para que, sea que vaya a veros o que esté ausente, oiga de vosotros que estáis firmes en un mismo espíritu, combatiendo unánimes por la fe del evangelio (Filipenses 1:27).

[20] Grenz, The Moral Quest, 126.

[21] Romanos 8:5 (NVI).

[22] 2 Corintios 3:18.