Un pensamiento estremecedor

marzo 8, 2011

Enviado por Peter Amsterdam

Cuando me dedicaba a hacer una investigación para un proyecto para un escrito, me topé con algo que me sacudió. Era un versículo de la Biblia muy familiar que he leído, escuchado, y hasta citado un montón de veces, pero al meditar sobre éste, pensando en su aplicación práctica y en la enormidad de consecuencias que puede tener el ignorarlo, me di cuenta cabal de su importancia. Y ser culpable de esto mismo me asustó mucho.

Mateo 6:14-15 dice:

Si perdonas a los que pecan contra ti, tu Padre celestial te perdonará a ti; pero si te niegas a perdonar a los demás, tu Padre no perdonará tus pecados.

No existen excepciones en la aplicación de estos versículos. Sea que perdonemos o no a otros, tiene un efecto directo en el hecho de que Dios nos vaya o no a perdonar a nosotros[1].  Esto me pegó como algo de lo que tengo que estar muy alerta.

Hay dos instancias más en los Evangelios en donde Jesús menciona este mismo punto.

No juzguen a los demás, y no serán juzgados. No condenen a otros, para que no se vuelva en su contra. Perdonen a otros, y ustedes serán perdonados[2].

Cuando estén orando, primero perdonen a todo aquel contra quien guarden rencor, para que su Padre que está en el cielo también les perdone a ustedes sus pecados[3].

Pedro hizo una pregunta obvia cuando dijo:

—Señor, ¿cuántas veces debo perdonar a alguien que peca contra mí? ¿Siete veces?

—No siete veces —respondió Jesús—, sino setenta veces siete (490 veces)[4].

Jesús menciona un número bastante grande para expresar Su pensar sobre la cantidad de veces que deberíamos perdonar a nuestro hermano, dejando muy claro que el perdón es importante y algo que debemos hacer.

Para enfatizar aún más este punto, Él lo describe con otras cifras altas al continuar con la historia de un rey que deseaba arreglar sus cuentas con sus siervos.

Un hombre le debía al rey miles de talentos. Un talento equivale a 125 libras o 2.000 onzas, por lo que este hombre le debía al rey 20 millones de onzas ya fueran de oro o de plata. Al cambio de hoy, si fuera en plata, equivaldría a 560 millones de dólares; si fuera en oro, entonces serían unos 27.000 millones de dólares. En cualquiera de los casos, sea cuando fuere, es una deuda enorme. Debido a que este hombre no le podía pagar, el rey ordenó que este hombre, junto con su esposa e hijos y todas sus pertenencias fueran vendidos. Este hombre le implora al rey que le tenga paciencia, y por lástima, el rey lo libera y le perdona la deuda.

Tristemente, después de eso, el siervo que fue perdonado encuentra a uno de sus compañeros, quien a su vez le debía cien denarios, siendo un denario equivalente al salario de un día de trabajo en ese momento. (Wikipedia hace mención de que un día de trabajo en esos tiempos equivaldría a unos 20 dólares de hoy, por lo que —de ser correcto— significa que este otro siervo le debía unos 2000 dólares.) El siervo que fue perdonado no perdona a su compañero y lo manda a prisión.

Cuando el rey se enteró de esto, manda a llamar al hombre que perdonó y le dice:

—¡Siervo malvado! Te perdoné esa tremenda deuda porque me lo rogaste. ¿No deberías haber tenido compasión de tu compañero así como yo tuve compasión de ti?

Entonces el rey, enojado, envió al hombre a la prisión hasta que pagara toda la deuda[5].

Jesús termina esta historia con una conclusión severa:

—Eso es lo que les hará mi Padre celestial a ustedes si se niegan a perdonar de corazón a sus hermanos[6].

Queda claro que perdonar a tu hermano es importante, y no perdonarlo hará que Dios no te perdone a ti tus faltas y pecados.

Hay veces en las que otras personas pecan contra nosotros o nos lastiman —ya sea intencionalmente o sin mala intención—, así como también a veces somos nosotros los que lastimamos a otros o pecamos contra ellos. A veces las personas nos tratan injustamente, somos engañados por ellas; tal vez nos roben, o hablen mal de nosotros a espaldas nuestras. Puede que nos engañen de alguna forma, o que no cumplan con su palabra. Cualquiera sea el caso, cualquiera la ofensa, cualquiera el daño, estamos obligados a perdonar.

Perdonar no significa que la otra persona hiciera lo correcto, y tampoco quiere decir que la pérdida o el daño que nos causaran ya no exista. Simplemente quiere decir que en vez de concentrarnos en quién tiene razón y quién no, lo dejamos enteramente en manos de Dios, junto con las repercusiones que haya habido a causa de las acciones de esa persona. Uno adopta una actitud humilde y perdona.

Es interesante que el tema de la parábola del siervo que no perdonó es el dinero. Por alguna razón, parece que cuando alguien toma dinero que es nuestro, ya sea porque lo robó o porque de alguna manera entorpeció nuestro medio de sustento, nos cuesta mucho perdonar.

Mientras escribo este artículo me doy cuenta de que en realidad no perdoné del todo a alguien que hace algunos años tomó un dinero que no le pertenecía. Esa persona no hizo lo correcto, pero al no perdonarlo yo de corazón, vine a ser como el siervo que no perdonó y, mientras me regocijaba porque el Rey me había perdonado, yo fallé en perdonarlo a él.

Todos pecamos, y cada uno de nosotros estamos destituidos de la gloria de Dios. Tal como el siervo que no perdonó, debido a que pecamos, tenemos una deuda gigante con Dios, una deuda tan grande que ninguno de nosotros podría pagarla jamás. Pero a través de Jesús, Dios nos perdona esa deuda y luego Él nos llama, de la misma manera, a que perdonemos a los demás.

Por tanto, sean amables unos con otros, sean de buen corazón, y perdónense unos a otros, tal como Dios los ha perdonado a ustedes por medio de Cristo[7].

Viéndolo desde el punto en que si nosotros no perdonamos a otros cuando pecan contra nosotros, entonces Dios no nos perdonará cuando pequemos contra Él, puede darnos cierto temor. Realmente nos pone a pensar. La parte buena de esto es que también podemos verlo como una promesa: Si perdonamos a otros, Dios nos perdonará a nosotros. Si somos misericordiosos, entonces se nos tratará con misericordia. Si perdonamos, seremos perdonados. Quién esté equivocado o quién tenga razón no es el tema principal; el perdonar de corazón, sí.

Dado que Dios los eligió para que sean Su pueblo santo y amado por Él, ustedes tienen que vestirse de tierna compasión, bondad, humildad, gentileza y paciencia. Sean comprensivos con las faltas de los demás y perdonen a todo el que les ofenda. Recuerden que el Señor los perdonó a ustedes, así que ustedes deben perdonar a otros. Sobre todo, vístanse de amor, lo cual nos une a todos en perfecta armonía[8].


[1] Esto se refiere a Dios cuando perdona alguna ofensa puntual; no se refiere a la salvación.

[2] Lucas 6:37 NTV.

[3] Marcos 11:25 NTV.

[4] Mateo 18:21–22 NTV.

[5] Mateo 18:32–34 NTV.

[6] Mateo 18:35 NTV.

[7] Efesios 4:32 NTV.

[8] Colosenses 3:12–14 NTV.