Vivir el cristianismo: Los Diez Mandamientos (Divorcio y segundas nupcias)

Diciembre 10, 2019

Enviado por Peter Amsterdam

[Living Christianity: The Ten Commandments (Divorce and Remarriage)]

El fundamento bíblico para el matrimonio se encuentra en el primer capítulo del Génesis, donde leemos: Creó, pues, Dios al hombre a Su imagen; a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó. Dios los bendijo y les dijo: «Sean fecundos y multiplíquense. Llenen la tierra; sojúzguenla y tengan dominio»[1]. En el capítulo dos, Dios declaró:

Por tanto dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán una sola carne[2].

La perspectiva bíblica del matrimonio consiste en que cuando un hombre y una mujer contraen matrimonio, juran que la unión será un compromiso para toda la vida, «hasta que la muerte nos separe». En ese sentido, solo la muerte de uno de los cónyuges pone fin al matrimonio. El hecho de que el apóstol Pablo escribió que las viudas podían volver a casarse[3] establece que el compromiso matrimonial solo es válido hasta la muerte del esposo.

Pese a que se considera que el matrimonio es una unión inquebrantable entre marido y mujer mientras los dos estén con vida, desgraciadamente todos los matrimonios, incluidos los cristianos, no resultan así.

Los pocos versículos del Antiguo Testamento que hablan del divorcio no expresan claramente los legítimos argumentos a su favor ni ofrecen detalles concretos que determinen en qué casos se justifica moralmente. Sin embargo, manifiestan que el divorcio sí ocurría y que por más que Dios no lo dictaminaba en ninguna circunstancia explícita, sí lo toleraba y hasta cierto punto lo regulaba. Por ejemplo:

Ningún sacerdote se casará con una prostituta, ni con una divorciada, ni con una mujer que no sea virgen, porque está consagrado a su Dios[4].

De este pasaje se infiere que quienes no fueran sacerdotes podían casarse con una persona divorciada. Le siguen otros versículos del Antiguo Testamento referentes al divorcio:

La viuda o divorciada que haga un voto o compromiso estará obligada a cumplirlo[5].

Si un hombre se encuentra casualmente con una joven virgen que no esté comprometida para casarse, y la obliga a acostarse con él, y son sorprendidos, el hombre le pagará al padre de la joven cincuenta monedas de plata, y además se casará con la joven por haberla deshonrado. En toda su vida no podrá divorciarse de ella[6].

Cuando alguien tome una mujer y se case con ella, si después no le agrada por haber hallado en ella alguna cosa indecente, le escribirá una carta de divorcio, se la entregará personalmente, y la despedirá de su casa. Al salir de su casa, ella podrá casarse con otro hombre. Pero si el segundo esposo la aborrece y le escribe una carta de divorcio, y se la entrega personalmente y la despide de su casa, o si este segundo esposo muere, el primer marido que la despidió no podrá volver a tomarla por esposa, pues ha quedado impura. Eso sería un acto repugnante delante del Señor, y tú no debes corromper la tierra que el Señor tu Dios te da en posesión[7].

Si bien estos versos revelan que el divorcio estaba permitido en ciertos casos dentro del Antiguo Testamento, no aportan detalles concretos que esclarezcan en qué circunstancias tiene justificación moral el divorcio.

Pasando al Nuevo Testamento, Jesús aludió al divorcio dos veces en el Evangelio de Mateo y una vez tanto en Marcos como en Lucas. Aquí pondremos el foco en el texto del Evangelio de Mateo, ya que además de ser análogo a lo expresado en el Evangelio de Marcos, contiene otros puntos; en cambio, el Evangelio de Lucas únicamente trata el tema en un versículo.

En el Evangelio de Mateo leemos:

Entonces los fariseos se acercaron a [Jesús] para probarle, diciendo:
—¿Le es lícito al hombre divorciarse de su mujer por cualquier razón?
Él respondió y dijo:
—¿No han leído que el que los creó en el principio, los hizo hombre y mujer? Y dijo: «Por esta causa el hombre dejará a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer; y serán los dos una sola carne». Así que ya no son más dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre.
Le dijeron:
—¿Por qué, pues, mandó Moisés darle carta de divorcio y despedirla?
Les dijo:
—Ante su dureza de corazón, Moisés les permitió divorciarse de sus mujeres; pero desde el principio no fue así. Y les digo que cualquiera que se divorcia de su mujer, a no ser por causa de inmoralidad sexual, y se casa con otra comete adulterio
[8].

Respondiendo a la pregunta de los fariseos con respecto al divorcio, Jesús citó el libro de Génesis que dice que el hombre y la mujer serán «una sola carne» y puesto que es Dios quien los ha juntado, no deben separarse, excepto en el caso de que uno de los dos haya cometido adulterio. La postura de Jesús contradecía las profesadas por las escuelas judías rabínicas, que aducían que un hombre podía divorciarse de su esposa aunque le hubiera estropeado un plato a él. [...] aunque hubiera hallado una más agraciada que ella[9].

El pensamiento de Jesús con relación al divorcio difería mucho del expresado en el Antiguo Testamento en el sentido de que no permitía volver a casarse después del divorcio salvo en casos en que éste estuviera motivado por inmoralidad sexual, es decir, adulterio. En dichos casos, al inocente se le permitía moralmente contraer matrimonio de nuevo. Jesús dio a entender que el divorcio por cualquier otro motivo salvo por adulterio era ilegítimo y por ende tal divorcio no disolvía realmente el matrimonio. Eso significa que cualquiera que se ha divorciado ilícitamente de su cónyuge no ha obtenido un divorcio legítimo y sigue casado/a con su primer cónyuge. Por tanto, de contraer segundas nupcias con otra persona, los dos cometen adulterio.

Al afirmar que el que se divorcia de su esposa, salvo por inmoralidad sexual, y se casa con otra peca, Jesús infería que tanto el divorcio como las segundas nupcias están permitidos en casos de inmoralidad sexual. Es decir, que si una persona casada se divorcia de su cónyuge porque este es culpable de infidelidad, está libre para volver a casarse. Jesús no decía que en una situación en que se ha producido un adulterio la pareja está obligada a divorciarse; solo que constituía una razón moralmente legítima para hacerlo. En muchos casos, la reconciliación y el perdón propician que sanen las heridas y que el matrimonio permanezca intacto.

Al manifestar que el divorcio por causa de adulterio era permisible, Jesús rompió con la ley veterotestamentaria, que declaraba que el adulterio estaba penado con la muerte.

Si alguien comete adulterio con la mujer de su prójimo, tanto el adúltero como la adúltera serán condenados a muerte[10].

Si se sorprende a un hombre acostado con una mujer de otro hombre, ambos morirán: el hombre que se acostó con la mujer, y la mujer. Así quitarás el mal de Israel[11].

Aunque Jesús circunscribió la razón para un divorcio legítimo al adulterio, Pablo añadió una segunda razón.

A los que se han casado mando, no yo, sino el Señor: que la esposa no se separe de su esposo (pero si ella se separa, que quede sin casarse o que se reconcilie con su esposo), y que el esposo no abandone a su esposa. A los demás digo yo, no el Señor: que si algún hermano tiene esposa no creyente, y ella consiente en vivir con él, no la abandone. Y si alguna esposa tiene esposo no creyente, y él consiente en vivir con ella, no lo abandone. Porque el esposo no creyente es santificado en la esposa, y la esposa no creyente en el creyente. De otra manera sus hijos serían impuros, pero ahora son santos. Pero si el no creyente se separa, que se separe. En tal caso, el hermano o la hermana no han sido puestos bajo servidumbre, pues Dios los ha llamado a vivir en paz[12].

Al matizar sus palabras (no yo, sino el Señor) y posteriormente (yo, no el Señor), Pablo hizo una diferenciación entre las enseñanzas explícitas de Jesús sobre el matrimonio y los asuntos sobre los cuales Jesús no había dejado dicha ninguna enseñanza concreta. Pablo afrontaba una situación sobre la cual no se había pronunciado Jesús: un cristiano casado con una no cristiana o viceversa. En Israel los judíos no se casaban sino con otros judíos, por lo que no existían diferencias de tipo religioso entre cónyuges. En Corinto, sin embargo, sí había matrimonios entre cristianos y no cristianos. Pablo afirmó que en tales casos debían seguir casados siempre que el cónyuge no cristiano accediera a ello. Seguidamente explicó que si el cónyuge no creyente se separaba —ya fuera por abandono, deserción o divorcio— estaba implícito que el cónyuge cristiano tenía libertad para casarse con otra persona.

A partir del conjunto de las enseñanzas de Jesús y de Pablo, el cristianismo protestante generalmente coincide en que el adulterio o deserción, cuando no hay posibilidad de reconciliación, es un argumento legítimo para el divorcio y acepta por ende que el cónyuge inocente se case de nuevo. No obstante, está instalado un debate entre los éticos cristianos en torno a si existen otras razones legítimas para divorciarse y volverse a casar.

Para muchos estudiosos de la moral cristiana estas escrituras significan que actos reiterados de maltrato físico proporcionan legítimos motivos para el divorcio. Se aducen cuatro razones: (1) el abusador «se ha separado» del matrimonio. No es que haya abandonado físicamente el hogar, sino que se separó en sentido relacional, por lo que según la enseñanza de Pablo (expuesta más arriba) está permitido el divorcio; (2) aunque el abuso no consista en inmoralidad sexual en el sentido de adulterio (la definición habitual), se trata de otra clase de conducta inmoral que también destruye la alianza matrimonial imprescindible para una unión conyugal; (3) al explicitar dos circunstancias que causan un daño tan profundo al matrimonio como para permitir el divorcio, Jesús y Pablo dan a entender que pueden haber otras circunstancias (tales como maltratos físicos reiterados) que lesionarían tan profundamente el matrimonio como para justificar también en esos casos el divorcio, y (4) el maltrato físico es una violación tan grave del deber que tiene uno de los cónyuges de cuidar y proteger al otro que el pacto matrimonial se quebranta[13].

Otros estudiosos de la moral concuerdan que en casos de maltrato físico se deben tomar medidas para evitar que la parte abusada se exponga a mayores sufrimientos, entre éstas la intervención policial, una orden judicial o la mediación de miembros de la iglesia, familiares y amigos. Coinciden en que en tales casos la separación permanente representa una solución para el cónyuge abusado, aunque no consideran que divorciarse por esos motivos esté acorde con la Escritura, ya que no se incluyen entre las dos razones para permitir el divorcio presentadas por Jesús y el apóstol Pablo.

Al margen de sus discrepancias, estos dos planteamientos afirman que el abuso conyugal es inaceptable y que a un cónyuge no se le debe exigir que siga sufriendo en un entorno de abusos físicos. Bien si el desenlace es el divorcio o bien si es la separación permanente, según la postura ética que se asuma, se interpreta que el abuso por parte de uno de los cónyuges es causa legítima para una separación permanente.

A la luz de las enseñanzas de Jesús y de Pablo, ¿cuál es entonces la situación de la persona que se ha divorciado y vuelto a casar por motivos distintos a los permitidos explícitamente en el Nuevo Testamento? El teólogo Wayne Grudem escribió:

Cuando Jesús dijo «y se casa con otra» [...] infería que el segundo matrimonio era legítimo. [...] Por tanto, una vez que se ha consumado un segundo matrimonio, romperlo sería agregar otro pecado, toda vez que estaría destruyendo otro matrimonio. Eso significa que un segundo matrimonio no debería plantearse como un hombre y una mujer que viven en continuo adulterio, ya que en ese momento están casados el uno con el otro y no con nadie más. Sí, Jesús enseñó que el matrimonio empezó con adulterio; sin embargo, Sus palabras también indican que esas dos personas están ahora casadas. En ese caso el marido y la mujer tienen la obligación de pedir a Dios que los perdone por el pecado cometido anteriormente y que al mismo tiempo les conceda Su bendición sobre su matrimonio actual. De ahí deben esforzarse para que su actual matrimonio sea bueno y duradero[14].

Dios dispuso que el matrimonio fuera entre un hombre y una mujer y que continuara mientras los dos estén con vida. A la luz de la naturaleza pecaminosa de la humanidad Dios permite el divorcio (y a veces las segundas nupcias) bajo ciertas circunstancias. Lo ideal, no obstante, es que las parejas resuelvan sus diferencias, procuren de ser necesario terapia matrimonial y hagan todo lo posible por mantener el matrimonio fuerte y sano.


Nota

A menos que se indique otra cosa, todos los versículos de la Biblia proceden de las versiones Reina-Valera, revisión de 1995, © Sociedades Bíblicas Unidas, 1995, y Reina Valera Actualizada (RVA-2015), © Editorial Mundo Hispano. Utilizados con permiso.


[1] Génesis 1:27,28.

[2] Génesis 2:24.

[3] 1 Corintios 7:8,9.

[4] Levítico 21:7 (NVI).

[5] Números 30:9 (NVI).

[6] Deuteronomio 22:28,29 (NVI).

[7] Deuteronomio 24:1–4 (RVC).

[8] Mateo 19:3–9.

[9] Mishná, Gutín 9:10.

[10] Levítico 20:10 (NVI).

[11] Deuteronomio 22:22.

[12] 1 Corintios 7:10–15.

[13] Grudem, Wayne, Christian Ethics (Wheaton: Crossway, 2018), 815.

[14] Grudem, Christian Ethics, 823,824.