Buena comida y amistad

Julio 21, 2012

Enviado por María Fontaine

La cocina es uno de los hobbies de Peter, aunque no ha podido dedicarle mucho tiempo que digamos. Resulta que ahora se está convirtiendo en una excelente herramienta en nuestras labores de cara a los demás. Hace poco, el Señor nos recordó que Él también había cenado con personas a las que quería atender. En la Biblia vemos varios ejemplos de comidas a las que Jesús asistió con personas no creyentes[1]. Sus enemigos incluso lo acusaron de glotón (en la actualidad, vendría a ser algo así como «cerdo») y borracho, y de codearse con la escoria y lo más bajo de la sociedad. Dijeron: «Éste es un glotón y un borracho, amigo de recaudadores de impuestos y de pecadores»[2].

Por lo visto pasaba bastante tiempo sentado a la mesa, compartiendo las buenas nuevas de la llegada del reino de Dios. Jesús sabía que partir el pan en compañía de otros era una forma de demostrarles Su aceptación incondicional, cosa que los ayudaba a mostrarse más receptivos a Su amor sanador. Nos enseñó mediante Su ejemplo que se trata de una magnífica oportunidad de llegar al alma de las personas a través de su cuerpo.

Cuando invitamos a las personas a comer a casa, por lo general les encanta la comida que preparamos y se quedan de lo más impresionados con la cocina de Peter. No obstante, lo que más les llama la atención son el amor, los detalles y el tiempo y esfuerzo invertidos en la preparación de la comida, todo lo que pone de sí para que quede deliciosa, los toques que sabe que apreciarán.

A menudo les preguntamos de antemano qué les gustaría que comamos, o les damos algunas opciones para que puedan escoger.

Recientemente hicimos una comida así para una visita que el Señor nos indicó que apreciaría muchísimo la atención especial que podíamos dedicarle si Peter le preparaba una cena especial, exclusiva para él. Se trata de un hombre que habíamos visto varias veces, pero con el cual nunca se había presentado la oportunidad de tocar temas espirituales, si bien habíamos hecho una excelente conexión con él y sabíamos que gustaba de nosotros y nosotros de él.

Cuando nos disponíamos a cenar, justo después de que nuestro invitado tomara el tenedor, Peter preguntó: «¿Te importaría si hacemos una breve oración para agradecer por los alimentos?» Aunque le sorprendió un poco, asintió con la cabeza y Peter no se limitó a agradecer por la comida, sino que agradeció también por él, por la bendición que había sido para nosotros y para los demás, por lo fiable y honesto que era, y por lo competente que era en su especialidad.

Si bien fue una oración muy breve, al parecer lo conmovió y lo ayudó a crear un lazo aún más profundo con nosotros. Es increíble lo poderosa que puede llegar a ser una oración en la vida de las personas. Creo que se debe a que llegan a sentir el Espíritu de Dios. No son necesariamente las palabras que uno diga ni lo elocuente que pueda ser —aunque estoy segura de que las palabras de aprecio que dijo Peter acerca de la destreza de este hombre y de su naturaleza solidaria seguramente deben de haberlo animado mucho— sino el hecho de que sientan que, efectivamente, uno tiene una relación con el Dios del universo, y que habla con Él «de tú a tú», que confía plenamente en que Él se ocupará de lo que sea que le pidamos.

Esa fue la única oportunidad que tuvimos en el transcurso de la comida de hablar directamente del Señor y de cosas espirituales. El resto del tiempo lo dedicamos a escucharlo y a hablar sobre algunos problemas que enfrentaba en los negocios, como también sobre su salud y su familia. Nos sorprendió que se abriera tanto y se colocara en una posición tan vulnerable, tratándose de la primera ocasión en que nos reuníamos con él en un ambiente informal.

Justo antes de que llegara, nos había dicho por teléfono que solo podría quedarse con nosotros una hora, ya que tenía otro compromiso previo. Sin embargo, terminó quedándose con nosotros casi tres horas y aun así pareció costarle mucho irse.

Cuando le preguntamos al Señor qué habíamos logrado con la invitación, nos dijo que el hombre se había sentido muy a gusto con nosotros, que la visita le había dado consuelo y que había valorado mucho el tiempo que le dedicamos y el que lo hubiésemos escuchado. Que se había sentido en un ambiente protegido espiritualmente como para abrirse sobre cuestiones profundas. El Señor también nos dijo que su fe en la amistad, que se había visto dañada, se había fortalecido a raíz de la velada que compartimos.

Por mi parte, aunque me pareció muy bonito e indudablemente valioso para la vida de este señor, me pregunté de qué manera podría contribuir a acercarlo al Señor. Lo pensamos un rato, y luego le planteamos la pregunta al Señor. Nos recordó que en el caso de las personas que tienen un concepto de un Dios muy lejano y etéreo, no podemos esperar que pasen instantáneamente a entablar una relación profunda con Él. Piensan que sería impertinente imaginarse siquiera que Dios se rebajaría a entablar una amistad con pecadores o que hablaría directamente con ellos, que se mostraría interesado en ayudarlos de manera personal. En la vida de este hombre, el acercamiento se había ido dando paso a paso a partir de que se sintió cómodo con nosotros, de que sintió aceptación y aprecio de nuestra parte. Solo entonces pudo entender que el Señor también lo aceptaba, lo amaba y lo apreciaba. En cierto sentido, estábamos enseñándole atisbos de cómo es el Señor para que, con el tiempo y a la larga, pudiese llegar a forjar una relación personal con Él.

Para muchos de quienes nos dedicamos a este tipo de testificación a largo plazo, puede resultar un poco desalentador o decepcionante al principio. Estamos acostumbrados a cosechar frutos que prácticamente se caen de maduros. Por eso, tener que trabajar la tierra y cuidar pacientemente los cultivos hasta verlos convertirse un día en una verdadera cosecha puede parecer poco eficaz o efectivo en comparación. No obstante, debemos recordar que hallar la verdad es, para la mayoría de la gente, un proceso gradual.

Ahora bien, cada persona tiene un proceso diferente. En algunos casos, como la semilla ya se sembró en ellos en algún momento de la vida, se encuentran ya en su punto, listos para recibirlo sin más. En casos así, es nuestro deber presentarles un testimonio claro de modo que puedan dar el paso de aceptar al Señor. Pero en muchos otros casos en que las personas se encuentran en una etapa mucho más preliminar de su travesía en pos del Señor, toma mucho más tiempo.

En el caso de este hombre en particular, todo lo que escuchó y sintió esa noche durante la cena eran cosas que necesitaba oír, no para adquirir fe en el Señor de inmediato (eso ni siquiera se le cruzaba por la cabeza) sino para recobrar la fe en las personas, ya que tantas lo habían desilusionado y decepcionado. Muchas veces, la manera en que han sido tratadas las personas afecta su percepción del amor que Dios siente por ellas, tanto para bien como lo contrario.

En el pasado a menudo llegábamos hacia el final del proceso, pero ahora, cada vez más el Señor nos está trayendo a personas que se encuentran en etapas mucho más prematuras. Debemos aprender a ser pacientes y a acompañarlos en su trayecto todo el tiempo que requieran, guiándolos cuidadosamente hacia los caminos que nos indique el Señor, los cuales a la larga los conducirán a Él.

Recientemente leí unas citas al respecto, buenos recordatorios de los principios descritos:

«El valor de la persona era parte esencial del mensaje de Jesús, y lo debe ser también para nosotros… a menudo menospreciamos el papel que podamos jugar al despejar los obstáculos que se presentan en su peregrinaje. El que sembremos una semilla por aquí, o alumbremos un rincón por allá puede ser todo lo que haga falta para que la persona en cuestión logre desplazarse un paso más en su camino. Con frecuencia la conversación trascenderá de las cortinas de humo de las supuestas interrogantes de la mente hacia las preguntas legítimas del corazón. Una evangelización efectiva encontrará la manera de conectar lo uno con lo otro».

«A la mayoría se nos enseñó que evangelizar consiste en “proclamar las buenas nuevas e invitar a otros a confiar en Cristo”. Sin embargo, esa definición no toma en cuenta un elemento clave: el elemento faltante es que la evangelización es un proceso. El apóstol Pablo dijo: “Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios” (1 Cor.3:6). Puede que ni tú ni yo logremos, en una sola conversación, transmitir íntegramente el mensaje del evangelio a nuestros amigos no creyentes, ni que lleguemos a invitarlos a que confíen en Cristo. Pero quizás los ayudemos a acercarse un paso más con cada encuentro».

«No se nos ha llamado a que conduzcamos a todas las personas al conocimiento de Cristo; solo a que demos a conocer a Cristo a todas las personas»[3].

En el caso de este hombre, el Señor nos aseguró que esta inversión de tiempo a largo plazo vale la pena. Si no fuera así, no nos pediría que la hiciésemos. Nos dijo:

Este hombre tiene que depositar primero su confianza en ustedes como amigos, porque la relación de ustedes conmigo también lo acercará a él a Mí. Esta cena fue el primer paso. Tuvo un fuerte impacto en su vida. No se lo esperaba. Es como si se le hubiese abierto una puerta nueva en el corredor oscuro en que se encuentra y por ella se filtrara la luz a borbotones. Se está desplazando lentamente hacia esa puerta, con curiosidad y mucho interés, pero al mismo tiempo un poco temeroso y cauteloso a raíz de las heridas del pasado.

No se puede apresurar a la gente. Es como con la pesca. Hay que sentarse en silencio todo el tiempo que sea necesario. No hay manera de hacer que el pez se dé prisa. Lo que hay que hacer es decidir que —tome lo que tome— uno se brindará con paciencia.

Este hombre ha dado un paso. Los ha aceptado como amigos. Para él, en este momento eso es muy importante. Cuanto más se afiancen esos lazos de confianza, más abierto se mostrará a lo que deseen transmitirle. Con el tiempo lo conducirá a una relación conmigo que sea personal y profunda. Fue un paso monumental para él abrirse de esa manera y colocarse en una posición de vulnerabilidad.

Quiero que sepan que lo que importa no es lo que signifique lo sucedido para ustedes, sino para él: con esa vara se puede medir su trascendencia. Es por eso que yo miro el corazón. Porque ahí se encuentra la verdadera medida de los resultados, progreso y victorias. Según esa medida, la velada fue todo un éxito.

Las almas y enseñar e instruir a otros en el amor y el discipulado siguen siendo metas prioritarias en nuestra testificación. Para muchos, lo que ha cambiado es la manera en que lo hacemos a medida que nos adaptamos a situaciones nuevas. Pero eso no quiere decir que hayamos dejado de tener el mandato del Señor y la responsabilidad de valernos de cualquier situación en que nos encontremos para seguir Su guía y abordar a otros de la manera que Él nos indique.

A veces las almas llegarán rápidamente. Otras veces requerirá de nuestro tiempo, oraciones, fe, amor y paciencia llevar a alguien al punto en que pueda recibirlo, llegar a conocerlo y amarlo. Sea cual sea el momento en que nos encontremos, si hacemos todo lo posible por seguirlo, Él nos hará productivos en las tareas que nos encomienda. Que Dios los bendiga.


[1] Lucas 5:29–32, 15:1–7, 19:1–7; Juan 2:1–10.

[2] Mateo 11:19

[3] Norman y David Geisler, Conversational Evangelism (Harvest House Publishers, 2009), p. 11, 23.

Traducción: Quiti y Antonia López.