Completa paz

Abril 25, 2020

Enviado por María Fontaine

[Perfect Peace]

Los principios bíblicos son eternos, porque independientemente de nuestras circunstancias, o de nuestra edad, o de los tiempos en que vivimos, hoy son igual de ciertos. La Biblia dice que Dios quiere darnos Su perfecta paz en lugar de nuestra ansiedad, estrés y temor.

Recientemente, el Señor llamó mi atención hacia un artículo que es casi un pequeño curso de cómo tener acceso a la paz que Dios nos ofrece y cultivarla. El autor del artículo, J. R. Miller, mira los pasos del proceso de poner en práctica y desarrollar en nuestra vida ese estupendo don como Jesús quiere que lo hagamos.

Sí, Jesús los ayudará cuando clamen a Él en épocas de crisis. Pero también quiere ayudarlos a vivir de manera que permita que Su paz penetre en su vida diaria. A fin de hacerlo, hace falta ejercitar ese don de paz. Para eso hace falta tiempo y esfuerzo.

La vida de fe está llena de crisis, dificultades, éxitos y fracasos. Sin embargo, al pasar por ellos, lo que importa es que aprendamos a confiar en el Señor y a encontrar esa completa paz, sea lo que sea que enfrentemos. He descubierto que cuanto más lleno mi mente y mi corazón de las palabras de Dios, me resulta más fácil confiar en Él, y tengo más paz.

Los animo a que lean el siguiente artículo. Aunque tengan que leerlo en varias sesiones, creo que merece la pena. Las anécdotas, ejemplos y poemas dispersos por todo el texto ofrecen ilustraciones de los pasos que podemos dar para que incremente Su paz en nosotros, que no se basa en esperar, sino en saber que el Señor está presente, listo para ayudarnos y guardarnos.

Este artículo no tiene derecho de autor, pues es de dominio público. Así pues, pueden pasarlo a sus amigos, conocidos y a cualquiera que necesite aliviar el estrés o reducir el temor. Pueden enviar citas o partes del artículo; o bien, el artículo completo, si lo prefieren.

¡Que lo disfruten! Léanlo, estúdienlo, pónganlo en práctica, distribúyanlo y que sea una bendición para ustedes en todos los aspectos.

* * *

Texto adaptado de In Perfect Peace, de J. R. Miller, 1902[1]

«¡Completa paz!» Eso es lo que todos queremos. Eso también es lo que Cristo nos ofrece en Su evangelio. Entre Sus palabras de despedida encontramos este legado: «La paz os dejo, Mi paz os doy» (Juan 14:27). Después de que salió del sepulcro, en tres ocasiones dio la misma bendición a Sus discípulos: «Paz a vosotros» (Juan 20:19, 21, 26). Así pues, la paz es parte del evangelio bendito, y un elemento esencial de la vida cristiana, verdadera y completa. Cristo desea que tengamos paz. Si no la tenemos, hemos perdido parte de la bendición de ser cristianos, parte de nuestra herencia como hijos de Dios. No es un privilegio muy especial que solo se da a unos pocos favorecidos; es para todos los que creen en Cristo y que lo aceptan.

Sin embargo, ¿todos los cristianos tienen paz? ¿Todos han recibido en su corazón y en su vida esta bendición del Maestro? Actualmente, ¿cuántos de nosotros de verdad tenemos la paz de Cristo? En la última semana, ¿cuántos de nosotros vivimos en la paz de Cristo? ¿Cuántos de nosotros estuvimos en completa paz al pasar por todas las circunstancias y experiencias de nuestra vida cambiante?

¿Qué es lo que está mal? ¿El evangelio en realidad no es lo que afirma ser? ¿Las bendiciones que promete son solo hermosos sueños que jamás se cumplirán, que no se pueden cumplir? ¿La gracia no puede ayudarnos a alcanzar esa paz? En la Biblia abundan estupendas palabras como descanso, gozo, paz, amor, esperanza. ¿Esas palabras son solo ilusiones? ¿O esas cosas bellas se pueden alcanzar? ¿Los cristianos generalmente esperan obtener esas cualidades divinas en su vida, en este mundo presente?

Podemos afirmar con plena confianza que esas palabras no describen un logro imposible. Por ejemplo, la paz; no es una idea burlona que huye de quien trata de agarrarla y llevarla a su corazón. No es como un rayo de sol que un niñito trata de recoger del piso con su mano regordeta, pero que se le va por los dedos y se le escapa de la mano. Tampoco es solo un logro celestial que debemos esperar hasta que llegue la muerte. Es un estado que todo creyente en Cristo puede tener aquí en la Tierra, y en el que él puede estar durante todos los cambios de la vida.

Vale la pena que pensemos en lo que significa la paz, como la palabra se empleó en las Escrituras, y que luego nos preguntemos cómo podemos obtener esa bendición. La palabra se encuentra por toda la Biblia. La encontramos en el Antiguo Testamento, en la bendición de los sacerdotes: «El Señor alce sobre ti Su rostro y ponga en ti paz» (Números 6:26). Aquí, la paz se ofreció como el regalo de Dios, una bendición del Cielo para los corazones confiados. En Job, en las palabras de Elifaz el temanita tenemos la exhortación: «Vuelve ahora en amistad con Dios y tendrás paz» (Job 22:21). Según esa palabra, la forma de hallar paz es al conocer a Dios. No estamos tranquilos porque no conocemos a Dios. En los Salmos se habla mucho de la paz. Por ejemplo, en este pasaje: «Los montes llevarán paz al pueblo» (Salmo 72:3). Las montañas soportan las tormentas que azotan con furia sus elevadas cumbres. Mientras tanto, al pie de la montaña, los agradables valles están en calma, protegidos y en paz. Así Cristo enfrenta las tormentas, que agotaron su furia sobre Él, mientras que los que confían en Él se acurrucan, con seguridad, abrigados por Su amor.

Tenemos un buen ejemplo de esto en dos salmos que están juntos. El veintidós es llamado el salmo de la cruz. Cuenta la historia de la crucifixión. Sus primeras palabras, sin duda, fueron empleadas para el Redentor cuando pasaba por Su agonía. El salmo está lleno de referencias al Calvario. Las tormentas azotan con furia la cima de la montaña.

Luego, a la sombra del salmo veintidós se encuentra el salmo veintitrés, una imagen de quietud y belleza, ¡como un valle tranquilo al pie de la montaña! Muestra una imagen de completa paz. Vemos al pastor que lleva a Sus ovejas junto a las aguas tranquilas y las lleva a descansar en verdes praderas. En lo profundo del valle no hay oscuridad, pues el pastor camina con Sus ovejas y calma todos sus temores. El salmo del buen pastor solo podría aparecer después del salmo de la cruz.

Asimismo, los profetas nos hablan mucho de la paz. En Isaías, en particular, la palabra se repite una y otra vez. Se predijo la llegada del Mesías como el Príncipe de Paz (Isaías 9:6). Más adelante, estamos otra vez bajo la sombra de la cruz y leemos que «por darnos la paz, cayó sobre Él el castigo» (Isaías 53:5). La seguridad y eternidad de nuestra paz se encuentra en esta excelente promesa: «“Los montes se moverán y los collados temblarán, pero no se apartará de ti Mi misericordia ni el pacto de Mi paz se romperá”, dice el Señor, el que tiene misericordia de ti» (Isaías 54:10).

Sin embargo, en el Nuevo Testamento se revela la estupenda plenitud del significado de la paz. En cada página resplandece la palabra. Los ángeles cantaron en el nacimiento del Redentor: «en la tierra paz» (Lucas 2:14). Al terminar Su ministerio Jesús dijo a Sus amigos que en Él tendrían paz (Juan 16:33). En el Nuevo Testamento esa palabra aparece más de noventa veces; la mitad de ellas, escrita por Pablo, el apóstol perseguido, el que no tenía casa.

La imagen de la paz

Un artista trató de representar la paz. En su lienzo pintó un mar, azotado por las tormentas, lleno de restos de naufragios; una imagen de terror y peligro. En medio del mar pintó una enorme roca; y arriba de la roca una grieta con hierbas y flores; en medio había una paloma sentada tranquilamente sobre su nido. Esos mismos elementos —la roca, la grieta, el escondite del alma— los tenemos en este himno:

Roca eterna, quebrada por mí,
deja que me esconda en ti.

Jesús dijo: «Estas cosas os he hablado para que en Mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción, pero confiad, Yo he vencido al mundo.» (Juan 16:33.)

La paz del cristiano no se encuentra en un lugar donde no hay problemas; es algo que entra en el corazón y lo hace independiente de todas las condiciones exteriores. En las ruinas de muchos antiguos castillos ingleses se encuentra un pozo entre los profundos cimientos. Por consiguiente, había agua que se podía utilizar cuando el castillo estaba sitiado. El enemigo podía cortar el flujo de los arroyos que generalmente daban agua a los habitantes del castillo. Se podían cerrar las puertas, de modo que nadie pudiera salir a sacar agua del arroyo o manantial que se encontrara en el exterior. Pero en el interior de los muros del castillo, a los que lo defendían no les importaba estar sitiados mientras el pozo que se encontraba en los cimientos diera abundante provisión de agua pura y fresca. Así es con el cristiano, en cuyo corazón habita la paz de Dios. No depende de la situación, de las circunstancias externas, pues dentro de él lleva el secreto de su alegría, esperanza, paz y fortaleza.

Es muy evidente que no podemos esperar que vamos a vivir sin problemas en este mundo. No es posible una vida así. Tampoco podemos esperar que vamos a vivir sin pena. Amar es llorar en algún momento por el camino. La religión no nos protege del dolor. Sin embargo, la paz prometida es una experiencia en la que ni el padecimiento ni el pesar pueden perturbar, es algo que cambia la tristeza en alegría.

Un turista escribió diciendo que junto al mar hay un manantial de agua dulce; un agua tan dulce como la que brota entre las rocas de una ladera. El turista tomó su taza y bebió del agua que borbotea en la arena. Al poco tiempo, subió la marea; y un torrente de agua salobre cubrió el pequeño manantial, el que quedó oculto por horas. Pero cuando de nuevo salió el oleaje de agua amarga, el manantial se halló tan dulce como siempre. Así es con la paz de Dios en el corazón del creyente. Está en lo profundo. En el día de alegría canta y está feliz. Luego, llega el dolor y torrentes salados son derramados sobre la vida, cubriéndola. Pero cuando el pesar queda atrás, la paz del corazón sigue siendo tan dulce y gozosa como siempre.

Un grupo de turistas pasaba por un camino en el campo. Cuando el carruaje pasó por una casita cerca del camino, escucharon cantos. La voz era dulce, melodiosa, potente. Los turistas estaban embelesados. Se detuvieron a escuchar las notas de la canción que cada vez era más alta y más clara. En ese momento, una muchacha salió de la casita con una canasta en un brazo.

—Le ruego que nos diga: ¿quién canta con tanta dulzura en su casita? —preguntó uno de los turistas.

—Es mi tío Tim —respondió la joven—. Ha empeorado de una dolencia en una pierna; y canta para que se vaya el dolor.

—¿Es joven? ¿Se puede recuperar? —preguntó el joven.

—Ah, señor. Mi tío ya es un poco viejo —respondió la muchacha. Los médicos dicen que en este mundo él ya no estará mejor. Pero es tan bueno que llorarían al verlo con ese terrible dolor. Y luego, al oírlo cantar, mientras más sufre, más dulce es su canto.

Eso es lo que hará por nosotros la paz de Dios. Nos da «cánticos en la noche». Pone alegría en nuestro corazón cuando estamos en medio de un gran problema. Hace que nuestras espinas se conviertan en rosas.

La vida de fe que lleva un cristiano no lo libra del dolor; pero del dolor sale una gran bendición. Los amigos del Maestro, que lo siguen fielmente, deben llevar la corona de espinas; pero de las espinas salen dulces flores, mientras la luz del cielo matinal las toca.

Dios no ha prometido cielos siempre azules,
ni que la vida toda sea senda de flores y perfumes.
Dios no ha prometido sol sin chaparrones,
alegría sin dolor, paz sin tribulaciones.

Pero sí ha prometido fuerzas para cada día,
descanso a su tiempo, luz para la travesía,
gracia en las pruebas, ayuda del Cielo,
inagotable compasión y amor imperecedero.

El secreto de la paz

«Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera» (Isaías 26:3). Hay música en esas palabras del viejo profeta hebreo. ¿Por qué no tenemos la música en nuestra vida? ¿Por qué no todos tenemos esa completa paz en nuestro corazón? ¿Por qué perdemos la quietud, la tranquilidad de espíritu, tan fácilmente en los problemas y las distracciones del mundo? Veamos si podemos aprender el secreto de la paz que está en las palabras del profeta. El secreto está en dos partes.

Una está en que Dios la guarda, no nosotros. No podemos mantenernos en paz. Hay un poder majestuoso en el dominio propio, y debemos tratar de tener ese poder. No ser dueños de nosotros mismos es ser lamentablemente débiles. Debemos aprender a dominarnos y a controlar nuestros sentimientos, emociones, apetitos, pasiones, deseos, temperamento y lo que decimos. El que domina su propio espíritu es el mejor de los conquistadores, mejor que el que toma una ciudad (Proverbios 16:32). Sin duda, dominarse a sí mismo tiene mucho que ver con mantener el corazón tranquilo frente al peligro, en calma ante un sufrimiento repentino. Sin embargo, ese no es el verdadero secreto de la paz. El dominio propio no llega muy lejos. Uno puede tenerlo, y permanecer impasible frente a las experiencias más perturbadoras, y sin embargo, no tener la paz de Dios.

¿Cómo sosegar mi corazón? ¿Cómo quedarme en calma?
¿Cómo no temblar al oír noticias buenas o malas?
¿Cómo llegar a tener satisfacción, paz y descanso,
y sostener su dulzura sobre mi pecho atribulado?

El Espíritu de Dios es tranquilo, tierno, afable;
guía al mundo debajo de Sus pies suaves.
Controla cosas menores, como mi corazón atribulado.
Bajo Sus alas, en paz serena, nos ha guardado.

Ese es el secreto de la paz que revelan las palabras del antiguo profeta. Dios nos guarda. «guardarás en completa paz». La Biblia enseña esta verdad, que Dios nos guarda como la fuente de toda la seguridad y confianza verdadera. No hay otra custodia que sirva de verdad. Solo cuando Dios es nuestro refugio y fortaleza podemos decir: «Por tanto, no temeremos, aunque la tierra sea removida y se traspasen los montes al corazón del mar» (Salmo 46:2). Se cuenta que un anciano piadoso deseaba que en el epitafio de su tumba solo hubiera una palabra: «Guardado». En esa palabra estaba toda la historia de su vida. En uno de los salmos, toda esa enseñanza está escrita para nosotros. «El Señor es tu guardador», «[no] se dormirá el que te guarda», «el Señor te guardará de todo mal, Él guardará tu alma» (Salmo 121:3, 5, 7). Dios nos guarda; solo Dios puede seguir guardándonos en completa paz.

Solo Dios es eterno; el mismo ayer, hoy y siempre. Solo cuando descansamos en Dios y confiamos en Él podemos tener paz que no se puede interrumpir. «Confiad en el Señor perpetuamente, porque en Jehová, el Señor, está la fortaleza de los siglos» (Isaías 26:4). Cuando estamos asidos de Su amor, estamos a salvo de cualquier disturbio, pues Él es omnipotente. Nuestro refugio está seguro por siempre, pues Él es eterno.

En una de las epístolas de Pablo tenemos la misma enseñanza acerca de estar al cuidado de Dios. En ese pasaje también se nos da el secreto de la paz. «La paz de Dios… guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús» (Filipenses 4:7). La figura es militar. Los hombres duermen en sus carpas con tranquila confianza; en las noches más oscuras; en tiempos de guerra; en la presencia del enemigo, porque los centinelas están despiertos y vigilan en la oscuridad. La paz de Dios guarda nuestro corazón y nuestros pensamientos, de modo que nada nos perturbará ni nos alarmará. Nada puede perturbar a Dios. Ve sin temor las tormentas más intensas. Nunca está consternado ante lo que parece calamitoso. Su paz infinita y eterna nos guardará; nos mantendrá en el refugio de tranquilidad bendita.

Esto es parte del gran secreto de la paz que tratamos de aprender: «guardarás en completa paz». Lo que nos guarda es la omnipotencia de Dios. El Espíritu de Dios revolotea sobre los torrentes turbulentos de la vida y pone orden en el caos. Es el Hijo de Dios el que está de pie en la embarcación, entre las fuertes tormentas, y ordena que todo a sus pies guarde silencio y esté en calma. La gracia de Dios entra en el corazón del creyente y se queda allí en su interior como un pozo de agua viviente, y surge la vida eterna. No podemos ordenar a nuestro espíritu ni obligarlo a estar en reposo, cuando el dolor o el peligro están por todos lados. Solo Dios puede guardarnos en paz. Nada que no sea infinito y eterno puede ser un lugar seguro, un escondite, para una vida inmortal.

Pensamientos de paz

El secreto de la paz tiene otra parte que también es importante que aprendamos. «Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera» (Isaías 26:3). Nosotros debemos hacer algo. Sin duda Dios tiene el poder de guardarnos en completa paz. Es omnipotente, y Su fuerza es una defensa, y un refugio para todos los que se esconden en Él. Sin embargo, incluso Dios no nos obligará a someternos; debemos rendirnos a Él. Incluso la omnipotencia no nos reunirá por la fuerza en su refugio invisible, debemos ofrecernos voluntariamente en el día del poder de Dios (Salmo 110:3). Todo lo que es necesario es mantener nuestros pensamientos en Dios. Eso significa confiar en Él, descansar en Él, acurrucarnos en Su amor. Recordemos la noche de la cena del Señor con Sus discípulos; Juan se apoyaba en el regazo de Jesús. Se acurrucó en el abrigo santo; y descansó sobre el amor infinito que palpitaba en ese regazo. Juan simplemente confió y fue guardado en paz santa.

Se cuenta una conmovedora historia de Rudyard Kipling durante una grave enfermedad. La enfermera estaba sentada junto a su cama una de las noches llenas de preocupación, cuando el enfermo se encontraba en estado crítico. Ella lo cuidaba y notó que sus labios empezaron a moverse. Se inclinó sobre él, pensando que quería decirle algo. Lo escuchó susurrar las palabras muy conocidas de una oración infantil: «Ahora me acuesto a dormir». La enfermera, al darse cuenta que su paciente no necesitaba sus servicios, sino que oraba, se disculpó por entrometerse: «Disculpe, señor Kipling. Pensé que quería algo». Y el enfermo respondió débilmente: «Sí, quiero a mi Padre celestial. Ahora solo Él puede cuidar de mí».

En su gran debilidad ningún ser humano podría ayudarlo y acudió a Dios. Buscaba la bendición y la atención que solo Dios puede dar. Eso es lo que necesitamos hacer cada vez que enfrentamos peligro, sufrimiento o tristeza —cuando el amor humano nada puede hacer—: acurrucarnos en el regazo de nuestro Padre celestial y decirle: «Ahora me acuesto a dormir». Ese es el camino de la paz. En la Tierra no hay un refugio donde pueda hallarse, sino en Dios, donde el más débil puede encontrarla.

El Maestro dijo: «No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en Mí» (Juan 14:1).

Esta es la gran enseñanza de la fe cristiana: cree. «En tus manos encomiendo Mi espíritu» (Salmo 31:5, Lucas 23:46). «Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera». ¡En ti persevera! Esas palabras lo dicen todo. Es la imagen de un niño que se acurruca en los brazos de su madre, que deja caer sobre ella todo su peso. No tiene temor, nada lo inquieta, pues el amor de la madre lo rodea. Significa apoyarse, descansar. También sugiere la idea de confianza constante. En gran medida, nuestra confianza es interrumpida, intermitente; una hora cantamos y a la siguiente hora lloramos, nos dejamos abatir. Para tener una paz ininterrumpida, debemos confiar ininterrumpidamente; todos nuestros pensamientos deben descansar y apoyarse en Dios.

Dios de paz

Dios es fuerte, omnipotente. No debemos temer que fallará Su poder para guardarnos. Nunca hay un momento en el que Dios no sea capaz de sostenernos. Cuando se pregunta: «¿De dónde vendrá mi socorro?» La respuesta es: «Mi socorro viene del Señor, que hizo los cielos y la tierra» (Salmo 121:1,2). Dios hizo todo el mundo y sin duda puede soportar una pequeña vida humana y evitar que sufra daño.

Dios tiene sabiduría. No somos lo bastante prudentes como para dirigir los asuntos de nuestra vida, aunque tuviéramos el poder de cambiar cosas a nuestro parecer. Nuestra perspectiva es limitada, se corta por los estrechos horizontes de la vida. No sabemos cuál será el resultado final de esta decisión o la otra. Frecuentemente lo que pensamos que necesitamos y que creemos que nos traerá felicidad y bien, al final solo nos hará daño. Cosas que tememos y que eludimos, suponiendo que nos causarán daño y traerán algo malo, con frecuencia son portadoras de grandes bendiciones. No somos lo bastante sensatos como para elegir nuestras circunstancias, ni dirigir nuestros asuntos. Solo Dios puede hacerlo por nosotros.

Dios no solo tiene fuerzas, también nos conoce; sabe lo que necesitamos y conoce los peligros que enfrentamos. Lo sabe todo sobre nosotros: nuestra condición, nuestros sufrimientos, nuestros padecimientos, nuestra profunda pena, las cosas pequeñas que nos irritan, y las cosas grandes que nos aplastarían. Los siguientes versos nos dan una enseñanza de fe:

Las pequeñas irritaciones,
las zarzas que preocupan y atrapan,
¿por qué no llevarlas al Ayudante
que nunca te falla?

Cuéntale tus angustias,
tus anhelos y desconcierto;
habla con Él cuando temas
caer en un desacierto.

Luego, deja toda tu debilidad
con quien es fuerte, divino,
y olvida que llevaste la carga,
canta y continúa el camino.

Dios es amor. No basta solo con la fuerza. La fuerza no siempre es tierna. Es posible que un tirano sea fuerte, pero no querríamos confiarle a él nuestra vida. Tenemos ansias de afecto, de ternura. Dios es amor. Su ternura es infinita. Las manos en las que se nos pide que encomendemos nuestro espíritu son manos heridas, heridas para salvarnos. El corazón en el que se nos pide que nos acurruquemos es el corazón que fue partido en la cruz por amor a nosotros. No debemos tener miedo de confiar nuestras preocupaciones y nuestra vida a un ser así.

Dios es eterno. El amor humano es muy dulce. Los brazos de una madre son un lugar de gran ternura en el que el niño se acurruca y se refugia. Un matrimonio amoroso es un remanso de alegría para la pareja que se abraza.

Todo lo que puede hacer el amor humano, todo lo que puede hacer el dinero, todo lo que puede hacer la habilidad, nada vale. Es posible que los brazos humanos sostengan con mucha firmeza, pero no pueden evitar el poder de la enfermedad ni la mano fría de la muerte. Sin embargo, el amor y la fuerza de Dios son eternos. Nada puede separarnos de Él (Romanos 8:38-39). Una promesa del Antiguo Testamento dice: «El eterno Dios es tu refugio y Sus brazos eternos son tu apoyo». Si vamos a apoyarnos en el eterno Dios, nada puede inquietarnos, nada puede inquietar a Dios en quien descansamos. Si Sus brazos eternos nos sostienen con firmeza, no debemos temer que alguna vez nos apartaremos de ese abrazo.

Esos brazos siempre nos sostienen. Por mucho que nos hundamos, que tengamos debilidad, desfallecimiento, dolor, tristeza, nunca podemos caer más abajo de esos brazos eternos. Nunca podemos soltarnos de su abrazo. Los brazos eternos sostendrán al hijo de Dios más débil, el que corra más peligro. El pesar es muy profundo, pero tranquilos y eternos, en el mayor dolor, esos brazos de amor están debajo del que sufre. Luego, cuando llegue la muerte, y todo apoyo terrenal ya no esté debajo de nosotros, cuando se suelte todo brazo humano y todo rostro de amor desaparezca de nuestra vista, y nos hundamos en lo que parezca oscuridad y sombra de muerte, solo nos hundiremos en los brazos eternos que nos sostienen.

No se debe pasar por alto que debajo de nosotros están los brazos eternos. En tiempo presente. A todo creyente que confía, a todos, en todas las épocas, a ti que hoy lees estas palabras y tratas de aprender esta enseñanza, y a quienes se dirigieron por primera vez esas palabras, Dios les dice: «Debajo de ti, ahora, en este momento, en todo momento, están los brazos eternos».

Descanso de la paz

«Cuyo pensamiento en ti persevera». Ese es el secreto final de la paz. La razón por la que muchos de nosotros no encontramos la bendición y estamos angustiados en muchos casos por preocupaciones nimias, tristeza o pérdida, es porque nuestros pensamientos no perseveran en Dios. Estamos afligidos por cada pequeña desilusión, por cada fracaso en el plan o expectativa que tenemos, por cada dificultad en nuestras circunstancias, por una insignificante pérdida de dinero, como si nuestra vida solo dependiera del dinero, como si el hombre viviera solo de pan. Una enfermedad sin importancia nos atemoriza. En nuestra vida cotidiana, las cosas más triviales nos inquietan y nos envían a los pozos lastimosos de ansiedad, nos arruinan los días, manchan el azul del cielo y nos apagan las estrellas. El problema es que no confiamos en Dios, que nuestros pensamientos no perseveran en Él. Eso es lo que necesitamos aprender: a descansar en el Señor, a encomendarle nuestro camino y en Él guardar silencio.

Pablo lo deja muy claro en un pasaje destacado en el que nos dice cómo hallar paz. «Por nada estéis angustiados» (Filipenses 4:6). Esa es la primera parte de la enseñanza: nada significa realmente nada. No hay excepciones. Pase lo que pase, por nada estés preocupado. No trates de explicar que tu caso es peculiar y que tal vez tienes razón en estar inquieto, aunque otros no tengan razón para preocuparse. «Por nada estéis angustiados».

¿Entonces qué haremos con lo que naturalmente nos preocupa? Pues en la vida existen esas cosas. Esta es la respuesta: «Sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias» (Filipenses 4:6). En vez de cargar con tus padecimientos y problemas, y preocuparte por ellos, presenta a Dios las preocupaciones y disgustos; no olvides mezclar alabanza y agradecimiento junto con tus peticiones. Quítalas de tus manos y ponlas en las manos de Dios. Y déjalas ahí.

Sí, déjaselo a Él.
Los lirios lo hacen
y crecen en la lluvia
y en el rocío también.
En la noche, ocultos, crecen en la oscuridad;
y de día, crecen al sol, en la luminosidad.

Sí, déjaselo a Él.
Lo aprecia más.
Sabes que los lirios brotan
en medio de la nieve.
Lo que necesitas, si lo pides en oración,
déjaselo al Señor, a Su atención;
deja con Él esas cosas.

El camino de la paz

El que permanezcan los pensamientos en Dios sugiere que nosotros debemos apoyarnos en la fuerza de Dios, en los brazos de Su amor, y descansar allí sin temor, sin preguntar. Pero eso no significa que vayamos a dejar de hacer nuestras tareas y deberes.

Siempre, en toda exhortación para confiar en Dios, la obediencia queda implícita, se presupone. El Maestro dijo: «Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia». Añadió que cuando lo hacemos no hace falta que nos preocupemos, pues se proporcionará todo lo que necesitamos.

Si nuestra paz se ve perturbada por un padecimiento o dolor repentino, o por un gran problema, Dios con mucha delicadeza ayuda a volver al nido a los que han sido sacados de él por una experiencia como esa. Un día, el Presidente Lincoln caminaba junto a un seto verde y un joven pajarillo cayó al pasto. Se había caído del nido que estaba en los arbustos y no podía volver. El caballero, que era muy bondadoso y compasivo, lo levantó y, cuando encontró el nido, puso al pajarillo de nuevo en su sitio. Eso es lo que Cristo quiere hacer a diario en la vida de los que han caído del nido de la paz. Con infinita ternura Sus manos nos ayudan a volver a la paz que perdimos por un tiempo.

El amor es la ley de la vida espiritual. No empezamos a vivir de forma que valga la pena hasta que aprendemos a amar y a servir a los demás. El egoísmo siempre es un entorpecedor de la paz. La paz es la música que la vida toca cuando está en perfecta sintonía; y solo puede ser cuando los acordes están en armonía con la tónica del amor.

La paz bendice el corazón, y es un gran adorno para la vida, uno que nadie debería estar dispuesto a perder. Independientemente de las otras gracias que Dios nos ha otorgado, no deberíamos conformarnos sin tener paz, la más bella de todas. Por muy bello que sea el carácter, si la persona no tiene paz, le falta el mayor encanto, el adorno espiritual más excelso. Y al más humilde de nosotros, el Maestro está dispuesto a otorgar la más divina de todas las gracias: la paz, Su bendita paz.