Cuando esperar no dará resultado

Septiembre 13, 2014

Enviado por María Fontaine

Hace poco, una señora que no conozco se comunicó conmigo para solicitar mi opinión acerca de un endocrinólogo. Una amiga mutua que sabía que yo había consultado ese especialista le había dado a esa señora mi número de teléfono. Escuché sus preguntas y le di la dirección de correo electrónico y el número de teléfono del especialista. También me ofrecí a llamar al médico para acordar una hora en que la podía ver.

Cuando ya parecía que nuestra conversación iba a terminar, recordé que necesitaba testificar. Había estado concentrada en lo que hablábamos y no veía una manera fácil de añadir alguna testificación de manera que pareciera algo natural. Pensé: «Al fin y al cabo, es una conversación de otros temas. ¿Es necesario que añada algún comentario acerca del Señor? Probablemente no tendría mucho efecto de todos modos».

Todo eso me pasaba por la cabeza: La voz de Dios me lo recordaba y me espoleaba; y la voz del Enemigo y mi propio razonamiento refutaba lo que sabía que debía hacer. Como no se me ocurría de qué manera podría mencionar algo gentilmente y con naturalidad, me inclinaba a dejarlo pasar. Al fin y al cabo, podía despedirme diciéndole: «Que Dios la bendiga».

Como el Señor sabía que yo había tomado una decisión, pero Él quería que se mencionara en la conversación, animó a la señora con la que hablaba y sin preámbulos me preguntó: «¿Es usted cristiana?»

¡Magnífico! Ya estábamos en sintonía con los asuntos de Dios, pero me arrepiento que no fuera porque yo había tomado la iniciativa.

Respondí rápidamente:

—Sí. Sin embargo, para mí ser cristiana es más bien desarrollar un vínculo personal con Jesús en vez de una religión.

La señora respondió con entusiasmo:

—Ah, sí. Mi esposo y yo también somos cristianos. Y creemos eso mismo.

El Señor debió sonreír, pues después de conversar de esos otros asuntos hablamos por más tiempo y la charla nos animó a las dos. Descubrimos que teníamos mucho en común en nuestra vida espiritual. Cuando se enteró de que nuestros oficios religiosos eran en nuestra casa y que de vez en cuando otras personas nos acompañaban, me dijo que le encantaría participar. Ella y su esposo llevaban varios años viviendo en la zona. No querían asistir a una iglesia y no habían encontrado otros cristianos de ideas afines para reunirse con ellos.

Era una pareja de cristianos que querían fraternizar y era evidente que querían saber más del Señor. Por medio de una llamada telefónica para tratar otro asunto, milagrosamente Dios nos puso en contacto la una con la otra. Dios hizo Su parte al hacer que sucediera, pero yo no lo había entendido. Menos mal que Él motivó a la señora con la que hablaba para que ella mencionara a Dios en la conversación.

Quedé muy agradecida con el Señor por no permitir que mi mala decisión evitara que tuviéramos una comunicación espiritual, lo que parecía muy importante para esa señora. Qué triste habría sido si ella no me hubiera preguntado acerca de mi fe. Habríamos sido como dos hermanas que no saben que son familiares, y nos habríamos perdido la oportunidad de crear lazos y de hablar de nuestro magnífico Padre.

Luego, pensé en que habría sido peor si hubiera conversado con alguien que no fuera creyente pero que tenía deseos de conocer a Dios y no supiera cómo llegar a Él. Se habría perdido una gran oportunidad si no le hubiera dicho nada porque no se me ocurría cómo testificar en la conversación de modo que resultara natural, y no quería correr el riesgo de sentirme incómoda si lo que decía no era bien recibido.

Después de esa experiencia, esto fue lo que decidí: Tomé la determinación de que cuando el Señor me dé una oportunidad de conversar —cualquiera que sea el motivo de la conversación— con alguien que no conozco, me esforzaré para dar a conocer que hay una dimensión espiritual en mi vida y que está unida a mi fe en Jesús, aunque sea un poco incómodo mencionarlo en la conversación.

Al decir «Dios te bendiga» al despedirnos puede por fin hacerle ver a alguien que creemos en Dios, pero no ofrece la oportunidad de que esa breve mención se extienda para hablar más o testificar en la conversación. Al considerarlo en retrospectiva, puedo ver formas en que podría haber testificado en mi conversación con aquella señora. Ya que hablábamos de la salud y que parece que todos nos enfermamos en algún momento, podría haber mencionado que, por ser cristiana, estaba segura de que en el Cielo no tendremos esas dolencias. Podría haber comentado: «por lo menos, tener todas esas enfermedades me motiva a orar mucho». Si no se me ocurría nada más, podría haberle dicho que oro por la gente y que oraría por ella.

Se puede testificar un poco de muchas formas, de modo que no resulte ofensivo, pero que dé oportunidad y una señal de que me gustaría conversar acerca de temas espirituales. Casi siempre hay una forma de incluir un reconocimiento de que tenemos fe o confianza en el Señor. Aunque me parezca incómodo, por lo menos saben qué pienso y queda abierta la puerta para dialogar más.

No es justo que deje que otras personas —que fácilmente podrían no ser creyentes— tengan la responsabilidad de iniciar una conversación acerca de Dios. En mi condición de representante del Señor, tengo el deber de dar a quienes se cruzan en mi camino la oportunidad que tal vez necesitan con urgencia, pero que no saben que tienen a su disposición. Quiero asegurarme de que a partir de ahora tenga el debido orden de prioridades: que sea cual sea el tema de que se hable, me esfuerce al máximo por mencionar al Señor, Su poder, amor y misericordia en la conversación. Quiero ser sensible a lo que me indique el Espíritu Santo en todos mis encuentros con las personas, confiando en que si Dios me ha dado la oportunidad de hablar con alguien, entonces es importante que encuentre una manera de hablar de Él en nuestra conversación.

Esta es otra cosa que creo que el Señor quiere que tenga presente: Aun en los casos en que alguien no tome la iniciativa de hablar de temas espirituales en una conversación, eso no significa forzosamente que en su interior no quiera conocer la verdad ni quiera tener una conexión con Dios. Puede ser muy difícil que la gente hable de temas espirituales. Inclusive si la gente sabe que eres cristiano, los que no son salvos no son los que tienen el deber de incluir el tema en la conversación. Jesús nos encomendó a nosotros que les lleváramos la verdad a ellos. Al igual que Jesús, debemos ser quienes busquen a los perdidos en vez de esperar que sean ellos los que nos busquen a nosotros.

Jesús nos ha dado tanto y lo que Él nos pide a cambio es muy pequeño: que hagamos que otros sean partícipes de la maravilla, la alegría, los cuidados y las bendiciones que tenemos. Es parte de lo que nosotros podemos hacer. Por Su gracia y con un poquito de trabajo, podemos hacer que nuestras conversaciones dejen huella. Podemos hacer que Dios esté orgulloso de nosotros al trabajar conjuntamente con Él.

«A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, Yo también lo confesaré delante de Mi Padre que está en los cielos» (Mateo 10:32 RV 1995).


Traducción: Patricia Zapata N. y Antonia López.