Disciplinas espirituales: Lectura asimilativa de la Biblia

Enero 21, 2014

Enviado por Peter Amsterdam

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[The Spiritual Disciplines: Bible Intake]

Los cristianos que desean tener una dinámica relación con Dios y que se interesan por crecer espiritualmente reconocen que dedicar tiempo a leer y asimilar la Palabra de Dios es de vital importancia. En las páginas de la Biblia nos instruimos sobre Dios y Su amor por la humanidad, sobre Jesús y Su mensaje, sobre cómo vivir en armonía con Dios y el prójimo.

Dios es el Creador y desea interactuar con Su creación. Para posibilitar esa interacción se nos reveló a Sí mismo por medio de la Biblia. En ella nos habla del amor que alberga por nosotros y de lo que ha hecho para propiciar que nosotros, siendo seres imperfectos y finitos, mantengamos una relación con Él. Cuanto más permanecemos en Su Palabra y dejamos que ella more en nosotros, más nos enseña a llevar una vida que armonice con Él, concuerde con Su voluntad y sea un reflejo de Él y de Su amor, sobre todo en nuestras interacciones con los demás.

Lectura de la Palabra de Dios

Dedicar tiempo cada jornada a leer la Biblia nos da la oportunidad de conectarnos con Dios a diario. Nos abre espiritualmente para que Él pueda hablarnos a través de lo que leemos y así instruirnos, orientarnos y ayudarnos a sortear los problemas y dificultades de la vida. La lectura periódica de la revelación divina nos recuerda el código moral por el que debemos regir nuestra vida y nos proporciona orientación cuando nos vemos ante una disyuntiva. Se trata de un elemento clave para quienes anhelan ser como Jesús, pues la Biblia nos transmite Sus enseñanzas, nos muestra Su ejemplo de amor y nos introduce a una relación con el Padre, hecha posible gracias al sacrificio de Hijo. Al permanecer en Su Palabra tomamos cada vez mayor conciencia del valor que Él otorga a cada individuo y al amor y compasión que tiene por cada ser humano. A medida que comenzamos a asimilar la verdad contenida en esas páginas, a medida que meditamos y oramos acerca de esas verdades, a medida que las aplicamos en la vida cotidiana, gradualmente vamos anclando nuestra vida interior así como la exterior al cimiento de la semejanza a Cristo y a los atributos y verdad divinos.

Todos los días nos vemos desbordados por una andanada de información derivada de una amplia gama de fuentes que de una manera u otra nos influyen. Dedicar tiempo diariamente a leer lo que Dios ha dicho nos ofrece un medio de sortear el torbellino de información que enfrentamos. Agudiza nuestra capacidad espiritual de discernir la verdad de la mentira. Facilita que nuestro corazón permanezca centrado en aquellas cosas que resultan importantes para vivir con plenitud, paz interior y en consonancia con Dios y Su voluntad. Nos ayuda a sobrevivir a todo lo que la vida nos depara y a superarlo. Como dijo Jesús: «A cualquiera, pues, que me oye estas palabras y las pone en práctica, lo compararé a un hombre prudente que edificó su casa sobre la roca. Descendió la lluvia, vinieron ríos, soplaron vientos y golpearon contra aquella casa; pero no cayó, porque estaba cimentada sobre la roca».[1] Permanecer en la Palabra de Dios nos pone permanentemente en contacto con Su Espíritu. Las palabras que Yo os he hablado son espíritu y son vida.[2] En parte, mantener ese contacto con el Señor y tener la prometida paz provienen de dedicar tiempo a la lectura de Su Palabra.

Hacerse el tiempo para leer a diario no es tarea fácil. Requiere autodisciplina, tal como sucede con cada una de las materias que tocamos en esta serie. Al igual que los ejercicios y entrenamiento que deben realizar los atletas cotidianamente para mantenerse en forma y sobresalir en sus actuaciones, dedicar tiempo regular a la lectura de las Escrituras nos vigoriza en espíritu y nos hace cristianos más fuertes, bien cimentados en la verdad y el amor de Dios. La conexión con Dios, el saborear Su Palabra, nos ayuda a guiarnos por el Espíritu en nuestras interacciones cotidianas con los demás, en la toma de decisiones y en la capacidad de permanecer firmes ante la tentación.

No hay fórmula fija para saber cuánto necesitamos leer a diario ni qué porciones de la Biblia debemos leer. La clave es reservar tiempo para hacerlo y perseverar en ello. Viene bien contar con una buena traducción moderna. Las versiones de Reina-Valera 95 (RVR1995) o la Contemporánea (RVC), la Nueva Versión Internacional (NVI) y Dios Habla Hoy (DHH) se consideran traducciones precisas en el idioma castellano.

Conviene hacerse el propósito de leer cierta cantidad de capítulos al día. Fijarse un objetivo realista nos motiva a persistir en la lectura aun en los días más ajetreados. El libro Spiritual Disciplines for the Christian Life (Disciplinas espirituales para la vida cristiana) pone de relieve que leer 15 minutos al día permite que una persona repase la Biblia entera en un año. Lo mismo se logra leyendo tres capítulos al día y cinco los domingos. También señala que, dado que la Biblia contiene 66 libros, por un tema de variedad conviene considerar la idea de empezar a leer en tres lugares: Génesis, Job y Mateo. Así se divide la Biblia en tres partes de similar extensión, de modo tal que leyendo el mismo número de capítulos de cada sección todos los días, se acabará leyendo las tres secciones —y por ende la Biblia entera— más o menos al mismo tiempo.

Dar con un plan de lectura de la Biblia y cumplirlo puede ayudarte a persistir en la tarea y seguir adelante cuando te encuentres con las porciones más difíciles de las Escrituras. Existen diversas aplicaciones para dispositivos electrónicos que pueden ayudarte a configurar tu plan de lectura, entre ellas algunas que ofrecen el programa de lectura y el texto. Algunas personas prefieren leer de las páginas de su Biblia en formato impreso. Independientemente de que se lea en una Biblia o en el ordenador o se emplee una aplicación móvil, lo importante es hacerlo.

Algunos portales y aplicaciones sobre la Biblia:

http://www.1mobile.com/santa-biblia-rvr1960-v2.0-445730.html

http://e-sword.softonic.com/

https://itunes.apple.com/us/app/bible-gateway/id506512797?ls=1&mt=8

Lo ideal es leer en un ambiente libre de distracciones, tal vez por la mañana en un lugar tranquilo, antes que comience la jornada, o tarde por la noche cuando merma la actividad cotidiana. El silencio y la inacción a tu alrededor facilita la meditación en lo que estás leyendo. Si no es posible hacerlo por la mañana temprano, procura encontrar algún otro momento del día que sea factible. Y si no puedes sacar ningún otro momento para recogerte tranquilamente, lee sobre la marcha, en cualquier rato que se te presente; o escucha la lectura en formato de audio mientras te desplazas. Si bien es una lucha mantener el compromiso de leer/estudiar la Biblia, hacerlo tendrá un efecto palpable en tu vida.

Escuchar la Palabra de Dios

Además de leer la Palabra de Dios, puede resultar beneficioso saber lo que se dice de ella. Esto entraña leer, escuchar o ver sermones, charlas, debates y artículos en internet relativos a la Palabra y los principios divinos. Áncora y el Rincón de los Directores pueden ayudarte en este sentido. Existen además otros portales muy buenos en los que hombres y mujeres de fe imparten y enseñan la Palabra de Dios.

En mi caso he dado con algunos maestros que me gusta oír, cuyo estilo y lo que dicen tienen más acogida en mí que otros. Sin embargo, a otras personas que conozco les gusta escuchar a oradores que a mí no me atraen. Somos todos diferentes. El punto es que puede resultar útil ver o escuchar a quienes comunican la Palabra de Dios de manera que nos hable al corazón y afirme nuestra conexión y relación con el Señor.

En muchos casos resulta más fácil oír a alguien hablar sobre los preceptos y enseñanzas de la Palabra de Dios que tomar tiempo para leer la Palabra uno mismo y pensar y meditar luego en lo que se ha leído. Si bien es espiritualmente provechoso y nutritivo oír sermones y leer artículos sobre la Palabra, estos no deberían desplazar los momentos que dedicas a leer la Biblia para beneficiarte de lo que el Señor te dice personalmente por medio de Su Palabra.

Meditar en la Palabra

Al leer la Biblia o escuchar a alguien hablar de ella, es importante preguntarse qué le quiere decir Dios a uno a través de lo que lee u oye. Tómate un tiempo para meditar en lo que lees. Si un pasaje te llama la atención, vuelve a leerlo. Pondéralo; pregúntate por qué te llamo la atención y qué se propone el Señor decirte por medio de él. Si un pasaje de un sermón que oíste te habló al corazón, vuelve a escucharlo y piensa y ora al respecto. Recuerda que la finalidad de leer o escuchar no es repasar los conceptos lo más rápido posible o incorporar todo lo que se pueda en el tiempo de que se dispone, sino más bien asimilarlo, dejar que te hable, interiorizarlo. Es un momento para dar lugar a que el Señor se comunique contigo a través de Su Palabra.

Parte de meditar en la Palabra de Dios consiste en prestar atención a lo que lees o escuchas y cavilar más profundamente al respecto. Vivimos muy ajetreadamente y muchas veces pensamos que debemos correr de una cosa a la otra. En ese escenario resulta difícil tomarse tiempo para pensar en serio acerca de lo que leemos y cómo aplicarlo. De todos modos es importante hacerlo si queremos que nos surta efecto.

En los salmos David habla de meditar en Dios y Su Palabra:

En Tus mandamientos meditaré; consideraré Tus caminos. Me regocijaré en Tus estatutos; no me olvidaré de Tus palabras.[3]

Cientos de años antes, Dios habló a Josué sobre la importancia de meditar continuamente en Su Palabra.

Nunca se apartará de tu boca este libro de la Ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que está escrito en él, porque entonces harás prosperar tu camino y todo te saldrá bien.[4]

George Mueller —un incansable guerrero de la oración— escribió acerca de meditar en la Palabra de Dios:

¿Qué es el alimento para el hombre interior? La Palabra de Dios —y una vez más—, no la simple lectura de la misma, que apenas pasa por la mente como agua por un tubo, sino considerar lo que leemos, meditar en ello y aplicarlo a nuestro corazón.[5]

Donald Whitney escribió:

El árbol de nuestra vida espiritual crece mejor por medio de la meditación, pues esta nos a ayuda a asimilar el agua de la Palabra de Dios. Limitarse a escuchar o leer la Biblia, por ejemplo, puede resultar como un chaparrón sobre terreno duro. Independientemente de la cantidad o intensidad de la lluvia, la mayor parte se escurre y una escasa cantidad penetra en él. La meditación abre la tierra del alma permitiendo que el agua de la Palabra de Dios la impregne profundamente. El resultado es una fertilidad y prosperidad espirituales extraordinarias.[6]

Leer y escuchar la Palabra de Dios, y meditar en ella, nos acarrea Sus bendiciones. Como dice el Salmo 1: «Dichoso quien […] se complace en la ley del Señor, sobre la que reflexiona día y noche. Es como un árbol plantado junto al arroyo: da fruto a su tiempo y no se secan sus hojas; consigue todo cuanto emprende.[7]

Leer la Palabra de Dios y meditar en ella nos pone en comunicación personal con Dios. Al meditar en lo que leemos damos ocasión a que Su Palabra nos hable al corazón, pues nos disponemos a escucharlo. Al meditar en Su Palabra accedemos a Su presencia con ansias de aprender, de crecer, de transformarnos, de estrechar nuestra relación con Él, de hacer Su voluntad. Él anhela hablarnos a cada uno directamente. Pero si no prestamos atención o no meditamos en Él y en Su Palabra, si estamos tan ocupados leyendo lo que dice que no le damos lugar a que nos hable personalmente sobre lo que leemos, nos estamos perdiendo algo importante.

Muchos cristianos gustosamente prestan oído a los comentarios y enseñanzas de diversos oradores y predicadores y se inspiran en un sermón predicado por un tercero. Sin embargo, son mucho menos propensos a mantener una comunicación personal con el Altísimo, la que se da cuando nos aplicamos a leer, estudiar y meditar en las Escrituras. Richard Foster aborda el asunto:

Por lo visto los seres humanos muestran una perpetua tendencia a que alguien se comunique con Dios por ellos. La historia de la religión revela una rebatiña casi desesperada por tener un rey, un mediador, un sacerdote o pastor, un intermediario. Así, no tenemos necesidad de acudir a Dios nosotros mismos. Eso nos permite soslayar la obligación de cambiar, pues estar en la presencia de Dios equivale a cambiar. Por eso meditar nos resulta tan intimidante. Nos llama denodadamente a venir ante la presencia viviente de Dios. Nos dice que Dios nos habla en el presente continuo y desea dirigirse a nosotros. […] Todos los que reconocen en Jesucristo al Señor constituyen el sacerdocio universal de Dios y como tales pueden acceder al Sanctasanctórum y conversar con el Dios vivo.[8]

Claro está que meditar en lo que uno ha leído u oído toma tiempo. Por eso, si ves que no cuentas con el tiempo para detenerte y escuchar, tal vez convendría que consideraras leer un poco menos y así disponer de más tiempo para meditar en lo que has leído. El autor Maurice Roberts escribió:

Lo que forja una fe cristiana robusta no es leer libros religiosos a la ligera o cumplir con deberes religiosos apresurada y desaplicadamente. El fruto de un carácter santificado proviene más bien de meditar sin prisas en las verdades del Evangelio y exponer nuestra mente a ellas.[9]

Si queremos que nuestra vida se rija por preceptos divinos, si deseamos emular a nuestro Salvador, si queremos que la luz que brille a través de nosotros sea la de Dios y Su amor, es preciso que pasemos tiempo con Él y leyendo Su Palabra. Disciplinarnos para dedicar tiempo a ese quehacer todos los días es un elemento clave para lograr una mayor afinidad con Cristo. De todas las disciplinas espirituales, esta es la más importante, pues la Palabra de Dios —la Biblia— es el medio por el que Él se revela a la humanidad. Leer y meditar en ella, aplicarla a nuestro ser interior y a nuestras acciones externas es vital para asemejarnos a Jesús. Absorber periódica y profundamente el agua de Su Palabra en nuestro corazón nos va renovando y transformando poco a poco hasta alcanzar una mayor semejanza con Él. La gracia para vivir en consonancia con Su voluntad la adquirimos aplicando y rumiando lo que leemos. Lámpara es a nuestros pies Su Palabra y lumbrera a nuestro camino.[10]

Dedica tiempo a comulgar profundamente con Dios por medio de Su Palabra. Te transformará la vida.

[Jesús] dijo: «¡Bienaventurados los que oyen la Palabra de Dios y la obedecen!»[11]

Respondió Jesús y le dijo: «El que me ama, Mi Palabra guardará; y Mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada con él».[12]

Si permanecéis en Mí y Mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queráis y os será hecho.[13]

Has engrandecido Tu nombre y Tu Palabra sobre todas las cosas.[14]

¿Cómo puede el joven llevar una vida íntegra? Viviendo conforme a Tu Palabra.[15]

He guardado Tus palabras en mi corazón para no pecar contra Ti.[16]

En Tus mandamientos meditaré; consideraré Tus caminos. Me regocijaré en Tus estatutos; no me olvidaré de Tus palabras.[17]

Santifícalos en Tu verdad: Tu palabra es verdad.[18]


Nota

A menos que se indique otra cosa, todos los versículos proceden de la Santa Biblia, versión Reina-Valera 95 (RVR 95), © Sociedades Bíblicas Unidas, 1995. Utilizados con permiso. Todos los derechos reservados.


[1] Mateo 7:24–25.

[2] Juan 6:63.

[3] Salmo 119:15,16.

[4] Josué 1:8.

[5] Steer, Roger, Spiritual Secrets of George Mueller (Wheaton: Harold Shaw, 1985), 62, citado en Donald S. Whitney, Spiritual Disciplines for the Christian Life (Colorado Springs: Navpress, 1991), 76.

[6] Whitney, Spiritual Disciplines, 49–50.

[7] Salmo 1:1–3 (BLPH).

[8] Foster, Richard J., Celebration of Discipline (New York: HarperOne, 1998), 24.

[9] Roberts, Maurice, “O the Depth!” The Banner of Truth, julio de 1990, 2, citado en Whitney, Spiritual Disciplines, 55.

[10] Lámpara es a mis pies Tu Palabra y lumbrera a mi camino (Salmo 119:105).

[11] Lucas 11:28.

[12] Juan 14:23.

[13] Juan 15:7.

[14] Salmo 138:2.

[15] Salmo 119:9 (NVI).

[16] Salmo 119:11 (DHH).

[17] Salmo 119:15–16.

[18] Juan 17:17.

Traducción: Felipe Mathews y Gabriel García V.