Dúo dinámico

Octubre 25, 2014

Enviado por María Fontaine

En la vida nos ocurren cantidades de cosas que demuestran e ilustran principios espirituales que a menudo pueden aplicarse a nuestra propia experiencia o circunstancias. Fíjense en lo que le sucedió el otro día a una amiga mía:

Resulta que esta querida amiga estaba de viaje de negocios, viajando a otro país. Por complicaciones del clima, su vuelo de salida había sufrido varias demoras, y por fin acabaron transfiriéndola a otra aerolínea.

Por fin llegó a destino, pero siete horas más tarde de lo que había planeado. Sin embargo, lo que no llegó fue su equipaje, con lo que tuvo que arreglárselas con lo que traía puesto y unas cuantas cosas que reunieron sus amigas. Tenía el tiempo demasiado contado como para salir a comprarse ropa.

En el transcurso de los siguientes tres días, se pasó prácticamente cada ratito libre que tuvo llamando a ambas aerolíneas en un intento de localizar sus maletas. No obstante, lo único que consiguió fue escuchar andanadas de comentarios desalentadores, e incluso unos cuantos directamente groseros. Ambas aerolíneas responsabilizaban a la otra, o incluso la culpaban a ella. Uno tras otro, los representantes de las aerolíneas le decían que no tenían ni la menor idea de dónde podía haber ido a parar su maleta.

Por fin le llegó la noticia que más se había temido: no existía posibilidad alguna de recuperar su maleta ya que el número que se le había asignado originalmente en el talón de reclamo de equipaje había sido reasignado a otro pasajero.

A pedido de ella, llevábamos varios días orando para que lograra recuperar su equipaje. Pero aparentemente ya había agotado todas las posibilidades. Tenía todos los motivos para abandonar la búsqueda. Había hecho todo lo humanamente posible. No obstante, llevaba entre su equipaje una serie de artículos que otros necesitaban y esperaban recibir en su destino final. Segura de que el Señor no quería que se perdieran esos importantes suministros para Sus hijos, ella se negó a darse por vencida a pesar de lo aparentemente inútil que parecía insistir. Parafraseando lo que dijo una vez el Señor en la Biblia a uno de Sus hijos, «puso el rostro como una piedra» y siguió insistiendo con las llamadas. (Véase Isaías 50:7.)

Al cuarto día, otra representante más de servicio al cliente le confirmó que era inútil seguir insistiendo. En ese instante, con mucha calma y firmeza, mi amiga le dijo a la ejecutiva de la aerolínea: «Mire, señorita: llevo cuatro días usando la misma ropa, ¡necesito mi maleta! Y le aviso que no dejaré de llamar hasta que hagan algo al respecto». (Pudo haber añadido: «¡Aunque ustedes no sepan dónde está mi maleta, sé que Dios sí lo sabe y me va a ayudar —y a ustedes también— a encontrarla!»)

De pronto, la mujer que se encontraba al otro lado de la línea hizo una pausa, y a continuación dijo: «Muy bien; permítame un momento y volveré a intentar rastrearla». ¡En menos de un minuto volvió a ponerse al teléfono y le anunció que la maleta ya estaba allí, y que la habían retenido en aduanas! Con esta nueva información, mi amiga se dirigió al aeropuerto. Tras un esfuerzo adicional y con el respaldo de las oraciones de muchos de nosotros, al poco tiempo se encontraba maleta en mano.

Como la mujer insistente a la que se refirió Jesús en la parábola que contó (Lucas 18:1-8), a veces tenemos que insistir, llamar a las puertas una y otra vez, y seguir persiguiendo lo que buscamos aun cuando la promesa parece inalcanzable. Entonces nos llega la victoria.

Más o menos al mismo tiempo en que ocurrió el incidente de la maleta, el Señor me recordó otra ilustración del trabajo arduo de «buscar». Uno de nuestros miembros llevaba ya un tiempo sintiendo un deseo profundo de dar a conocer el mensaje de amor del Señor en las cárceles de su país. No obstante, ese país no manifiesta apertura al Evangelio, y las posibilidades de que una entidad estatal permitiera una iniciativa de corte religioso en sus prisiones era prácticamente impensable.

La situación parecía imposible. ¿Se dio por vencido ese hombre? De ninguna manera. Estaba absolutamente convencido de que el Señor quería que encontrara la forma de hacerlo. Movido por esa convicción profunda, siguió preguntando y preguntando, llamando y tocando puertas en busca de alguien que pudiera ayudarlo a cumplir su misión. Fue un emprendimiento desalentador, ya que se acercó a muchas agencias gubernamentales que lo recibieron con frialdad, se mostraron hostiles y le negaron el permiso una y otra vez.

En ese momento pudo haber llegado a la conclusión de que lo que se proponía no obedecía a la voluntad de Dios, en vista de que no se le abría ninguna puerta. Pero Dios le había hablado al corazón y él estaba convencido de que era Su voluntad que él insistiera. Justamente por eso, decidió seguir la búsqueda hasta dar con alguien que lo ayudara.

Por fin, apareció un rayo de esperanza: conoció a un hombre que le dijo que a lo mejor un conocido suyo se interesaría en el proyecto, y ofreció ponerlos en contacto. Pasó el tiempo y la cosa quedó en promesas. Fue apenas dos meses más tarde que vio el primer indicio de posibilidades por medio de una carta oficial que le llegó de parte de una oficina del gobierno, firmada por el jefe de la Secretaría Nacional de Readaptación Social.

En la carta le daban la buena noticia de que el secretario general había leído el librito titulado Libertad interior y el resto del material que le había enviado este integrante de nuestra organización, y al parecer le había llegado al alma. Dijo estar convencido de que esas publicaciones serían muy beneficiosas dentro de los centros de rehabilitación social del país y que se aseguraría de que se las incluyera en todas las bibliotecas de los correccionales.

No tuvo que esperar mucho este afiliado a LFI para empezar a recibir cartas de aprecio y gratitud por las publicaciones por parte de los presos, manifestando su deseo de aprender más. Dios había obrado el milagro que se requería, pero lo había logrado trabajando de la mano con este hombre persistente y decidido.

Buscar y esperar no siempre es fácil, pero Dios siempre encuentra un camino. (Véase Lucas 19:10.) Si perseveras, si sabes que Dios te está llamando a dirigirte a una persona o un grupo determinado, si estás totalmente convencido en tu interior y persigues tu objetivo con pasión, tú y el Señor pueden lograrlo juntos. Si algo está alineado con Su voluntad, Él y tú podrán lograrlo en tanto te niegues a darte por vencido, por imposible que parezca. Así funciona la dinámica de equipo con Dios.


Traducción: Irene Quiti Vera y Antonia López.