¿Eres tú Papá Noel?

Diciembre 8, 2010

Enviado por Peter Amsterdam

Estamos en Navidad… ¡qué magnífica época del año! Me encanta cuando llega, cada año, porque a medida que se va acercando, pareciera que las personas se aprecian más unas a otras. Tienen más presente la importancia de familiares y amigos, y a menudo están más dadivosos y dispuestos a ayudar a los pobres y los necesitados. Por lo general, podría decirse que se respira más amor en el ambiente durante la temporada navideña. ¡Y eso me fascina!

Algo en particular que me encanta de esta época del año es que la gente parece estar más receptiva a que le hablemos de Jesús a medida que se acerca la Navidad. Eso es fantástico, ya que nos da mayor oportunidad de darlo a conocer a los demás.

Últimamente he estado meditando sobre el significado de la Navidad y lo maravillosa que es esa fecha. En Navidad se honra el nacimiento más importante de la historia del hombre, cuando Dios Hijo ingresó físicamente a este mundo, tanto en calidad de Dios como de hombre, en la figura de Jesús. Nunca antes había venido al mundo una persona de semejante importancia y singularidad, ni nunca volverá a suceder.

En ese día memorable, apareció un ángel para anunciar Su nacimiento a unos pastores que cuidaban de sus rebaños por la noche. Al aparecer, la gloria del Señor iluminó a los pastores. Sintieron miedo. Pero el ángel les dijo: «No tengan miedo. Miren que les traigo buenas noticias que serán motivo de mucha alegría para todo el pueblo. Hoy les ha nacido en la ciudad de David un Salvador, que es Cristo el Señor».[1] Después de anunciar el nacimiento del Señor, «repentinamente apareció con el ángel una multitud de las huestes celestiales, que alababan a Dios, y decían: “¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!”»[2]

Mientras meditaba sobre el anuncio del ángel, me vino al recuerdo otro evento relacionado con el nacimiento de Jesús. Como Jesús fue el primer hijo de María, conforme a la ley mosaica se lo debía presentar en el templo para el ritual de la purificación. Cuando José y María lo llevaron al templo a propósito de ese ritual, se encontraba allí un anciano llamado Simeón a quien el Espíritu Santo había revelado que «no vería la muerte sin antes ver al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu fue al templo. Y cuando los padres del niño Jesús le trajeron para cumplir por Él el rito de la ley, él tomó al niño en sus brazos, y bendijo a Dios y dijo: «Ahora, Señor, permite que tu siervo se vaya en paz, conforme a tu palabra; porque han visto mis ojos tu salvación la cual has preparado en presencia de todos los pueblos; luz de revelación a los gentiles, y gloria de tu pueblo Israel.»[3]

Esos dos anuncios —uno, por parte del ángel que declaró: «les traigo buenas noticias que serán motivo de mucha alegría para todo el pueblo», y la otra por intermedio de Simeón, quien afirmó «han visto mis ojos tu salvación, que has preparado a la vista de todos los pueblos: luz que ilumina a las naciones»— expresan tanto la trascendencia como el profundo significado del nacimiento del Hijo de Dios. Ambas proclamas nos dicen que Jesús llegó a la tierra por la salvación de tantos como creyesen en Él, judíos o gentiles.[4] La salvación, proclamaban ambos, está al alcance de todos por medio de Jesús.

El propósito del nacimiento de Jesús, de Su llegada a la tierra, el que adoptase la condición humana; todo ello tenía que ver con la salvación de la humanidad. Su nacimiento, su vida y su muerte, su resurrección y posterior ascensión al cielo tenían que ver con la salvación: la tuya, la mía y la de todo el mundo.

El mensaje de la Navidad es el mensaje de Juan 3:16, y yo agregaría también el versículo 17: «Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna. Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo por medio de él».

Todo el que cree. Para que el mundo se salvase por medio de Él. La salvación está al alcance de todos. Es un regalo que Dios nos hace a todos por medio de Jesús; es el regalo de Navidad de Dios a la humanidad.

Dios ha hecho el regalo, pero nuestra tarea como cristianos, como discípulos, es ayudar a hacer entrega del mismo. En jerga navideña, podría decirse que venimos a ser como Santa Claus, la persona que hace entrega del regalo. Me recuerda a algo que dijo el apóstol Pablo: «porque “todo el que invoque el nombre del Señor será salvo”. Ahora bien, ¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán si no hay quien les predique?»[5]

¿Cómo se enterarán del regalo transformador de Navidad que está a su disposición? ¿Cómo sabrán que está ahí? ¿Quién se lo dirá? ¿Quién será Papá Noel, y les llevará el regalo más valioso que se haya dado jamás, la vida eterna? La respuesta es: todos los que fuimos llamados a ser discípulos, porque el encargo que nos dio Jesús es que seamos portadores del regalo. Nosotros somos esos predicadores, esos testigos, esos mensajeros. Y en Navidad somos los «papá noeles» que se encargan de entregar el regalo.

Cuando alguien te hace un regalo, miras el bonito papel en que está envuelto, las cintas y los lazos. Te fijas en el tamaño del regalo, y tal vez lo sacudes un poco para ver si adivinas qué es antes de abrirlo. Si bien aprecias el esfuerzo del envoltorio y la presentación, al poco tiempo todo eso queda atrás, y lo que conservas es el regalo en sí. Eso es algo que podemos recordar en esta temporada navideña.

Si presentas el regalo en una hermosa caja bien envuelta o no, si lo entregas en una caja grande o una pequeña, eso no es lo importante. Lo importante es el regalo. Una iniciativa de testificación individual puede ser tanto o más efectiva que una presentación elaborada, porque al fin y al cabo, el regalo es el mismo: es Jesús.

Él dejó atrás la gloria del cielo para poner la salvación a disposición de todos. Pagó el precio de manera que pudiéramos recibir gratuitamente su regalo, y lo hemos recibido. Tenemos las riquezas de la vida eterna. Hay quienes no las poseen. Y lo más maravilloso es que tenemos el privilegio de dar esas mismas riquezas a otros, de compartir el mejor regalo que se haya dado jamás. Claro que cuesta darlo. Requiere tiempo y esfuerzo iniciar esa conversación con un extraño o profundizar con algunos de nuestros amigos o compañeros de trabajo; coordinar esfuerzos con otros miembros para preparar una presentación navideña o un evento de ayuda social, pedir contribuciones o juntar juguetes u otros artículos para repartir entre los necesitados.

La razón por la cual hacemos esos esfuerzos es para poder ofrecer el regalo, porque aquel que es el Regalo nos lo pide. Lo amamos. Lo servimos. Lo seguimos. Él vino a salvar al mundo, y como discípulos suyos tenemos la responsabilidad de darlo a conocer a los demás. No solo tenemos la gran alegría que nos da nuestra propia salvación, sino la alegría adicional de poder participar en la salvación de otras personas. Esa es la bendición del discipulado. Me encanta que seamos Santa Claus, Papá Noel o el Viejito Pascuero en esta época del año.

Todo esfuerzo, grande o pequeño, que se haga a fin de entregar el mejor regalo —Jesús— a los demás, es importante, porque cada esfuerzo hace posible que alguien más llegue a conocer a Jesús. Es maravilloso compartir ese regalo con los demás. «¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas!»[6]


[1] Lucas 2:10–11 NVI.

[2] Lucas 2:13–14 RV.

[3] Lucas 2:26–32 BDA. (Biblia de las Américas)

[4] Se llamaba gentil a cualquiera que no fuese judío. En la época de Jesús, la salvación estaba al alcance de los judíos, por su creencia en el Dios Único, el Dios de Israel y su adherencia a las Leyes de Moisés. Los gentiles, por lo general, no podían recibir la salvación a menos que se convirtieran al judaísmo. Todo aquel que no fuese judío se consideraba gentil. La muerte de Jesús puso la salvación a disposición de todos.

[5] Romanos 10:13–14 RV.

[6] Romanos 10:15 RV.