El camioncito rojo

Diciembre 17, 2010

Enviado por María Fontaine

Cuando la mayoría de nosotros que conocemos a Jesús pensamos en la Navidad, pensamos en Dios, en el gran sacrificio que hizo al habernos dado el mayor de los regalos, al haber compartido el amor más grande, al habernos entregado a Su hijo Jesús. Dios hizo todo eso cuando nos envió Su gran regalo de amor a la tierra. Nuestra parte es anunciar la noticia de que este amor es gratuito para todos. Yo sé que en esta época del año ustedes trabajan mucho mientras dedican casi todo su tiempo, energías y salud para brindar a otros el amor de Jesús. Es un sacrificio y sé que les cuesta, pero lo hacen porque lo aman y aman a aquellos que necesitan de Él.

La Navidad es una época especial del año para dar, de modo que otros puedan llegar a conocer a Jesús y Su amor. Pero ustedes no se limitan solo a dar durante la Navidad. Lo hacen todo el año, muchos de ustedes lo han hecho durante años, y muchos otros durante décadas. Somos humanos, por lo que no nos es fácil dar, en especial cuando nos cuesta. Sin embargo no se los puede convencer de lo contrario cuando ven que la necesidad es inminente. Cuando ven que alguna situación requiere de un nivel especial de atención, ustedes están dispuestos a dar lo que pueden, aun cuando saben que les costará mucho.

Ustedes le dan vida al versículo de la Biblia que dice: «No niegues un favor… si en tu mano está el otorgarlo.» [1] También han logrado cosas cuando sentían que no eran capaces de hacerlo, cuando pensaban que no había manera. Hubo muchas veces en que dieron abnegadamente; ayudaron a un hermano o hermana debilitados cuando no tenían con qué ayudarlos; dieron su última moneda a alguien que la necesitaba más o para ayudar a la obra de Dios; diezmaron aun cuando vieron que no podían.

Como todos sabemos, el Señor no siempre recompensa nuestros sacrificios con resultados rápidos e increíbles. A veces ni siquiera los llegamos a ver, o no nos damos cuenta de que las bendiciones que recibimos son el resultado directo de haber dado algo a alguien, o por algún sacrificio que hicimos. No siempre hacemos ese tipo de conexión, pero siempre podremos estar seguros de que en alguna parte en algún momento Dios nos va a recompensar. Es un Dios justo. Es bueno. Él no permitirá que le des más de lo que Él te da a ti.

Dar es parte de Su naturaleza, por lo que no sería posible que Él nos dejara dar de nuestros escasos recursos sin devolvernos una gran cantidad de su increíble abundancia. El dicho «no podemos dar más que Dios» es muy cierto, y muchos de ustedes han comprobado que es así, y recibieron Sus bendiciones por haber dado.

La siguiente es una hermosa historia de Navidad contada por Anne O’Neil sobre este tema. Me recuerda a ustedes que han dado y dado y vuelto a dar.


Cinco hermanos, un camioncito y yo; era un verdadero dilema en mi mente joven. Yo era la mayor de una familia de seis hermanos, y tenía cinco ruidosos hermanos varones siempre detrás de mí. Mis padres, que ya no viven y están ahora en el Cielo, Dios los bendiga, amaban a Dios y nos criaron en un ambiente donde abundaban las risas, el amor y la oración. Sin embargo, el dinero siempre escaseaba. Desde que recuerdo, los principios como el compartir, la fe, confiar en Dios y dar, eran virtudes que siempre se practicaban. «¡Siempre lo mismo!», solía decirme a mí misma. Como si ser parte de una familia numerosa y con bajo presupuesto no fuera suficiente, mis padres tenían la costumbre de ayudar a otras familias menos afortunadas.

Volviendo al dilema del que les hablaba… La Navidad vino de pronto aquel año. Eran tiempos difíciles, y papá y mamá no habían podido ahorrar mucho para conseguir las luces de decoración ni para poder darnos lo que pedíamos. Teníamos un hermoso pino que papá y los chicos habían cortado y traído a casa. Teníamos comida, nuestro hogar estaba calentito, estábamos sanos y gozábamos de buena salud, pero no teníamos dinero para regalos, al menos no lo suficiente para los seis hermanos que éramos.

Un día, cuando papá volvía de trabajar, vio un camioncito rojo de madera que estaba en venta. Era perfecto para los varones, sería un regalo con el que podrían jugar juntos. Tal vez lograría juntar el dinero para comprarlo, pero no le sobraría nada como para conseguir una muñeca o alguna otra cosa de niñas para mí. Y es así como me vi enfrentada a este dilema. Papá y mamá me dijeron que yo debía tomar la decisión. Ellos querían darme un regalo, y si yo accedía a que invirtieran lo que lograran reunir en este regalo para los varones, ellos ahorrarían para conseguirme algo a mí más adelante. Ellos sabían que sería una desilusión para mí no obtener nada en Navidad. Estoy segura de que en circunstancias normales ellos no me hubieran pedido algo así, pero creo que vieron ese dilema como una oportunidad para enseñarme lo que es el gozo de dar.

Por alguna razón, a pesar de haber llorado un poco, logré juntar el valor para decirles que consiguieran el camioncito rojo para los chicos. Al llegar el día de Navidad pude ver la felicidad en los rostros de mis hermanos mientras lo hacían rodar de un lado a otro, lo seguían, lo empujaban y lo abrazaban, me di cuenta de que yo tuve el mejor regalo: la oportunidad de hacer felices a mis hermanitos.

Con el pasar de los años, me empecé a cansar de todo el sacrificio y poco a poco fui olvidándome de la felicidad que viví aquella mañana de Navidad hacía mucho tiempo. Al hacerme adulta dejé de valorar la generosidad sacrificada de mis padres que iba más allá de lo que yo pensaba que se podía esperar de ellos y de lo que yo pensaba que era justo. Fue necesario que yo viviera una experiencia muy especial para poder aprender esta valiosa lección.

Cuando ya había terminado mis estudios y había empezado a trabajar, me fastidiaba la idea de vivir pobremente. Estaba decidida a lograr una vida desahogada para mí misma y preocuparme solo de mis necesidades en vez de las necesidades de los demás.

De pronto me vi teniendo que cuidar a dos hijos. Mi esposo tenía un buen trabajo y vivíamos en una casita pequeña pero cómoda. Estaba aprendiendo rápidamente el arte de preparar comidas, cuidar a dos pequeñines llorones, secar todo líquido que se derramara y consolar a mis niños cada vez que se cayeran o lastimaran. Mis varoncitos me hacían sentir orgullosa y feliz, y estaba decidida a darles todo lo que necesitaran.

No olvidé del todo la educación cristiana que había recibido. Tenía fe en Dios. Oraba y leía la Biblia, y procuraba ser un buen ejemplo de cristiana como mis padres lo habían sido. Sin embargo, estaba convencida de que las necesidades mías y de mi familia serían para mí una prioridad. Una vez que tuviéramos lo que necesitáramos, entonces comenzaría a preocuparme de los demás. Si teníamos de sobra, por supuesto que lo daría, pero no si significaba sacar de lo nuestro. Tomé ropa y juguetes que mis hijos ya no usaban y se los di a familias pobres. Para mis adentros, yo sabía que podía hacer más; tal vez había algo más que Dios quería que hiciera, pero yo no me sentía lista para ir más lejos. No quería dar más. Temía que fuera a doler. Me estaba olvidando de las alegrías que producía el dar. Me estaba olvidando del hecho de que en realidad nunca me faltó nada importante mientras crecía. Dios siempre nos había cuidado, y siempre proveyó lo necesario para nosotros. No me imaginaba que ese año mi familia y yo aprenderíamos algunas lecciones muy valiosas.

A medida que se desvanecía el verano, también se desvanecían mis planes para prosperar y lograr una seguridad económica. Mi esposo fue despedido del trabajo que había tenido durante nueve años. La empresa tuvo que hacer algunos despidos, y de un día para otro nuestras vidas empezaron a tambalearse fuera de control. Los ahorros nos alcanzarían para aguantar unos dos o tres meses, pero si él no conseguía otro trabajo para entonces, nos encontraríamos en una situación apretada.

Por la forma en que fui criada pude aprender a vivir con menos. Fue una reacción instintiva que salió a relucir casi de inmediato. Empecé a reducir gastos y a cuidar cada poquito de nuestras preciosas reservas. Estaba decidida a hacer que el dinero nos durara lo más posible para que mi esposo no se sintiera bajo tanta presión. Él salía todos los días a buscar trabajo. A veces conseguía algún trabajo temporal que ayudaba a estirar un poco lo que teníamos, pero la esperanza de prosperar, poco a poco se nos iba escapando de las manos. Tratamos de no desanimarnos, tratamos de rezar y de no olvidarnos de nuestra fe, pero poco a poco, con el pasar de los días, se nos escurrieron los fondos que teníamos. Mis hijos tenían tres y cinco años, por lo que yo no podía ponerme a trabajar.

Cada vez que me encontraba ante una necesidad o alguien me pedía ayuda, con tristeza tenía que decir que no, y me decía a mí misma que si estuviéramos en una mejor situación, con gusto hubiera ayudado. Aquel conocido concepto de que «no podemos dar más que Dios» había quedado en el olvido.

Cinco hermanos, un camioncito y yo; era un verdadero dilema en mi mente joven.

Faltaba muy poquito para Navidad. Fue un golpe a la puerta lo que me devolvió aquellos olvidados recuerdos. Mi hermano menor había venido a visitarme y les trajo de regalo a mis hijos algo que había encontrado en el ático de la casa de mis padres, donde él seguía viviendo: aquel camioncito rojo. Mi mente se encontraba en un remolino de recuerdos de aquella Navidad. Mi hermano tenía una gran sonrisa en la cara cuando le entregaba el ya envejecido camioncito a mi hijo mayor. «Roby, este camioncito hizo tan felices a tus cinco tíos, que pensé que tú también lo disfrutarías.» Luego me dio un abrazo, y partió a su trabajo porque se le hacía tarde.

Yo seguía recordando aquellos momentos de aquella Navidad mientras iba conduciendo hacia el supermercado ese día por la tarde, para comprar lo necesario para nuestra cena navideña.

De camino pasé por la casa de la familia Thomas. David Thomas había trabajado con mi esposo y yo llegué a conocer a su mujer ya que a veces íbamos al mismo parque del barrio. A David lo habían despedido un mes antes que a mi esposo, y tenían cuatro niños pequeños. Él también estaba buscando trabajo, pero a su esposa se le estaba haciendo muy difícil. Las cosas se les estaban poniendo muy complicadas, y con cuatro niños no habían podido ahorrar mucho mientras él trabajaba.

Sentí congoja por ellos, de verdad. Pero ¿cómo iría a sacar de la comida de mis dos hijos para ayudar a esta familia? ¿Cómo podría darles de lo que nosotros necesitábamos? Ya habían pasado tres meses desde que mi esposo se quedó sin trabajo, y nuestros ahorros casi se habían agotados. Sin embargo, no cabía duda de que la familia Thomas estaba en una situación peor que la nuestra. De alguna manera nos las arreglaríamos para sobrevivir unos días más y a la vez ayudar a esa familia. Sopesé ambas situaciones, y mi mente iba de una a la otra, tratando de decidir entre lo que dictaba mi corazón y lo que dictaba mi mente. Me sentía atribulada cuando entré al supermercado y empecé a deambular distraídamente, tratando de decidir qué hacer. Mis ojos se posaron en los escaparates de juguetes, cuando de pronto vi un camioncito rojo.

Poco a poco me fui dando cuenta de que el espíritu dadivoso de aquella Navidad de años atrás había sobrevivido con el tiempo; seguía ahí, en mi corazón. Tuve la oportunidad de sentir esa satisfacción otra vez. No podía olvidar el recuerdo de aquel camioncito que rodaba de un lado a otro, y de la sensación de bienestar que había sentido dentro de mí. Recordé lo contento que se había puesto Roby de recibir ese camioncito aquella mañana. Aquí estaba yo ahora, nuevamente ante la oportunidad de dar un poco más de lo posible, de dar aunque doliera, y de meterme de lleno en hacer lo que sentía que era necesario hacer.

De alguna manera, hallé la fuerza para tomar la decisión correcta, y al hacer las compras aquel día, cuidadosamente puse el doble de las cosas que hubiera comprado para mi familia. Al llegar a la caja registradora, caí en la cuenta de que en mi familia éramos cuatro personas que alimentar, pero la familia Thomas eran seis. Así que, puse algunas cosas que separé para mi familia en el montón de cosas que había comprado para la familia Thomas. Pagué rápido, para evitar la tentación de cambiar de opinión. De camino a casa estacioné a la vuelta de la casa de esta familia. Podía ver al señor Thomas en su jardín cuidando a sus hijos que jugaban, y escuchaba a su esposa cantar un himno desde la cocina mientras preparaba la cena. Con cuidado para que no me vieran, en silencio llevé las cajas de comida una a una hasta su patio de entrada, colocándolas con cuidado delante de la puerta. Luego, golpeé la puerta con fuerza y salí rápido para esconderme detrás de unos arbustos desde los cuales podría espiarlos sin ser vista.

Escuché que la señora Thomas lo llamaba al marido para que fuera a abrir la puerta porque ella estaba ocupada. Pasó un momentito, pero pronto abrió la puerta. Ahí estaba él. Caminaba algo desgarbado, y la expresión de desespero se le veía en la cara a la luz del día. Esa expresión de pronto se convirtió en una de asombro, luego en una de incredulidad, y después una gran sonrisa se dibujó en su rostro. Se agachó, mientras se agarraba la cabeza, y tomó las dos cajas de comida. Empezó a mirar alrededor para ver si encontraba a la persona que las había colocado allí. Después, dio la vuelta y rápidamente entró a la casa, cuando de pronto escuché un fuerte «¡Dios mío!» de la señora Thomas.

Esa satisfacción había vuelto. Realmente valió la pena aquel sacrificio. Volví a mi auto y fui a mi casa. Esa noche al orar, sentí que mis oraciones estaban siendo escuchadas. Sentía paz en mi corazón. Sentía una paz mental que me aseguraba que todo iba a salir bien.

Una semana más tarde, mi esposo volvió a casa con la feliz noticia de que había conseguido trabajo. Estaba contentísimo mientras abrazaba a los niños. Luego me abrazó a mí con lágrimas en los ojos. Terminé de preparar la cena, y cuando nos sentamos para comer, ahora que toda la emoción menguaba, le pregunté en dónde iba a trabajar y cómo había dado con ese trabajo.

Sonrió, y contento me relató la historia: «¿Te acuerdas de David Thomas, que solía trabajar conmigo? Él está casado y tiene cuatro hijos. Seguro que lo conoces, cariño.» Hizo una pausa para tomar otro bocado, mientras esperaba que le respondiera. Asentí, sin poder pronunciar palabra… mi corazón empezaba a latir con fuerza.

«Bueno, a él lo contrataron hace unos días. Les estaba yendo mal, peor que a nosotros. Me dijo que la semana pasada llegó al punto en que ya no sentía que podía seguir adelante. Empezó a buscar trabajo un mes antes que yo. Pagó sus cuentas y compró una caja de leche, que es todo lo que podía comprar esa mañana. Y entonces Dios les envió dos cajas de comida “como caídas del cielo”, dijo. ¡Imagínate!»

Los ojos se me empezaron a llenar de lágrimas. Asentí con una sonrisa, y mi esposo prosiguió: «Bueno, haber encontrado esas cajas hizo que su fe y sus fuerzas se renovaran. Dijo que se quedó ahí parado pensando que si Dios se preocupaba lo suficiente para hacer algo así por ellos, entonces también se preocuparía lo suficiente para darle un trabajo. De pronto se acordó de un aviso que había visto el día anterior de una nueva distribuidora de alimentos. En ese momento salió y fue directo a presentar su solicitud de trabajo, y lo aceptaron. En su nuevo empleo, unos días después, su jefe le dijo que todavía necesitaban más empleados, y se acordó de mí. Esta mañana se estacionó a la puerta de nuestra casa y esperó hasta verme salir, y me llevó a conocer a su jefe. ¿Sabes en qué pensaba cuando volvía a casa hoy, cariño? Que Dios bendiga a la persona que le dejó esa mercadería; sin que lo supiera, dejó caer bendiciones desde el cielo derechito a nuestras vidas también.»

Se me caían las lágrimas. Mi esposo me miraba asombrado, sin entender por qué lloraba así. Se acercó para abrazarme. «Pensé que te gustaría escuchar esto», dijo, con voz quebradiza.

Eran lágrimas de alegría al percatarme que nunca podemos dar más que Dios. Cuando damos hasta que duele, entonces Dios tiene una nueva oportunidad de darnos una bendición. Me tomó un momento lograr controlar mi llanto como para poder responderle a mi esposo: «Sí, me encanta que me lo contaras, de verdad. La cosa es que, fui yo quien les llevó esas cajas.»


[1] Proverbios 3:27.