Héroe inesperado

diciembre 15, 2012

Enviado por María Fontaine

A menudo nos encontramos en situaciones en las que no nos parece que estamos en una gran misión espiritual. Queremos hacer algo provechoso para el Señor, pero las circunstancias no parecen facilitarlo de la forma que tal vez esperábamos. Sin embargo, a veces una situación insólita conduce a un giro inesperado de circunstancias que Dios ha diseñado para mejorar la vida de quienes nos rodean. Los resultados de esas situaciones tal vez te conviertan en un héroe inesperado y quizá alguien jamás olvide la manera en que lo ayudaste a que se acercara más a Jesús.

Este relato lo ejemplifica:

¿Has conocido a alguien que te parece un enigma? Como si, dependiendo de cómo lo veas, vieras a dos personas distintas. Así era Gregg. Desde que se mudó a nuestro barrio hace dos años, me ha fascinado esa cualidad. Por un lado, era un hombre normal, trabajaba en el turno de tarde en una empresa de telecomunicaciones, pero siempre pensé que había algo más en él de lo que se percibe a simple vista.

Varios de mis amigos pensaban lo mismo. Cuando se trata de detalles físicos, en él nada destaca ni atrae de manera particular; sin embargo, se siente esa atracción. Hay una cierta sensación de prácticamente sentir que se está a salvo cuando él está cerca, o tal vez es más bien como sentir que algo que lo rodea puede envolvernos en su esfera protectora cuando él está presente.

Al principio había un poco de sospecha cuando Gregg, como un recién llegado en nuestro pequeño pueblo, había ido a presentarse a sí mismo a casi todos los vecinos del barrio. Bueno, Texas es un lugar acogedor, pero él no era de Texas. Había viajado mucho para alguien de su edad, según lo que él contaba. Su acento era extraño y lo dispuesto que estaba para ofrecer ayuda a la gente parecía demasiado bueno.

Los aficionados a contar chismes empezaron a hablar y unos cuantos empezaron a observarlo con cuidado, preguntándose si aquel extraño tal vez tenía motivos ocultos. Señaló que era cristiano, pero no parecía muy ansioso de ir a las iglesias del pueblo. Sin embargo, daba la impresión de que no le importaba mucho lo que pensara la gente. Se limitaba a ayudar en la medida de sus posibilidades.

Mis amigas y yo, como éramos más o menos de su misma edad, llegamos a la conclusión de que conocerlo sería un acto de amabilidad. Además, yo todavía quería descubrir el otro lado de Gregg. Me parece que la mayoría de las personas me juzgan por la ropa que llevo puesta y mi maquillaje y la manera en que camino, y prácticamente por todo. Gregg, sin embargo, parecía aceptar a la gente tal como era y se relacionaba con jóvenes y viejos.

Mientras más lo conocía, más me intrigaba. Gregg no era como el resto de nosotros. Aunque tenía muchos de los mismos intereses que nosotros y nos divertíamos juntos, había algo en él, un aspecto que parecía misterioso hasta que llegó aquella Nochebuena.

Crecí en el norte de Texas y todos esos años muy pocas veces oí hablar de tornados en el invierno. No obstante, aquel año el tiempo había sido extraño: sequía cuando debía llover, incendios cuando se suponía que las cosechas debían crecer con fuerza. No habían llegado las tormentas que aparecen en esa temporada. Sin embargo, era Nochebuena, y en lugar de un cielo claro y azul que prometía una noche llena de estrellas, se arremolinaban las nubes en el cielo.

El calor del verano no había desaparecido del todo; había una tensión en el ambiente que casi se podía tocar. Todos estaban nerviosos. Los ancianos del barrio se veían más preocupados que la mayoría de las personas. Algunos recordaban algún invierno lejano en que los tornados habían arrasado esta zona, dejando los pueblos en un confuso estado de horror y devastación.

Nuestro pequeño pueblo era particularmente vulnerable, decían algunos, y como había varios ancianos que vivían solos y familias con niños que trataban de subsistir en sus casas rodantes, aumentaba la preocupación. Todos sabían que sus casas no soportarían la fuerza bruta de un poderoso tornado, y nadie tenía sótanos o refugios subterráneos a donde ir de un momento a otro.

Lo que había comenzado como una charla entre varias personas en el jardín frente a la casa de Gregg se convirtió en una reunión de barrio al aire libre. Allí se encontraban madres temerosas acompañadas de sus hijos y maridos preocupados que volvían del trabajo. Todos fueron atraídos por conversaciones tensas de los informes del servicio meteorológico nacional que advertían a la gente que era muy probable que en nuestra zona hubiera grandes tornados, sobre todo durante la noche.

Todo empezó con Gregg, que trataba de animar a un reducido grupo de personas. Sin embargo, al poco rato el grupo creció ante el asombro de Gregg hasta que se reunieron varios cientos de personas. A medida que aumentaba la multitud, la gente empezó a pedirle que hablara más alto. Alguien le llevó una máquina de karaoke. Al principio, daba la impresión de que Gregg se sentía incómodo y con vergüenza por la atención que todos le daban; pero no podían evitarlo. Gregg decía cosas que parecían calmar a la multitud y quitar aquella oscuridad amenazadora de los cielos turbulentos.

Luego, empezó a hablar de experiencias que había tenido al crecer, que enfrentó diversos peligros y que Dios siempre lo había protegido cuando había orado. Ese otro yo de Gregg que merodeaba y quedaba al margen de su vida cotidiana, se veía cada momento con mayor claridad.

En un tono que no había manifestado antes en su naturaleza callada, señaló: «Estoy seguro de que si oramos todos juntos, Jesús nos guardará. Sé que por la mañana tendremos una de las mejores Navidades, porque nos daremos cuenta de que Él es muy importante. Jesús hará que esta Navidad demos gracias por todo lo que tenemos y por haber estado bajo la sombra de Sus alas».

Empezó a disminuir la tensión en la multitud, y alguien le pidió que orara. Sus palabras fueron muy sencillas. No fueron elocuentes ni carismáticas como las de algún predicador o persona que lleva el mensaje del Evangelio. Sin embargo, había algo en esas palabras y en la presencia de Gregg que parecía como un pararrayos que atraía el poder de Dios, y que contribuyó a que se tranquilizara la gente, por lo menos en ese momento.

Cuando terminó la oración, Gregg estaba rodeado de una multitud de vaqueros fuertes que humildemente esperaban que les dijera qué hacer. Uno de los tipos más duros y altos le preguntó con angustia: «Tengo cuatro hijos y no tenemos un lugar en nuestra casa, ni siquiera un armario donde podamos protegernos. ¿Qué haremos?»

Mientras varias personas hablaban de que les preocupaba lo mismo, otro contó: «Sí. Mi familia vive en una casa rodante que no resistirá ni dos segundos si se acerca un tornado. No hay un refugio bastante cerca como para ir allá si vemos que uno de esos tornados se aproxima».

Aquel héroe insólito se quedó en silencio unos momentos. Luego, se le iluminó el rostro. Gritó: «¡Pongan atención! Debemos hacer lo que está en nuestras manos y estoy seguro de que Dios hará el resto. ¿Quién tiene un lugar donde puedan quedarse algunas de estas personas que no tienen un lugar seguro? ¡Y necesitamos designar equipos que oren durante la noche! Jesús nos guardará. ¡Pero debemos hacer nuestra parte para ayudarnos unos a otros!»

Las personas empezaron a ofrecer espacios en sus hogares, sacos de dormir, catres y todo lo que tenían. Llegó la noche, y aunque no sabían lo que ocurriría ni si todavía estarían ahí en la mañana, nadie en nuestro barrio quedó solo para enfrentar lo desconocido.

Cerca de la medianoche, empezaron a aumentar los vientos y luego de repente hubo un silencio sepulcral. Reinó el silencio en todos los hogares mientras se oían las sirenas que advertían la llegada de una serie de tornados. Un tornado enorme se venía encima de nuestro pequeño pueblo. Parecía que era el fin de la vida que habíamos llevado hasta entonces, mientras recorría la llanura un estruendo ensordecedor, semejante al de un gigantesco tren de carga. El tornado se acercaba con la fuerza de un enorme huracán concentrándose en una zona de más de tres kilómetros de ancho, con una furia que todos sabíamos que a su paso no dejaría nada, sino edificaciones y vidas destruidas.

Entonces algo ocurrió.

Uno de los misterios y maravillas del poder de Dios es que lo que parece inevitable no tiene por qué serlo. Por razones que todavía desconciertan a muchos, el tornado se levantó del suelo mientras llegaba a las proximidades de nuestro pueblo, su lengua ondulada con toda su furia volvía de nuevo al cielo como si una burbuja gigantesca e impenetrable nos cubriera. El gran estruendo todavía se oía como un eco en nuestros oídos mientras aquel subalterno de muerte y destrucción volaba por encima de nosotros, sin causar daños a nuestro pequeño pueblo. El tornado volvió a tocar tierra a poco menos de un kilómetro hacia el oriente de donde nos encontrábamos, y luego siguió su paso causando estragos.

Era como si enfrentáramos una muerte inminente y por un momento no supiéramos si ese había sido el fin. ¿Estamos muertos? Nos envolvió un silencio casi absoluto. Todos tardaron unos minutos para levantarse y casi con asombro empezaron a tocarse unos a otros para cerciorarse de que todavía eran de carne y hueso. Después siguieron los abrazos de alegría y las miradas cautas por las ventanas; en cierto modo esperaban ver que había quedado poco o nada. Luego llegaron los gritos de alegría, mientras la gente salía corriendo de sus casas en los últimos vestigios de lluvia, pues parecía que el tornado al pasar hasta se había llevado las nubes.

Ese año nuestra celebración de Navidad empezó temprano. Nadie tenía ganas de dormir. Algunos de rodillas daban gracias a Dios por haber sido librados. Y otros en silencio miraban a su alrededor, a todo lo que antes casi ni notaban ni valoraban, hasta pocas horas antes, cuando estaba a punto de ser arrebatado de su vida.

«Nadie sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido». O hasta que estuvo a punto de perderlo. Aquella Navidad esa frase fue muy cierta en muchos sentidos.

¿Y Gregg? Era el mismo Gregg. No era ningún predicador ferviente. Sin embargo, a su manera tranquila marcaba una diferencia en la vida de la gente, siempre listo para recordar que tenemos a Alguien que nos rescata. Y que ese Alguien no está en algún lugar lejano, sino que es un amigo que tenemos cerca, a nuestro lado, y que Sus manos son más que suficientemente grandes para cubrir y proteger a quienes acuden a Él.

A veces tiemblo de solo pensar en dónde me encontraría si aquel hombre común y con una gran fe no hubiera llegado a nuestro pequeño barrio a ser uno de nosotros y a convencer a otros de lo que él claramente sabía por experiencia: que con Dios, nada será imposible[1].


[1] Relato de Pat Wallace.

Traducción: Patricia Zapata N. y Antonia López.