Jesús, Su vida y mensaje: El Sermón del Monte

Noviembre 1, 2016

Enviado por Peter Amsterdam

Cuatro bocetos (1ª parte)

[Jesus—His Life and Message: The Sermon on the Mount. Four Sketches (Part 1)]

Con la enseñanza sobre la regla de oro, Jesús concluye Su disertación sobre discipulado dentro del Sermón del Monte. La recapitulación del sermón en la segunda mitad del capítulo 7 consiste en cuatro breves bocetos que muestran cuál es la reacción correcta ante lo que Él ha enseñado a lo largo del sermón y advierten sobre las consecuencias de no obrar de esa manera. En cada ejemplo se confronta la reacción correcta con la incorrecta, con el fin de motivar a los oyentes a escoger bien. En Su exposición, Jesús presenta varias disyuntivas: dos sendas, dos árboles, dos pretensiones y dos casas. Mediante ellas ejemplifica que hay dos y solo dos caminos. Como veremos, escoger uno de ellos resulta en vida, buen fruto, acceso al reino de los Cielos y estabilidad. El otro desemboca en perdición, malos frutos, exclusión del reino y ruina[1].

La primera disyuntiva dice:

Entrad por la puerta angosta, porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella; pero angosta es la puerta y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan[2].

En esta ilustración se comparan dos puertas y sendas imaginarias sobre la base de sus características (ancha o angosta), su popularidad (escogida por muchos o por pocos) y su destino (la perdición o la vida). Jesús se vale del contraste entre ambos caminos para enfatizar de forma sencilla, clara y contundente la seriedad de la elección: determina nuestra salvación y futuro eterno. Se advierten semejanzas con las enseñanzas del Antiguo Testamento sobre escoger entre dos caminos:

Yo pongo delante de vosotros camino de vida y camino de muerte[3]. Mirad: Yo pongo hoy delante de vosotros la bendición y la maldición: la bendición, si obedecéis los mandamientos del Señor, vuestro Dios, que yo os prescribo hoy, y la maldición, si no obedecéis los mandamientos del Señor, vuestro Dios y os apartáis del camino que yo os ordeno hoy[4].

Jesús presenta claramente dos opciones a los que han escuchado el sermón: la vida o la perdición. La cuestión es si uno pasará por la puerta ancha y tomará el camino espacioso con toda la gente, o si será de los pocos que hallen la puerta estrecha y la senda angosta que conducen a la vida. El camino ancho y concurrido, que escoge la mayoría de la gente sin detenerse mucho a analizar dónde va a parar, termina en perdición. La senda angosta, menos transitada y menos popular, lleva a un destino que Jesús llama «la vida».

En el contexto del Sermón del Monte, es evidente que el camino que conduce a la vida es más difícil que el otro. Los que lo escogen quedan restringidos y confinados a las enseñanzas de las Escrituras en cuanto a vivir piadosamente, conducirse bien, y obedecer y glorificar a Dios. La verdad revelada en la Biblia fija límites respecto a lo que pueden creer y hacer los cristianos, al tiempo que les enseña a vivir de tal manera que forjen buenas relaciones con los demás y, lo que es más importante, con Dios. La puerta estrecha y la senda angosta son menos obvias, y pocos las encuentran. La dificultad de andar por el camino angosto se refleja en otros pasajes, como cuando Jesús dice:

Más fácil es pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de Dios[5].

La puerta o entrada para tomar la senda angosta es Jesús. Él dijo de Sí mismo:

Yo soy la puerta: el que por Mí entre será salvo; entrará y saldrá, y hallará pastos[6].

También dijo:

Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por Mí[7].

John Stott hace el siguiente comentario sobre la puerta ancha y el camino espacioso:

Jesús enseñó que el camino fácil, al que se accede por la puerta ancha, lleva a la perdición o destrucción. No explicó a qué se refería con eso, y probablemente las características exactas del infierno son tan inconcebibles para nuestra mente finita como las del Cielo. Pero la terrible palabra «destrucción» (terrible porque Dios es propiamente el Creador, no el Destructor, y porque el ser humano fue creado para vivir, no para morir) parece facultarnos como mínimo para decir que todo lo bueno será destruido en el infierno —el amor, el encanto, la belleza, la verdad, el gozo, la paz y la esperanza—, y para siempre. Es una expectativa demasiado horrible como para considerarla sin echarse a llorar[8].

La impresión que se tiene es que cada cual escoge por qué puerta entrar y qué senda tomar. En este contexto, eso parece indicar que las personas, al escoger, no ignoran o desconocen lo que están haciendo. Por consiguiente, esta imagen parece referirse exclusivamente a los que han tenido la oportunidad de tomar una decisión a favor o en contra de Cristo, y no considera el caso de los que nunca han oído hablar de Él ni escuchado Su mensaje.

Jesús pone de manifiesto que las personas tienen la posibilidad de escoger entre aceptarlo o rechazarlo. Hay dos puertas, dos sendas, dos grupos y dos destinos. No existe una opción intermedia. Eso no significa que los creyentes tengamos derecho a adoptar una actitud de superioridad y censurar a los demás, sino que debería impulsarnos a divulgar amorosamente el evangelio y ser un ejemplo vivo de sus enseñanzas. El mensaje que da Jesús aquí y en el resto de la conclusión del sermón deja bien claro que cada persona escoge qué senda tomar; y por mucho que uno piense que esa elección no importa, Jesús dice que sí. La diferencia entre ambas opciones es enormemente importante.

En el segundo de los cuatro bocetos, Jesús nos previene contra los falsos profetas/maestros/líderes.

Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los abrojos? Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos. No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos. Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y echado en el fuego. Así que por sus frutos los conoceréis[9].

A lo largo del Antiguo Testamento, Dios se comunicó con Israel por intermedio de profetas verdaderos, que con frecuencia dieron mensajes de advertencia y juicio venidero. También hubo falsos profetas que dieron mensajes espurios, con la intención de agradar a los oyentes.

Cosa espantosa y fea es hecha en el país: los profetas profetizan mentira y los sacerdotes dominan por manos de ellos. ¡Y Mi pueblo así lo quiere![10] Desde el más pequeño hasta el más grande, todos codician ganancias injustas; desde el profeta hasta el sacerdote, todos practican el engaño[11]. Entre los profetas de Jerusalén he observado cosas terribles: cometen adulterio, y viven en la mentira; fortalecen las manos de los malhechores, ninguno se convierte de su maldad. […] Así dice el Señor Todopoderoso: «No hagan caso de lo que dicen los profetas, pues alientan en ustedes falsas esperanzas; cuentan visiones que se han imaginado y que no proceden de la boca del Señor»[12].

Jesús nos previene contra los que pretenden falsamente hablar en nombre del Señor, trátese de profetas, maestros o líderes. No hay forma de saber si Jesús estaba pensando en cierto grupo en particular cuando dijo esas palabras; lo que está claro es que la advertencia resultó ser necesaria, ya que en la iglesia primitiva surgieron falsos maestros. El apóstol Pedro escribió:

Hubo también falsos profetas entre el pueblo, como habrá entre vosotros falsos maestros que introducirán encubiertamente herejías destructoras y hasta negarán al Señor que los rescató, atrayendo sobre sí mismos destrucción repentina. Y muchos seguirán su libertinaje, y por causa de ellos, el camino de la verdad será blasfemado. Llevados por avaricia harán mercadería de vosotros con palabras fingidas[13].

Asimismo el apóstol Pablo:

Yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces que no perdonarán al rebaño. Y de entre vosotros mismos se levantarán hombres que hablarán cosas perversas para arrastrar tras sí discípulos[14]. Hay aún muchos obstinados, habladores de vanidades y engañadores, mayormente los de la circuncisión. A esos es preciso tapar la boca, porque trastornan casas enteras enseñando por ganancia deshonesta lo que no conviene[15].

Tal como señalaron tanto Pedro como Pablo, los cristianos deben ser conscientes de que, desgraciadamente, hay maestros y líderes que pretenden falsamente enseñar la verdad, pero en realidad descarrían a los otros. Se trata de líderes religiosos que tienen una fachada para engañar a los demás y promover sus propios intereses. En Su descripción, Jesús dice que se disfrazan de ovejas, pero internamente son como lobos feroces. Dice bien claro que existen personas así, advierte a Sus seguidores que se cuiden de ellas y a continuación les da instrucciones para reconocerlas: por sus frutos.

Primero usa la metáfora de recoger uvas de los espinos e higos de los abrojos. Sabemos que los frutos como las uvas y los higos no vienen de plantas con espinas. Luego habla de los árboles, y explica que cada uno da únicamente la clase de fruto que corresponde a su carácter intrínseco: un árbol marchito o enfermo produce fruto malo, de inferior calidad, mientras que uno sano da buen fruto.

¿Cuál es ese buen fruto al que se refiere Jesús? Es la consecuencia de regirse por lo que Él ha enseñado a lo largo del sermón. Es integridad, santidad, humildad, confianza en el Padre, comunión con Él en oración, obediencia a las palabras de Jesús, amor, generosidad, renuncia a la hipocresía, etc. Es vivir, creer e instruir de una manera que se ajuste a las enseñanzas de Jesús, de las Escrituras, que demuestre auténtica fidelidad a Dios. Es verdadero discipulado.

Los falsos profetas, maestros y líderes se descubren por sus creencias, personalidad y conducta. Si no enseñan lo que dicen las Escrituras, si no manifiestan el fruto del Espíritu —«amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza»[16]— y no reflejan la manera de ser y la personalidad de Cristo, entonces por muy bien que enseñen o dirijan es lícito cuestionarse si son o no un buen árbol. Claro que no hay nadie perfecto, y ninguno de nosotros da la talla; pero aquí Jesús no está hablando de errores, sino concretamente de cómo podemos reconocer a los que, por mucho que profesen amarlo, creer en Él y representarlo ante los demás, en realidad son lobos vestidos de ovejas. En otro pasaje dice:

Si el árbol es bueno, su fruto es bueno; si el árbol es malo, su fruto es malo, porque por el fruto se conoce el árbol. ¡Generación de víboras! ¿Cómo podéis hablar lo bueno, siendo malos?, porque de la abundancia del corazón habla la boca[17].

Lo que dice de que los falsos profetas, maestros y líderes que producen malos frutos (porque tienen malos móviles y no practican lo que predican y enseñan) sean como árboles que no dan buen fruto y por consiguiente son cortados y arrojados al fuego debería hacernos reflexionar. Desde luego es una seria advertencia para todos nosotros, para que practiquemos nuestra fe en vez de limitarnos a hablar de ella. Como seguidores de Jesús tenemos el deber de conocer, creer y vivir Sus enseñanzas, sobre todo los que instruimos y dirigimos a otros en la fe.


Nota

A menos que se indique otra cosa, todos los versículos de la Biblia proceden de la versión Reina-Valera, revisión de 1995, © Sociedades Bíblicas Unidas, 1995. Utilizados con permiso.


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[1] Carson, Jesus’ Sermon on the Mount and His Confrontation with the World, 129–30.

[2] Mateo 7:13,14.

[3] Jeremías 21:8.

[4] Deuteronomio 11:26–28.

[5] Marcos 10:25.

[6] Juan 10:9.

[7] Juan 14:6.

[8] Stott, El Sermón del Monte, 227,228.

[9] Mateo 7:15–20.

[10] Jeremías 5:30,31.

[11] Jeremías 6:13 (NVI)

[12] Jeremías 23:14,16 (NVI)

[13] 2 Pedro 2:1–3.

[14] Hechos 20:29,30.

[15] Tito 1:10,11.

[16] Gálatas 5:22,23.

[17] Mateo 12:33,34.