Jesús, Su vida y mensaje: El Sermón del Monte

Noviembre 15, 2016

Enviado por Peter Amsterdam

Conclusión

[Jesus—His Life and Message: The Sermon on the Mount. Conclusion]

La conclusión del Sermón del Monte, en el capítulo 7 de Mateo, dice:

Cuando terminó Jesús estas palabras, la gente estaba admirada de Su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas[1].

La gente se daba cuenta de que Jesús no era como los demás maestros religiosos de la época[2]. Estaba claro que Él era único, no solo por lo que enseñaba, sino por quién era. A lo largo del Sermón del Monte Jesús ha hecho impresionantes declaraciones mediante las cuales ha revelado ciertas características Suyas. Echémosles un vistazo.

Dijo que sabía quién entraría en el reino de Dios y qué categoría tendría en él cada uno.

De cierto os digo que antes que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la Ley, hasta que todo se haya cumplido. De manera que cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños y así enseñe a los hombres, muy pequeño será llamado en el reino de los cielos; pero cualquiera que los cumpla y los enseñe, este será llamado grande en el reino de los cielos. Por tanto, os digo que si vuestra justicia no fuera mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos[3].

Al repetir a lo largo del sermón: «Oísteis que fue dicho a los antiguos: […]. Pero Yo os digo que […]»[4], Jesús pretendió saber cómo ve Dios las cosas. Al enseñar a Sus discípulos el Padrenuestro, reveló que sabía cómo debemos dirigirnos a Dios y qué cosas debemos pedirle en oración[5]. Al decir: «Muchos me dirán en aquel día: “Señor, Señor, ¿no profetizamos en Tu nombre, y en Tu nombre echamos fuera demonios, y en Tu nombre hicimos muchos milagros?” Entonces les declararé: “Nunca os conocí. ¡Apartaos de Mí, hacedores de maldad!”»[6], se describió a Sí mismo como juez y explicó cómo procederá.

Jesús cierra el sermón diciendo a los oyentes que cada uno de ellos se mantendrá firme o caerá según cómo actúe con relación a Sus palabras.

A cualquiera, pues, que me oye estas palabras y las pone en práctica, lo compararé a un hombre prudente que edificó su casa sobre la roca. Pero a cualquiera que me oye estas palabras y no las practica, lo compararé a un hombre insensato que edificó su casa sobre la arena. Descendió la lluvia, vinieron ríos, soplaron vientos y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y fue grande su ruina[7].

Habiéndolo oído decir esas cosas extraordinarias sobre Sí mismo, no es de extrañar que la gente se admirara de Su doctrina. Él no vacilaba en corregir las enseñanzas de los escribas y fariseos, al tiempo que se atribuía autoridad a Sí mismo y a lo que Él enseñaba. Al decir: «Pero Yo os digo», dio a entender que Él tenía autoridad para hacer una interpretación espiritual de la ley mosaica y que los demás líderes religiosos no la habían comprendido a cabalidad. No solo eso, sino que habló de que seríamos juzgados según cómo reaccionáramos ante Sus palabras. Declaró que habría consecuencias para todo el que oyera Sus palabras y no las practicara. Y más aún, dijo a los que lo oían que serían bienaventurados cuando la gente los insultara y dijera toda clase de mal contra ellos por causa de Él[8]. No dijo que serían bienaventurados por sufrir por causa de Dios, sino específicamente por causa de Él.

Además dijo:

No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolir, sino a cumplir[9].

Martyn Lloyd-Jones, que es a la vez escritor y pastor, observa:

Fíjate por un momento en esta extraordinaria expresión: «He venido». […] ¿De dónde ha venido? Ha llegado a este mundo; no solo ha nacido, sino que ha entrado en este mundo procedente de algún lugar. Ha venido de la eternidad, del Cielo, ha venido del seno del Padre. […] Siempre dice: «He venido». Está diciendo que no pertenece a esta dimensión, sino que ha venido a esta vida y a este mundo procedente de la gloria, de la eternidad. Está diciendo: «El Padre y Yo uno somos»[10].

Al decir a los que lo escuchaban que había venido a cumplir la Ley y los Profetas, Jesús expresó que en Él se cumplían todas las profecías sobre el Mesías prometido, que Él era aquel a quien habían señalado todos los profetas del Antiguo Testamento. También dio a entender que Él se conducía de un modo perfecto, libre de pecado, de acuerdo con lo que mandaba la Ley. Dejó bien claro que Él era también quien se sentaría en el trono celestial para juzgar a todas las naciones y pueblos.

El Sermón del Monte contiene algunas de las enseñanzas más hermosas e importantes de Jesús. Al mismo tiempo, se hace hincapié no solo en la enseñanza, sino también en el Maestro. El sermón es importante, como todas las enseñanzas de Jesús; pero lo es por ser Él quien es. No basta con decir: «Señor, Señor, hemos leído y puesto en práctica Tus enseñanzas», aunque debemos hacerlo. Pero sobre todo debemos decir: «Señor, Tuyo soy».

A través de los siglos, muchos han comentado el Sermón del Monte y lo han llamado una gran obra literaria, de instrucción moral, y por supuesto que lo es; pero con frecuencia se pasa por alto lo principal del sermón: que quien lo pronunció fue Dios Hijo. Las palabras que dirigió a Sus discípulos (de entonces y de ahora) describen a los que creen en Él, a los que están llenos del Espíritu Santo, a los que han entrado en el reino de Dios.

Si bien seguimos siendo pecadores y distamos mucho de ser perfectos, por medio de nuestra fe en Él y el bautismo del Espíritu de Dios nos vamos renovando y gradualmente nos vamos pareciendo más a Cristo. Por consiguiente, nos esforzamos por alinear nuestros pensamientos y acciones con Sus enseñanzas, siguiendo las pautas que Él dio en los Evangelios. Tenemos hambre y sed de justicia; procuramos amar al prójimo, aun a los que nos quieren mal; nos reconciliamos con los demás; hacemos que nuestro sí sea sí y nuestro no, no. Somos calladamente generosos, oramos en secreto, perdonamos, nuestra relación con el dinero y los bienes materiales es como debe ser, rehusamos angustiarnos y confiamos en que nuestro Padre nos dará lo que necesitamos y cuidará de nosotros. No somos censuradores, no juzgamos a nuestros semejantes. Los tratamos como queremos que nos traten.

Aun con la ayuda del Espíritu Santo, ninguno de nosotros es perfecto; pero somos hijos de Dios, y estamos aprendiendo y creciendo para volvernos progresivamente más conformes a la imagen de Su Hijo. Mediante la guía del Espíritu, por nuestro deseo de vivir las enseñanzas de Jesús y el esfuerzo que hacemos, nos vamos volviendo más como Él. Lo reflejamos y nos conducimos de un modo que glorifique a Dios. Fue Dios encarnado quien pronunció el sermón, y es el Espíritu Santo quien nos ayuda a aplicar Sus enseñanzas. Y cuando lo hacemos, nuestra vida glorifica a Dios. Esa es la esencia del Sermón del Monte.


Nota

Todos los versículos de la Biblia proceden de la versión Reina-Valera, revisión de 1995, © Sociedades Bíblicas Unidas, 1995. Utilizados con permiso.


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[1] Mateo 7:28,29.

[2] El tema de la autoridad de Jesús se trata más fondo en Jesús, Su vida y mensaje: Autoridad.

[3] Mateo 5:18–20.

[4] Mateo 5:21,22,27,28,31,32,38,39,43,44.

[5] Mateo 6:9–13.

[6] Mateo 7:22,23.

[7] Mateo 7:24,26,27.

[8] Mateo 5:11.

[9] Mateo 5:17.

[10] Lloyd-Jones, Estudios Sobre el Sermón del Monte, capítulo LX.