Jesús, Su vida y mensaje: La muerte de Jesús (1ª parte)

Marzo 29, 2022

Enviado por Peter Amsterdam

[Jesus—His Life and Message: The Death of Jesus (Part 1)]

La muerte de Jesús en la cruz viene narrada en cada uno de los cuatro evangelios[1]. Si bien todos cubren el mismo suceso, cada autor cuenta la historia a su manera. Este artículo y los siguientes sobre la crucifixión de Jesús se basan, en general, en el Evangelio de Mateo, aunque también incluyen detalles tomados de los otros evangelios.

Tras juzgar a Jesús, Pilato decidió satisfacer las exigencias de los principales sacerdotes y los ancianos, por lo que liberó a Barrabás, que estaba encarcelado por rebelión y homicidio. Seguidamente, «entregó a Jesús a la voluntad de ellos»[2]. El Evangelio de Mateo y el de Marcos indican que, antes de entregar a Jesús a los principales sacerdotes, Pilato lo mandó azotar. La versión NTV dice: «Así fue que Pilato dejó a Barrabás en libertad. Mandó azotar a Jesús con un látigo que tenía puntas de plomo, y después lo entregó a los soldados romanos para que lo crucificaran»[3].

Entonces los soldados del gobernador llevaron a Jesús al pretorio [algunas versiones dicen «al palacio»] y reunieron alrededor de Él a toda la compañía[4].

Los soldados del gobernador pertenecían al ejército romano. A partir de ese momento, el Sanedrín judío dejó de tener control sobre Jesús; las autoridades romanas ejecutarían Su sentencia de muerte. Algunas versiones de la Biblia hablan de «cohorte» o «regimiento» en vez de «compañía». La tropa que se reunió a Su alrededor podrían haber sido hasta 600 soldados, o más probablemente 200, ya que como cohorte se entendía una unidad compuesta a veces por 600 soldados y otras por 200. Los soldados del cuartel general del gobernador se reunieron para divertirse burlándose de Jesús.

Lo desnudaron y le echaron encima un manto escarlata…[5]

Como Jesús había sido condenado por pretender ser un rey, los soldados se valieron de ese tema para burlarse de Él antes de Su crucifixión. Empezaron por quitarle la ropa y sustituirla por un manto escarlata. El color escarlata era cercano al púrpura, el color que usaba la realeza.

…pusieron sobre Su cabeza una corona tejida de espinas, y una caña en Su mano derecha[6].

Como los reyes llevaban coronas, los soldados le hicieron una con una planta espinosa. Esa corona no solo les sirvió para burlarse de Su dignidad real, sino también para causarle más sufrimiento y dolor. Como los reyes tenían cetro, los soldados le pusieron uno en la mano, probablemente un trozo de caña o quizá de bambú o algo similar.

E hincando la rodilla delante de Él, se burlaban, diciendo: «¡Salve, rey de los judíos!» Le escupían, y tomando la caña lo golpeaban en la cabeza[7].

Si bien el Evangelio de Marcos y el de Juan describen, al igual que el de Mateo, que los soldados se burlaban de Jesús saludándolo con un «salve, rey de los judíos», solo el de Mateo cuenta que al mismo tiempo, para mofarse, se arrodillaban ante Él. Además de burlarse verbalmente, lo despreciaron escupiéndole. Cierto autor explica: «Cuando se añaden los escupitajos y los repetidos golpes, la escena termina siendo una combinación de crueldad y extrema deshonra»[8].

Después de haberse burlado de Él, le quitaron el manto, le pusieron Sus vestidos y lo llevaron para crucificarle[9].

El texto no indica cuánto duraron las burlas; pero cuando terminaron, los soldados le quitaron el manto que le habían puesto y le volvieron a poner Su propia ropa. Los romanos solían crucificar desnudos a los condenados, por lo que volver a ponerle la ropa para que caminara vestido hasta el lugar de Su crucifixión fue probablemente una concesión por la aversión que le tenían los judíos a la desnudez en público. Ninguno de los evangelios dice si le quitaron la corona de espinas; probablemente no, pues si se la hubieran quitado, lo mencionarían, igual que detallan que le quitaron el manto.

Si bien durante el interrogatorio de Jesús había muchos soldados en el cuartel general del gobernador, cuando «lo llevaron para crucificarle» es probable que lo escoltaron solo unos cuantos hasta el lugar de Su ejecución. Normalmente, la crucifixión de un hombre se le asignaba a una escuadra de tan solo cuatro soldados[10].

Al salir hallaron a un hombre de Cirene que se llamaba Simón; a este obligaron a que llevara la cruz[11].

Los tres evangelios sinópticos[12] hablan de Simón, un hombre de Cirene (la actual Libia), que le ayudó a llevar la cruz, mientras que el Evangelio de Juan no lo menciona.

En las ejecuciones se solían usar tres tipos de cruces: la crux decussata, con forma de X; la crux commissa, con forma de T (mayúscula); y la crux immissa, que tenía forma de t (minúscula). Es probable que la cruz de Jesús fuera una crux immissa, ya que más adelante veremos que colgaron sobre Su cabeza un letrero[13], lo cual no habría sido posible con una cruz en forma de X o de T.

En el caso de la crux immissa, el condenado no llevaba toda la cruz, sino solo el travesaño. La estaca vertical se dejaba en el suelo, normalmente en un lugar destacado como una plaza pública o justo fuera de los muros de la ciudad, como advertencia y elemento que disuadiera de infringir la ley. El que iba a ser crucificado llevaba el travesaño detrás de la nuca, con las manos enganchadas por encima de él.

Es probable que los soldados romanos obligaran a Simón, el hombre de Cirene, a llevar la cruz porque vieron a Jesús demasiado débil para cargarla hasta el lugar de la ejecución. Les pareció preferible tenerlo vivo en la cruz a que se les muriera en el trayecto.

El Evangelio de Lucas refiere que Jesús se dirigió a las mujeres que lloraban.

Lo seguía una gran multitud del pueblo, y de mujeres que lloraban y hacían lamentación por Él. Pero Jesús, volviéndose hacia ellas, les dijo: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por Mí, sino llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos, porque vendrán días en que dirán: “Bienaventuradas las estériles y los vientres que no concibieron y los pechos que no criaron”. Entonces comenzarán a decir a los montes: “Caed sobre nosotros”, y a los collados: “Cubridnos”, porque si en el árbol verde hacen estas cosas, ¿en el seco, qué no se hará?»[14]

Entre ese numeroso grupo de personas que siguieron a Jesús hasta el lugar donde sería crucificado había mujeres que lloraban por Él y se lamentaban. Jesús las llama «hijas de Jerusalén», lo cual indica que eran probablemente vecinas de la ciudad y no galileas que hubieran ido a Jerusalén para la Pascua.

A pesar de Su sufrimiento y Su muerte inminente, Jesús se detiene para advertir a las madres e hijos de Jerusalén de lo que les espera en un futuro próximo, cuando los romanos lleguen y diezmen a la población de la ciudad por los pecados de la nación y su rechazo de su Salvador. La vida se volverá tan dura que no tener hijos se considerará una bendición, en contraste con la concepción habitual de que los hijos son una bendición, un regalo de Dios.

La futura conquista y destrucción de Jerusalén será tan terrible que los habitantes de la ciudad desearán que su vida se acabe rápido, ya que la muerte será preferible a la terrible desgracia a la que se enfrentarán. Querrán que las montañas caigan sobre ellos y que las colinas los cubran.

El último versículo —«porque si en el árbol verde hacen estas cosas, ¿en el seco, qué no se hará?»— es difícil de explicar. Los tres comentaristas cuyas obras consulto con referencia al Evangelio de Lucas dan, entre ellos, 15 posibles interpretaciones de este versículo. Uno de ellos llega a la conclusión de que el significado más probable es: «Si Dios no ha librado a Jesús, ¿cuánto más no se librará la nación impenitente [Israel en tiempos de Jesús] cuando llegue el castigo divino?»[15]

(Continuará.)


Nota

A menos que se indique otra cosa, todos los versículos de la Biblia proceden de la versión Reina-Valera, revisión de 1995 © Sociedades Bíblicas Unidas, 1995. Utilizados con permiso.


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[1] Mateo 27, Marcos 15, Lucas 23, Juan 19.

[2] Lucas 23:25.

[3] Mateo 27:26 (NTV).

[4] Mateo 27:27.

[5] Mateo 27:28.

[6] Mateo 27:29.

[7] Mateo 27:29,30.

[8] France, The Gospel of Matthew, 1063.

[9] Mateo 27:31.

[10] Morris, The Gospel According to Matthew, 712.

[11] Mateo 27:32.

[12] Mateo, Marcos y Lucas.

[13] Mateo 27:37.

[14] Lucas 23:27–31.

[15] Bock, Luke Volume 2: 9:51–24:53, 1847.