Jesús, Su vida y mensaje: La transfiguración

Mayo 21, 2019

Enviado por Peter Amsterdam

[Jesus—His Life and Message: The Transfiguration]

Dentro del ministerio de Jesús, la transfiguración fue un hecho único. El único otro suceso comparable ocurrió antes, cuando Él entró en el río Jordán y fue bautizado por Juan el Bautista.

Jesús, después que fue bautizado, subió enseguida del agua, y en ese momento los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma y se posaba sobre Él. Y se oyó una voz de los cielos que decía: «Este es Mi Hijo amado, en quien tengo complacencia»[1].

Según el libro de Mateo, la transfiguración ocurrió seis días después del episodio en que Pedro afirmó: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente»[2], cuando «comenzó Jesús a declarar a Sus discípulos que le era necesario ir a Jerusalén y padecer mucho a manos de los ancianos, de los principales sacerdotes y de los escribas, y ser muerto, y resucitar al tercer día»[3].

Seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Jacobo y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte alto. Allí se transfiguró delante de ellos, y resplandeció Su rostro como el sol, y Sus vestidos se hicieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías, que hablaban con Él. Entonces Pedro dijo a Jesús: «Señor, bueno es para nosotros que estemos aquí; si quieres, haremos aquí tres enramadas: una para Ti, otra para Moisés y otra para Elías». Mientras él aún hablaba, una nube de luz los cubrió y se oyó una voz desde la nube, que decía: «Este es Mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a Él oíd». Al oír esto, los discípulos se postraron sobre sus rostros y sintieron gran temor. Entonces Jesús se acercó y los tocó, y dijo: «Levantaos y no temáis». Cuando ellos alzaron los ojos, no vieron a nadie, sino a Jesús solo. Cuando descendieron del monte, Jesús les mandó, diciendo: «No digáis a nadie la visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de los muertos»[4].

En los evangelios, Pedro, Jacobo y Juan constituyen lo que parece ser el círculo de Sus compañeros más íntimos. Están con Él en el jardín de Getsemaní justo antes de Su arresto[5] y son los únicos a los que les permite entrar en el cuarto en el que resucita a la hija del dignatario de la sinagoga[6]. Y esos mismos tres son los únicos a los que lleva consigo a un monte alto, lejos de otras personas y de las distracciones de la vida cotidiana. Hay distintas opiniones sobre cuál fue la montaña a la que ascendieron, pero es imposible saberlo. El caso es que los llevó a un lugar donde no hubiera nadie más, de modo que estuvieran solos para esta ocasión única.

Una vez que estuvieron solos en un sitio aislado, «se transfiguró delante de ellos, y resplandeció Su rostro como el sol, y Sus vestidos se hicieron blancos como la luz». En el Evangelio de Lucas dice que «la apariencia de Su rostro cambió y Su vestido se volvió blanco y resplandeciente»[7]. En Marcos dice: «Sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, como la nieve, tanto que ningún lavador en la tierra los puede dejar tan blancos»[8]. Estas descripciones de Jesús son similares a las descripciones que hay en la Biblia de otros seres celestiales que se aparecieron a personas.

María estaba fuera llorando junto al sepulcro; mientras lloraba, se inclinó para mirar dentro del sepulcro, y vio a dos ángeles con vestiduras blancas[9].

Estando ellos con los ojos puestos en el cielo, entre tanto que Él se iba, se pusieron junto a ellos dos varones con vestiduras blancas[10].

Alcé mis ojos y miré, y vi un varón vestido de lino y ceñida su cintura con oro de Ufaz[11].

El Antiguo Testamento dice que Dios se viste de luz:

Señor mi Dios, Tú eres grandioso; te has revestido de gloria y majestad. Te cubres de luz como con un manto[12].

Dice asimismo que incluso nosotros, los que creemos, resplandeceremos.

Entonces los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre[13].

Cierto autor explica:

La «transformación» visual no consiste tanto en una alteración física, sino más bien en la agregación de una dimensión de gloria. Se trata del mismo Jesús, pero ahora con un resplandor impresionante, «como el sol» y «como la luz». O, sería mejor decir, habiéndose eliminado temporalmente la opacidad de las circunstancias terrenales, a fin de que se aprecie por una vez la verdadera naturaleza del Hijo amado de Dios[14].

El apóstol Pedro describe cómo fue ver la «majestad», «honra» y «gloria» de Jesús en algo que escribió posteriormente sobre esta experiencia:

No os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas artificiosas, sino como habiendo visto con nuestros propios ojos Su majestad, pues cuando Él recibió de Dios Padre honra y gloria, le fue enviada desde la magnífica gloria una voz que decía: «Este es Mi Hijo amado, en el cual tengo complacencia». Y nosotros oímos esta voz enviada del cielo, cuando estábamos con Él en el monte santo[15].

Durante la transfiguración de Jesús, se aparecieron Moisés y Elías, que hablaron con Él. El Antiguo Testamento narra que esos dos hombres subieron al monte Sinaí (también conocido como Horeb) para encontrarse con Dios, ver Su gloria y oír Su voz[16]. Ciertos comentaristas aventuran que el motivo por el que se aparecieron Moisés y Elías es que Moisés fue un gran legislador, y Elías una importante figura entre los profetas, por lo que representan la totalidad de la revelación del Antiguo Testamento cumplida en Jesús. Otros señalan que la vida terrenal de ambos terminó de forma sobrenatural: Elías fue llevado al Cielo sin morir[17], y Moisés fue enterrado por Dios[18]. Otros más consideran que el hecho guarda relación con la expectativa de que Elías regresaría en los «postreros días», tal como estaba prometido, y surgiría un profeta como Moisés.

Yo os envío al profeta Elías antes que venga el día del Señor, grande y terrible[19].

El Señor me dijo: «Bien está eso que han dicho. Un profeta como tú [Moisés] les levantaré en medio de sus hermanos; pondré Mis palabras en su boca y él les dirá todo lo que Yo le mande»[20].

El caso es que esos tres discípulos presenciaron cómo Jesús hablaba con figuras prominentes del Antiguo Testamento.

El Evangelio de Mateo y el de Marcos no dicen nada sobre el tema de la conversación. En cambio, Lucas explica:

Dos varones hablaban con Él, los cuales eran Moisés y Elías. Estos aparecieron rodeados de gloria; y hablaban de Su partida, que Jesús iba a cumplir en Jerusalén[21].

La palabra griega traducida como «partida» es éxodos, que también puede significar la partida de esta vida.

Entonces Pedro dijo a Jesús: «Señor, bueno es para nosotros que estemos aquí; si quieres, haremos aquí tres enramadas: una para Ti, otra para Moisés y otra para Elías»[22].

En este contexto, el comentario que le hizo Pedro a Jesús, de que era bueno que los tres discípulos estuvieran allá, parece indicar que lo que quería decir era que era bueno que estuvieran presentes para lo que fuera preciso, y más concretamente para construirles cobertizos. Tales cobertizos, al igual que los que se hacían en la Fiesta de los Tabernáculos, los habrían construido muy probablemente con ramas y hojas, para resguardarlos del calor del sol. El Evangelio de Mateo no comenta nada más sobre la sugerencia de Pedro, pero el de Marcos aclara: «No sabía lo que hablaba, pues estaban asustados»[23], y Lucas, por su parte, dice que «no sabía lo que decía»[24].

Mientras él aún hablaba, una nube de luz los cubrió y se oyó una voz desde la nube, que decía: «Este es Mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a Él oíd»[25].

Mientras Pedro aún hablaba de su plan de construir cobertizos, «una nube de luz los cubrió». En el Antiguo Testamento, con frecuencia se simboliza la presencia de Dios con una nube de fuego asociada a la gloria divina.

El Señor iba delante de ellos, de día en una columna de nube para guiarlos por el camino, y de noche en una columna de fuego para alumbrarlos, a fin de que anduvieran de día y de noche. Nunca se apartó del pueblo la columna de nube durante el día, ni la columna de fuego durante la noche[26].

Cuando Moisés entraba en el Tabernáculo, la columna de nube descendía y se ponía a la puerta del Tabernáculo, y el Señor hablaba con Moisés. Cuando el pueblo veía que la columna de nube se detenía a la entrada del Tabernáculo, se levantaba cada uno a la entrada de su tienda y adoraba[27].

Al salir los sacerdotes del santuario, la nube llenó la casa del Señor. Y los sacerdotes no pudieron permanecer para ministrar a causa de la nube, porque la gloria del Señor había llenado la casa del Señor[28].

Para que la gente creyera en Moisés, Dios habló con él desde una nube.

El Señor le dijo: «Yo vendré a ti en una nube espesa, para que el pueblo oiga mientras Yo hablo contigo, y así te crean para siempre»[29].

De la misma manera, con la presencia de la nube y Su declaración sobre Su Hijo amado, el Padre puso Su sello de aprobación en el ministerio de Jesús y mandó a los discípulos: «A Él oíd».

Cuando Pedro, Jacobo y Juan oyeron la voz de Dios que les hablaba directamente, «se postraron sobre sus rostros y sintieron gran temor». Para los tres discípulos fue una experiencia impresionante, así que es natural que se espantaran. Reaccionaron como otras personas del Antiguo y del Nuevo Testamento a las que Dios les habló directamente o que presenciaron Su poder.

Esta fue la visión de la semejanza de la gloria del Señor. Cuando la vi, me postré sobre mi rostro, y oí la voz de uno que hablaba[30].

Mientras me decía estas palabras, yo tenía los ojos puestos en tierra y había enmudecido[31].

Cuando lo vi, caí a Sus pies como muerto. Y Él puso Su diestra sobre mí, diciéndome: «No temas. Yo soy el primero y el último, el que vive. Estuve muerto, pero vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades»[32].

Los discípulos permanecieron en esa posición hasta que «Jesús se acercó y los tocó, y dijo: “Levantaos y no temáis”. Cuando ellos alzaron los ojos, no vieron a nadie, sino a Jesús solo»[33]. Concluida Su transfiguración y el espaldarazo divino por medio de la aparición de dos importantes personajes del Antiguo Testamento, Jesús tocó a los tres discípulos para tranquilizarlos y asegurarles que todo había vuelto a la normalidad.

Seguidamente empezaron a bajar de la montaña, y «Jesús les mandó, diciendo: “No digáis a nadie la visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de los muertos”»[34]. Jesús escogió a Pedro, Jacobo y Juan para que subieran a la montaña y presenciaran esta maravilla. Sin embargo, no quería que nadie más se enterara hasta después de Su muerte y resurrección. En un pasaje anterior de este mismo evangelio, Jesús «mandó a Sus discípulos que a nadie dijeran que Él era Jesús, el Cristo»[35]. Aquí no quería que nadie supiera que se había transfigurado. Tanto en un caso como en el otro, es probable que no quisiera que la gente malinterpretara Su misión. Todavía le hacía falta sufrir, morir y resucitar. Su destino era la cruz, dar la vida por la humanidad para ofrecernos salvación.


Nota

Todos los versículos de la Biblia proceden de la versión Reina-Valera, revisión de 1995, © Sociedades Bíblicas Unidas, 1995. Utilizados con permiso.


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[1] Mateo 3:16,17. V. también Marcos 1:9–11 y Lucas 3:22.

[2] Mateo 16:16. V. también https://directors.tfionline.com/es/post/jesus-su-vida-y-mensaje-profesion-de-fe-de-pedro/

[3] Mateo 16:21.

[4] Mateo 17:1–9.

[5] Mateo 26:37.

[6] Marcos 5:37.

[7] Lucas 9:29.

[8] Marcos 9:3.

[9] Juan 20:11,12.

[10] Hechos 1:10.

[11] Daniel 10:5.

[12] Salmo 104:1,2 (NVI).

[13] Mateo 13:43.

[14] France, The Gospel of Matthew, 647.

[15] 2 Pedro 1:16–18.

[16] Éxodo 24:15–18; 1 Reyes 19:8–12.

[17] 2 Reyes 2:11.

[18] Deuteronomio 34:5,6.

[19] Malaquías 4:5.

[20] Deuteronomio 18:17,18.

[21] Lucas 9:30,31.

[22] Mateo 17:4.

[23] Marcos 9:6.

[24] Lucas 9:33.

[25] Mateo 17:5.

[26] Éxodo 13:21,22.

[27] Éxodo 33:9,10.

[28] 1 Reyes 8:10,11.

[29] Éxodo 19:9.

[30] Ezequiel 1:28.

[31] Daniel 10:15.

[32] Apocalipsis 1:17,18.

[33] Mateo 17:7,8.

[34] Mateo 17:9.

[35] Mateo 16:20.