Jesús, Su vida y mensaje: Los «Yo soy»

Mayo 22, 2018

Enviado por Peter Amsterdam

La vid

[Jesus—His Life and Message: The “I Am” Sayings. The Vine]

Jesús dijo Su último «Yo soy», al igual que la frase «Yo soy el camino, la verdad y la vida», la noche anterior a Su muerte. Judas, el que lo traicionó, había dejado el aposento donde estaban reunidos, y Jesús pasó Sus últimas horas confortando y enseñando al resto de los discípulos. Comenzó hablando de la vid, el labrador y las ramas:

Yo soy la vid verdadera y Mi Padre es el labrador. Todo pámpano que en Mí no lleva fruto, lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto. Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado[1].

En toda Galilea, en la parte norte de Israel, era habitual tener vides, olivos e higueras. A veces los agricultores plantaban esas tres especies próximas unas a otras[2]. Otros plantaban extensas viñas y tenían sus propios lagares para hacer vino[3].

Desde la Antigüedad, parte del trabajo de cuidar una viña ha consistido en podar las vides. La ley mosaica hablaba de ello:

Seis años sembrarás tu tierra, seis años podarás tu viña y recogerás sus frutos. Pero el séptimo año la tierra tendrá descanso, reposo para el Señor; no sembrarás tu tierra ni podarás tu viña[4].

Isaías escribió:

Antes de la siega, cuando el fruto sea perfecto y pasada la flor, se maduren los frutos, entonces podará con podaderas las ramitas, y cortará y quitará las ramas[5].

Podar las vides es esencial para obtener fruto sano. Generalmente se hace en invierno, cuando las vides están durmientes. Luego, más adelante en el año, se cortan algunos brotes laterales y vástagos innecesarios para que las ramas más fuertes den más fruto. Si las vides no se podan, producen demasiados racimos, todos ellos de mala calidad. Podando se obtienen menos uvas, pero de mayor tamaño y más fuertes.

El Padre es llamado labrador o viñador, a modo de las imágenes del Antiguo Testamento que presentan a Israel como la viña de Dios:

Hiciste venir una vid de Egipto; echaste las naciones y la plantaste. Limpiaste el terreno para ella, hiciste arraigar sus raíces y llenó la tierra[6].

¿Qué más se podía hacer a Mi viña, que Yo no haya hecho en ella? ¿Cómo, esperando Yo que diera uvas buenas, ha dado uvas silvestres? Os mostraré, pues, ahora lo que haré Yo a Mi viña: Le quitaré su vallado y será consumida; derribaré su cerca y será pisoteada. Haré que quede desierta […]. Ciertamente la viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel[7].

Dios, que es el labrador, cuida de la viña y las vides. Las vigila e interviene para asegurarse de que den fruto. Quita las ramas que no dan fruto y poda las que sí lo dan. En el texto original griego, los dos verbos aquí empleados —para decir quitar o cortar, y podar o limpiar— riman entre sí.

La poda o limpieza de las vides productivas las hace dar mucho fruto. Jesús aclara que Sus discípulos han sido podados (limpiados) y que esa limpieza se ha producido a raíz de todo lo que Él les ha enseñado. «Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado».Seguidamente aclara que esas ramas podadas y limpias llevarán mucho fruto, y cómo deben hacerlo.

Permaneced en Mí, y Yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en Mí. Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en Mí y Yo en él, este lleva mucho fruto, porque separados de Mí nada podéis hacer[8].

Jesús explica que los discípulos solo podemos dar fruto si permanecemos —o moramos— en Él. En el texto griego, el tiempo del verbo traducido como permanecer da la idea de un acto deliberado de la voluntad, una decisión intencionada de permanecer o afincarnos en la relación que tenemos con Jesús. No solo es que los discípulos debamos permanecer en Él: también Él permanece en nosotros. La frase da a entender que permanecer nosotros en Jesús es equivalente a que Él permanezca en nosotros[9].

El concepto de permanecer en Él y Él en nosotros ya se introdujo en el capítulo anterior, cuando Jesús dice a Sus discípulos:

En aquel día vosotros conoceréis que Yo estoy en Mi Padre, y vosotros en Mí y Yo en vosotros[10].

Muy probablemente Jesús se refería a cuando, después de Su resurrección y ascensión, los discípulos serían llenos del Espíritu Santo. Cierto autor escribe:

El Espíritu en ellos les enseñará, por lo que las palabras de Jesús permanecerán en ellos. Al mantener viva esa unión, conocerán mejor a Jesús y por consiguiente comenzarán a manifestar el «fruto» de Su manera de ser[11].

¿Cuál es el fruto de permanecer en Jesús? Uno de ellos son las personas que se conectan a la vid a raíz de nuestro testimonio.

Alzad vuestros ojos y mirad los campos, porque ya están blancos para la siega. Y el que siega recibe salario y recoge fruto para vida eterna, para que el que siembra se goce juntamente con el que siega[12].

En este caso, parece que el principal fruto al que se refiere es el fruto moral mencionado en otros versículos del Nuevo Testamento.

Producid, pues, frutos dignos de arrepentimiento[13].

El fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza[14].

El fruto del Espíritu es en toda bondad, justicia y verdad[15].

Anden como es digno del Señor, haciendo en todo lo que le agrada, dando fruto en toda buena obra y creciendo en el conocimiento de Dios[16].

Jesús dice que los que permanecen en la vid llevan mucho fruto; en cambio, los que no permanecen en Él no pueden llevar fruto, «porque separados de Mí nada podéis hacer»[17]. Seguidamente se centra en el destino de los que no permanecen en Él, diciendo:

El que en Mí no permanece, será echado fuera como pámpano, y se secará; y los recogen, los echan en el fuego y arden[18].

Las vides improductivas son inútiles, por lo que se desechan y se queman. Si bien Jesús está hablando de vides que no dan fruto, Su mensaje está claro: los que no permanezcan o vivan en Él se exponen a ser descartados. Lo mismo se expresa en un lenguaje similar en otros pasajes de las Escrituras. Juan el Bautista dijo:

El hacha ya está puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado al fuego[19].

Cierto autor escribe:

Son palabras bien fuertes que enfatizan la necesidad de mantenernos en contacto vital con Cristo si queremos seguir siendo productivos[20].

Habiendo explicado el destino de las vides improductivas, Jesús vuelve a centrarse en los que permanecen en Él.

Si permanecéis en Mí y Mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queráis y os será hecho[21].

Dejando los peligros de no permanecer en Él, Jesús aclara de qué manera podemos permanecer en Él y Él en nosotros. Permanecemos en Él cuando Su palabra arraiga en nosotros. En el capítulo anterior dijo:

El que me ama, Mi palabra guardará; y Mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada con él[22].

Cuando la palabra de Dios mora en nosotros, cuando influye en nuestras decisiones y acciones, cuando nos habla y nos guía, quiere decir que estamos morando en Cristo y Él en nosotros. Si permanecemos en Él y hacemos lo que mandan Sus palabras, podemos orar con la confianza de que Él nos responderá, y llevaremos fruto.

Antes, Jesús ha dicho: «El que permanece en Mí y Yo en él, este lleva mucho fruto, porque separados de Mí nada podéis hacer»[23]. Ahora añade: «En esto es glorificado Mi Padre: en que llevéis mucho fruto y seáis así Mis discípulos»[24]. Los que permanecen en Cristo glorifican a Dios al dar fruto. Como ya hemos dicho, dar fruto no es exclusivamente ganar almas. En este pasaje, el énfasis está en el fruto moral. Dar fruto en este sentido es crecer espiritualmente y transformarse por dentro, vivir de una manera que agrade a Dios aplicando Su Palabra y manifestar el fruto del Espíritu Santo.

El fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza[25].

En el libro de 2 Pedro hay consejos para crecer espiritualmente y volvernos participantes de la naturaleza divina por medio de Jesús, el cual nos llamó por Su propia gloria y bondad.

Todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por Su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por Su gloria y excelencia; por medio de estas cosas nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas lleguéis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de las pasiones[26].

El fruto del crecimiento espiritual, que conduce a la piedad, está a nuestro alcance gracias a Jesús.

Pedro continúa con consejos para participar de la naturaleza divina:

Por esto mismo, poned toda diligencia en añadir a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor. Si tenéis estas cosas y abundan en vosotros, no os dejarán estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo[27].

Si verdaderamente permanecemos en la vid —Jesús—, daremos fruto en forma de crecimiento espiritual y piedad. Este fruto, este crecimiento, glorifica al Padre y demuestra que somos discípulos de Su Hijo. El crecimiento debe ser continuo; en otras palabras, los discípulos estamos constantemente creciendo en nuestro discipulado, devoción, servicio, testimonio, fe y permanencia en Cristo.


Nota

A menos que se indique otra cosa, todos los versículos de la Biblia proceden de la versión Reina-Valera, revisión de 1995, © Sociedades Bíblicas Unidas, 1995. Utilizados con permiso.


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[1] Juan 15:1–3.

[2] Keener, The Gospel of John, 989.

[3] En Mateo 21:33, Jesús habla en una de Sus parábolas de un agricultor de ese tipo.

[4] Levítico 25:3,4.

[5] Isaías 18:5.

[6] Salmo 80:8,9.

[7] Isaías 5:4–7.

[8] Juan 15:4,5.

[9] Michaels, The Gospel of John, 803.

[10] Juan 14:20.

[11] Keener, The Gospel of John, 997.

[12] Juan 4:35,36.

[13] Mateo 3:8.

[14] Gálatas 5:22,23.

[15] Efesios 5:9.

[16] Colosenses 1:10 (NBLH).

[17] Juan 15:5.

[18] Juan 15:6.

[19] Mateo 3:10. V. también Mateo 7:19.

[20] Morris, El Evangelio según Juan.

[21] Juan 15:7.

[22] Juan 14:23.

[23] Juan 15:5.

[24] Juan 15:8.

[25] Gálatas 5:22,23.

[26] 2 Pedro 1:3,4.

[27] 2 Pedro 1:5–8.