Lo esencial: El Espíritu Santo

Mayo 28, 2013

Enviado por Peter Amsterdam

El Espíritu Santo en los albores de la Iglesia

En los dos primeros artículos de esta serie vimos cómo el Espíritu Santo vino sobre ciertos individuos con propósitos muy puntuales, tanto en el Antiguo Testamento como durante la vida de Jesús.

En los relatos del Antiguo Testamento, normalmente el Espíritu de Dios no moraba de forma permanente en un individuo. Con la muerte, resurrección y ascensión de Jesús al Cielo eso cambió radicalmente. El día de Pentecostés, Dios Espíritu Santo entró en la vida de ciertos creyentes, les confirió poder y se quedó dentro de ellos.

Pentecostés

El Evangelio de Lucas explica que Jesús había dicho a Sus discípulos que iba a enviarles la promesa del Padre. En el libro de los Hechos, Lucas afirma que esa promesa era el advenimiento del Espíritu Santo, y que recibirían poder cuando el Espíritu viniera sobre ellos.

Ciertamente, Yo enviaré la promesa de Mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén hasta que seáis investidos de poder desde lo alto[1].

Estando juntos, les ordenó: «No salgáis de Jerusalén, sino esperad la promesa del Padre, la cual oísteis de Mí, porque Juan ciertamente bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días. […] Recibiréis poder cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta lo último de la tierra»[2].

Ese asombroso suceso tuvo lugar diez días después, durante la Fiesta de las Semanas, Shavuot para los judíos hebraicos y Pentecostés para los helénicos (o griegos). Se denomina Pentecostés porque cae el quincuagésimo día después de la Pascua. En Shavuot se celebra el momento del año en que se cosechaban y se llevaban al templo los primeros frutos, y también se conmemora la entrega de la Torá en el monte Sinaí.

La crucifixión de Jesús tuvo lugar justo antes de la Pascua, y el Espíritu Santo se derramó 50 días más tarde, el día de Pentecostés. Dado que se trataba de una de las fiestas judías más importantes, se habían congregado en Jerusalén bastantes judíos de nacimiento y conversos al judaísmo de todo el mundo conocido de la época.

El libro de los Hechos relata cómo se produjo ese acontecimiento trascendental:

Cuando llegó el día de Pentecostés [los discípulos] estaban todos unánimes juntos. De repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Todos fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablaran[3].

Tal como estaba prometido, el Espíritu de Dios se derramó sobre los discípulos, con la consecuencia inmediata de que recibieron poder que dinamizó su misión de difundir el Evangelio por todo el mundo.

Vivían entonces en Jerusalén judíos piadosos, de todas las naciones bajo el cielo. Al oír este estruendo, se juntó la multitud; y estaban confusos, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Estaban atónitos y admirados, diciendo: «Mirad, ¿no son galileos todos estos que hablan? ¿Cómo, pues, los oímos nosotros hablar cada uno en nuestra lengua en la que hemos nacido? Partos, medos, elamitas, y los que habitamos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto y Asia, Frigia y Panfilia, Egipto y las regiones de África más allá de Cirene, y romanos aquí residentes, tanto judíos como prosélitos, cretenses y árabes, los oímos hablar en nuestras lenguas las maravillas de Dios»[4].

Gentes de gran parte del Imperio romano oyeron el mensaje aquel día. De acuerdo con la terminología geográfica actual, esa lista de países nos indica que se congregaron personas de Libia, Egipto, Arabia, varias ciudades turcas, Italia, Irán, Irak y la isla de Creta —ya sea por el estruendo de la violenta ráfaga de viento o al escuchar a los discípulos hablar en diversas lenguas—, y oyeron la prédica de Pedro sobre lo que había sucedido y su anuncio de la salvación por medio de Jesús.

Relatos de infusiones del Espíritu Santo

En el libro de los Hechos figuran otros cinco relatos de creyentes que se llenaron del Espíritu Santo. Algunos corresponden a infusiones iniciales y otros a nuevas infusiones para personas que ya habían recibido el Espíritu Santo.

Cuando Pedro y Juan se dirigían al templo y sanaron a un cojo, se congregó una muchedumbre a la cual Pedro predicó, lo que produjo 5.000 conversos. Pedro y Juan fueron detenidos, interrogados y amenazados por el sumo sacerdote, su suegro y otros. Luego se reunieron con otros creyentes y les contaron lo que había sucedido. Estos se regocijaron con ellos en oración. Mientras oraban juntos, se llenaron del Espíritu[5].

Cuando terminaron de orar, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo y hablaban con valentía la palabra de Dios[6].

Aquí se ve a creyentes salvos que habían recibido ya el Espíritu Santo llenarse de Él nuevamente, lo que les otorgó más poder para continuar testificando con valentía.

Otro relato habla de creyentes que recibieron el Espíritu después del martirio de Esteban. Los creyentes de Jerusalén se enfrentaban a una fuerte persecución en aquel tiempo, instigada entre otros por Saulo el fariseo, quien luego se convirtió en el apóstol Pablo. Felipe, que antes de eso había sido elegido diácono[7], abandonó Jerusalén y se dirigió a Samaria. Predicó el Evangelio, echó fuera espíritus inmundos y sanó a cojos y paralíticos. Eso provocó gran alegría, y muchos hombres y mujeres se bautizaron[8].

Los judíos no consideraban connacionales a los samaritanos, pues estos descendían de las diez tribus de Israel que 700 años antes habían sido derrotadas por los asirios y obligadas a trasladarse a otras tierras. Los asirios trajeron a otras gentes para poblar la región, que se mezclaron con los judíos que habían quedado en Samaria. Así que no se consideraba que los samaritanos fueran judíos puros. Hasta ese momento, los discípulos solo habían predicado a sus paisanos. Por eso, cuando los apóstoles se enteraron de que los samaritanos se estaban haciendo creyentes, enviaron a Pedro y a Juan a comprobarlo in situ. Durante esa visita, los samaritanos que acababan de convertirse recibieron el Espíritu Santo.

[Pedro y Juan] oraron por ellos para que recibieran el Espíritu Santo, pues aún no había descendido sobre ninguno de ellos, sino que solamente habían sido bautizados en el nombre de Jesús. Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo[9].

En ese caso, conversos no judíos que aún no habían recibido el Espíritu Santo se llenaron de Él cuando los apóstoles les impusieron las manos.

El siguiente ejemplo de infusión del Espíritu Santo lo tenemos después que Saulo —perseguidor de la iglesia en sus albores— se vio rodeado por un resplandor del Cielo. Jesús le habló y le preguntó por qué lo perseguía. Saulo perdió la vista y, siguiendo las instrucciones de Jesús, fue a Damasco, donde esperó tres días[10].

El Señor habló a un discípulo llamado Ananías y le dijo que fuera a la casa de Judas en la calle llamada Derecha, donde encontraría a Saulo. Ananías expresó su preocupación, pues sabía que Saulo perseguía a los cristianos. Pero el Señor le dijo que Saulo era un instrumento escogido para llevar el nombre de Jesús a los gentiles (las personas que no son de origen judío), a reyes y a los hijos de Israel. Ananías procedió de acuerdo con las instrucciones recibidas[11].

Fue entonces Ananías y entró en la casa, y poniendo sobre él las manos, dijo: «Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció en el camino por donde venías, me ha enviado para que recibas la vista y seas lleno del Espíritu Santo». Al instante cayeron de sus ojos como escamas y recobró la vista. Se levantó y fue bautizado; y habiendo tomado alimento, recobró las fuerzas. Y estuvo Saulo por algunos días con los discípulos que estaban en Damasco. En seguida predicaba a Cristo en las sinagogas, diciendo que este era el Hijo de Dios[12].

En este caso, un enemigo de los cristianos se convierte y seguidamente se llena del Espíritu Santo cuando un discípulo le impone las manos y ora por él.

En los versículos 1–16 del capítulo 10 de Hechos se nos cuenta que Pedro tuvo tres veces una misma visión, en la que vio cuadrúpedos, reptiles y aves que según la ley mosaica eran inmundos y no debían comerse, y oyó una voz que le indicó que matara y comiera esos animales. Pedro puso objeciones, pero la voz le dijo: «Lo que Dios limpió no lo llames tú común (impuro o profano)».

Inmediatamente después de esas visiones llegaron unos hombres enviados por Cornelio, un centurión romano que temía a Dios, y le pidieron a Pedro que fuera a la casa de este. Cuando un judío entraba en la casa de un no judío, quedaba ritualmente impuro, así que habría sido ilícito para Pedro entrar en la casa de Cornelio. Sin embargo, a causa de la visión, Pedro entendió que Dios le había revelado que debía ir, que los impuros debían ser considerados puros. Así que fue, entró en la casa de Cornelio y dio a conocer la buena nueva de que Jesús y el Espíritu Santo estaban a disposición de todos los que moraban allí, quienes aceptaron ese mensaje.

Mientras aún hablaba Pedro estas palabras, el Espíritu Santo cayó sobre todos los que oían el discurso. Y los fieles de la circuncisión que habían venido con Pedro se quedaron atónitos de que también sobre los gentiles se derramara el don del Espíritu Santo, porque los oían que hablaban en lenguas y que glorificaban a Dios. Entonces respondió Pedro: «¿Puede acaso alguno impedir el agua, para que no sean bautizados estos que han recibido el Espíritu Santo lo mismo que nosotros?» Y mandó bautizarlos en el nombre del Señor Jesús[13].

Cornelio y los demás —todos gentiles— creyeron el mensaje que Pedro les comunicó y a consecuencia de ello recibieron el don del Espíritu Santo. En esta situación, unos gentiles recibieron el Espíritu en el momento en que creyeron en Jesús.

El quinto caso registrado de personas que recibieron el Espíritu Santo tiene que ver con doce discípulos de Juan en Éfeso.

Cuando el apóstol Pablo llegó a Éfeso encontró a algunos discípulos de Juan el Bautista. Pablo les preguntó si habían recibido el Espíritu Santo, a lo que respondieron que nunca habían oído hablar de Él. Pablo les habló de Jesús y creyeron.

Cuando oyeron esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús. Y habiéndoles impuesto Pablo las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo; y hablaban en lenguas y profetizaban. Eran entre todos unos doce hombres[14].

El Espíritu Santo para todos los creyentes

Estos relatos del libro de los Hechos muestran situaciones variadas en que el Espíritu llegó a diversas personas, unas judías, otras gentiles, ancianos y jóvenes, hombres y mujeres, señores y siervos. Sin duda entre los que estaban en la casa de Cornelio, los creyentes con los que oraron Pedro y Juan, y los 120 que estaban en el aposento alto, había hombres y mujeres, criados y personas de toda edad, tal como había profetizado el profeta Joel.

Después de esto derramaré Mi Espíritu sobre todo ser humano, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. También sobre los siervos y las siervas derramaré Mi Espíritu en aquellos días[15].

El Espíritu de Dios no se derramó sobre personas comunes y corrientes solamente en los inicios de la Iglesia. Desde entonces ha morado en incontables creyentes a lo largo de los siglos. A diferencia del Antiguo Testamento, cuando el Espíritu solo estaba presente en unas pocas personas, desde el día de Pentecostés se ha derramado —y sigue derramándose— sobre todos los creyentes cuando recibimos la hermosa «promesa del Padre».


Notas

Los versículos citados proceden de la versión Reina-Valera, revisión de 1995, © Sociedades Bíblicas Unidas, 1995. Utilizados con permiso.


[1] Lucas 24:49.

[2] Hechos 1:4,5,8.

[3] Hechos 2:1–4.

[4] Hechos 2:5–11.

[5] Hechos 4:1–31.

[6] Hechos 4:31.

[7] Hechos 6:5.

[8] Hechos 8:5,6,12.

[9] Hechos 8:15–17.

[10] Hechos 9:1–9.

[11] Hechos 9:10–16.

[12] Hechos 9:17–20.

[13] Hechos 10:44–48.

[14] Hechos 19:1–7.

[15] Joel 2:28,29.

Traducción: Felipe Mathews y Jorge Solá.