Tragedias y transformaciones, 3ª parte

Junio 4, 2013

Enviado por María Fontaine

Tesoros en medio de la basura

Una de las muestras más patentes de la extrema pobreza se ve en las afueras de casi todas las grandes ciudades del mundo entero: en sus basurales. Su pestilencia se irradia a varios kilómetros a la redonda, y los millares de personas pobres que se las arreglan para sobrevivir escarbando entre las interminables montañas de sustancias en estado de putrefacción, que en muchos casos además son tóxicas, son ejemplo de aquellas personas a las que la sociedad ignora, margina o abandona.

Pasan la vida en busca de desperdicios, sobras de comida u otros desechos de los que dependen para subsistir. Si bien quienes viven en esos basurales del mundo no siempre se encuentran al borde de la inanición, sus condiciones de vida son aberrantes y la proximidad de los basurales a los centros de la sociedad los convierten en un vívido recordatorio del sufrimiento y la pobreza en que está sumida buena parte de la población.

Se me dio la oportunidad de ir a visitar uno de esos basurales, el cual, si bien ni siquiera se acerca a la magnitud de algunos lugares cercanos a ciudades como Calcuta, Ciudad de México o Rio de Janeiro, de igual modo sigue siendo una muestra clarísima de lo que es la pobreza extrema.

El basural de la ciudad de Tijuana, México, no solo da «vivienda» a toda la basura producida por el millón y medio de habitantes de esa ciudad, sino también a más de quinientos hombres, mujeres y niños que viven ahí. Se los conoce como «la gente del basural». La mayoría pasa doce horas al día clasificando los desechos que llegan constantemente en enormes camiones de basura.

Trabajar en las montañas de basura es una tarea peligrosa que apenas da lo suficiente como para sobrevivir. Hay, en todo momento, enormes excavadoras moviendo montañas de basura de un lado a otro; la visibilidad es muy baja y a veces quienes se encuentran ahí mueren aplastados.

Niños pequeños trabajan el día entero en los basurales junto a sus padres. Muchos de esos niños nacen en los basurales. No conocen otra cosa. Las condiciones de vida son extremadamente pobres, por lo general lo que comen proviene de lo que la gente descarta porque está pasado o podrido; compiten con la cantidad de perros que también viven ahí, donde todos revuelven para ver qué pueden rescatar.

Quienes ministran aquí enfrentan esta situación de pobreza y desesperación día tras día, en su trabajo para ayudar a esas personas que se encuentran atrapadas por sus circunstancias.

Tras poco más de una hora en auto, llegamos junto con el director y sus hijos al basural para conocer a las personas que viven ahí. El basural en sí es como un gigantesco cráter surcado por caminos de tierra en zigzag a los lados que descienden hasta el fondo. El hedor es prácticamente insoportable, aparte de tóxico si se lo inhala regularmente. No nos fue posible ir al lugar donde las personas hurgaban entre las montañas de basura, ya que como estaban removiendo y buscando frenéticamente, no nos habrían recibido muy bien que digamos. Más bien nos desplazamos hacia las casuchas donde viven las familias, que están ubicadas muy cerca del basural. No tienen agua corriente. Al parecer, tampoco tienen sanitarios de ningún tipo.

Sus casuchas están hechas de cartón, metal, plástico, madera o toldos que se las arreglaron para rescatar del basurero. Aunque cuando llegamos no había casi nadie en el poblado porque la mayoría estaba trabajando duro en el basural, encontramos a tres personas que se encontraban trabajando afuera de sus casuchas. Estaban clasificando una inmensa pila de los que parecían pedacitos de cinta, y que por lo visto eran trozos de componentes reciclados de equipo electrónico, como televisores. Estaban revisando escombro por escombro para rescatar hasta el más mínimo trocito de cobre que pudieran encontrar.

Una mujer llamada Elena, y su esposo José, estaban agazapados junto a la pila clasificando los desechos a mano pelada, ya que eran demasiado pequeños como para hacerlo con guantes. Ella les advirtió a los hijos del director que no los tocaran porque contenían productos químicos que podrían dañarles la piel, tal como les había sucedido a ella y a su esposo.

Elena se mostró amigable y se la veía contenta de conversar con nosotros, agradecida por la visita. También apareció su hermana de otra choza que estaba cerca y le dimos algo de ropa y unos folletos. Conversé con ellas; les di un mensaje similar al que compartí con los hombres del refugio: les dije que esta vida por momentos puede ser casi insoportable, pero que si aceptábamos a Jesús y Su amor, y el sacrificio que hizo por nosotros, un día Él limpiará todo lo malo y hará que todo esté bien y que sea justo y hermoso. Les dije que si guardaban esa esperanza en el corazón, hallarían las fuerzas para seguir adelante en los momentos más difíciles.

Nos respondieron: «Hay personas que la tienen mucho peor que nosotros, y que viven al otro lado de la colina». Así que escalamos la pequeña colina donde divisamos varias casuchas más. Una jovencita, que luego nos enteramos de que se llamaba María, apareció en la entrada de su choza, que parecía un poco más grande que las demás. Cuando nos acercamos, vimos a su niñito de tres años asomarse a la entrada, firmemente agarrado de la mano de su mamá. Al poco tiempo se les unió Rosi, la madre de María, cargando a un niño de seis años, y por último llegó una jovencita llamada Daniela, que estaba embarazada. Rosi y yo (ayudadas por un intérprete) nos pusimos a conversar sobre lo terribles que son las cosas en el mundo, y de que Dios lo compondrá todo.

La hija menor de Rosi, Daniela, tenía catorce años y estaba en su último mes de embarazo. Yo traía encima algo de dinero y sentí que el Señor quería que se lo diera. Me quedaba claro que la pobre sentía pánico de lo que les esperaba al dar a luz. Para colmo, me imagino que nadie querría traer a un niño al mundo a vivir en esas condiciones. Le ofrecí el dinero, diciéndole que se trataba de un regalo que podría usar para conseguirle ropa a su bebé. Me miró fijamente a los ojos y dijo, sin pensárselo dos veces: comida. Entendía perfectamente lo difícil que sería proveer alimento adecuado a su bebé bajo esas circunstancias.

Rosi, Daniela y su hermano menor vivían a varios cientos de metros cuesta arriba. Justo mientras acompañaba a Daniela hacia la choza donde vivía advertí que alguien había colocado una interesante exposición de objetos en el camino de tierra que rodeaba la vivienda. Resulta que se trataba de una serie de carritos y camioncitos de juguete. Era evidente que la mayoría ya estaban muy viejos, pero los habían ordenado cuidadosamente de diversas maneras. Pregunté si los tenían en venta. Ella señaló a su hermanito de seis años y dijo: «Son de él». Aun en el basural los padres procuran dar a sus hijos todo lo que pueden, y por lo visto con el tiempo Rosi se las había arreglado para rescatar todos esos autitos y camioncitos en miniatura para su pequeño.

Luego regresé a la choza de María y me invitaron a que la viera por dentro. Fue una grata sorpresa ver que aunque la parte de afuera estaba hecha de plástico y cartón, ella había encontrado un cubrecama en la basura y con él tendía su cama. También había encontrado tela para cortinas y había recubierto con ella las paredes de su casita de modo que se veía de lo más colorida.

Al otro lado del camino de tierra divisamos a dos personas más dentro de su choza. Dos hombres de entre treinta y cuarenta años estaban comiendo y cocinando en una diminuta estufa de campamento. Uno de ellos comía de una lata de frijoles que probablemente habría encontrado en el basural. Su choza era una especie de galpón, de lo más deprimente, donde almacenaban toda clase de bolsas y cajas y otros objetos que colgaban del techo. No parecía que contaran con camas ni colchones. Uno de los hombres nos dijo que había leído la Biblia. Se los veía sorprendentemente optimistas teniendo en cuenta las circunstancias en que vivían.

Abrazábamos a las personas y les decíamos que nos importaban y que los amábamos. Les explicamos que desearíamos poder aliviar la pobreza y el sufrimiento del mundo pero que llegaría el día en que Jesús liberaría a los pobres, a los que sufren y a los desvalidos. Les dijimos que esperábamos con ilusión la vida en el más allá, donde todos nos reuniríamos por fin en esa ciudad celestial que nuestro amoroso Padre nos estaba preparando. Les contábamos que en ese lugar no habría más desigualdad, dolor ni sufrimiento. Que solo habría felicidad y que allí, Aquel que prometió componer todas las cosas cubriría todas nuestras necesidades, satisfaría todos nuestros deseos y cumpliría todas nuestras expectativas.

Le dejamos a Rosi varios folletos de más y le pedimos que los repartiera entre sus amigos porque parecía una mujer especial, alguien que sería una buena influencia para los demás. Nos despedimos y regresamos pensativos a la camioneta para emprender el regreso a casa.

Por lo menos las personas que vivían en las inmediaciones de aquel basural tenían alguna manera, por miserable que fuese, de ganarse la vida por medio de lo que conseguían rescatar y vender, y tenían algún tipo de techo con que protegerse, y contaban con el apoyo de personas que los visitaban con cierta frecuencia para atenderlos espiritualmente.

El hombre que administra esta iniciativa misionera me dijo que otro hombre que había vivido y trabajado en el basural se había salvado y había cursado el programa de discipulado que ellos imparten, y que ahora trabajaba a plena dedicación como parte del equipo de apoyo de la misión. A mí me sirvió como recordatorio de que Dios llega incluso a los peores lugares o las peores situaciones donde reina la más profunda desesperación, para ofrecer esperanza y rescatar a quienes lo reciban, y para transformar sus vidas.

No podría irme de Tijuana y olvidarme de semejante experiencia. Hay basurales en todos los países del mundo, y hay miles de millares de personas que viven de esa manera. Hay «Tijuanas» en todas partes, y en ellas viven personas perdidas y olvidadas, sumidas en la desesperación y arreglándoselas apenas para sobrevivir, viviendo en las alcantarillas y las calles. Muchos trabajan en condiciones de esclavitud en fábricas donde se los explota, como «mulas» de los cárteles de droga, haciendo lo que sea que les exijan con tal de ganarse unas monedas que les permitan sobrevivir y alimentar a sus familias.

Señor, gracias por el ejemplo que nos das. Tú no viste nuestra necesidad y le diste la espalda al sufrimiento y la pérdida en que han sumido a este mundo las decisiones del hombre. Tu amor no te permitiría ignorar la tragedia del fruto de los pecados del hombre. Tu amor por nosotros te obliga a hacer algo al respecto. Tu amor ha transformado espiritualmente a quienes lo aceptan.

Ayúdanos a seguir Tu ejemplo, y a demostrar empatía como para no dar la espalda a quienes se encuentran perdidos y desgarrados, a los que sufren en este mundo. Aunque no podemos componerlo todo, y aunque no está en nuestras manos resolver todos los problemas del mundo, podemos ver la necesidad y determinar qué podemos hacer para ayudar.

Podemos dar el paso de afectar positivamente a las personas cuyas vidas se crucen con la nuestra. Sensibilízanos para que podamos tomar conciencia de la necesidad y, movidos por Tu compasión, pasemos a la acción. Motívanos a hacer todo lo que podamos para transmitir esperanza a quienes la han perdido y consuelo a quienes tanto lo necesitan. En el nombre de Jesús.

Yo soy solo una persona, pero si lo intento puedo marcar una diferencia. ¿Y tú? 

Elena, José y Lupe, en la entrada de su casa.

Rosi (a la derecha) y su familia en la entrada de la casa de María.

María y su hija en su casita de un ambiente.

Daniela (14 años) con su hermanito.

La colección de autitos y camioncitos rescatados del basural para el hermano más pequeño.

 


En los siguientes enlaces pueden ver varios videos cortos de YouTube que muestran condiciones de vida similares a las de las personas que viven y trabajan en el sitio donde estuvimos.

Living in a Mexico City Garbage Dump, The Road to Juan's House (Vivir en un basural de la Ciudad de México, camino a la casa de Juan. Duración: 3 minutos)

Garbage People (La gente del basural. Duración: 2 minutos)

Sacerdote cóptico y su esposa transforman vidas en basural de El Cairo:
Primera parte: 6 minutos.
Segunda parte: 7 minutos.


Traducción: Irene Quiti Vera y Antonia López.