Lo esencial: La salvación

Enero 15, 2013

Enviado por Peter Amsterdam

¿Predestinación?

En el artículo anterior escribí sobre las distintas perspectivas que existen dentro del protestantismo en cuanto a la certeza de la salvación y la posibilidad de perderla. Existe otra notable diferencia entre los diversos credos protestantes con respecto al tema de la salvación. Esta disparidad tiene su origen en las distintas percepciones de la providencia divina, definida como la acción continua de Dios encaminada a preservar y gobernar toda la creación por medio de Su sabiduría, bondad y poder, para el cumplimiento de Su eterno designio y para la gloria de Su nombre[1].

Existen dos posturas generales: la tradición reformada, basada en las enseñanzas de Juan Calvino (1509–1564) con respecto a la predestinación; y la posición arminiana, basada en las de Jacobo Arminius (1560–1609). Si bien en el presente artículo emplearemos los términos reformada y arminiana para aludir a esas dos posturas, nos referiremos solo a su interpretación de la predestinación. Con ello no pretendemos manifestar coincidencia total con la doctrina arminiana ni total desacuerdo con la tradición reformada.

La tradición reformada

Algunas confesiones cristianas, por ejemplo las iglesias reformadas que siguen las enseñanzas de Juan Calvino, creen que los actos de todo ser humano están decretados por Dios y que, por consiguiente, Él dispone todo lo que sucede en el mundo. En su definición de la providencia divina expresan que en toda acción Dios coopera con las cosas creadas, dirigiendo sus propiedades distintivas para hacerlas actuar como actúan; y las dirige para que cumplan Sus designios[2].

Ya en un artículo anterior escribí sobre este tema. Según esta línea doctrinal, Dios es la causa primaria de todo lo que sucede en la Tierra; no obstante, interviene en los acontecimientos de forma oculta, sin que sea evidente que Él los causa. Para un observador, la causa es otra, lo que él llama la causa secundaria. [...] Aplicada a las acciones humanas, esta doctrina infiere que todo lo que hacen las personas está predeterminado por Dios como causa primaria, y que estas hacen lo que Él predeterminó. No obstante, no son conscientes de que hacen esas cosas debido a la causa primaria. Aunque tienen la impresión de que actúan por voluntad propia, en realidad ellas mismas son la causa secundaria. Aun así, deben responder de sus actos[3].

Quienes profesan la tradición reformada consideran que los seres humanos poseen libre albedrío en el sentido de que tienen la facultad de elegir; sin embargo, sus decisiones están predeterminadas por Dios. Como ya lo expresé en un artículo anterior sobre el tema, dicha doctrina sostiene que, aunque Dios ha predeterminado las decisiones que toman los individuos, estos optan libremente por lo que Dios ha predeterminado que hagan. Según este postulado, los seres humanos toman decisiones por propia voluntad y no son conscientes de ninguna restricción divina que afecte sus decisiones, a pesar de que tales restricciones existen[4]. Los cristianos adherentes a la tradición arminiana también creen en la providencia divina tal y como se definió más arriba; empero, estiman que a la humanidad se le ha concedido verdadera potestad para elegir libremente en el sentido de que las personas pueden inclinarse por opciones no decretadas previamente por Dios.

Los «elegidos»

Cuando estas dos corrientes doctrinales abordan el tema de la salvación, surge el interrogante de si los creyentes —los salvos, que la Escritura llama los elegidos— están predestinados a la salvación o si eligen por voluntad propia aceptar la salvación. ¿Nombró Dios a Sus elegidos para la salvación desde antes de la fundación del mundo? ¿Ha predeterminado quiénes se salvarán y quiénes no? ¿O se da más bien el caso de que Dios, por Su presciencia, conoce las decisiones que tomará libremente cada individuo y por tanto sabe de antemano quiénes optarán por aceptar la salvación?

La doctrina reformada plantea que antes de la creación del mundo Dios eligió a los que habrían de salvarse. El credo arminiano sostiene que Él, en virtud de Su omnisciencia, sabía quiénes aceptarían la salvación que se le ofreció a la humanidad, pero no porque predeterminara que unos se salvasen y otros no.

En la tradición reformada se considera que los seres humanos optan libremente por la salvación. Escuchan el llamado del Evangelio a la salvación y responden favorablemente, lo que significa que deciden por voluntad propia. Así y todo, se estima que el llamado del Evangelio es irresistible. Al oírlo, los predestinados para salvación lo atienden. Optan por atender el llamado porque están predestinados.

Wayne Grudem lo explica así:

Cuando Pablo dice: «A los que predestinó, también los llamó; a los que llamó, también los justificó» (Romanos 8:30), indica que ese llamamiento lo hace Dios. Es específicamente un acto de Dios Padre, porque es Él quien predestina a las personas para que sean transformadas según la imagen de Su Hijo (Romanos 8:29). [...] Este llamado es más bien una especie de «citación» del Rey del universo y entraña tal poder que produce en el corazón de las personas la reacción que pide. Es un acto de Dios que garantiza una respuesta positiva [...]. Este poderoso acto de Dios a menudo se llama llamamiento efectivo, para distinguirlo de la invitación general del evangelio que se emite para todos y que algunos rechazan[5].

El pensamiento reformado entiende que el llamado del Evangelio se hace de manera general, pero los únicos que responden, que reciben la citación que garantiza la respuesta indicada, son los predestinados a salvarse. Quienes rechazan el llamado lo hacen porque no fueron escogidos para salvación.

La gracia y las obras

Los que se adhieren a la interpretación arminiana del libre albedrío y la predestinación mantienen que los que oyen el llamamiento del Evangelio disponen de plena libertad para aceptarlo o rechazarlo. Consideran que la elección de Dios tiene que ver con Su presciencia de los individuos que aceptarán la salvación, y que no es que Él decida los que se han de salvar y los que no. Desde esta perspectiva, los elegidos de Dios son los que Él, por Su omnisciencia, sabe que responderán positivamente cuando oigan el Evangelio.

Según la doctrina reformada, quien escogiera aceptar la salvación estaría haciendo algo para merecerla, es decir, estaría participando en su salvación y por tanto podría considerarse merecedor de cierto reconocimiento por haberse salvado.

Wayne Gruden lo expresa en estas palabras:

Si en definitiva el factor que determina si somos salvos o no es nuestra propia decisión de aceptar a Cristo, nos inclinaremos más a pensar que merecemos algún reconocimiento por el hecho de que somos salvos. A diferencia de otras personas que siguen rechazando a Cristo, fuimos tan prudentes en nuestra forma de pensar o tan buenos en nuestras tendencias morales o tan perceptivos en nuestra capacidad espiritual que decidimos creer en Cristo[6].

Tanto la posición reformada como la arminiana afirman que nos salvamos por gracia, no por obras. La diferencia estriba en que la reformada declara que la salvación es un acto de Dios de principio a fin; que Dios es quien predispone para recibir el Evangelio a quienes ha elegido y predestinado para ser llamados y escogidos. Él otorga una gracia irresistible a los predestinados, de tal manera que la persona elegida no tiene otra alternativa que salvarse. No hay, pues, participación humana; la salvación es íntegramente un acto de Dios.

Desde la perspectiva arminiana se entiende también que la salvación es un don de la gracia de Dios, no adquirible, y que no hay obras humanas que intervengan en ella. Este don gratuito de Dios se ofrece a todos, pero no todos lo aceptan. La salvación está a disposición de todos, pero cada persona es libre de aceptar o rechazar el don de Dios. Es una decisión que Dios deja que los seres humanos tomen libremente. No se considera que dicha decisión sea una obra que otorgue méritos para la salvación.

William Lane Craig esgrime el siguiente argumento con respecto a nuestra facultad de libre elección:

Juan 6:65[7] significa que nadie puede llegar a Dios por sus propios medios, sin la gracia divina. Eso, sin embargo, de ningún modo sugiere que quienes rehusaron creer en Cristo no lo hicieran por propia voluntad. [...] No es culpa de Dios que algunas personas se resistan libremente a la gracia y a todo esfuerzo de Dios por salvarlas; más bien, al igual que Israel, no alcanzan la salvación porque se niegan a tener fe[8].

Reprobación

La tradición reformada sostiene que desde antes de la fundación del mundo Dios eligió a los que recibirían la salvación. Escogió además a quienes no se salvarían. Es lo que se conoce como la doctrina de la reprobación.

Hay quienes dirían que este concepto presenta a Dios como un ser injusto e inclemente. La tradición reformada entiende que Dios no tiene obligación alguna de salvar a nadie que peque; mas por Su amor y misericordia ha elegido salvar a algunos, los predestinados por Él para la salvación.

La doctrina establece que la reprobación es la decisión soberana de Dios, previa a la creación, de pasar por alto a algunas personas y con tristeza no salvarlas, sino castigarlas por sus pecados, y de ese modo manifestar Su justicia[9].

La posición arminiana no refrenda la doctrina de la reprobación. Sus partidarios sostienen que la salvación está al alcance de todos y que, si bien la presciencia de Dios le permite saber quiénes la aceptarán y quiénes la rechazarán, cada individuo —y no Dios— es quien decide.

¿Por quiénes murió Jesús?

Esta discrepancia entre credos se traslada a la obra de salvación de Jesús. Surge la pregunta: ¿murió Jesús por los pecados de todos o solo por los de los predestinados a la salvación?

La posición reformada señala que Jesús murió por los pecados de los elegidos, que hubo una expiación limitada o una redención particular, y que no murió por los pecados de todos. El credo arminiano por su parte sostiene que hubo una expiación ilimitada y una redención general, que Jesús murió por los pecados de todos, si bien la expiación, que está a disposición de todos, no es aceptada por todos a causa del libre albedrío.

Reproduzco enseguida algunos versículos que los cristianos reformados emplean para asegurar que Jesús murió únicamente por los predestinados:

El buen pastor su vida da por las ovejas. [...] Yo soy el buen pastor y conozco Mis ovejas, y las Mías me conocen, así como el Padre me conoce y Yo conozco al Padre; y pongo Mi vida por las ovejas[10].

La tradición reformada postula que las personas por las que Jesús sacrificó Su vida son Sus ovejas, que lo conocen porque fueron predestinadas para conocerlo. Los demás no son Sus ovejas. Él no los conoce y no puso Su vida por ellos.

La interpretación de los siguientes versículos dentro del pensamiento reformado es que Jesús sabía que había personas que el Padre le había dado y que estaban predestinadas para la salvación, mientras que otras no.

Todo lo que el Padre me da, vendrá a Mí, y al que a Mí viene, no lo echo fuera. He descendido del cielo, no para hacer Mi voluntad, sino la voluntad del que me envió. Y la voluntad del Padre, que me envió, es que no pierda Yo nada de todo lo que Él me da, sino que lo resucite en el día final[11].

Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me diste, porque Tuyos son[12].

El siguiente verso se emplea para argumentar que Cristo se entregó por la Iglesia —o sea, por los creyentes—, con la inferencia de que no murió por quienes no creen.

Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia y se entregó a Sí mismo por ella[13].

Basándose en estos y otros versículos, la posición reformada plantea que Jesús murió por ciertas personas, concretamente por las que se salvarían, a las que Él vino a redimir; y que Jesús ya conocía a cada una de ellas y las tenía consideradas individualmente para Su obra expiatoria[14].

Los que abrazan la posición arminiana y profesan una expiación universal o general basan su concepto de la expiación de Cristo en otros versículos que indican que Jesús experimentó la muerte por todos. Sostienen que murió por los pecados del mundo, para rescatar a todos, a cualquiera que crea en Él.

Vio Juan [el Bautista] a Jesús que venía a él, y dijo: «¡Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!»[15]

Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguien come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que Yo daré es Mi carne, la cual Yo daré por la vida del mundo[16].

Él es la propiciación por nuestros pecados, y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo[17].

Hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo hombre, el cual se dio a sí mismo en rescate por todos...[18]

Vemos a aquel que fue hecho un poco menor que los ángeles, a Jesús, coronado de gloria y de honra a causa del padecimiento de la muerte, para que por la gracia de Dios experimentara la muerte por todos[19].

La interpretación arminiana de estos versículos, con la cual coincido yo, es que Jesús murió por los pecados del mundo, es decir, por los de todos. Eso no quiere decir que toda la gente del mundo sea salva, ya que muchos indudablemente rechazan el ofrecimiento de la salvación. Significa más bien que la muerte de Jesús en la cruz hizo posible la salvación para todos los hombres.

Dios no quiere que nadie perezca; desea que todos reciban la salvación. En Su gran amor, misericordia y paciencia ha hecho posible la salvación mediante el sacrificio expiatorio de Jesús por «el mundo», por la humanidad, de manera que todo el que crea puede salvarse.

Esto es bueno y agradable delante de Dios, nuestro Salvador, el cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad[20].

El Señor no retarda Su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento[21].

La expiación es universal en cuanto a la actitud divina y Su deseo de que nadie perezca, y en cuanto a la gracia salvadora dispensada mediante el sacrificio de Jesús. Sin embargo, no todos creen o aceptan, por lo que la expiación, el perdón de pecados y la vida eterna no se les conceden a todos. Se otorgan a los que creen.

El teólogo Jack Cottrell lo explica de este modo:

La gracia de Dios tal como aparece dentro de Su propia naturaleza, expresada en el deseo de conceder perdón a los pecadores, es de alcance universal. Es verdad que este don no se le dispensa sino a individuos particulares; la limitación, no obstante, es consecuencia de la elección de la persona y no la de Dios. Fue Dios quien optó por crear al hombre con relativa independencia y con relativa potestad para elegir. Él no impone Sus propios deseos al hombre, sino que respeta la integridad del libre albedrío con el que dotó a los portadores de Su imagen en el momento de la creación. El motivo por el que algunos reciben la gracia y otros no es que algunos la rechazan por su propia y libre voluntad y otros la aceptan también por su libre voluntad. Esto significa que la recepción misma de la gracia es condicional; a saber, está condicionada a la voluntad de aceptarla que tenga la persona[22].

J. Rodman Williams escribió:

Dios anhela que sean salvos [...] y Jesucristo murió por todos. Es censurable hablar de una expiación limitada, es decir, que Cristo murió solamente por quienes Dios eligió para salvación. Cristo no vino al mundo para salvar a algunos y condenar a otros, sino para salvar a todos. La única barrera existente es la incredulidad del hombre: «Esta es la causa de la condenación: que [...] la humanidad prefirió las tinieblas» (Juan 3:19, NVI). De ahí que sea general el llamado del amor de Dios que se proyecta hacia toda persona y las acogería a todas. Él no tiene ningún objetivo secreto, no es que haya decidido salvar a algunos y reprobar o dejar de lado a otros. No hay muerte predestinada. La destrucción nunca está en los designios de Dios. Quienes no crean pasarán a las tinieblas; sin embargo, no es ese el deseo de Dios. Terminarán allí, no porque Él no los escogiera desde la fundación del mundo, sino porque a pesar de Su gran amor y de Su acto de reconciliación, ellos optaron por no recibirlo con fe[23].

Por más que admiro a muchos teólogos reformados y opino que tienen razón y exhiben sólidos argumentos en muchos aspectos de la doctrina y la fe cristiana, creo que en este tema están equivocados, y en este caso concuerdo con la posición arminiana.

A pesar de que existen ciertas diferencias de doctrina entre los cristianos reformados y los arminianos, todos, al igual que los demás cristianos, formamos parte del cuerpo de Cristo. Todos creemos que Dios ama a la humanidad, que todo el mundo necesita oír el mensaje del Evangelio por intermedio de cristianos dispuestos a transmitírselo. Al explicar las divergencias que existen con respecto a la salvación y la expiación, no estamos infiriendo que los arminianos sean mejores cristianos que los reformados, o viceversa. Aunque existen perspectivas teológicas contrarias, todos somos hermanos en Cristo, que lo amamos profundamente y deseamos que otros también reciban el don salvífico de Dios.

Dios ama a la humanidad. Por Su gran amor posibilitó que los seres humanos nos reconciliáramos con Él, fuésemos justificados delante de Él y tuviéramos la oportunidad de poseer la vida eterna, todo gracias al sacrificio de Su Hijo Jesús. Él ama a cada ser humano. Su Hijo murió por los pecados de cada individuo. Ha dotado a los seres humanos de la facultad y el libre albedrío para creer y aceptar la salvación o negarse a recibirla. Su deseo es que todos los hombres obtengan la redención; sin embargo, habiendo optado por crear a los seres humanos con la facultad de elegir libremente, no obliga a la gente a aceptar Su amor.

De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a Su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna[24].


[1] Cottrell, Jack: What the Bible Says About God the Ruler, Wipf and Stock Publishers, Eugene, 1984, p. 14.

[2] Grudem, Wayne: Teología sistemática: Una introducción a la doctrina bíblica, Vida, 2007, p. 328.

[3] Se abordó brevemente el tema de la predestinación en Lo esencial: Naturaleza y personalidad de Dios; La omnisciencia de Dios (2ª parte).

[4] Lo esencial: Naturaleza y personalidad de Dios; La omnisciencia de Dios (2ª parte).

[5] Grudem, Wayne: Teología sistemática: Una introducción a la doctrina bíblica, Vida, 2007, pp. 725,726.

[6] Grudem, Wayne: Teología sistemática: Una introducción a la doctrina bíblica, Vida, 2007, p. 711.

[7] [Jesús] dijo: «Por eso os he dicho que ninguno puede venir a Mí, si no le es dado del Padre» (Juan 6:65).

[8] Craig, William Lane: El molinismo y Romanos 9.

[9] Grudem, Wayne: Teología sistemática: Una introducción a la doctrina bíblica, Vida, 2007, p. 718.

[10] Juan 10:11,14,15.

[11] Juan 6:37–39.

[12] Juan 17:9.

[13] Efesios 5:25.

[14] Grudem, Wayne: Teología sistemática: Una introducción a la doctrina bíblica, Vida, 2007.

[15] Juan 1:29.

[16] Juan 6:51.

[17] 1 Juan 2:2.

[18] 1 Timoteo 2:5,6.

[19] Hebreos 2:9.

[20] 1 Timoteo 2:3,4.

[21] 2 Pedro 3:9.

[22] Cottrell, Jack: What the Bible Says About God the Redeemer, Wipf and Stock Publishers, Eugene, 1987, pp. 382,383.

[23] Williams, J. Rodman: Renewal Theology, Systematic Theology from a Charismatic Perspective, Zondervan, Grand Rapids, 1996, p. 20.

[24] Juan 3:16.

Traducción: Gabriel García V. y Jorge Solá.