Luz al final del valle

Septiembre 1, 2012

Enviado por María Fontaine

¿Alguna vez has enfrentado una situación que parecía no tener remedio; que a tu juicio no había forma de salir de las dificultades en que te encontrabas y todo parecía perdido? O tal vez ahora mismo te encuentras en una circunstancia aparentemente imposible y que parece que seguirá así por mucho tiempo, y no se ve ninguna esperanza.

Tal vez te parezca que nadie está contigo y que nadie pasa por esas circunstancias tan intensas, horribles y dolorosas; te da la impresión de que te encuentras en medio de un cerco, sin un lugar a donde correr. Te parece que no oyes que Dios te habla y que nada parece indicar que Él esté presente.

Tal vez sea provechoso recordar que personas muy conocidas —quienes enfrentaron gran adversidad— se han sentido así. Si crees que voy a decirte que a esas personas les fue bastante fácil y que pasaron por esas experiencias con gran gozo y victoria en su corazón, pues no, no lo haré, porque eso no fue lo que sucedió.

A continuación daré unos ejemplos de hombres de la Biblia que sufrieron enormemente. Se nos han dado vislumbres de lo que pasaron, pero unas cuantas palabras en una página pueden expresar poco de la enormidad de las batallas y dificultades que debieron enfrentar.

Todos conocemos el caso de Job. No vendría mal volver a leer los vívidos relatos de las experiencias de Job. La angustia y aflicción de Job fueron tan grandes que con amargura culpó a Dios hasta por permitir que naciera. Llegó al extremo de rogar a Dios que le quitara la vida.

Abraham es otro hombre que apenas podía soportar el terrible dolor cuando Dios le pidió que enviara lejos a Ismael, su primogénito. Es doloroso siquiera pensar en la agonía indescriptible por la que pasó al enfrentar el sacrificio de Isaac, el hijo que era su esperanza, el hijo de la promesa, el que perpetuaría el linaje de la familia, el que los sustentaría en su vejez, y a quien amaba tanto.

Me imagino que Moisés se desanimó mucho (por no decir algo peor) cuando el pueblo por el que entregaba la vida se volvió en su contra, fue vengativo y crítico, y constantemente encontraba faltas, lo acosaba con sus quejas y lo asediaba con abuso verbal. Le lanzaron graves acusaciones, repetidamente lo acusaron de haberlos llevado al desierto para matarlos, hasta que llegó al punto en que Moisés clamó a Dios con fervor: «¿Qué haré? Poco falta para que me apedree este pueblo.»

David perdió varios hijos, perdió su reino, perdió su salud y perdió toda una serie de batallas contra sus enemigos. Intenta imaginarte el tormento y el trauma que debió soportar por largos períodos. Probablemente conoces algunos de sus sentimientos de congoja y desesperación que quedaron registrados en los Salmos que él escribió. Escucha este: «¿Nos rechazará el Señor para siempre? ¿No volverá a mostrarnos Su buena voluntad? ¿Se habrá agotado Su gran amor eterno, y Sus promesas por todas las generaciones? ¿Se habrá olvidado Dios de Sus bondades, y en Su enojo ya no quiere tenernos compasión?»[1] Parece que David ya no sabía qué hacer.

A mi juicio, Jeremías debe haberse sentido muy desanimado. ¿Qué situación podría haber sido peor que esta?: Personas muy influyentes conspiraron para asesinarlo. Fue rechazado, se burlaron de él y lo despreciaron, lo encarcelaron y lo arrojaron a un pozo que no contenía agua, solo fango profundo en el que se hundía. Gracias a Dios, ¡pues ese habría sido el fin de Jeremías! Así que siempre hay algo por lo cual alabar a Dios. Sin embargo, tengo la sensación de que debe haber pasado por una depresión grave debido a ese incidente, algo más profundo que el hoyo al que lo arrojaron y el fango en el que se ensució.

¡Y José! ¡Pobre José! Debe haber enfrentado un desánimo intenso y épocas de depresión; al fin y al cabo, sus propios hermanos lo vendieron como esclavo, eso es algo que no se descarta a la ligera. Pero luego, en cuanto la situación empezó a mejorar, bueno, ya conocen la historia. Lo encarcelaron injustamente, sin esperanza de salir en libertad. Era una situación desesperada, crítica, imposible.

Es evidente que Pedro estaba listo para renunciar a su llamamiento después de que negó a Jesús. Medita un poco acerca de ese tema; en los sentimientos que conlleva una situación como esa. Tras haber negado que conociera a su Salvador, ¿querría presentarse de nuevo en público, y cómo iba a confiar la iglesia primitiva en él como líder?

Incluso Pablo, que principalmente trató de presentar sus victorias en las misivas de ánimo dirigidas a las iglesias, a veces se sintió desesperanzado y abatido. Aunque en 2 Corintios 4:8 Pablo expresó lo siguiente, en un versículo muy conocido: «estamos atribulados en todo, pero no angustiados; en apuros, pero no desesperados», por lo visto esos eran sus buenos momentos, o al menos los mejores momentos. Escuchen el otro lado de la situación, cuando Pablo dijo: «Quiero, hermanos, que tengan cumplida información de las dificultades por las que he tenido que pasar en la provincia de Asia. Me vi abrumado de tal modo y tan por encima de mis fuerzas, que hasta perdí la esperanza de seguir viviendo»[2]. Pone de manifiesto que podemos tener fe en Jesús incluso cuando la situación sea tan grave que nos parezca que nos va a costar la vida.

Esos son algunos de los grandes hombres de Dios. Si pasaron por una angustia tan terrible en su vida dedicada a Dios, ¿por qué deberíamos pensar que es extraño que los hijos de Dios de la actualidad tengan épocas de desolación y hasta de desesperanza en las que no logran ver nada bueno en su vida? No pueden ver las recompensas. No pueden ver las promesas. En muchos casos, solo parece un fracaso.

En algún momento, todos pasamos por el valle del llanto y duelo. David lo describió como el valle de lágrimas, un valle de llanto y lamentaciones[3].

Lo principal es que pasamos por ese valle; y al hacerlo podemos, como dice en la Biblia, cambiarlo en fuente. Se puede convertir en un lugar donde hay un manantial o fuente refrescante.

En los dos versículos anteriores, David dice que quien alaba a Dios encuentra fuerzas en Él, que si en su corazón están los caminos de Dios, al pasar por ese valle de lágrimas, lo convierte en fuente[4]. Tenemos la tendencia a equiparar la alabanza a Dios con algo que hacemos cuando nos sentimos bien, felices, contentos. Sin embargo, algo que aquellos hombres de fe tienen en común es que no dejaron de alabar a Dios en medio de su sufrimiento, cuando pasaron por su valle de lágrimas. No cantaban alegremente cancioncitas de alabanza. Estaban desesperados.

En algunos casos, el desánimo o sufrimiento que soportaron fue tan intenso que todo lo que podían hacer era clamar a Dios por Su misericordia. No obstante, incluso eso fue una alabanza, porque reconocían que Dios estaba al mando de todo y que tenían fe en Su misericordia y poder para librar.

En el texto original, el versículo 6 nos cuenta un bello secreto. Según la concordancia Strong, la frase que se tradujo como «la lluvia llena los estanques» en el hebreo original también se puede traducir como «el Maestro (refiriéndose a Dios, el gran Maestro) cubre de bendiciones». ¡Qué bella interpretación! Y muy adecuada.

Así pues, cuando pasamos por ese valle de lágrimas, sufrimiento y penurias, y no dejamos de alabar al Señor, logramos pasar por ese valle desolado, de sufrimiento, y llegamos a un manantial refrescante donde nuestro Maestro nos cubre de bendiciones.

El agua que se convierte en fuente refrescante puede hacer que la travesía de nuestra vida —que de otro modo sería sombría y triste— se convierta en gozo; que nuestro lamento se convierta en baile, y darnos consuelo y belleza[5]. Y más adelante, cuando ya hayamos pasado por el valle, podemos mirar en retrospectiva con gratitud, dándonos cuenta de que esas cosas nos han enriquecido la vida y la han mejorado. Nuestro gran Maestro nos habrá envuelto en bendiciones valiosísimas de crecimiento espiritual; y nos habrá dado un entendimiento más profundo de Él y un corazón que se parezca más y más al Suyo.


[1] Salmo 77:7–9; NVI.

[2] 2 Corintios 1:8. La Palabra (Hispanoamérica) (BLPH)

[3] Salmo 84:6.

[4] Salmo 84:4–5.

[5] Salmo 30:11.

Traducción: Patricia Zapata N. y Antonia López.