Parábolas de Jesús: El patrón compasivo, Mateo 20:1–16

Marzo 11, 2014

Enviado por Peter Amsterdam

Duración del video: 22:37

Descargar archivo de video: Alta resolución (62MB) Baja resolución (129MB)

Duración del audio:22:32

Descargar archivo de audio (21.6MB)

(Es posible que para descargar los videos en tu computadora tengas que hacer clic con el botón derecho sobre los enlaces y seleccionar «Guardar enlace como» o «Guardar destino como».)


La parábola del patrón compasivo —o, como se la suele llamar, de los obreros de la viña— es un relato que contó Jesús para mostrar diversos aspectos de la naturaleza y personalidad de Dios: Su amor, misericordia y compasión —que quedan claramente de manifiesto en la salvación— y la constancia con que cuida y premia a quienes lo aman y sirven.

Esta parábola, como otras que contó Jesús[1], empieza con las palabras: «El reino de los cielos es semejante a…» Esa frase indica al oyente que Jesús se dispone a dar información sobre Dios y Su forma de ser, y sobre la perspectiva que deben tener los que viven en Su reino y someten su vida a Su autoridad. Echemos, entonces, un vistazo a lo que dice Jesús.

El reino de los cielos es semejante a un hombre, padre de familia, que salió por la mañana a contratar obreros para su viña[2].

El término padre de familia aparece traducido como propietario o hacendado en otras versiones de la Biblia. En la Palestina del siglo I, muchos propietarios de casas cultivaban las tierras cercanas. El de este relato tenía una viña grande, por lo que necesitaba contratar más trabajadores en las temporadas de labor intensa, por ejemplo durante la vendimia.

Necesitando más peones que trabajaran para él por un breve espacio de tiempo, el patrón fue a la plaza, donde se reunían los jornaleros con la esperanza de que alguien se presentara a ofrecerles trabajo aunque fuera por un solo día. La vida de los jornaleros en aquel entonces no era nada fácil. No tenían estabilidad laboral. El día que no encontraban trabajo, no ganaban nada. Cada noche regresaban a su casa, bien con la alegría de haber conseguido lo suficiente para dar de comer a su familia, bien con las manos vacías. Para encontrar trabajo se paraban en la plaza del pueblo, a fin de que todo el mundo los viera y supiera que estaban desempleados. Eso resultaba humillante; pero para que su familia pudiera subsistir era vital que los contrataran y les pagaran. Los jornaleros estaban en lo más bajo de la escala económica, tanto así que las Escrituras mandaban que se les pagara al final de cada día, ya que necesitaban el dinero para sobrevivir.

Deuteronomio 24:14,15 dice:

No explotarás al jornalero pobre y necesitado […]. En su día le darás su jornal, y no se pondrá el sol sin dárselo; pues es pobre, y con él sustenta su vida. Así no clamará contra ti al Señor, y no serás responsable de pecado[3].

El dueño de la viña salió muy de mañana a contratar peones que trabajaran todo el día para él. Escogió a varios y negoció con ellos el salario que les pagaría por la jornada de trabajo. Como la gente no tenía relojes, la jornada laboral de un obrero empezaba al amanecer y terminaba cuando aparecía la primera estrella en el firmamento; es decir, era de aproximadamente 12 horas.

Habiendo convenido con los obreros en un denario al día, los envió a su viña[4].

En aquel tiempo, un denario era lo que se solía pagar por una jornada de trabajo. No era una gran paga, pero era suficiente para sustentar a una familia. Los peones aceptaron trabajar por esa suma y probablemente tenían la esperanza de que al final del día les pedirían que regresaran a la mañana siguiente. Y con eso se fueron a la viña, contentos de que aquella noche tendrían dinero que llevar a su casa.

El relato prosigue con el regreso a la plaza del dueño de la finca con el fin de contratar más obreros.

Saliendo cerca de la hora tercera del día, vio a otros que estaban en la plaza desocupados y les dijo: «Id también vosotros a mi viña, y os daré lo que sea justo». Y ellos fueron[5].

La segunda vez que el hacendado fue a la plaza era media mañana, hacia las nueve. Al llegar, se encontró con que había hombres que todavía estaban esperando a que los contrataran para el día. Escogió y contrató a algunos y los envió a su viña. Pero con ellos no negoció un jornal, sino que les dijo que les pagaría lo debido, es decir, que sería justo a la hora de remunerar su trabajo. Los peones le creyeron, lo cual da a entender que era un hombre de confianza, respetado en la comunidad.

Salió otra vez cerca de las horas sexta y novena, e hizo lo mismo[6].

Al mediodía y de nuevo a las tres de la tarde volvió a la plaza, y cada vez contrató a algunos hombres más. No se menciona que el propietario les dijera cuánto les iba a pagar.

Un rato después vuelve a la plaza, por quinta vez, cuando ya solo queda una hora de luz.

Y saliendo cerca de la hora undécima, halló a otros que estaban desocupados y les dijo: «¿Por qué estáis aquí todo el día desocupados?» Le dijeron: «Porque nadie nos ha contratado». Él les dijo: «Id también vosotros a la viña»[7].

Uno se puede imaginar lo desesperados por trabajar que debían de estar esos hombres, y lo desalentador que debía de haber sido para ellos pasarse todo el día en la plaza con la expectativa de que los contrataran y no haber conseguido nada. Si no hubieran estado resueltos a encontrar trabajo, no habrían estado todavía esperando en la plaza. En un rato más ya iban a tener que volver a su casa con las manos vacías.

Cuando el amo de la finca les preguntó por qué estaban todavía allí, respondieron que nadie los había contratado. Así que los envió a la viña. No se indica qué remuneración iban a recibir por una sola hora de trabajo esos obreros contratados en la hora undécima. A lo mejor se imaginaron que si aceptaban ir a esa hora, por muy poco que se les pagara, el propietario quizá los contrataría para el día siguiente. Poco después terminó la jornada y llegó el momento de pagar a los peones.

Cuando llegó la noche, el señor de la viña dijo a su mayordomo: «Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando desde los últimos hasta los primeros»[8].

Aquí sale a la luz un dato sorprendente. El propietario tiene un capataz, un administrador, alguien que se encarga de dirigir la finca. Eso inmediatamente debió de suscitar en la mente de los primeros oyentes la pregunta: cómo es que era el dueño, y no el capataz, quien contrataba a los trabajadores. Los propietarios que tenían un administrador no solían ocuparse del manejo diario de la finca, ni se molestaban en ir cinco veces al día a la plaza para contratar jornaleros. Es más, ¿cómo es que el patrón no contrató suficientes trabajadores por la mañana en vez de ir cinco veces a la plaza a lo largo del día?

Hay que tener en cuenta que Jesús está contando una parábola, no una historia real. En la parábola, el dueño de la finca contrata personalmente a los obreros a cinco horas distintas del día porque eso le facilita a Jesús la transmisión del mensaje que quiere comunicar, como veremos más adelante.

A los primeros oyentes también debieron de intrigarles las curiosas instrucciones que el propietario da al capataz sobre la forma de pagar a los trabajadores. En efecto, le dice que pague primero a los últimos que fueron contratados, y que pague en último lugar a los primeros. Como veremos, el hecho de pagarles en ese orden causa algunos problemas.

Llegaron los que habían ido cerca de la hora undécima y recibieron cada uno un denario. Al llegar también los primeros, pensaron que habían de recibir más, pero también ellos recibieron cada uno un denario[9].

Bien sabemos que las parábolas incluyen pocos detalles, y en esta solo se menciona lo que se les pagó a los primeros y a los últimos en ser contratados. Se sobreentiende que todos los demás peones, independientemente de cuánto trabajaran ese día, recibieron el salario correspondiente a un día completo, un denario. Cuando los que habían trabajado toda la jornada se dieron cuenta de que los que solo habían hecho una hora de trabajo recibían la paga completa, se imaginaron que a ellos se les daría más. Desde su punto de vista, eso era lógico. Sin embargo, recibieron un denario, como todos los demás.

Si el dueño de la finca hubiera pagado primero a los que habían trabajado todo el día, estos se habrían marchado y no se habrían enterado de la paga de los demás. Todos se habrían ido felices a su casa. En cambio, los que fueron contratados primero se sintieron estafados porque vieron que los que solo habían trabajado una doceava parte del día recibían la paga correspondiente a una jornada completa. En aquel tiempo circulaba una moneda llamada pandion[10] que equivalía a un doceavo de denario. Es de imaginar que los que habían estado el día entero trabajando consideraran que los que habían trabajado tan poco tiempo no se merecían más de un pandion; o que si el patrón quería ser justo, debería pagarles a ellos mucho más. Y no dudaron en comunicarle al propietario cómo se sentían.

Y al recibirlo, murmuraban contra el padre de familia, diciendo: «Estos últimos han trabajado una sola hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos soportado la carga y el calor del día»[11].

Les molesta que se les pague lo mismo o que se los ponga al mismo nivel que a los que solo han trabajado una hora. Se quejan y argumentan que el patrón no tiene en cuenta las horas que trabajaron, ni el hecho de que ellos lo hicieron en la parte más calurosa del día. Acusan de parcial al propietario, consideran injusto el trato que les ha dado.

Tras escuchar esa acusación, el patrón responde a uno de ellos, probablemente dirigiendo sus comentarios al portavoz del grupo.

Él, respondiendo, dijo a uno de ellos: «Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No conviniste conmigo en un denario?»[12]

La palabra amigo en este pasaje es traducción del vocablo griego hetairos, que aparece también en otros dos versículos de Mateo: el primero cuando un hombre llega a una fiesta de boda sin estar vestido para la ocasión, y por consiguiente lo echan de la fiesta; y la segunda cuando Jesús llama amigo a Judas en el momento en que este lo está traicionando[13]. El hecho de que el dueño de la finca llame amigo al jornalero no es ningún halago.

A la pregunta del patrón solo puede responderse afirmativamente, puesto que un denario fue la cantidad exacta que los obreros aceptaron como paga por un día entero de trabajo. Puesto que el propietario les entregó esa cantidad, cumplió su promesa.

Como suele suceder con las parábolas, el mensaje que quiere dar Jesús queda claro al final, cuando el propietario dice:

«Toma lo que es tuyo y vete; pero quiero dar a este último lo mismo que a ti. ¿No me está permitido hacer lo que quiero con lo mío? ¿O tienes tú envidia, porque yo soy bueno?»[14]

En versiones como la Reina-Valera 1909, la Nueva Biblia de los Hispanos (NBLH), la Nueva Biblia de Jerusalén (NBJ) y otras, la frase: «¿Tienes tú envidia porque yo soy bueno?» viene traducida: «¿Es tu ojo malo porque yo soy bueno?» Esa es una traducción literal del texto griego, que reproduce una expresión hebrea. Cierto autor lo explica de la siguiente manera:

La respuesta del patrón magnánimo alude a las expresiones hebreas «ojo malo» y «ojo bueno», para indicar el fuerte contraste entre una persona generosa y bondadosa y una tacaña y egoísta. La persona desprendida, que tiene un «ojo bueno», está motivada por el deseo de ayudar a los demás y ver satisfechas sus necesidades. A la persona egoísta, en cambio, la consume un solo interés: lo suyo[15].

Los peones que estuvieron todo el día trabajando no entendieron que el dueño de la finca quería ser generoso con los necesitados. No se alegraron por la buena fortuna de los que fueron contratados más tarde a lo largo del día. Estaban pensando egoístamente en sí mismos y les pareció injusto el trato que les dio el patrón.

El amo les preguntó si no tenía derecho a hacer lo que quisiera con lo suyo. Él había decidido dar de lo suyo a los necesitados. A continuación les preguntó si les molestaba su generosidad, si envidiaban los favores que había concedido a los demás.

Bajo casi cualquier criterio, el comportamiento del patrón se consideraría injusto. Pero la cosa es que él no actuó conforme a las normas habituales. Fue justo por el hecho de que cumplió su promesa de pagar lo convenido. No privó de nada a los que aceptaron trabajar a cambio de esa paga. Si a ellos se les hubiera pagado primero y no hubieran sabido lo que se les pagaba a los demás, habrían vuelto a su casa con la cabeza erguida, contentos de tener su jornal en el bolsillo.

Pero ¿y los otros jornaleros? Ellos también tenían familias que mantener. Ellos también necesitaban volver a su casa con la cabeza erguida, y de esa manera podrían hacerlo. No se merecían la paga de un día entero porque no habían trabajado todo el día. No obstante, por la generosidad del patrón se les dio lo que no se merecían. El dueño de la finca fue justo y además compasivo.

Esta parábola presenta cómo es Dios. Él es justo y cumple Sus promesas. También está lleno de misericordia. Ser misericordioso no tiene nada que ver con ser justo. No es dar a cada cual exactamente lo que se ha ganado o lo que se merece. Es actuar con amor. Es dar a quien no se lo merece, que es precisamente la esencia del amor, la gracia y la salvación que Dios nos ofrece.

Dios no está limitado por lo que los seres humanos consideramos justo. Si fuera así, no habría esperanza de salvación, ni perdón de los pecados. Si solo se nos diera lo que nos merecemos, todos estaríamos perdidos. Sin embargo, al igual que los obreros que no se merecían una paga completa, somos beneficiarios de la generosidad, compasión, misericordia y gracia de Dios por medio de la salvación.

Un autor conjetura que la razón por la que el dueño de la viña fue tantas veces a la plaza no es que le hicieran falta más jornaleros, sino que sabía que había hombres que buscaban trabajo y necesitaban ayuda. No es que quisiera que se ocuparan de sus vides o le recogieran las uvas, sino que lo hizo porque se compadeció de los hombres y sus familias.

Lo hermoso de esta parábola es que por la compasión y generosidad del propietario —el patrón—, todos obtuvieron lo que necesitaban. No era cuestión de pagar a unos de más y a otros de menos. Era cuestión de obrar con amor, de cubrir ciertas necesidades.

A mi modo de ver, esta parábola describe de una forma muy bella el llamado a la salvación que nos hace Dios. Algunos reciben el llamamiento, o la oportunidad, en la primera etapa de su vida; otros, más tarde; y otros más, en su lecho de muerte. Dios, al igual que el propietario, vuelve una y otra vez a la plaza para ver quién hay, quién está listo y deseoso. Todos reciben la misma salvación, tanto el que accede pronto a ella como el que accede tarde.

Esta parábola nos lleva a entender mejor la salvación y el carácter amoroso y compasivo de Dios. También toca otros temas importantes. A nosotros, los oyentes, nos pide que examinemos nuestra actitud cuando vemos a Dios conceder a otros Su amor y bendiciones. Los jornaleros que trabajaron sin descanso en las horas de más calor recibieron la bendición de su jornal, una promesa que se respetó. A pesar de todo, se molestaron al ver que otros que no se habían esforzado tanto o por tanto tiempo recibían la misma bendición.

Es interesante que esta parábola se encuentre justo después de una pregunta que le hizo Pedro a Jesús sobre la recompensa que recibirían los discípulos por haberlo dejado todo para seguirlo[16]. Y poco después de la parábola está el incidente en que la madre de Santiago y de Juan le pregunta a Jesús si sus hijos podrán sentarse uno a Su derecha y otro a Su izquierda en Su reino, lo cual provoca el enojo de los demás discípulos[17]. Jesús entonces explica que el más grande de ellos debe servir a los demás[18].

Aparte de mostrarnos cuál es la naturaleza de Dios, la parábola también constituye un recordatorio para los salvos —y especialmente para los que sirven al Señor— de que la promesa de recompensa no debe llevarlos a especular sobre quién recibirá mayor galardón. La parábola muestra que el sistema divino de recompensas va mucho más allá de la percepción humana de justicia. Sus caminos, Sus pensamientos y Su modo de juzgar y premiar se hallan en un plano muy superior al nuestro. Él no se limita a contabilizar el número de horas que trabajamos, ni tampoco tiene solo en cuenta la dificultad de la labor. Como escribió cierto autor:

De la misma manera que nadie debe sentir envidia cuando un hombre bueno va más allá de la justicia y se muestra generoso con los pobres, tampoco debe sentir nadie envidia por causa de la bondad y misericordia de Dios, como si Sus recompensas se ajustaran a puros cálculos[19].

Otras parábolas mencionan grados de recompensas, pero esta no aborda ese tema. Independientemente de cuándo se inicie la vida o servicio cristiano de una persona, se la recompensa. En esta parábola vemos que Dios es por una parte justo y por otra pródigo. Los que llegaron tarde recibieron mucho más de lo que esperaban. Unos versículos antes Jesús dice:

Cualquiera que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por Mi nombre, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna[20].

De manera que los que trabajen en las horas de más calor recibirán de Dios esta justa recompensa. Él será justo y generoso con todos los que acudan a Él.

Aplicando la parábola a los obreros del Señor de la era actual, cierto autor dijo:

Los discípulos modernos de Jesús deben entender las recompensas celestiales de la misma manera. Recibiremos un galardón por el simple hecho de que Dios nos ha llamado a trabajar para Él. Podemos contar con que Él será justo, considerado y generoso con nosotros, tanto si lo hemos servido toda la vida como si solo lo hemos hecho durante un breve espacio de tiempo, por habernos convertido en Sus discípulos ya de mayores[21].

Aparte de hablar de recompensas y de la generosidad divina, esta parábola expone ciertos principios que podemos aplicar a diario. Envidiar las bendiciones o el éxito ajeno, o resentirse por lo bien que Dios cuida de los demás y satisface sus necesidades, es caer en la actitud de los que se molestaron por la generosidad del dueño de la viña. Eso no es propio del reino de Dios. En vez de ponernos envidiosos, debemos alegrarnos de lo generoso y misericordioso que es Dios. Debemos gozarnos con aquellos que reciben bendiciones de Él[22].

Algo más que conviene tener presente es que, al igual que el amo de la viña, Dios puede bendecir a quien quiera, y por motivos muy Suyos. Puede parecernos incomprensible que conceda abundantes bendiciones a alguien que a nuestro modo de ver se las merece bien poco, mientras nosotros y otras personas que consideramos mucho más merecedoras o incluso necesitadas pasamos numerosos apuros y dificultades. Ciertas situaciones pueden parecernos arbitrarias e injustas. En tales casos, viene bien recordar que el Señor es amoroso, compasivo y justo. Aunque no entendamos todo lo que Él hace, debemos responder manifestando confianza en Él. En esta vida tenemos una comprensión limitada de lo que Dios es y hace. No nos es posible comprender todas Sus formas de actuar; pero en la otra vida lo veremos mucho más claramente. Lo que no entendemos ahora lo entenderemos entonces; y cuando lo entendamos, desde luego nos quedaremos abrumados por Su bondad, amor, sabiduría y justicia. Hoy nos toca confiar; mañana entenderemos y nos alegraremos.

Jesús nos pide que, en lo tocante a Dios y a las bendiciones y recompensas que Él concede, nos olvidemos de nuestro concepto cerrado de lo que es justo. Pensemos que somos todos jornaleros llegados en la hora undécima. Siempre habrá alguien que ha hecho más que nosotros al servicio de Dios. Fijémonos en los apóstoles, en los mártires y en los numerosos hermanos cristianos que sirvieron al Señor en siglos anteriores, o que lo sirven a la par que nosotros hoy en día.

Debemos maravillarnos de que Dios nos ame y acepte a todos, no por lo que hacemos, sino por ser Él quien es. No nos salvó por motivo de nuestras obras, sino por Su amorosa gracia. No fue a causa de nuestros esfuerzos, sino por Su misericordia. Ninguno de nosotros podría merecerse Su amor, Sus bendiciones o Sus recompensas. Nuestro generoso y compasivo Padre nos ha dado a todos mucho más de lo que nos merecemos. Y siempre que sea posible, en nuestro trato con los demás debemos procurar emular Su amor y compasión.


El patrón compasivo, Mateo 20:1–16

1 »El reino de los cielos es semejante a un hombre, padre de familia, que salió por la mañana a contratar obreros para su viña.

2 Y habiendo convenido con los obreros en un denario al día, los envió a su viña.

3 Saliendo cerca de la hora tercera del día, vio a otros que estaban en la plaza desocupados

4 y les dijo: “Id también vosotros a mi viña, y os daré lo que sea justo.” Y ellos fueron.

5 Salió otra vez cerca de las horas sexta y novena, e hizo lo mismo.

6 Y saliendo cerca de la hora undécima, halló a otros que estaban desocupados y les dijo: “¿Por qué estáis aquí todo el día desocupados?”

7 Le dijeron: “Porque nadie nos ha contratado.” Él les dijo: “Id también vosotros a la viña, y recibiréis lo que sea justo.”

8 »Cuando llegó la noche, el señor de la viña dijo a su mayordomo: “Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando desde los últimos hasta los primeros.”

9 Llegaron los que habían ido cerca de la hora undécima y recibieron cada uno un denario.

10 Al llegar también los primeros, pensaron que habían de recibir más, pero también ellos recibieron cada uno un denario.

11 Y al recibirlo, murmuraban contra el padre de familia,

12 diciendo: “Estos últimos han trabajado una sola hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos soportado la carga y el calor del día.”

13 Él, respondiendo, dijo a uno de ellos: “Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No conviniste conmigo en un denario?

14 Toma lo que es tuyo y vete; pero quiero dar a este último lo mismo que a ti.

15 ¿No me está permitido hacer lo que quiero con lo mío? ¿O tienes tú envidia, porque yo soy bueno?”

16 Así, los primeros serán últimos y los últimos, primeros, porque muchos son llamados, pero pocos escogidos.»


Notas

A menos que se indique otra cosa, todos los versículos de la Biblia proceden de la versión Reina-Valera, revisión de 1995, © Sociedades Bíblicas Unidas, 1995. Utilizados con permiso.


[1] Mateo 13:31,33,44,45,47; Lucas 6:47–49, 7:31,32, 13:18–21.

[2] Mateo 20:1.

[3] También: «No oprimirás a tu prójimo ni le robarás. No retendrás el salario del jornalero en tu casa hasta la mañana siguiente» (Levítico 19:13).

[4] Mateo 20:2.

[5] Mateo 20:3,4.

[6] Mateo 20:5.

[7] Mateo 20:6,7.

[8] Mateo 20:8.

[9] Mateo 20:9,10.

[10] T. W. Manson, The Sayings of Jesus (Grand Rapids: William B. Eerdmans, 1979), 220.

[11] Mateo 20:11,12.

[12] Mateo 20:13.

[13] Mateo 22:12, 26:50.

[14] Mateo 20:14,15.

[15] Brad H. Young, Jesus the Jewish Theologian (Grand Rapids: Baker Academic, 1995), 136.

[16] Mateo 19:27.

[17] Mateo 20:20–24.

[18] Mateo 20:25–28.

[19] Arland J. Hultgren, The Parables of Jesus (Grand Rapids: William B. Eerdmans, 2000), 377.

[20] Mateo 19:29.

[21] Thomas L. Constable, Notes on Matthew, edición de 2013.

[22] Romanos 12:15.

Traducción: Jorge Solá y Antonia López.