Pentálogo de la autodisciplina

octubre 20, 2015

Enviado por Peter Amsterdam

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[Formula of Five: Self-discipline]

El perezoso desea y nada alcanza, mas los diligentes serán prosperados[1].

Hoy vamos a hablar de una virtud a menudo esquiva: la autodisciplina. Una definición de autodisciplina es: «capacidad de obligarse uno mismo a hacer cosas que se deben hacer». La mayoría queremos ser más disciplinados, porque sabemos que es esencial para disfrutar de una vida plena; pero resulta más bien irónico que haga falta cierta medida de autodisciplina para adquirir ese buen hábito.

La primera buena noticia es que la autodisciplina se aprende. Es como un músculo: cuanto más se ejercita, más aumenta de tamaño. Si no eres una persona particularmente disciplinada, consuélate pensando que hay muchos en tu misma situación. Pero puedes adquirir más autodisciplina.

Veamos, ¿de qué sirve la autodisciplina? ¿Qué beneficios tiene? No estamos interesados en cultivar la autodisciplina por puro gusto, porque la verdad sea dicha, no es especialmente divertida. Queremos y necesitamos autodisciplina porque queremos hacer progresos. Estoy seguro de que tienes una idea de algo que te gustaría que se hiciera realidad, algo que quieres lograr. Probablemente te has hecho una lista de metas que tienes que alcanzar para concretar tu idea. Y ya sabemos que las personas disciplinadas suelen tener más éxito: consiguen sus objetivos con mayor frecuencia y rapidez que los que tienen sistemáticamente dificultades para controlar su tiempo y su atención.

Cultivar la autodisciplina también te reporta beneficios personales: incrementa tu autoestima, te ayuda a alcanzar tus metas, te hace sentirte realizado, te da el convencimiento de que te estás esforzando al máximo, forma tu carácter y te permite disponer de más tiempo para lo que consideras importante.

A lo mejor sientes la necesidad de consagrarte más a la oración, seguir una rutina matinal, meditar con asiduidad, pasar ratos de calidad con tus hijos, invertir en tu matrimonio, dejar de consumir comida basura, hacer ejercicio con regularidad, realizar un curso de desarrollo personal o estudiar alguna materia, quizá reducir las horas que pasas viendo la TV o haciendo videojuegos, acostarte más temprano, o tal vez limitar el tiempo que dedicas a las redes sociales o cualquier otra cuestión que afecte tu vida cotidiana. ¿No te parece que a todos nos vendría bien ser más disciplinados?

Veamos, entonces, cinco principios prácticos de la autodisciplina.

Número 1: Practicar la gratificación aplazada.

O dicho de otro modo, estar dispuesto a esperar para obtener algo mejor. Es posible que hayas oído hablar de la prueba del marshmallow que se realizó a fines de los años 60. Fue un experimento que se hizo con un grupo de niños de cuatro años a quienes se les entregó un malvavisco y se les dijo que podían comérselo inmediatamente, aunque si eran capaces de esperar 15 minutos se les daría otro. Setenta por ciento de los niños se rindieron en menos de un minuto; solo treinta por ciento fueron capaces de esperar para obtener la segunda golosina. Estudios posteriores evaluaron al mismo grupo cuando ya estaban en la etapa final de la adolescencia y, en todos los casos, los que con cuatro años habían sido capaces de postergar su gratificación obtuvieron resultados superiores a los demás. Un artículo explica:

Las diferencias fueron asombrosas. Los que con cuatro años habían sido capaces de controlar sus impulsos y aplazar su gratificación, en la adolescencia eran más eficientes social e individualmente. Exhibían niveles más altos de asertividad, seguridad en sí mismos, formalidad y confiabilidad, y mayor capacidad para gestionar el estrés. Sorprendentemente, ¡su puntaje en el examen Scholastic Aptitude Test (SAT) estaba asimismo 210 puntos por encima que el del grupo de gratificación instantánea![2]

Ese estudio muestra el valor de tomar deliberadamente la decisión de postergar la realización inmediata de algo que uno quiere o disfruta porque es consciente de que hay algo más importante que tiene que hacer primero o en vez de la otra cosa. Se trata de un principio clave que debemos tener presente a diario cuando tomamos decisiones. Afortunadamente, es una cualidad cultivable. Solo es cuestión de proponérselo.

Para practicar la gratificación postergada es preciso tener amplitud de miras y fijar la vista en un objetivo a largo plazo. Se tiene que pensar en algo más que el presente. Hay que tener un plan, unas metas y unas medidas concretas para alcanzar el sueño que uno tiene. El deseo de materializar ese sueño lo faculta a uno para renunciar a algo ahora mismo en favor de otra cosa mejor que llegará más adelante. Por supuesto, a todos nos resulta más fácil y natural vivir para el presente y dejar que el día de mañana se resuelva solo. Hace falta disciplina para privarse de un placer inmediato con el fin de hacer una inversión en el futuro[3]. Como dijo alguien con mucho acierto: «La autodisciplina se cultiva. Exige conectar los actos de hoy a los resultados de mañana»[4].

La autodisciplina requiere por definición sacrificio. No viene fácil, no es divertida, pero es eficaz y necesaria.

Número 2: Depender de los hábitos, no de la fuerza de voluntad.

«La fuerza de voluntad es, en esencia, la capacidad de resistir tentaciones a corto plazo con el fin de alcanzar objetivos a largo plazo»[5]. Uno puede recurrir a la fuerza de voluntad para tomar una decisión que le cuesta o superar una situación difícil, por ejemplo para resistir las ganas de comerse un pedazo de torta, para animarse a ir al gimnasio o para meterse de lleno en un importante y temido trabajo que le han asignado. Un arranque de voluntad puede servir para vencer un obstáculo, pero es vital entender que se trata de un recurso limitado, que se puede llegar a agotar. Eso hace que no sea un recurso totalmente confiable, ya que solo ayuda hasta cierto punto. Lo que nos proporciona la constancia para ajustarnos cotidianamente a un plan, la regularidad que se requiere para hacer progresos, es la autodisciplina. La disciplina es lo que nos hace perseverar todos los días sin falta, aun cuando no tenemos ganas. Especialmente cuando no tenemos ganas. La disciplina es la aplicación deliberada de la facultad de elegir, una y otra y otra vez[6].

Thomas Huxley resumió en una frase el secreto del éxito: «Haz lo que debes hacer, cuando debas hacerlo, tengas o no ganas». Hay cientos de principios del éxito y miles de libros sobre el particular, pero un hombre que dedicó más de 50 años a estudiar el tema del éxito dijo sabiamente: «Sin autodisciplina, ninguno de [los demás principios del éxito] funciona»[7].

Jim Clemmer asevera:

«Una diferencia fundamental entre la gente que tiene éxito y la que malvive es la autodisciplina. Confucio escribió: “La naturaleza humana es siempre la misma; lo que separa a las personas son sus hábitos”. Las personas exitosas han adquirido la costumbre de hacer las cosas que la mayoría de la gente no quiere hacer»[8].

Veamos, entonces, una manera de maximizar nuestra autodisciplina. Tiene que ver con cultivar buenos hábitos.

Los hábitos son el cimiento de la autodisciplina. Muchos pequeños actos, repetidos una y otra vez, determinan nuestra personalidad, nuestro grado de éxito, nuestra salud espiritual, nuestra reputación, prácticamente todo. A pesar de que los hábitos que adquirimos ejercen una poderosa influencia en nuestra vida, con frecuencia no nos detenemos lo suficiente a evaluarlos. ¿Será que nos hacen bien? ¿Será que nos llevan por el rumbo que deseamos que siga nuestra vida?

Probablemente habrás oído decir que tardamos 21 días en adquirir una costumbre. De hecho, estudios recientes indican que la mayoría de los hábitos toman más bien unos 66 días en asentarse. Ya sabemos que adquirir una costumbre requiere atención, premeditación y esfuerzo. Pero una vez que nos acostumbramos, ese modo de actuar se vuelve fácil, casi espontáneo, y con el tiempo las costumbres bien asentadas se convierten en parte de nuestra forma de ser. Uno no tiene ni que pensar en hacer tal cosa, simplemente la hace. Y ese es el secreto. Nos interesa adquirir deliberadamente costumbres que nos ayuden y apoyen en nuestro compromiso con la autodisciplina. Si ejercitamos regularmente nuestra autodisciplina con el fin de alcanzar nuestras metas, con el tiempo lograremos más éxitos en aquello que consideramos importante.

En pocas palabras, los expertos recomiendan que utilicemos nuestra limitada fuerza de voluntad en el proceso de cultivar hábitos. Requiere cierta energía cultivar una costumbre, hacer algo a diario durante 66 días, por ejemplo, momento en que la costumbre de realizar ese acto comienza a entrar en juego, de manera que lo hacemos casi automáticamente, y entonces ya no requiere fuerza de voluntad ni un esfuerzo tan deliberado por parte nuestra. La verdadera clave está en escoger los hábitos que vamos a cultivar, porque aunque no nos demos cuenta, ya hemos adquirido muchos, unos buenos, otros malos. Si cultivas buenas costumbres que automáticamente te acerquen a tu meta, lo que harás será en esencia incorporar a tu vida la virtud de la autodisciplina. Y ese proceso lo puedes repetir infinidad de veces.

Pongamos que tu objetivo es escribir un libro, terminar un curso o aprender a tocar un instrumento musical en un plazo determinado. Podrías analizar seriamente qué hábito cultivar para alcanzar esa meta. Si usamos el ejemplo del libro, digamos que lo quieres escribir en un año. Entonces llegas a la conclusión de que la costumbre que te resultará más útil para alcanzar tu objetivo final es despertarte cada día 30 minutos antes y dedicar 30 minutos a escribir todos los días de la semana sin falta, llueva o truene. Así que empleando tu fuerza de voluntad, te levantas todos los días 30 minutos antes y te pones a escribir, pase lo que pase. Si te ejercitas regularmente con esa nueva meta de levantarte temprano y estar 30 minutos escribiendo, con el tiempo adquirirás una nueva costumbre que te permitirá alcanzar tu gran objetivo. Si estás 66 días cultivando ese hábito y no pierdes de vista el propósito por el que lo haces, seguro que adquirirás el hábito de levantarte más temprano, y poco a poco te resultará más fácil tomar papel y lápiz —o poner los dedos en el teclado— y escribir tu libro. Y una vez que la dinámica de la costumbre entre en juego y agarres el ritmo, puedes emplear tu fuerza de voluntad para alcanzar otra meta. Como dijo sabiamente Jim Rohn: «La disciplina es el puente entre las metas y los logros». Ese concepto se puede aplicar a cualquier objetivo que desees alcanzar.

Aristóteles estableció una clara relación entre los hábitos y la excelencia en el desempeño humano cuando declaró: «Somos lo que hacemos día a día. De modo que la excelencia no es un acto, sino un hábito».

El tema de los hábitos —cómo se adquieren, cómo se abandonan y cómo podemos enganchar nuevos hábitos a los que ya tenemos— es fascinante. Si te interesa, un buen libro sobre el particular es El poder de los hábitos, de Charles Duhigg[9].

Número 3: Saber lo que te motiva.

Ejercitar el músculo de la autodisciplina te exigirá sacrificios y hasta te causará incomodidades cuando renuncies a algunas actividades en favor de otras. Para perseverar con esos cambios necesitarás cierta motivación. Es preciso que sepas por qué lo haces. Lo que pretendes lograr cultivando la autodisciplina tiene que ser más valioso que aquello de lo que te prives. Tienes que saber por qué haces lo que haces. ¿Qué es lo que te motiva? En otras palabras, ¿con qué propósito o intención lo quieres hacer? ¿Cuál es el sueño o la aspiración que quieres lograr?

Esa motivación debe ser consecuencia de tus deseos y convicciones personales, de lo que Dios te indica que hagas. Es algo entre Dios y tú. No debe basarse en tus sentimientos de culpa ni en lo que te parece que alguien quiere o espera que hagas. Tu motivación es algo así como tu estrella guía. Es lo que vas a estar mirando. Te espoleará, te servirá para adquirir buenos hábitos y te ayudará a soportar los sacrificios a lo largo de la, en ocasiones, prolongada marcha hasta alcanzar tu objetivo final. Por eso es vital que tengas clarísimo cuál es tu motivación. Tenla siempre muy presente. Te dará energías y te ayudará a seguir adelante, incluso cuando tus fuerzas naturales y tu impulso decaigan.

Número 4: Fijarte metas para hacer progresos graduales.

Un gran objetivo no se alcanza de un solo salto. A veces toma meses o años. Cuando se tiene un objetivo a largo plazo, es normal desfallecer a mitad de camino. Para mantener el rumbo y no perder el entusiasmo, viene bien fijarse avances diarios, semanales y mensuales. Es necesario que tengas metas inmediatas claras, que sean bastante accesibles para poder alcanzarlas cada día y que te sirvan para construir sobre lo que ya has logrado, con el fin de cumplir el plan de lo que quieres haber conseguido en un mes, en tres meses, en seis meses o el año que viene. Tienes que ser capaz de planificar, reconocer y medir tus progresos graduales.

Cuando tienes un gran objetivo al que te vas a ir acercando poco a poco, es importante que las pequeñas metas que te fijes sean realistas. En nada ayuda establecer metas que no son alcanzables; solo servirá para desanimarte y darte ganas de abandonar enseguida. No trates de abarcar más de lo que puedes. Mejor prográmate para el éxito fijándote metas sostenibles que reconocen los muchos pasitos que te van acercando al cumplimiento de tu gran objetivo.

Concéntrate en el método, en la regularidad y la diligencia. Haciendo un poco por aquí y otro por allá no esperes alcanzar tus metas. Si haces aunque sea poca cosa pero con regularidad, crearás un hábito profundamente enraizado que te hará bien. No subestimes los pequeños avances. El crecimiento gradual es prodigioso. A la larga puedes lograr grandes cambios en tu vida si haces pequeños avances con regularidad.

Número 5: Tener un sistema de rendición de cuentas.

En nuestra vida cotidiana suceden cantidad de cosas que pueden hacernos perder el rumbo y desviarnos del camino que conduce a nuestros objetivos. Estoy seguro de que todos nos hemos fijado alguna meta y nos hemos puesto a trabajar para lograrla, y al cabo de unas semanas de pronto caímos en la cuenta: «Oye, ¿qué pasó con la meta que me fijé? Hace una semana que ni pienso en ella ni hago nada para alcanzarla». Quizá no estabas bien de salud, o tuviste invitados en casa, o viajaste por motivos de trabajo, o estuviste cuidando a unos niños enfermos. La lista de posibles interrupciones sería interminable.

Es esencial establecer algún mecanismo que te recuerde tus metas una y otra vez. Hay personas que repasan sus metas a diario o las escriben cada mañana. Otros tienen un amigo al que rinden cuentas cada semana mientras se toman un café o por teléfono, y le dicen los progresos que han hecho. Algunos anuncian sus compromisos y progresos en un sitio web en el que individuos que se esfuerzan por alcanzar metas similares pueden ver los avances logrados por cada uno y animarse mutuamente.

El hecho de anotar tus progresos te permite ser consciente en todo momento de las facetas de tu vida que quieres mejorar. Es imposible gestionar o mejorar algo que no se mide. Llevar un control de tus progresos es fundamental para no descaminarte o para reencaminarte[10].

Las investigaciones muestran que los que le comunican a otra persona cuál es su meta o compromiso tienen muchas más probabilidades de cumplir lo que se han propuesto. Esa rendición de cuentas genera más probabilidades de éxito. Por tanto, si vas a dedicar tiempo y esfuerzo a algo, ¿por qué no procuras garantizar tu éxito estableciendo un mecanismo sencillo pero eficaz de rendición de cuentas?

Mejor un mecanismo de rendición de cuentas que muchas buenas intenciones. Si no estableces ningún mecanismo, la consecuencia natural será que te desviarás de tu camino. Puedes evitar los lamentos y los «ojalá hubiera» obligándote a rendir cuentas todos los días, como una forma de blindarte a ti mismo y salvaguardar las metas que Dios te ha dado.

Hagamos un breve repaso de los cinco puntos:

  1. Practicar la gratificación aplazada.
  2. Depender de los hábitos, no de la fuerza de voluntad.
  3. Saber lo que te motiva.
  4. Fijarte metas para hacer progresos graduales.
  5. Tener un sistema de rendición de cuentas.

Además de poder aplicar esos consejos prácticos, los cristianos contamos con una fuente divina de fortaleza a la que podemos recurrir: el poder de Dios. Proverbios 16:9 dice: «La mente del hombre planea su camino, pero el Señor dirige sus pasos». Ambas cosas son necesarias: que nosotros hagamos planes y que el Señor dirija nuestros pasos. Si le presentas a Dios en oración tus sueños, planes y metas y buscas Su guía y confirmación acerca de la senda que has escogido, puedes contar con Su fortaleza y gracia en la consecución de tus objetivos. Los creyentes tenemos una tremenda ventaja por nuestra dependencia de Dios y de Su poder ilimitado, el cual puede prestarnos ayuda directa para cumplir nuestros compromisos. No es preciso que dependamos de nuestro propio poder o fuerza, sino que contamos con el Espíritu de Dios[11]. ¡Y eso hace una gran diferencia!


[1] Proverbios 13:4.

[2] Jim Clemmer, Growing the Distance: Timeless Principles for Personal, Career, and Family Success (The Clemmer Group, 1999), 97.

[3] Ibíd., 98.

[4] Gary Ryan Blair.

[5] What You Need to Know About Willpower, Asociación Estadounidense de Psicología.

[6] Jillian Teta, Mind-Body 101: 6 Key Concepts, 1 de junio de 2012.

[7] Brian Tracy, The Power of Discipline: 7 Ways It Can Change Your Life (Simple Truths, 2009), 6,7.

[8] Clemmer, Growing the Distance, 102.

[9] Ediciones Urano, 2015.

[10] Darren Hardy, Tracking Progress, DarrenDaily, 5 de diciembre de 2014.

[11] V. Zacarías 4:6.