«Shirley, ¡Jesús la ama mucho!»

Diciembre 23, 2017

Enviado por María Fontaine

[“Jesus Really Loves You, Shirley!”]

Era mi cumpleaños y devolvía una llamada de uno de mis familiares. Me sorprendí, pues me contestó alguien con una voz que no reconocía.

Al otro lado del teléfono hablaba una mujer con voz débil. Parecía aturdida, como si estuviera enferma o acabara de despertar, o como si hubiera estado bebiendo, o que casi no tenía fuerzas para responder a mis preguntas.

—No. Debe ser que se equivocó de número. Sí, este es mi número, pero nadie aquí tiene ese nombre.

Intuí que ella estaba agobiada por un grave problema. Mi primera reacción fue tratar de no causarle más molestias y me apresuré a despedirme cortésmente:

—Lamento mucho haberla molestado.

Luego de repente, en un momento de iluminación, me di cuenta de que no había sido una casualidad ni una coincidencia. El Señor quiso ponerme en contacto con ella. Y no debería preocuparme hablar un poco más con ella para darle ánimo o testificarle.

Un día antes, había leído de nuevo un artículo que yo había escrito hace años y que habíamos publicado en Áncora. En ese artículo conté que casi perdí la ocasión de testificar a alguien porque esperaba una buena oportunidad, la que parecía que no llegaba.

Tenía la certeza de que el Señor me decía: «¡No te arriesgues a perder esta oportunidad! ¡Hazlo ahora! ¡Establece un vínculo!»

Traté de pensar rápidamente en algo que decir. Sin embargo, además de «Que Dios la bendiga» (lo que a veces no parece significar mucho para las personas) todo lo que dije fue «Jesús la ama mucho».

Eso me pareció tan trivial. ¿No podía pensar en algo más profundo? Sin embargo, no se me ocurrió nada más. Y debía decir algo, así que le dije comprensivamente:

—Que Dios la bendiga. ¡Jesús la ama mucho!

Hice una pausa; hasta cierto punto esperaba oír el sonido de que se colgaba el teléfono. Sin embargo, solo hubo silencio. El corazón me latía un poco más rápido.

Por fin, respondió con voz titubeante y débil:

—No sabe cuánto necesitaba escuchar eso hoy.

Y empezó a llorar de manera incontrolable.

Así empezó una conversación que duró más de media hora. Me dijo que se llamaba Shirley y me contó lo que pasaba. Resulta que su mejor amiga —su hermana mayor—, acababa de morir. La vida que había llevado hasta entonces quedó en pedazos. Shirley tiene 71 años y graves problemas de salud. Las otras dos personas con las que había vivido en la misma casa se iban a mudar. Así pues, Shirley se quedaba sin saber a dónde ir y sin dinero.

Le dije que no podía darle soluciones fáciles para sus problemas, pero que conocía a Alguien que podría ayudarla. La animé a acudir a su Salvador, a confiar en que Él la sacaría de esa época de oscuridad y la llevaría de nuevo a la luz de un nuevo día. Le dije:

—Jesús la ama, estoy segura. Por esa razón hoy levantó el teléfono, porque Él quiere que también usted lo sepa. Él se preocupa por cada una de sus necesidades y la ayudará a superar estos momentos difíciles.

Shirley contó que su hermana había aceptado a Jesús y Su salvación. Así pues, le hablé un poco acerca del Cielo. Hice hincapié en que estaba segura de que su hermana la esperaba allí, donde jamás volverían a separarse, y que incluso estaba segura de que en esos momentos su hermana hacía todo lo posible para ayudarla desde el plano espiritual. Finalmente, oré por ella. En la oración repetí varios versículos de Juan 14, donde Jesús consuela a Sus seguidores y les dice que va a preparar un lugar para ellos. Pedí al Señor que sostuviera a Shirley en esa época tan difícil, que le recordara que Jesús prometió que nunca nos dejaría ni nos abandonaría. Expliqué que Jesús quiere que acudamos a Él, que confiemos en Él, pues es el único que tiene el poder para hacer que la terrible experiencia que ella enfrentaba en ese momento resultara en algo bueno.

Al término de la llamada, daba la impresión de que Shirley había cambiado. Su voz se había vuelto más clara y fuerte. Y parecía que había recuperado la esperanza y la fe en que se solucionarían sus problemas.

Lo que me había parecido una manera muy inadecuada y casi torpe de dar testimonio —porque mi método no fue «con soltura» y «profesional», como quería que fuera—, resultó ser exactamente lo que ella necesitaba escuchar. ¿Y quién sabe? Tal vez hasta le salvó la vida.

¡Hay tantas personas que pasan muchas dificultades, que tienen penas y toda clase de problemas! A veces parece que no hay forma de salir del oscuro cañón de tristeza y desesperación en el que se encuentran. Sin embargo, aunque no tenemos las soluciones para resolver sus problemas, tenemos la verdad y una conexión viva y activa con quien sabe exactamente cómo sacar a Su pueblo de las épocas difíciles y llevarlo a nuevas y mayores victorias. Solo debemos tener la fe para confiar en Él y determinación para hacer lo que Él nos indique que hagamos.

Después de esa llamada, quise entender cómo sucedió aquello tan misterioso. ¿Me equivoqué al marcar el número? ¿El Señor o Sus ángeles hicieron que hubiera un «error» en el sistema telefónico y eso hizo que me comunicara con Shirley en el momento en que ella lo necesitaba?

Shirley me había dicho que estuvo a punto de no responder el teléfono al darse cuenta de que era un número desconocido, y ella normalmente no responde esas llamadas. Además, se sentía sin esperanza y no podía ni pensar en hablar con alguien. Sin embargo, no se lo explicaba por qué lo hizo, pero decidió contestar el teléfono.

Pensé que había un error en el número que tenía para llamar a esa persona de mi familia, así que llamé al esposo y de esa manera me comuniqué con ella. Le conté la sorprendente historia de mi conversación con Shirley. ¡Las dos quedamos maravilladas, pues Dios había arreglado ese encuentro!

Me enteré que el número al que había llamado a esa persona de mi familia efectivamente había sido su número, pero lo había cambiado poco antes y olvidó decírmelo, ya que no la había llamado a ese número por mucho tiempo. Siempre había llamado al número de su esposo.

Así pues, de millones de números telefónicos, y de las personas que se habrían quedado con ese número, el Señor hizo que llegara a manos de uno de Sus hijos, pues sabía que esa persona necesitaba el enlace que llegaría por ese medio. Fue el momento perfecto, cuando el Señor sabía que Shirley necesitaba que alguien le recordara que Él la amaba.

Esa experiencia resultó ser una gran bendición, un regalo memorable que me dio Jesús cuando cumplí 71 años. Fue una oportunidad extraordinaria de colaborar con el Señor a fin de ayudar a alguien que tenía una necesidad. El Señor sabe cuánto me encanta testificar cuando me es posible. ¡No hay nada mejor que me gustaría hacer en mi cumpleaños! ¡Una manera estupenda de empezar un año más de vida!

Me asombré al ver que el Señor arregla situaciones de maneras inimaginables a fin de que coincidan con las necesidades de Sus hijos, y lo que Él aprovecha para bendecirnos y animarnos, de modo que veamos que Él participa activamente en nuestra vida.

Asimismo, nos hace ver que hasta una frase sencilla —y una que conocemos muy bien— puede ser muy eficaz y comenzar una testificación que transforme la vida de alguien cuando pasa por momentos de gran crisis o de necesidad acuciante.

Me recordó para qué estoy aquí y cuál debería ser mi aspiración para el año próximo: hacer todo lo posible por animarme a testificar y orar por los que enfrentan terribles circunstancias y luchas casi abrumadoras.

Eso me motiva a ver cualquier oportunidad que se presente para ser fiel a mi llamamiento como embajadora de Jesús, a ser Su instrumento para establecer comunicación y tener influencia en la vida de las personas. Esa manifestación de Su amor por mí me confirmó de nuevo que —en lo que respecta a mis necesidades y las de otras personas— Él siempre hará lo que haga falta para cuidar de nosotros, ¡así como va a contestar mis oraciones por Shirley!

Estoy segura de algo: El Señor se valdrá de mí de maneras inesperadas si estoy dispuesta a prestar atención a Sus instrucciones. Algo que esta experiencia reforzó en mí es que necesito más humildad. No debo preocuparme de lo que piense la gente ni de cómo sonará algo. Si de verdad quiero seguir a Jesús y Su ejemplo de no anonadarse, entonces debo estar dispuesta a hacer lo mismo[1].

El Señor ya ha hecho lo más difícil: poner el regalo de la salvación a disposición de todos. Solo debo estar dispuesta a ir tras cada oportunidad que me presente de entregar Su verdad y amor a los demás. Si el Señor sabe que puede confiar en que haré mi parte, estoy segura de que pondrá en mi camino más personas que Él quiere tanto. Cualquiera que sea el enfoque que elija el Señor, es una oportunidad de fortalecer a las personas y de que nuestra vida sea más plena y bendecida. ¡Alabado sea el Señor!


[1] Filipenses 2:7.