Una cita divina

octubre 5, 2013

Enviado por María Fontaine

El otro día tuve ocasión de sentarme a charlar unos minutos con una nueva conocida nuestra. El principal propósito de la reunión era hacerle algunas preguntas sobre ciertos temas en los que ella es experta. Oré de antemano para que el Señor se sirviera de Mí de modo que fuese una bendición para ella. Sabía que estaba atravesando circunstancias muy difíciles en su vida personal.

El Señor me indicó que diera prioridad a sus necesidades. La mujer había estado muy enferma. Varias personas se habían aprovechado de ella económicamente. Otras, a las que ella consideraba amigas, la habían traicionado, y se debatía interiormente para tomar decisiones que la afectarían de cara al futuro. Para abreviar, sentía que con todos los altibajos que había experimentado en la vida, una vez más estaba a punto de tocar fondo.

Aunque yo por mi parte estaba ansiosa por hacerle varias consultas, el Señor me indicó que antepusiera las necesidades de ella a las mías. Se abrió y me contó todas las cosas que le habían estado sucediendo, y oramos juntas.

Pasamos unos momentos muy agradables y ella respondió a mis preguntas de buena gana. Después, cuando oré al respecto, el Señor me dijo que había hecho tres cosas que la ayudaron a sentirse querida, tanto por mí como por Él.

En primer lugar, había demostrado un interés genuino en ella, y en sus necesidades y sus planes. Como ella sabía que el propósito de nuestra reunión era que respondiera a mis preguntas, le había conmovido profundamente que, en lugar de centrarme en mi propia necesidad, yo me hubiese percatado de su necesidad y me preocupase lo suficiente como para concentrarme primero en ella, y que la hubiese escuchado de todo corazón mientras hablaba.

En segundo lugar, me había compadecido de sus dificultades y le había expresado mi preocupación por lo mal que lo debía estar pasando. A veces, lo mejor es limitarse a escuchar a la persona. Sin embargo, en este caso sentí que debía describir con palabras lo que ella misma me contaba que le estaba sucediendo. Procuré ponerme en su pellejo para comprender las emociones que estaba sintiendo: su enojo contra las personas que la estaban agraviando, su soledad, su deseo de saber qué pasos debía dar.

En tercer lugar, oré por ella. A menudo le he dicho a las personas al despedirnos: «Te recordaré en mis oraciones». Pero esta vez, el Señor puso en mi interior un vivo deseo de hacer más que decirle que rezaría por ella; me indicó que lo mejor es orar con la persona en cuestión en ese mismo instante, si es que está dispuesta. De modo que le tomé la mano y le pregunté: «¿Me permites que ore por ti?» Le pedí a Jesús que la ayudara a hallar felicidad y a dar con los amigos que necesitaba, y con el alma gemela que anhelaba; con el mejor lugar donde vivir y trabajar, y que Él mismo le revelara el plan que le tenía deparado en la vida. Al terminar, se le habían llenado los ojos de lágrimas. Me dijo que el hecho de que hubiese rezado por ella significaba mucho para ella.

Cuando la persona no es cristiana, por lo general prefiero dirigirme directamente a Jesús como parte de mi testimonio, porque si le dirijo mi oración a Dios o al Padre, cabe la posibilidad de que no hagan la conexión con Jesús, que es el Salvador. En este caso la había escuchado referirse al «poder superior» o al «universo» al pedir ayuda, de modo que quise asegurarme de que supiera que estaba dirigiendo mi oración a Jesús para que no quedase ningún malentendido respecto a mis creencias: en quién creo y de dónde viene la ayuda. En este caso me pareció importante, como parte de mi testimonio para ella.

La oración es poderosa, y muchas personas se conmueven cuando oramos por ellas. No es solo porque uno les da el regalo de una oración sincera ni porque les gustan las palabras que uno dice. Muchas veces sienten que la presencia del Espíritu de Dios los toca de una manera casi intangible, y reconocen que tenemos una conexión con el Dios del universo.

Se nos ha dado la capacidad de decidir si el tiempo que pasamos con otros será lo que Dios ha deparado: Su cita divina. Es una oportunidad de acercarlos a tener una conexión con aquel que los ama y se preocupa por ellos.

Unos días más tarde, me enteré de que la situación había dado un vuelco positivo para aquella mujer, y que, de pronto, su situación económica se había volteado por completo. Oramos para que atribuyera esos buenos resultados a nuestras oraciones.

Muchos anhelan experimentar hoy mismo Su respuesta a tus oraciones por ellos. ¿Estás dispuesto a ser la conexión entre Su amor y poder, y aquellos que lo necesitan?


Traducción: Irene Quiti Vera y Antonia López.