Valores fundamentales de LFI: Discipulado

Octubre 1, 2013

Enviado por Peter Amsterdam

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Decía a todos: «Si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame»[1].

En esto conocerán todos que sois Mis discípulos, si tenéis amor los unos por los otros[2].

Él nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito Suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos[3].

Dijo entonces Jesús a los judíos que habían creído en Él: «Si vosotros permanecéis en Mi palabra, seréis verdaderamente Mis discípulos; y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres»[4].

Hermanos, os ruego por las misericordias de Dios que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro verdadero culto. No os conforméis a este mundo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál es la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta[5].

El tercer valor fundamental de La Familia Internacional es:

Discipulado. Animamos a las personas a seguir a Jesús conforme al llamado que haya recibido cada una y a cumplir su compromiso de llevar a cabo la voluntad de Dios.

Un discípulo es un seguidor de Jesús, un aprendiz, uno que sigue las pisadas de su maestro, un partidario, uno que aspira a ser como Jesús.

La palabra traducida como discípulo significa aprendiz en griego. Un discípulo desea estudiar, aprender y a continuación seguir y aplicar lo que su profesor le enseña. Nosotros somos pupilos de Jesús; Él es nuestro Maestro. No solo ansiamos conocer cómo fue Su vida en la Tierra, cuáles son las verdades contenidas en la Palabra de Dios y cuál es Su naturaleza y forma de ser, sino que también anhelamos seguir Su ejemplo y conducirnos como Él nos ha enseñado, amar como Él amó y vivir conforme a la fe. Un discípulo se parece a Jesús y se deja conducir por Él.

Ser discípulo va más allá de una simple aceptación de ciertas enseñanzas, de una creencia en ciertas doctrinas. Un discípulo es en esencia quien decide practicar y anunciar activamente tales enseñanzas. Un discípulo actúa, no solo cree. Los discípulos son «hacedores de la palabra y no tan solamente oidores»[6]. Un discípulo aplica activamente a su propia vida las enseñanzas y colabora de alguna manera, por algún medio, en la difusión de la buena nueva de la salvación, el mensaje de Jesús. Eso hacen las personas apasionadas por Dios. Eso hacen las personas que persiguen el Espíritu de Dios.

Discipulado es ni más ni menos que el compromiso de modelar nuestra vida, nuestras opiniones y nuestros actos sobre las enseñanzas y la conducta de Jesús. En pocas palabras, ser como Él. Y eso es mucho pedir, dado que Jesús fue, de entre todas las personas que han vivido en la Tierra, la máxima expresión de amor, misericordia, compasión, sacrificio, verdad e integridad.

Uno de los llamados más transformadores de Jesús consistió en una sola palabra: «Sígueme». Al decir eso, se refería a que realmente lo siguiéramos, a que lo imitáramos en nuestra forma de vivir, nuestros pensamientos, nuestros hábitos y nuestras acciones. Dado que somos seres humanos falibles, ese reto queda por encima de nuestras posibilidades; pero si nos sometemos a Dios y echamos mano del poder del Espíritu Santo, podemos «ser transformados según la imagen» de Cristo[7].

Escuchen lo que escribió Lee Camp con relación a seguir a Jesús: «Jesús de Nazaret está siempre pidiendo a los discípulos que lo sigan; no solo que lo acepten, no solo que crean en Él, no solo que lo adoren, sino que lo sigan. Uno sigue a Cristo o no lo sigue, una de dos. No es posible compartimentar la fe. No hay campo, esfera, negocio o política en los que se pueda prescindir del señorío de Cristo. O lo hacemos Señor de todos los señores, o lo estamos negando como Señor»[8].

Ese discipulado se traduce en una relación viva entre Jesús y Sus seguidores. Él habla, guía e instruye. Nosotros escuchamos, seguimos y nos beneficiamos. La esencia del discipulado consiste en amar a Jesús y cultivar una relación personal con Él. Por eso es preciso que sintamos pasión por Dios. El discipulado también está condicionado por la fe en Su Palabra. Requiere dedicación y compromiso. Exige receptividad y obediencia a la persuasión del Espíritu. Por eso estamos resueltos a perseguir el Espíritu de Dios.

Ser discípulo hoy en día es difícil. Es mucho lo que está en juego. Jesús dejó bien claro que para seguirlo hace falta que nos sacrifiquemos, que renunciemos a mucho, que antepongamos Su voluntad a la nuestra, que comuniquemos Su amor al prójimo, que divulguemos Sus enseñanzas e incluso que estemos dispuestos a «perder nuestra vida por causa de Él»[9].

Ser discípulo no es consecuencia de una decisión aislada, tomada una sola vez en la vida. Se trata de un viaje espiritual, un viaje de fe. Requiere decisiones y acciones cotidianas con el fin de permanecer en Jesús y permitirle que permanezca en nosotros, dejar que Su Palabra nos guíe, nos alimente y nos limpie, obrar bajo la influencia del Espíritu Santo y del amor de Dios, buscarlo, someterse a Su voluntad para nosotros, obedecerlo lo mejor posible, dar testimonio de Su amor mediante nuestras palabras y acciones, y llevar fruto que lo glorifique.

La base del discipulado es el compromiso de tomar sobre nosotros el yugo de Jesús. Tomar el yugo del discipulado significa someterse a Jesús. Nos unimos a Él y nos ponemos a Sus órdenes. Confiamos en Su guía y obedecemos Sus mandamientos. Trabajamos codo a codo con Él en todos los aspectos de nuestra vida.

El siguiente relato ilustra bien el principio de tomar el yugo del discipulado:

Un día vi a un viejo campesino arando con una yunta de bueyes y me quedé asombrado, porque uno de ellos era enorme, mientras que el otro era apenas un novillo. El buey se veía imponente al lado del novillo con el que trabajaba.

Yo estaba perplejo. No entendía por qué aquel agricultor se había puesto a arar con una yunta de animales tan disparejos, y le comenté esa desigualdad al hombre con el que viajaba. Él detuvo el vehículo y me dijo:

—Quiero que te fijes en algo. ¿Ves cómo están enganchadas las coyundas al yugo? Observarás que el buey grande hala todo el peso. El novillo está atado al yugo para que se vaya acostumbrando, pero en realidad no tira del arado.

Instintivamente me vino a la memoria ese pasaje de las Escrituras en el que nuestro Señor dice: «Llevad Mi yugo sobre vosotros y aprended de Mí». Normalmente la carga se distribuye por igual entre los dos animales que están uncidos juntos; pero cuando estamos uncidos juntamente con Jesucristo, Él lleva la carga, y nosotros disfrutamos de la alegría y la satisfacción de realizar la labor sin tener que llevar la carga del yugo[10].

Cada cual decide si responder o no al llamamiento para ser discípulo; se trata de un compromiso personal. El discipulado es un viaje. Cada uno de nosotros se encuentra en una etapa diferente del viaje, en un punto distinto a lo largo de la senda del discipulado. No obstante, todos los que seguimos a Jesús, cualquiera que sea nuestra vocación de servicio, somos discípulos Suyos.

Lo que Jesús pide de Sus seguidores —la visión que les da, las particularidades de su vocación— es distinto en cada caso. Cualquiera que sea la convicción que el Señor ponga en nuestro corazón, como sea que Él nos indique que apliquemos Su Palabra, el don del discipulado es inapreciable. Jesús valora el discipulado de cada uno de ustedes, y LFI también.

Cuando Jesús llamó a los Doce, los invitó a dejarlo todo y dedicar su vida a seguirlo. De resultas de la testificación de los primeros discípulos, la Iglesia creció y llegó a incluir a individuos de todas las condiciones sociales, todos ellos discípulos a pesar de que no todos sintieron la vocación de seguir a Jesús de la misma manera. Muchos fueron llamados a continuar con su oficio o profesión, a ejercerlo para la gloria de Dios e influir en personas de toda clase de círculos sociales, llegando incluso al corazón del aparentemente impenetrable Imperio romano.

Algunos son llamados a «dejar al instante las redes y seguirlo», o a «vender todo lo que tienen y darlo a los pobres»[11]. Algunos sienten la vocación de ser misioneros en el extranjero; otros, de ser misioneros en su comunidad o en su propio país; y otros más, de ser misioneros informáticos mediante ministerios de testificación en línea. En la Biblia se pone como ejemplo el caso de los discípulos que abandonaron su modo de vida y su profesión para seguir a Jesús. Pero se menciona asimismo a otros seguidores de Jesús que tenían cargos importantes o riquezas y también fueron discípulos; sirvieron al Señor y contribuyeron a la prédica del Evangelio.

Es posible que sientan el llamamiento de dedicarse exclusivamente a labores misioneras, en su país de origen o del otro lado del océano. O quizá sus aptitudes y preferencias se presten más a realizar una función de apoyo de los que están consagrados de lleno a obras misioneras. En cualquier caso, cada uno de nosotros puede tomar la resolución de seguir a Jesús y ser un discípulo, cada uno de nosotros puede contribuir a la misión de alguna manera.

El siguiente fragmento de The Gospel Herald da mucho que pensar:

«El llamado a servir a Dios es bien claro, categórico, personal y confiable. Le asegura a la persona llamada que el Ser omnipotente, omnisciente y suficiente que la llama le prestará asistencia con infaltable fidelidad. Le garantiza que es posible aceptarlo. Todo depende de la obediencia de la persona llamada. […] ¿Quién puede calcular cuánto benefició a la humanidad la sumisa obediencia al llamado de Cristo por parte de Pedro, de Santiago, de Juan, de Pablo, de Lutero, de Livingstone, de Carey, de Hudson Taylor, de Moody y de muchos otros? ¿Y quién puede evaluar el catastrófico efecto que habría tenido en todos los afectados su desobediencia?»

Dios quiere que todo en nosotros —nuestro corazón, nuestra vida, nuestra profesión y nuestras aspiraciones personales— lo glorifique, ensalce a Jesús y haga las veces de luz situada sobre un monte que alumbre la senda de los demás, cualquiera que sea nuestra actividad o carrera profesional.

Parte de nuestro viaje espiritual personal consiste en descubrir cómo quiere Dios que vivamos nuestro discipulado, cómo quiere que cumplamos nuestra vocación de ser la luz del mundo y la sal de la Tierra[12]. Cada uno de nosotros es único, y Dios tiene para cada uno planes únicos adaptados a sus circunstancias, su talento y sus habilidades. Lo que nos pide es que le encomendemos esos factores y que los aprovechemos para Su gloria y para influir positivamente en el mundo, y así formar parte de la respuesta a esa frase del Padrenuestro que dice: «Venga Tu reino», haciendo lo que sea que Él nos pida con tal de seguirlo y participar en esa fuerza transformadora del mundo que quiere que sean Sus seguidores.

Los elementos comunes que están presentes en la vida de todo discípulo cristiano son 1) amor a Jesús, y 2) obediencia al llamamiento particular del Señor para él.

Un componente esencial de seguir a nuestro Maestro como cristianos y discípulos y vivir como Él es dar a conocer el Evangelio. Se nos pide que seamos tanto «sal de la Tierra» como «luz del mundo», y eso lo logramos por medio de nuestro testimonio, la mayoría de las veces en el curso de nuestra vida cotidiana. Los demás toman nota del amor y la bondad que manifestamos, de cómo nos relacionamos con extraños, de la clase de vecinos que somos, de cómo participamos en nuestra comunidad, de cómo cuidamos y tratamos a nuestros hijos, de cómo ayudamos y animamos a los que están necesitados. Nuestros actos dicen mucho de nosotros, y más que nada preparan el terreno para nuestro testimonio verbal, para que hablemos con otras personas de Jesús y de la salvación.

Le servimos a Jesús de vehículo para mostrar Su luz. Por medio de nosotros, la gente llega a conocer a Dios.

Billy Graham dijo: «Esa invitación a ser discípulos es la causa más emocionante que podríamos imaginarnos. Piénsalo bien: ¡El Dios del universo nos invita a ser Sus socios para recobrar el mundo! Todos podemos participar aprovechando los dones particulares y las oportunidades que Él nos ha dado».

¡Qué tremendo privilegio es asociarnos a Dios para que Él recobre el mundo! En el Evangelio de Juan, Jesús dice a Sus discípulos: «Como me envió el Padre, así también Yo os envío»[13].

Jesús envió a Sus discípulos con el mismo encargo que Él había recibido del Padre, el cual está hermosamente expresado en Isaías 61:1–3, pasaje que Jesús leyó cuando enseñó en la sinagoga de su ciudad.

El Espíritu del Señor omnipotente está sobre Mí,
por cuanto me ha ungido
para anunciar buenas nuevas a los pobres.
Me ha enviado a sanar los corazones heridos,
a proclamar liberación a los cautivos
y libertad a los prisioneros,
a pregonar el año del favor del Señor
y el día de la venganza de nuestro Dios,
a consolar a todos los que están de duelo,
y a confortar a los dolientes de Sion.
Me ha enviado a darles una corona en vez de cenizas,
aceite de alegría en vez de luto,
traje de fiesta en vez de espíritu de desaliento.
Serán llamados robles de justicia,
plantío del Señor, para mostrar Su gloria[14].

Esa es también nuestra misión. ¡Los que seguimos las pisadas de Jesús proclamaremos buenas nuevas a los pobres y anunciaremos a los prisioneros que ha llegado su liberación! Sanaremos los corazones heridos y consolaremos a los que están de duelo. Su misión será la nuestra. Y eso, una vez más, requiere acción.

Charles Swindoll lo expresó de la siguiente manera: «El plan [de Jesús] exigía acción, y al presentarlo ya predijo su éxito. No dijo: “¨Puede que me seáis testigos”, ni: “Me podríais ser testigos”, ni siquiera: “Deberíais ser Mis testigos”, sino: “Me seréis testigos”».

Entonces, en el contexto del mundo de hoy, ¿qué significa ser discípulo? Un discípulo es una persona que sigue ardorosamente en pos de Dios, que hace la voluntad divina tal como está expresada en la Biblia y que procura cumplir las instrucciones específicas que Dios le dé en cuanto a su vida, su carrera profesional, su familia y sus aspiraciones personales. Significa vivir conforme a Sus enseñanzas.

Por la gracia de Dios, siempre habrá entre nosotros lazos de unión por nuestra dedicación a servir al Señor, anunciar el Evangelio y demostrar que hoy en día sigue habiendo en la Tierra discípulos de Jesús, personas que sienten pasión por Dios, que persiguen Su Espíritu y que son conocidas por su amor a Él y al prójimo.


Nota: A menos que se indique otra cosa, los versículos citados proceden de la versión Reina-Valera, revisión de 1995, © Sociedades Bíblicas Unidas, 1995. Utilizados con permiso.


[1] Lucas 9:23.

[2] Juan 13:35.

[3] 2 Timoteo 1:9.

[4] Juan 8:31,32.

[5] Romanos 12:1,2.

[6] Santiago 1:22.

[7] Romanos 8:29 (NVI).

[8] Camp, Lee: Mere Discipleship: Radical Christianity in a Rebellious World, Brazos Press, 2003, p. 27.

[9] Mateo 16:24,25.

[10] Pentecost, J. Dwight: Design for Discipleship: Discovering God's Blueprint for the Christian Life, Kregel Publications, Grand Rapids, 1996, pp. 23,24.

[11] Mateo 4:20; Marcos 10:21.

[12] Mateo 5:13–15.

[13] Juan 20:21.

[14] NVI.

Leído por Gabriel García Valdivieso. Traducción: Jorge Solá y Antonia López.