Vivir el cristianismo: Los Diez Mandamientos (Autoridad, 1ª parte)

Enero 8, 2019

Enviado por Peter Amsterdam

Autoridad parental

[Living Christianity: The Ten Commandments (Authority, Part 1). Parental Authority]

En los tres artículos anteriores vimos los primeros cuatro de los Diez Mandamientos, que tratan primordialmente de la relación de las personas con Dios. En los siguientes seis mandamientos el foco de atención se traslada a las relaciones entre la gente. Como ya lo explicamos previamente en esta serie, cada mandamiento actúa como un directorio dentro del cual figuran varios subdirectorios que abordan varias aplicaciones del mandamiento.

El quinto mandamiento alude a la autoridad humana. Enseña el honor que debemos conferir a nuestros padres. Este mandamiento también se refiere a la autoridad humana en su conjunto, sea parental, gubernamental, eclesial, laboral, escolar, etc.

Este mandamiento se encuentra dos veces dentro del Antiguo Testamento, la primera en el libro del Éxodo cuando Dios le comunicó los mandamientos a Moisés.

Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se prolonguen sobre la tierra que el SEÑOR tu Dios te da[1].

Se reafirma por segunda vez en Deuteronomio, cuando Moisés pronunció los mandamientos al pueblo de Israel. En esa ocasión incluía una cláusula que incentivaba la obediencia: para que te vaya bien.

Honra a tu padre y a tu madre, como el SEÑOR tu Dios te ha mandado, para que tus días se prolonguen y te vaya bien en la tierra que el SEÑOR tu Dios te da[2].

Honor

Honrar a alguien significa respetarlo, apreciarlo y tenerlo en alta estima; tratarlo con deferencia, darle la debida importancia. Es una actitud que expresa reverencia, respeto y obediencia. El honor es algo que otorgamos a Dios.

Al Rey de los siglos, inmortal, invisible, al único y sabio Dios, sea honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén[3].

El bienaventurado y solo Soberano, Rey de reyes y Señor de señores, el único que tiene inmortalidad, que habita en luz inaccesible y a quien ninguno de los hombres ha visto ni puede ver. A Él sea la honra y el imperio sempiterno. Amén[4].

Jesús dijo: Honro a Mi Padre[5]. El honor es también algo que Dios ordenó que Su pueblo concediera a sus padres.

Cada uno de ustedes respete a su madre y a su padre[6].

Honrar a los padres era cosa seria en tiempos del Antiguo Testamento. Vástagos recalcitrantes, desobedientes y rebeldes, o los que maldecían a sus progenitores, arriesgaban pena de muerte según las Leyes de Moisés. El Nuevo Testamento no repite y por ende no aprueba ese severo castigo, mas sí reitera el mandamiento de honrar y obedecer a los padres.

Hijos, obedezcan en el Señor a sus padres, porque esto es justo. Honra a tu padre y a tu madre (que es el primer mandamiento con promesa), para que te vaya bien y vivas largo tiempo sobre la tierra[7].

Hijos, obedezcan a sus padres en todo porque esto es agradable en el Señor[8].

Vinculada a este mandamiento vino la promesa de retribución para quienes lo obedecieran. Esas promesas concuerdan con muchas otras a lo largo de las Escrituras que enseñan que quienes obedecen a Dios reciben Sus bendiciones.

Con niños de corta edad

Los niños menores están bajo el cuidado de sus padres y tienen el deber de obedecerles. Jesús nos dejó un ejemplo de obediencia a sus padres cuando tenía 12 años. Narra el evangelio que cuando los padres de Jesús regresaban a Jerusalén después de la fiesta de la Pascua, Él se quedó atrás. Al principio sus padres pensaron que estaba entre los viajeros que los acompañaban. Al no encontrarlo, volvieron a Jerusalén y luego de tres días de búsqueda lo hallaron en el templo sentado entre los maestros escuchando y haciendo preguntas. Cuando sus padres lo encontraron, descendió con ellos y fue a Nazaret, y estaba sujeto a ellos[9].

Los adolescentes también se encuentran bajo el cuidado de sus padres y se los insta a obedecer a estos. Sin embargo, esa obediencia no tiene preponderancia sobre la obediencia debida a Dios. Si los padres de un joven le ordenan pecar —digamos, robar— él no está obligado a obedecerles. El apóstol Pablo escribió: Hijos, obedezcan en el Señor a sus padres[10], lo que infiere que Dios tiene prioridad sobre la obediencia a los padres y sobre una orden que pudieran dar para pecar.

Hijos adultos

A medida que los niños van creciendo y acercándose a la edad adulta, pasan gradualmente por una transición que va de la infancia a la adolescencia hasta alcanzar la plena adultez. Al principio la relación con los padres es de niño a adulto, en la cual el niño obedece constantemente. Con el tiempo la relación varía hasta que llega a ser de adulto a adulto. Es frecuente entonces que el muchacho ya mayor abandone el hogar de sus padres y forme su propio hogar. Ya en tiempos antiguos, en el mismo relato del Génesis, se hallan referencias a esto.

Por tanto dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán una sola carne[11].

Se interpreta, pues, que cuando los niños se hacen adultos, así se casen o no, ya no tienen la obligación de someterse a la autoridad de sus padres.

Naturalmente que los hijos adultos deben seguir sometiéndose a la autoridad de sus padres cuando se da la circunstancia de que viven o están de visita en la casa de estos. Durante sus visitas los hijos adultos deben respetar la autoridad de sus padres en cuestiones de conducta dentro la casa familiar; sin embargo, esa autoridad no se extiende a otros aspectos de la vida de un hijo adulto.

El honor que conferimos a nuestros padres varía a medida que nos hacemos mayores. De niños ese honor se demuestra mediante la sumisión y la obediencia. Al alcanzar la edad adulta ya no estamos sujetos a continuar obedeciendo a nuestros padres. No obstante, todavía debemos honrarlos y ser dóciles en nuestro modo de interactuar con ellos, en el respeto y deferencia que les manifestamos, en cómo los escuchamos y les respondemos, en la delicadeza que tenemos cuando discrepamos con ellos; es decir, en cómo interactuamos amorosamente con ellos. Cuando los hijos se hacen adultos ya no se aplica más el quinto mandamiento en el sentido de obediencia a los padres, pero sí se sigue aplicando en cuanto al respeto y reverencia debidos, tanto en público y como en privado, en el curso de toda la vida.

Padres de la tercera edad

La iglesia primitiva enfrentó la difícil tarea de cuidar a las mujeres ancianas cuyos maridos habían muerto y que no podían valerse por sí mismas. Pabló expresó que la iglesia debía velar por esas viudas, pero que antes que la iglesia interviniera, los hijos de las viudas debían cumplir con su parte.

Reconoce debidamente a las viudas que de veras están desamparadas. Pero, si una viuda tiene hijos o nietos, que estos aprendan primero a cumplir sus obligaciones con su propia familia y correspondan así a sus padres y abuelos, porque eso agrada a Dios[12].

Unos versos después Pablo afirmó:

El que no provee para los suyos, y sobre todo para los de su propia casa, ha negado la fe y es peor que un incrédulo[13].

Pablo dejó bien claro que los creyentes debían cuidar de un familiar de edad avanzada. El grado de atención y ayuda que necesite un padre o madre variará de persona a persona. Para algunos quizá signifique ayuda económica; para otros podría implicar que los hijos acojan a los papás en su casa o que los ayuden a trasladarse a una residencia de ancianos que cuente con la debida asistencia o facilitarles un servicio de atención domiciliaria. Es posible que otros padres no necesiten asistencia física, pero sí que los visiten, les hagan compañía, los llamen y les escriban e-mails con regularidad. Cada situación es distinta y la solución para el cuidado de los padres diferirá según lo que determine cada familia. En familias constituidas por más de un hijo, la atención a los padres ancianos es una tarea compartida entre todos los hijos mayores de edad.

Otro aspecto de honrar a los padres tiene que ver con honrar lo que les pertenece. Los hijos deben respetar la propiedad de las posesiones de sus padres, siempre que estos estén vivos. La Escritura habla favorablemente de que los padres dejen herencia a sus hijos e incluso a sus nietos.

El bueno dejará herencia a los hijos de sus hijos[14].

No obstante, hasta que los padres fallecen sus posesiones siguen siendo suyas y los hijos debieran respetarlas y no comportarse como si tuvieran derecho a ellas o suponer que les pertenecen. La parábola del hijo pródigo nos presenta una situación así, en la que el hijo menor pidió a su padre la porción de la herencia que recibiría luego de la muerte de este.

A veces se da a los hijos adultos acceso a los recursos económicos de sus padres de avanzada edad, en general cuando estos están a su cuidado o se encuentran en un establecimiento donde se les dispensa asistencia. Se les concede ese acceso para que puedan saldar los gastos de sus padres y administrar adecuadamente sus recursos económicos. Teniendo ese acceso pueden sentir la tentación de adueñarse de dichos recursos, lo que sería robar. La Escritura condena esa conducta:

El que roba a su padre o a su madre y dice: «Esto no es malo», se hace compañero del criminal[15].

Otra faceta de honrar a los padres es respetar sus deseos y valorar su independencia. Aunque estén aquejados de alguna enfermedad, si desean vivir autónomamente y tienen los medios para hacerlo, debemos respetar sus deseos. Claro que los hijos deben estar muy atentos al estado de salud de sus padres y no vacilar en intervenir si fuere necesario. De ser preciso que el padre o la madre se muden a un centro de atención, los hijos deben ayudarlos a elegir entre las opciones disponibles hasta dar con un sitio donde se los atienda con compasión y se los trate con dignidad. En lo posible los hijos deben visitarlos con frecuencia y ofrecerles apoyo emocional, así como orar regularmente por ellos.

Los padres deberían pensar en redactar una instrucción anticipada o planes para la etapa final de la vida, de manera que se sepan sus deseos en caso de que se les declare una demencia o caigan en coma. Con esos documentos sus hijos y los médicos tienen conocimiento de los deseos de los padres con respecto a decisiones de índole médica y de las pertinentes al término de la vida, incluidos sus deseos en cuanto a su sepultura, que luego pueden respetarse y honrarse.

Los padres crían y educan a sus hijos cuando son niños y necesitan atención. Los aman, los cuidan, los nutren, los apoyan y los orientan. Paulatinamente les van concediendo más libertad y autonomía hasta que se hacen adultos. Hay padres que realizan mejor que otros su labor parental. Algunos son mejores proveedores que otros, algunos son capaces de cultivar mejores relaciones con sus hijos que otros; pero todo progenitor es la madre o padre que Dios otorgó a ese hijo. Tal vez no estemos siempre de acuerdo con nuestros padres o con sus opciones de vida, pero no estaríamos vivos de no ser por ellos. Dios nos llama a los creyentes a honrar a nuestros padres, tratarlos con respeto y gratitud, obedecerles cuando estamos bajo su cuidado y a respetarlos y mostrarles reverencia cuando ya no lo estamos. La Escritura nos enseña a dispensar honor, atención, amor y oraciones a nuestros padres.


Nota

A menos que se indique otra cosa, todos los versículos de la Biblia proceden de las versiones Reina-Valera, revisión de 1995, © Sociedades Bíblicas Unidas, 1995, y Reina Valera Actualizada (RVA-2015), © Editorial Mundo Hispano. Utilizados con permiso.


[1] Éxodo 20:12.

[2] Deuteronomio 5:16.

[3] 1 Timoteo 1:17.

[4] 1 Timoteo 6:15,16.

[5] Juan 8:49.

[6] Levítico 19:3.

[7] Efesios 6:1–3.

[8] Colosenses 3:20.

[9] Lucas 2:51.

[10] Efesios 6:1.

[11] Génesis 2:24.

[12] 1 Timoteo 5:3,4 (NVI).

[13] 1 Timoteo 5:8 (NVI).

[14] Proverbios 13:22.

[15] Proverbios 28:24.