Jesús, Su vida y mensaje: El Sermón del Monte

Abril 19, 2016

Enviado por Peter Amsterdam

No tomar represalias

[Jesus—His Life and Message: The Sermon on the Mount. Non-Retaliation]

Jesús comenzó el Sermón del Monte con las Bienaventuranzas, que hablan de bendiciones para los pobres en espíritu, los que lloran, los mansos, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los de limpio corazón, los pacificadores y los que padecen persecución. Con eso enseñó cómo deben ser los que forman parte del reino de Dios. Siguió en la misma línea al presentar seis ejemplos que ilustran el sentido más amplio de lo que enseñaba la ley mosaica y la necesidad de no limitarse a cumplir la letra de la ley. Tras hablar de los temas del asesinato y la ira, la concupiscencia y el adulterio, el divorcio y la actitud correcta frente al matrimonio, los juramentos y la veracidad, pasa al quinto tema:

Oísteis que fue dicho: «Ojo por ojo y diente por diente». Pero Yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra; al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa; a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos. Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo niegues[1].

El Antiguo Testamento establecía que si uno lesionaba o mataba a otra persona, el castigo de sus actos debía ser tal como sus actos. Aparece en tres libros del Antiguo Testamento:

Éxodo: «Si le causan otro daño, entonces pagarás vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe»[2].

Levítico: «El que cause una lesión a su prójimo, según lo hizo, así le sea hecho: rotura por rotura, ojo por ojo, diente por diente; según la lesión que le haya causado al otro, igual se hará con él»[3].

Deuteronomio: «Los jueces investigarán bien, y si aquel testigo resulta falso y ha acusado falsamente a su hermano, entonces haréis con él como él pensó hacer con su hermano. Así extirparás el mal de en medio de ti. Los que queden, cuando lo sepan, temerán y no volverán a cometer más una maldad semejante en medio de ti. No lo compadecerás: vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie»[4].

Tal como se aprecia en los versículos del Deuteronomio, la declaración de que la retribución debe ser igual al daño causado se aplica en el contexto de un juicio formal ante un juez. Esos versículos son instrucciones para los jueces sobre los castigos que deben imponer a los que sean culpables de haber causado un daño físico a otro. El último ejemplo abarca también a los que dan falso testimonio. Ese concepto de retribución proporcional es lo que se llama la ley del talión. También estaba presente en los antiguos códigos legislativos de otros países aparte de Israel.

El propósito de la ley del talión era establecer un fundamento para la justicia, especificando la pena que se merecía el malhechor y limitando la compensación que debía recibir su víctima al equivalente exacto y nada más. Tenía el doble efecto de definir la justicia y restringir la venganza[5]. Era una manera de eliminar las contiendas sangrientas, en las que una persona o familia tomaba la justicia por su mano porque sentía la obligación de vengar el daño que se le había causado a ella o a sus parientes. Tales actos perpetuaban un ciclo de violencia y retribución. La ley del talión establecía una retribución idéntica para los culpables, con lo que se hacía justicia y el asunto quedaba resuelto.

Lo que se pretendía con esa ley era que cada cual se diera cuenta de que la vida y los miembros de los demás no valían menos que los de uno mismo[6]. El propósito de la frase «ojo por ojo» no era justificar el afán individual de venganza. Formaba parte de la ley que se entregó a la nación de Israel, era una instrucción para los jueces judíos.

En algunos casos se le exigía un pago en dinero al causante de la lesión.

Si algunos riñen, y uno hiere a su prójimo con piedra o con el puño, y este no muere, sino que después de guardar cama se levanta y anda por fuera, apoyado en su bastón, entonces será absuelto el que lo hirió; solamente le pagará por lo que estuvo sin trabajar, y hará que lo curen[7].

Para cuando Jesús vivió, por lo general la mutilación física había sido sustituida por una compensación económica apropiada[8], aunque el acto de quitarle la vida a una persona se seguía castigando con la pena capital.

No aceptaréis rescate por la vida del homicida, porque está condenado a muerte: indefectiblemente morirá[9].

El concepto del «ojo por ojo» permitía adoptar medidas judiciales contra la persona que hubiera agraviado a otra, como una forma legal de desquite y justicia. Jesús, por otra parte, enseñó que uno no debe tomar represalias. Dijo:

Pero Yo os digo: No resistáis al que es malo.

En el Antiguo Testamento hay pasajes que dicen algo similar a lo que Él enseñó:

No seas vengativo con tu prójimo, ni le guardes rencor. Ama a tu prójimo como a ti mismo[10].

No digas: «Yo me vengaré»; espera en el Señor y Él te salvará[11].

No digas: «Haré con él como él hizo conmigo; pagaré a ese hombre según merece su obra»[12].

Jesús no se limitó a decir: «No te desquites». Fue más allá y dijo: «Ni siquiera te resistas». Se refería a la reacción humana y natural de plantar resistencia y desquitarse por orgullo e interés propio en respuesta a las acciones de otra persona en contra nuestra. Eso no significa que si alguien se pone violento con nosotros no podamos defendernos o informar a las autoridades. Él se refería a cómo debían reaccionar los discípulos en circunstancias en que personas malintencionadas quisieran hacerles daño. Jesús, con los cuatro ejemplos que dio, ilustró el principio de no exigir siempre el respeto de nuestros legítimos derechos, no defender nuestro honor de forma automática, y permitir conscientemente que otros se aprovechen de nosotros[13].

Veamos el primer ejemplo:

A cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra.

Abofetear a alguien era considerado un grave insulto. Quien lo hiciera podía ser llevado a juicio y multado. Para abofetear a alguien en la mejilla derecha, una persona diestra tendría que usar el dorso de la mano derecha, y en aquel tiempo pegar una bofetada con el dorso de la mano era considerado doblemente insultante, y se sancionaba con una multa doble. Por consiguiente, Jesús está diciendo que si alguien te deshonra (en este ejemplo, abofeteándote con el dorso de la mano), no debes procurar la compensación económica que el sistema judicial podría ofrecerte, sino aceptar el insulto y no responder, y hasta poner la mejilla izquierda para que te insulten más. El libro de Isaías dice algo similar.

Di mi cuerpo a los heridores y mis mejillas a los que me mesaban la barba; no aparté mi rostro de injurias y de esputos[14].

Luego Jesús habla concretamente de un proceso judicial.

Al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa.

Aquí alude a un caso en que lo llevan a uno a juicio para quitarle la túnica. La palabra griega traducida como túnica se refiere a una prenda interior que por lo general se llevaba pegada a la piel. Algunas versiones la traducen como camisa. Jesús dice que en esa situación uno debería renunciar también a su capa o abrigo. Para muchos, renunciar a su abrigo —prenda que solía pesar más que la túnica y por la noche servía también de manta— representaba un grave perjuicio. Según el Antiguo Testamento, si uno tomaba el abrigo de otra persona en prenda de un préstamo, no era lícito quedarse con él por la noche. Jesús está diciendo que vayamos más allá de lo que se nos exige, que demos libremente la capa aunque eso signifique pasar frío por la noche[15].

Su tercer ejemplo tiene que ver con el derecho romano, según el cual una persona de un pueblo subyugado estaba legalmente obligada a llevar una carga o realizar un servicio si se lo ordenaban.

A cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos.

Ese principio de que una persona estaba obligada a llevar una carga si los romanos se lo ordenaban se aplicó cuando Simón de Cirene fue obligado a llevar la cruz de Jesús. En ambos versículos se emplea la misma palabra griega, aggareuō.

Al salir [los soldados romanos] hallaron a un hombre de Cirene que se llamaba Simón; a este obligaron a que llevara la cruz [de Jesús][16].

Jesús estaba diciendo a Sus discípulos que si alguien los obligaba a realizar un servicio de esa clase, aunque fuera un enemigo (como consideraban ellos a los conquistadores romanos), debían hacerlo, e incluso más.

El escritor R. T. France explica:

Hacer eso por cualquier persona era un hecho notable; hacerlo por un enemigo era inaudito. Por consiguiente, esa imagen no solo sirve para ilustrar la exigencia de Jesús de que renunciemos a nuestros derechos, sino que también nos prepara para Su mandamiento igualmente revolucionario de amar a nuestros enemigos, y da a entender que la respuesta que Jesús propugnaba frente a la ocupación romana era una postura que no solo los zelotes acérrimos, sino incluso la población de patriotismo medio debió de considerar incomprensible[17].

El cuarto ejemplo no tiene que ver con nada de carácter judicial, sino que alude más bien a una situación de todos los días:

Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo niegues.

En el Deuteronomio hay una enseñanza similar:

Cuando en alguna de las ciudades de la tierra que el Señor tu Dios te da veas a un hermano hebreo pobre, no endurezcas tu corazón ni le cierres tu mano. Antes bien, tiéndele la mano y préstale generosamente lo que necesite. […] No seas mezquino sino generoso, y así el Señor tu Dios bendecirá todos tus trabajos y todo lo que emprendas. Gente pobre en esta tierra, siempre la habrá; por eso te ordeno que seas generoso con tus hermanos hebreos y con los pobres y necesitados de tu tierra[18].

Jesús está enseñando que debemos practicar la generosidad con los necesitados, sean estos mendigos o personas que nos pidan dinero prestado. Como en los casos anteriores, da un ejemplo de cuál debe ser la actitud de los ciudadanos del reino de Dios. Debemos ser generosos, y dar o prestar con alegría. No es un llamamiento a dar a los mendigos todo lo que poseemos, ni a prestar todo nuestro dinero y empobrecernos, pues es nuestro deber cumplir nuestras obligaciones económicas, y tenemos responsabilidades familiares. La idea es dar con una buena actitud, no a regañadientes. Como escribió el apóstol Pablo cuando hizo una colecta para la iglesia de Jerusalén, que era pobre: «Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza ni por obligación, porque Dios ama al dador alegre»[19]. Es posible que no siempre dispongamos de dinero que dar cada vez que alguien nos pide; pero a falta de dinero, podemos dar lo que tengamos: una sonrisa, unas palabras amables, un ofrecimiento para orar por la persona que nos pide.

Mediante esos cuatro ejemplos, Jesús aborda la cuestión de nuestra inclinación natural a ser egoístas, adoptar una actitud defensiva, tomar represalias o exigir que se haga justicia en situaciones en que consideramos que se están aprovechando de nosotros o nos están insultando o perjudicando de alguna manera.

Jesús nos llama a seguir el principio de no retaliación y nos enseña a luchar contra la reacción natural de querer desquitarnos, contra el deseo de defendernos o buscar venganza cuando alguien nos hace daño, nos insulta o nos agravia. Pone por ejemplo el insulto del bofetón con el dorso de la mano, pero los insultos pueden adoptar múltiples formas; en cualquier caso, no debemos desquitarnos. Dios pide a los cristianos que, por Su gracia, no cedan a las injurias ni modelen su respuesta según los actos de los demás.

El ejemplo del insulto hiriente, así como el de la túnica y el juicio, indica cuál debe ser la respuesta cristiana ante las injusticias sufridas: cuando alguien nos agravie, no debemos responder de la misma manera con ánimo de venganza. Eso no implica que los cristianos no puedan o no deban recurrir al sistema judicial cuando alguien vulnere sus derechos o los de otras personas, sobre todo si están en juego la vida o la libertad de alguien, o sus derechos humanos básicos.

El ejemplo de ser obligado a llevar el equipaje de un soldado enseña que, cuando se nos pida algo legalmente exigible (siempre que no se trate de algo inmoral), debemos esforzarnos por hacerlo de buen grado y sin resentimientos.

Al hablar de dar y prestar a los que nos pidan, Jesús aborda la actitud de «lo mío es mío», y «si comparto lo que tengo, saldré perjudicado». De nuevo, no es que Él recomiende que demos hasta que no nos quede nada y nos convirtamos nosotros mismos en mendigos, sino que alude a nuestro egoísmo y nuestra preocupación instintiva por nosotros mismos. Es posible que no podamos dar a todos; pero si alguien tiene una auténtica necesidad, y nosotros disponemos de medios para ayudarlo, y nuestras circunstancias nos lo permiten, deberíamos hacerlo. Y más si se trata de un hermano o hermana en Cristo. Como escribió el apóstol Juan: «El que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él?»[20]. Al mismo tiempo, hay quienes se niegan a buscar trabajo o a aceptar el trabajo que se les ofrece, o que tienen una dependencia al alcohol o a las drogas y gastan en su vicio el dinero que les dan; en esos casos, conviene orar sobre lo que se les da. Darles comida, invitarlos a comer, ayudarlos a conseguir alojamiento, etc. son formas de ayudarlos que evitan que gasten en su adicción lo que uno les da.

A los cristianos, a los que somos ciudadanos del reino de Dios, se nos exhorta a trascender el comportamiento natural[21]. Debemos abandonar el interés propio y tener mayor conciencia de practicar el principio de amar al prójimo como a nosotros mismos. No se trata de un llamamiento a dejarse pisotear por todos, sino de una invitación a tener una actitud de amor, misericordia y compasión, y la dignidad de dejar pasar algunas cosas, de absorber algunas pérdidas, tanto de imagen como de dinero. En vez de desquitarnos y tratar de defender nuestro orgullo, o salvaguardar siempre nuestros intereses, se nos llama a amar, a seguir el ejemplo de Jesús, que no buscaba Su propio provecho.

Nada hagáis por rivalidad o por vanidad; antes bien, con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo. No busquéis vuestro propio provecho, sino el de los demás. Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús: Él, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a Sí mismo, tomó la forma de siervo y se hizo semejante a los hombres. Más aún, hallándose en la condición de hombre, se humilló a Sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz[22].

Termino con la siguiente cita de David Martyn Lloyd-Jones, que sintetiza bien la enseñanza de Jesús sobre la clase de conducta que deben seguir los cristianos.

No una vida de autodefensa o susceptibilidad, sino una en la que, aun si nos ofenden, no tomamos represalias; si nos dan una bofetada en la mejilla derecha, estamos dispuestos a presentar la otra también; si alguien nos lleva a juicio y nos quita nuestro abrigo, estamos dispuestos a darle también nuestra capa; si nos obligan a caminar una milla, vamos dos; y si alguien viene a pedirme algo no digo: «Esto es mío», sino más bien: «Si él tiene alguna necesidad y yo lo puedo ayudar, lo haré». He acabado con mi yo, he muerto a mí mismo, y mi única preocupación ahora es la gloria y el honor de Dios[23].


Nota

A menos que se indique otra cosa, todos los versículos de la Biblia proceden de la versión Reina-Valera, revisión de 1995, © Sociedades Bíblicas Unidas, 1995. Utilizados con permiso.


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[1] Mateo 5:38–42.

[2] Éxodo 21:23–25.

[3] Levítico 24:19,20.

[4] Deuteronomio 19:18–21.

[5] Stott, El Sermón del Monte, 118.

[6] Keener, The Gospel of Matthew, 196.

[7] Éxodo 21:18,19.

[8] France, The Gospel of Matthew, 219.

[9] Números 35:31.

[10] Levítico 19:18 (NVI).

[11] Proverbios 20:22.

[12] Proverbios 24:29.

[13] France, The Gospel of Matthew, 217 y 219.

[14] Isaías 50:6.

[15] Cuando prestes dinero a uno de Mi pueblo, al pobre que está contigo, no te portarás con él como usurero ni le cobrarás intereses. Si tomas en prenda el vestido de tu prójimo, a la puesta del sol se lo devolverás, porque solo eso es su abrigo, el vestido para cubrir su cuerpo. ¿Con qué dormirá? Y cuando él clame a Mí, Yo le oiré, porque soy misericordioso (Éxodo 22:25–27). V. también Deuteronomio 24:10–13.

[16] Mateo 27:32.

[17] France, The Gospel of Matthew, 222.

[18] Deuteronomio 15:7,8,10,11 (NVI).

[19] 2 Corintios 9:7.

[20] 1 Juan 3:17.

[21] France, The Gospel of Matthew, 222.

[22] Filipenses 2:3–8.

[23] Lloyd-Jones, Estudios sobre el Sermón del Monte.