Jesús, Su vida y mensaje: La Fiesta de los Tabernáculos (6ª parte)

agosto 6, 2019

Enviado por Peter Amsterdam

[Jesus—His Life and Message: The Feast of Tabernacles (Part 6)]

A la mitad de la Fiesta de los Tabernáculos, que duraba siete días, Jesús salió de Galilea y fue a Jerusalén. Una vez allá, se dirigió al Templo y se puso a enseñar. Se topó con la oposición de los líderes religiosos judíos, que querían aprehenderlo, pero no lo lograron.

El último día de la fiesta se puso en pie en el Templo y proclamó que, si alguno tenía sed, se acercara a Él y bebiera. Al día siguiente regresó al Templo y declaró: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida»[1]. Fue entonces cuando comenzó a hablar de Su Padre, que lo había enviado, y dijo que Él «da testimonio de Mí»[2]. Seguidamente afirmó: «Si no creéis que Yo soy, en vuestros pecados moriréis»[3].

Al oír a Jesús llamarse a Sí mismo «Yo soy» —lo cual constituía una pretensión de divinidad (como explicaremos más abajo)— y decirles que morirían en sus pecados si no creían en Él, los presentes le preguntaron:

«Tú, ¿quién eres?» Entonces Jesús les dijo: «Lo que desde el principio os he dicho. Muchas cosas tengo que decir y juzgar de vosotros; pero el que me envió es verdadero, y Yo, lo que he oído de Él, esto hablo al mundo»[4].

Jesús no respondió directamente a la pregunta de quién era Él: solo dijo que era el que siempre les había dicho que era. Y añadió que, aunque tenía mucho que decir de ellos y mucho por lo que juzgarlos, Su misión era transmitirle al mundo lo que había oído del Padre.

Seguidamente declaró que el que lo había enviado (el Padre) es verdadero. El Antiguo Testamento dice que Dios es Dios de la verdad.

Líbrame, Señor, Dios de la verdad[5].

Cualquiera que en el país invoque una bendición, lo hará por el Dios de la verdad; y cualquiera que jure en esta tierra, lo hará por el Dios de la verdad[6].

La verdad es un atributo del Padre (y también de Jesús, el Hijo, que dijo: «Yo soy el camino, la verdad y la vida»[7], y del Espíritu Santo: «Cuando venga el Espíritu de verdad, Él os guiará a toda la verdad»[8]).

Pero no entendieron que les hablaba del Padre[9].

Jesús había hablado del que lo había enviado, pero hasta ese momento no lo había llamado específicamente «Padre». Como las personas a las que se dirigía no reconocían que Él provenía del Cielo (sabemos por las Escrituras que Él estaba en el principio con Dios[10]), para ellos no significaba gran cosa que el mensaje que predicaba procediera de Su Padre, o que el mensaje fuera verdadero. Esto confirma lo que Jesús ya les había dicho:

Ni a Mí me conocéis, ni a Mi Padre; si a Mí me conocierais, también a Mi Padre conoceríais[11].

Habiendo respondido a la pregunta «Tú, ¿quién eres?», Jesús continúa con lo que venía diciendo:

Les dijo, pues, Jesús: «Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces conoceréis que Yo soy y que nada hago por Mí mismo, sino que, según me enseñó el Padre, así hablo, porque el que me envió, conmigo está; no me ha dejado solo el Padre, porque Yo hago siempre lo que le agrada». Al hablar Él estas cosas, muchos creyeron en Él[12].

Cuando habló de ser levantado, Jesús se refería a Su ya próxima crucifixión. Esa misma expresión la emplea también en otros pasajes para aludir a Su muerte.

Yo, cuando sea levantado de la tierra, a todos atraeré a Mí mismo[13].

Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del hombre sea levantado, para que todo aquel que en Él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna[14].

Jesús dice: «Solo se sabrá que Yo soy después que sea levantado». La expresión «Yo soy» aparece en varias partes del Antiguo Testamento. Dios la emplea para referirse a Sí mismo.

Vean ahora que Yo, Yo Soy, y conmigo no hay más dioses[15].

¿Quién ha realizado tales proezas, dirigiendo los asuntos de las generaciones de los seres humanos conforme estas se suceden? ¡Yo, el Señor, el primero y el último! ¡Solo Yo soy![16]

Jesús dice que después de Su muerte y resurrección la gente entenderá que «Yo soy», igual que Su Padre. Conocer a Jesús, el «Yo soy», es conocer también al Padre.

Habiendo establecido Su íntima unión y perfecta armonía con Su Padre, Jesús declaró que todo lo que Él hacía era con el permiso de Su Padre, y todo lo que decía y enseñaba era lo que Dios le había dicho. El Padre lo había enviado, estaba con Él, y no lo abandonaba. Todo lo que Jesús hacía se ceñía a la voluntad de Su Padre, y por ese motivo Su relación con Él era continua e ininterrumpida.

Muchos de los que lo oían creyeron en Él. Sin embargo, la fe de algunos de ellos resultó ser bastante superficial o débil.

Dijo entonces Jesús a los judíos que habían creído en Él: «Si vosotros permanecéis en Mi palabra, seréis verdaderamente Mis discípulos; y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres»[17].

Jesús dirigió estas palabras a los que habían estado escuchando Sus enseñanzas en el versículo anterior, a los «muchos» que creyeron en Él. La verdad a la que Jesús se refería era que sabrían que «Yo soy y que nada hago por Mí mismo, sino que, según me enseñó el Padre, así hablo». La verdad que nos hace libres es que Jesús fue enviado por Su Padre, y que Su Padre está con Él.

Le respondieron: «Descendientes de Abraham somos y jamás hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: “Seréis libres”?»[18]

Al oír que, si permanecían en las palabras de Jesús, la verdad los haría libres, respondieron rechazando la idea de que alguna vez hubieran sido esclavos. Curiosamente, pasaron por alto el reiterado mandamiento de Moisés en Deuteronomio: «Acuérdate de que fuiste siervo en tierra de Egipto»[19]. Evidentemente, sabían que lo que decían no era literalmente cierto. Sus antepasados, que eran descendientes de Abraham, habían sido esclavos en Egipto. Posteriormente, el pueblo judío fue llevado cautivo a Babilonia. Y en tiempos de Jesús, estaban bajo el dominio de Roma. Sin embargo, lo que querían expresar era que eran «hijos libros de Abraham, que en su interior nunca se habían sometido a la dominación extranjera»[20].

Jesús les respondió: «De cierto, de cierto os digo que todo aquel que practica el pecado, esclavo es del pecado. Y el esclavo no queda en la casa para siempre; el hijo sí queda para siempre. Así que, si el Hijo os liberta, seréis verdaderamente libres»[21].

Jesús empleaba la expresión «de cierto, de cierto os digo» («en verdad les digo» en la NBLH; «ciertamente les aseguro» en la NVI; «les digo la verdad» en la NTV; «es bien cierto» en la NBV) para indicar que lo que estaba a punto de afirmar era una declaración relevante, algo importante y cierto.

Jesús señaló que la esclavitud (de la cual «la verdad os hará libres») no era literalmente una esclavitud física, sino una esclavitud al pecado. El apóstol Pablo aludió también a esa esclavitud cuando escribió:

¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerlo, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte o sea de la obediencia para justicia? Pero gracias a Dios que, aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina que os transmitieron; y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia[22].

Tras decir que los que practican el pecado son esclavos del pecado, Jesús llamó la atención sobre la diferencia entre la situación de un esclavo en la casa de su amo y la de un hijo de este. El esclavo no tenía un lugar permanente en la familia, no tenía ninguna seguridad, no tenía derechos, y podía ser expulsado del hogar y vendido a otra persona. En cambio, el hijo tenía derecho a estar en la casa por su estatus permanente de hijo.

Al afirmar: «Si el Hijo os liberta, seréis verdaderamente libres»,Jesús está repitiendo con otras palabras lo que ya había dicho: «Si vosotros permanecéis en Mi palabra, […] conoceréis la verdad y la verdad os hará libres»[23]. Si tanto el Hijo como la verdad pueden liberar a una persona, es que el propio Jesús es la verdad. Los que permanecen en Su palabra y conocen la verdad se liberan de la esclavitud al pecado y a la muerte y tendrán vida eterna.

Sé que sois descendientes de Abraham; sin embargo intentáis matarme, porque Mi palabra no halla cabida en vosotros. Yo hablo lo que he visto estando junto al Padre, y vosotros hacéis lo que habéis oído junto a vuestro padre[24].

Jesús no rebatió lo que afirmaban Sus oyentes judíos, que decían ser descendientes de Abraham, pero sí negó que fueran hijos de Abraham, ya que no se comportaban en absoluto como él. Querían matar a Jesús porque habían rechazado Su palabra, y Sus enseñanzas no habían penetrado en ellos. Seguidamente, Jesús puso de manifiesto el contraste entre lo que Él había visto estando junto al Padre y lo que ellos habían escuchado del suyo. Con eso dio a entender que ellos y Él no tenían el mismo padre. (La identidad del padre de ellos aparece más adelante en este pasaje y la veremos en la séptima parte de esta serie.)

Los judíos creyentes que lo escuchaban rechazaron enérgicamente lo que les decía.

Respondieron y le dijeron: «Nuestro padre es Abraham». Jesús les dijo: «Si fuerais hijos de Abraham, las obras de Abraham haríais. Pero ahora intentáis matarme a Mí, que os he hablado la verdad, la cual he oído de Dios. No hizo esto Abraham»[25].

Nuevamente afirmaron tener a Abraham por padre, y nuevamente Jesús señaló que no seguían su ejemplo, no creían como él ni obraban como él. Sus acciones y actitudes no emulaban las «obras de Abraham».

En el Evangelio de Lucas, Jesús se refirió también a esto al decir:

No comencéis a decir dentro de vosotros mismos: «Tenemos a Abraham por padre», porque os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras[26].

El apóstol Pablo explicó algo similar:

No todos los que descienden de Israel son israelitas, ni por ser descendientes de Abraham, son todos hijos suyos, sino: «En Isaac te será llamada descendencia». Esto es: no son hijos de Dios los hijos según la carne, sino que son contados como descendencia los hijos según la promesa[27].

Jesús continuó diciendo:

«Vosotros hacéis las obras de vuestro padre». Entonces le dijeron: «¡Nosotros no hemos nacido de fornicación! ¡Un padre tenemos: Dios!» Jesús entonces les dijo: «Si vuestro padre fuera Dios, entonces me amaríais, porque Yo de Dios he salido y he venido, pues no he venido de Mí mismo, sino que Él me envió»[28].

Aunque Jesús vuelve a referirse al padre de ellos y afirma que hacen las obras de su padre, todavía no ha declarado concretamente quién es ese padre; pero sí da a entender que no se trata de Dios diciendo: «Si vuestro padre fuera Dios…» Asegura que el padre de ellos no es Abraham y que sus malas obras se deben a quien tienen por padre.

Algunos biblistas opinan que la respuesta: «¡Nosotros no hemos nacido de fornicación!» es una alusión al nacimiento de Jesús, ya que la madre de Él quedó encinta antes de estar oficialmente casada con su esposo, José[29]. Sin embargo, la mayoría de los comentaristas lo consideran improbable. Es más plausible que estuvieran rebatiendo el cuestionamiento que había hecho Jesús de su linaje espiritual y asegurando metafóricamente que eran hijos legítimos de Dios. «¡Un padre tenemos: Dios!»

La estructura de la respuesta de Jesús indica que lo que habían dicho no era cierto. «Si vuestro padre fuera Dios (que no lo es), entonces me amaríais (y ese no es el caso)». Jesús rechazó sus pretensiones de que tenían a Dios por padre. Si realmente fuera el padre de ellos, habrían aceptado a Jesús, a quien Dios envió. Jesús insistió en repetidas ocasiones en que había sido enviado por Su Padre.

No juzgo Yo solo, sino que el Padre que me envió juzga conmigo[30].

El Padre que me envió da testimonio de Mí[31].

El que me envió, conmigo está; no me ha dejado solo el Padre, porque Yo hago siempre lo que le agrada[32].

(Continúa en la séptima parte.)


Nota

A menos que se indique otra cosa, todos los versículos de la Biblia proceden de la versión Reina-Valera, revisión de 1995, © Sociedades Bíblicas Unidas, 1995. Utilizados con permiso.


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[1] Juan 8:12.

[2] Juan 8:18.

[3] Juan 8:24.

[4] Juan 8:25,26.

[5] Salmo 31:5 (NVI).

[6] Isaías 65:16 (NVI).

[7] Juan 14:6.

[8] Juan 16:13.

[9] Juan 8:27.

[10] Juan 1:2.

[11] Juan 8:19.

[12] Juan 8:28–30.

[13] Juan 12:32.

[14] Juan 3:14,15.

[15] Deuteronomio 32:39 (RVA-2015).

[16] Isaías 41:4 (NBV). V. también Isaías 43:12,13,25; 46:4; 48:12.

[17] Juan 8:31,32.

[18] Juan 8:33.

[19] Deuteronomio 5:15. También Deuteronomio 15:15; 16:12; 24:18,22.

[20] Rudolf Schnackenburg, El Evangelio según San Juan, tomo II.

[21] Juan 8:34–36.

[22] Romanos 6:16–18.

[23] Juan 8:31,32.

[24] Juan 8:37,38.

[25] Juan 8:39,40.

[26] Lucas 3:8.

[27] Romanos 9:6–8.

[28] Juan 8:41,42.

[29] El nacimiento de Jesucristo fue así: Estando comprometida María, su madre, con José, antes que vivieran juntos se halló que había concebido del Espíritu Santo (Mateo 1:18). V. también Jesús, Su vida y mensaje: El nacimiento de Jesús (1ª parte).

[30] Juan 8:16 (DHH).

[31] Juan 8:18.

[32] Juan 8:29.