Jesús, Su vida y mensaje: Técnicas de enseñanza

Marzo 24, 2015

Enviado por Peter Amsterdam

[Jesus—His Life and Message: Teaching Methods]

(Si lo deseas, puedes consultar el artículo introductorio en el que se explican el propósito y el plan de esta serie.)

(En este artículo hago un resumen de los argumentos presentados por Robert H. Stein en The Method and Message of Jesus’ Teachings.)

Jesús fue un maestro excepcional. Sabía cautivar a Su público y comunicar convincentemente Su mensaje. Algo en Su manera de enseñar predisponía a la gente a prestarle atención, hasta el punto de que muchedumbres de miles de personas se pasaban días seguidos escuchándolo[1].

A lo largo de los Evangelios, Jesús cuando enseña se refiere al Antiguo Testamento y cita pasajes del mismo. Sin embargo, a diferencia de los escribas y rabinos, cuyas enseñanzas se solían basar en interpretaciones de las Escrituras que habían hecho rabinos anteriores, Jesús enseñaba con la autoridad única que le daba Su Padre[2]. En el Sermón del Monte, por ejemplo, dice repetidamente: «Oísteis que fue dicho… Pero Yo os digo…»[3] «Cuando terminó Jesús estas palabras, la gente estaba admirada de Su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas»[4]. Sus curaciones y Sus expulsiones de demonios contribuyeron a reforzar Su autoridad para enseñar.

Jesús lo reprendió, diciendo: «¡Cállate y sal de él!» Y el espíritu impuro, sacudiéndolo con violencia y dando un alarido, salió de él. Todos se asombraron, de tal manera que discutían entre sí, diciendo: «¿Qué es esto? ¿Qué nueva doctrina es esta, que con autoridad manda aun a los espíritus impuros, y lo obedecen?»[5]

Aparte de enseñar con autoridad, Jesús empleó diversas técnicas de enseñanza con el fin de comunicar Su mensaje de una manera interesante y cautivadora. El tomar conciencia de los distintos recursos didácticos que utilizó puede ayudarnos a entender mejor el mensaje que transmitió. Examinemos algunos.

Exageración

En ocasiones Jesús exageraba una verdad para hacer hincapié en algo. Tales exageraciones eran típicas de la manera de hablar de los semitas de la época[6].

Un ejemplo del uso de exageraciones por parte de Jesús es este:

Si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo y échalo de ti, pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno[7].

Jesús no pretendía promover la automutilación. Hizo una exageración para mostrar vívidamente que debemos arrancar de nuestra vida cualquier cosa que nos lleve a pecar, por mucho que nos duela. La exageración era un recurso para comunicar sin ambages Sus pensamientos.

Hipérbole

Jesús también recurrió a la hipérbole, que es similar a la exageración y describe una acción imposible de realizar. Un ejemplo de ello es cuando Jesús llamó guías ciegos a los escribas y fariseos: «¡Guías ciegos, que coláis el mosquito y tragáis el camello!»[8] Está claro que uno no puede tragarse un camello; pero esa imagen literaria imposible le sirve para presentar eficazmente un argumento. Otro ejemplo es cuando Jesús nos manda: «Saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano»[9]. El significado de la imagen es evidente, aunque es obvio que la acción recomendada es imposible.

Juego de palabras

Jesús también hacía juegos de palabras con vocablos de sonido semejante y distinto significado, o vocablos con dos sentidos. Tales juegos de palabras no se detectan en las traducciones al español o a otros idiomas, pero estaban presentes en el arameo en que se expresaba Jesús.

Ejemplo de ello es uno de los versículos que acabamos de citar: «¡Guías ciegos, que coláis el mosquito y tragáis el camello!» En arameo, camello se decía gamla, y mosquito, galma. Así que el juego de palabras era: «¡Guías ciegos, que coláis el galma y tragáis el gamla!» Otro ejemplo es: «El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo aquel que nace del Espíritu»[10]. En arameo se emplea la misma palabra, ruah, para decir tanto viento como espíritu. De modo que el ruah sopla de donde quiere, y así es todo aquel que nace del ruah.

Símil

Un símil es una comparación entre dos cosas distintas introducida por un conector, que puede ser como o cual, o por un verbo como asemejarse. Veamos un ejemplo: «Yo os envío como a ovejas en medio de lobos. Sed, pues, prudentes como serpientes y sencillos como palomas»[11]. Otro ejemplo es:

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia[12].

En estos símiles, las comparaciones y las diferencias se advierten claramente. En el primero se compara a los creyentes con ovejas, y dice que deben ser como serpientes en cuanto a prudencia y como palomas en cuanto a inocencia. En el segundo se compara a los fariseos, que dan la impresión de ser íntegros pero en el fondo son corruptos, con tumbas que por fuera se ven limpias e impresionantes, pero están llenas de materia en descomposición.

Metáfora

Una metáfora es una comparación entre dos cosas esencialmente distintas. La metáfora no va introducida por un conector como el símil, que dice que tal cosa es como tal otra, sino que hace una comparación implícita. Mientras que en un símil se diría que el ojo es como la lámpara del cuerpo, en una metáfora se diría que es la lámpara del cuerpo.

Veamos algunas metáforas de Jesús: «Vosotros sois la sal de la tierra»[13], «Vosotros sois la luz del mundo»[14]. Otra es: «A la verdad la mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a Su mies»[15]. Con esas metáforas, Jesús compara directamente dos cosas disímiles. Compara a Sus discípulos con la sal y con la luz, y a la cosecha con las masas que necesitan oír el mensaje divino. Por lo mismo, las declaraciones que comienzan por «Yo soy» que hay en el Evangelio de Juan también son metáforas: «Yo soy el pan de vida», «Yo soy la luz del mundo», «Yo soy la vid, vosotros los pámpanos»[16].

Proverbio

Jesús dijo numerosos proverbios, enunciados breves y expresivos, por lo general consistentes en una sola frase, que contienen una sentencia memorable presentada de forma llamativa. Los siguientes dichos de Jesús pueden considerarse proverbios: «Donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón»[17]; «Todos los que tomen espada, a espada perecerán»[18]; «No hay profeta sin honra sino en su propia tierra, entre sus parientes y en su casa»[19].

Enigma

En las Escrituras, un enigma es un típico dicho de sabiduría con el que se desafía al oyente a descubrir el significado encubierto del mismo. Veamos algunos enigmas que planteó Jesús:

«Yo derribaré este templo hecho a mano, y en tres días edificaré otro no hecho a mano»[20]. «Dondequiera que esté el cuerpo muerto, allí se juntarán las águilas»[21]. «Si en el árbol verde hacen estas cosas, ¿en el seco, qué no se hará?»[22]

A fortiori (de menor a mayor)[23]

El argumento a fortiori es una forma de argumentación lógica con la que se demuestra que, si una cosa es cierta, se puede inferir que otra lo es todavía más[24]. Se trata de una técnica didáctica empleada por los rabinos judíos para enseñar de menor a mayor o de lo ligero a lo pesado, en el sentido de que si una conclusión se aplica a un caso menor, también se aplica a uno más importante. Los argumentos de menor a mayor se reconocen porque el texto dice algo así como: «Si… cuánto más…»

Por ejemplo:

«¿Qué hombre hay de vosotros, que si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pescado, le dará una serpiente? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas cosas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?»[25] Y aquí hay un segundo ejemplo: «Él les dijo: “¿Qué hombre entre vosotros, si tiene una oveja y esta se le cae en un hoyo, en sábado, no le echa mano y la saca? Pero, ¿cuánto más vale un hombre que una oveja? Por consiguiente, está permitido hacer el bien en sábado”. Entonces dijo a aquel hombre: “Extiende tu mano”. Él la extendió y le fue restaurada sana como la otra»[26].

Uso de preguntas

Jesús cuando enseñaba hacía preguntas con diversos propósitos. Entre otras cosas, se servía de ellas para llevar a los oyentes a declarar o concretar sus pensamientos, creencias o postura sobre algún tema, al hacerlos reflexionar y llegar a la conclusión correcta por sus propios procesos de análisis. Mediante la pregunta, grababa más firmemente su argumento en la mente de los oyentes. Un ejemplo, en un momento decisivo de Su ministerio, fue cuando preguntó a Sus discípulos:

«“¿Quién dicen los hombres que soy Yo?” Ellos respondieron: “Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los profetas”. Entonces Él les dijo: “Y vosotros, ¿quién decís que soy?” Respondiendo Pedro, le dijo: “Tú eres el Cristo”»[27]. Un segundo ejemplo se halla en la parábola del buen samaritano, cuando Jesús pregunta: «“¿Quién, pues, de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones?” [El intérprete de la Ley con quien Jesús estaba hablando] dijo: “El que usó de misericordia con él”. Entonces Jesús le dijo: “Ve y haz tú lo mismo”»[28].

A veces, en situaciones hostiles en que se esperaba que diera una respuesta, Jesús contestaba con una contrapregunta como recurso argumentativo. Está el ejemplo de cuando estaba en el Templo y los principales sacerdotes, escribas y ancianos le preguntaron:

«¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿Quién te dio autoridad para hacer estas cosas?» Jesús, respondiendo, les dijo: «Os haré Yo también una pregunta. Respondedme y os diré con qué autoridad hago estas cosas. El bautismo de Juan, ¿era del cielo, o de los hombres? Respondedme». […] Así que, respondiendo, dijeron a Jesús: «No sabemos». Entonces, respondiendo Jesús, les dijo: «Tampoco Yo os digo con qué autoridad hago estas cosas»[29].

A veces también hacía preguntas retóricas, preguntas que no formulaba con la finalidad de obtener una respuesta verbal, sino para producir cierto efecto. A veces ese efecto consistía en lograr que los oyentes aceptaran mentalmente el argumento que Él presentaba. Por ejemplo, cuando los escribas dijeron que «por el príncipe de los demonios echaba fuera los demonios», Jesús respondió: «¿Cómo puede Satanás echar fuera a Satanás?»[30]

A veces hacía preguntas retóricas con el propósito de dar más peso a una afirmación, como en este caso:

¿De qué le aprovechará al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?[31]

En ocasiones Sus preguntas expresaban Su frustración:

«¡Generación incrédula! ¿Hasta cuándo he de estar con vosotros? ¿Hasta cuándo os he de soportar?»[32] «Él le dijo: “Hombre, ¿quién me ha puesto sobre vosotros como juez o partidor?”»[33]

Actos figurativos

Jesús a veces transmitía Su mensaje de una forma no verbal. Dejaba que Sus gestos expresaran lo que quería decir. Ejemplo de ello fue Su encuentro con Zaqueo, un hombre rico que era jefe de los recaudadores de impuestos. Este quería ver a Jesús, pero la muchedumbre se lo impedía, así que se adelantó y se subió a un árbol. Cuando Jesús lo vio, le dijo: «“Zaqueo, date prisa, desciende, porque hoy es necesario que me hospede en tu casa”. Entonces él descendió aprisa y lo recibió gozoso»[34]. Ese gesto de Jesús de comer con el odiado cobrador de tributos comunicó el mensaje de que la salvación estaba al alcance de los pecadores.

Cuando los discípulos de Juan el Bautista se presentaron con un mensaje de su maestro y le preguntaron a Jesús si Él era el que había de venir, Jesús respondió diciendo:

Id y haced saber a Juan las cosas que oís y veis. Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados y a los pobres es anunciado el evangelio[35].

Cada vez que Jesús curaba a alguien o realizaba algún otro milagro, Sus actos anunciaban la presencia del reino de Dios y proclamaban que Él era el Mesías.

Conforme Jesús fue enseñando con Sus palabras y Sus hechos, muchos de los que lo oyeron comenzaron a creer que Él era el Mesías enviado por Dios. Su resurrección demostró que en efecto lo era.


Nota

Todos los versículos de la Biblia proceden de la versión Reina-Valera, revisión de 1995, © Sociedades Bíblicas Unidas, 1995. Utilizados con permiso.


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[1] Marcos 8:1–3; Mateo 15:32.

[2] Yo no he hablado por Mi propia cuenta; el Padre, que me envió, Él me dio mandamiento de lo que he de decir y de lo que he de hablar. Y sé que Su mandamiento es vida eterna. Así pues, lo que Yo hablo, lo hablo como el Padre me lo ha dicho (Juan 12:49,50).

¿No crees que Yo soy en el Padre y el Padre en Mí? Las palabras que Yo os hablo, no las hablo por Mi propia cuenta, sino que el Padre, que vive en Mí, Él hace las obras (Juan 14:10).

[3] Mateo 5:21,22,27,28,33,34,38,39,43,44.

[4] Mateo 7:28,29.

[5] Marcos 1:25–27.

[6] Stein, The Method and Message of Jesus’ Teachings, 8.

[7] Mateo 5:29.

[8] Mateo 23:24.

[9] Mateo 7:3–5.

[10] Juan 3:8.

[11] Mateo 10:16.

[12] Mateo 23:27.

[13] Mateo 5:13.

[14] Mateo 5:14.

[15] Mateo 9:37,38.

[16] Juan 6:35, 8:12, 15:5.

[17] Mateo 6:21.

[18] Mateo 26:52.

[19] Marcos 6:4.

[20] Marcos 14:58.

[21] Mateo 24:28.

[22] Lucas 23:31.

[23] La locución latina a fortiori significa literalmente «por un motivo más fuerte», o con mayor razón.

[24] Gerald N. Hill y Kathleen T. Hill, Nolo’s Plain-English Law Dictionary, 17.

[25] Mateo 7:9–11.

[26] Mateo 12:11–13.

[27] Marcos 8:27–29.

[28] Lucas 10:36,37.

[29] Marcos 11:28–30,33.

[30] Marcos 3:22,23.

[31] Marcos 8:36,37.

[32] Marcos 9:19.

[33] Lucas 12:14.

[34] Lucas 19:5,6.

[35] Mateo 11:3–5.