Lo esencial: La humanidad

agosto 14, 2012

Enviado por Peter Amsterdam

Lo material y lo inmaterial

La Biblia enseña que los seres humanos constan de un elemento material y de otro inmaterial, que en conjunto conforman la unidad del ser humano. El elemento material —el cuerpo— y el inmaterial —el alma o espíritu— se combinan para constituir un ser humano cabal. Tanto el cuerpo como el alma son constitutivos inherentes de lo que somos. Tras un periodo de separación que tendrá lugar entre el momento de nuestra muerte y el retorno de Jesús, los dos se reintegrarán para siempre. Ya que no todo el mundo coincide en que el alma seguirá viviendo después que morimos, conviene entender la premisa bíblica respecto a nuestros componentes físico y espiritual.

La inmortalidad del alma es algo de tan vital importancia, que nos atañe tan profundamente, que hay que haber perdido toda sensibilidad como para no interesarse en rastrear a fondo el asunto.  Blaise Pascal[1]

Creo que no solo debemos sostener que el hombre posee un alma, sino que es importante que sepa que tiene un alma.  J. Gresham Machen[2]

Según las Escrituras el espíritu —o alma, el elemento inmaterial— se distingue del cuerpo físico. Después que el cuerpo muere, el espíritu sigue vivo, interactuando y se relacionándose conscientemente con Dios desprendido del cuerpo físico.[3]

Mientras agonizaba en la cruz, Jesús se dirigió al ladrón crucificado a su lado y le dijo que ese día estaría con Él en el paraíso. Conociendo la inminencia de su muerte física, Jesús aludió a que lo inmaterial —alma/espíritu— continúa existiendo en la vida no física. El apóstol Pablo plantea la alternativa entre vivir en la carne o partir y estar con Cristo, demostrando con ello su convicción de que continuaría viviendo con el Señor por más que se hubiera separado de su cuerpo físico. El Apocalipsis nos describe a las almas de los mártires bajo el altar, lo que demuestra que trascienden a la muerte física.

[El ladrón] dijo a Jesús: —Acuérdate de mí cuando vengas en tu Reino. Entonces Jesús le dijo: —De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso.[4]

Pues para mí, el vivir es Cristo y el morir es ganancia. Pero si el vivir en la carne, esto significa para mí una labor fructífera, entonces, no sé cuál escoger. Porque de ambos lados me siento apremiado, teniendo el deseo de partir y estar con Cristo, pues eso es mucho mejor. Sin embargo, continuar en la carne es más necesario por causa de ustedes.[5]

Sabiendo que entre tanto que estamos en el cuerpo, estamos ausentes del Señor.[6]

Cuando abrió el quinto sello, vi debajo del altar las almas de los que habían muerto por causa de la palabra de Dios y del testimonio que tenían. Clamaban a gran voz,  diciendo: «¿Hasta cuándo Señor, santo y verdadero, vas a tardar en juzgar y vengar nuestra sangre de los que habitan sobre la tierra?»[7]

Distintas perspectivas

La creencia generalizada dentro del cristianismo es que el ser humano se compone de elementos materiales e inmateriales. Al amparo de ese principio fundamental existen diversas corrientes, unas que profesan que los seres humanos consisten de un elemento material —el cuerpo— y uno inmaterial —calificado indistintamente de alma o espíritu—; y otras que aducen que los seres humanos consisten del cuerpo y de dos partes inmateriales: el alma y el espíritu, distintas una de otra.

El término teológico empleado para describir que los seres humanos se componen de dos elementos —cuerpo y espíritu/alma— es dicotomía, derivado de los vocablos griegos dícha —que significa dos o dividido— y témnein—que quiere decir cortar—. La creencia de que los humanos constan de tres elementos se expresa con el término tricotomía, también derivado del griego, concretamente de los vocablos tricha —que significa tres— y nuevamente témnein—que quiere decir cortar—. Cada una de estas perspectivas se encuadra dentro del cristianismo, puesto que ambas sostienen que los seres humanos están constituidos por elementos físicos y espirituales que interactúan entre sí. Si bien la dicotomía tiene una acogida mucho más amplia dentro del cristianismo, muchos se adhieren a la tricotomía.

Otra óptica sobre la composición del ser humano es la creencia de que éste no puede existir sin cuerpo físico. Esta postura propugna que no hay vida fuera del ámbito físico y que el hombre consta únicamente del elemento físico; que no hay alma ni espíritu; que los seres humanos son monistas o unitarios, constituidos por una sustancia única sin ningún elemento inmaterial. Cuando el cuerpo muere, la vida se extingue. Los Testigos de Jehová y los Adventistas del Séptimo Día abrazan esta doctrina. Los dos creen que todos los seres humanos impíos serán total o absolutamente exterminados al momento de morir o instantes después que resuciten, y que dejarán de existir.[8] Este enfoque unitario o monista adquirió cierta popularidad entre algunos teólogos a principios del siglo XX. Quienes sostienen este punto de vista consideran que el cuerpo puede ser resucitado y en ese momento recobrar vida, pero que no hay alma ni espíritu que viva en el lapso de tiempo transcurrido entre la muerte y la resurrección del cuerpo. No obstante, el Nuevo Testamento hace muchas referencias a que el espíritu o alma vivirá luego de la extinción del cuerpo.

He aquí algunos ejemplos de este concepto expresado en la Biblia:

Jesús, clamando a gran voz, dijo: —Padre, en Tus manos encomiendo Mi espíritu. Habiendo dicho esto, expiró.[9]

Mientras lo apedreaban, Esteban oraba y decía: «Señor Jesús, recibe mi espíritu».[10]

Ella, al salírsele el alma —pues murió—, le puso por nombre Benoni; pero su padre lo llamó Benjamín.[11]

Estamos confiados, y más aún queremos estar ausentes del cuerpo y presentes al Señor.[12]

Dos de los primeros padres de la iglesia, Agustín de Hipona y Tomás de Aquino, confirmaron las posiciones de que el ser humano tiene ambos componentes: lo material y lo inmaterial:

El alma no sólo está en todo volumen de su cuerpo, sino que está entera en cada partícula del mismo.[13]

Sigue el tratado […], por cuanto el hombre, compuesto de espíritu y materia.[14]

Tanto la visión dicotómica como la tricotómica son compatibles con el ideario cristiano comúnmente aceptado. Las dos doctrinas sostienen que los seres humanos contienen elementos físicos y espirituales —si bien discrepan en qué número de ellos— y las dos coinciden en que los elementos espirituales y físicos obran conjuntamente, en unión, de tal manera que todo lo que hace una persona —toda acción, ya mental, ya física— la efectúa la persona integral. Es decir que los elementos físicos y espirituales están presentes en todo acto.

J.P. Moreland y William Lane Craig explican así esta creencia:

Para la mayoría es poco menos que evidente que existe una distinción entre su persona y su cuerpo. Casi todas las sociedades a lo largo de la historia —salvo si se las educa para pensar distinto— han sostenido que existe alguna forma de vida después de la muerte. Esa creencia surge espontáneamente cuando un ser humano reflexiona sobre su propia constitución. Es más, en el curso de la historia de la iglesia, la inmensa mayoría de pensadores cristianos ha entendido y con razón que la Escritura profesa lo siguiente: (1) El ser humano exhibe una unidad funcional holística. (2) Pese a constituir una unidad funcional, el ser humano entraña en una dualidad de alma/espíritu inmaterial y de cuerpo material; los dos son intrínsecamente buenos. Haciendo a un lado la cuestión de si el alma y el espíritu son lo mismo o diferentes el uno del otro, y reconociendo que los términos bíblicos empleados para expresar alma —néfesh, psique— y espíritu —rúaj, pneuma— engloban una amplia variedad de significados, no deja de ser evidente que según la Escritura el alma/espíritu es un componente inmaterial distinto del cuerpo (Eclesiastés 12:7; Mateo 10:28), que la muerte implica la separación de cuerpo y alma (Génesis 35:18; 1Reyes 17:21,22) y que después de la muerte, el alma continúa existiendo en un estado incorpóreo intermedio mientras aguarda la resurrección del cuerpo (Hebreos 12:23; Lucas 23:46; 2 Corintios 5:1-10; Filipenses 1:21-24).[15]

La unidad del ser humano

El concepto medular es que el ser humano contiene elementos físicos y espirituales —cuerpo y alma/espíritu—, los cuales conforman una unidad y actúan como un solo ser. Cuando la mente piensa, el espíritu y el cerebro —que forma parte del cuerpo físico— trabajan en conjunto; cuando el cuerpo se mueve, espíritu, cerebro y cuerpo obran al unísono. Cada elemento puede igualmente afectar al otro, como el que caso en que el espíritu está dispuesto, pero el cuerpo, débil y cansado, abruma al espíritu.[16] Otro ejemplo sería el del corazón alegre que resulta ser buena medicina para el cuerpo, en contraste con el espíritu abatido que «seca los huesos»[17] Tanto lo material como lo espiritual funcionan juntos en todos nuestros actos, por cuanto cuerpo y alma constituyen una unidad.

Dado que cada uno de estos elementos es integral para nuestro ser, no debemos estimar bueno uno de ellos y considerar malo el otro; pensar que nuestro cuerpo físico es inherentemente negativo y nuestro espíritu positivo. La idea de que el cuerpo es esencialmente maligno se infiltró en el pensamiento cristiano durante los primeros siglos de su historia. Eso dio lugar a movimientos ascéticos cuyos seguidores se privaban el cuerpo de alimento y otras necesidades y se flagelaban con la finalidad de adquirir mayor espiritualidad. El cuerpo no es inherentemente malo. Nosotros los cristianos hemos sido redimidos tanto en cuerpo como en espíritu por medio de Cristo.

Al morir, nuestro cuerpo pierde la vida; el alma no. Sin embargo, la muerte no supone el fin de nuestro cuerpo, ya que luego de un periodo de separación durante el cual nuestro espíritu continúa vivo, el Señor retornará. Entonces nuestro cuerpo transformado, incorruptible, y nuestro espíritu se reintegrarán y permanecerán juntos para siempre.

Así es también la resurrección de los muertos. Se siembra un cuerpo corruptible, se resucita un cuerpo incorruptible; se siembra en deshonra, se resucita en gloria; se siembra en debilidad, se resucita en poder; se siembra un cuerpo natural, se resucita un cuerpo espiritual. Si hay un cuerpo natural, hay también un cuerpo espiritual.[18]

Os digo un misterio: No todos moriremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta, porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles y nosotros seremos transformados, pues es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción y que esto mortal se vista de inmortalidad. Cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: «Sorbida es la muerte en victoria».[19]


[1] Blaise Pascal, Los Pensees.

[2] J. Gresham Machen, The Christian View of Man, Banner of Truth Trust, 1984.

[3] Wayne Grudem, Teología sistemática: Una introducción a la doctrina bíblica, Vida, 2007.

[4] Lucas 23:42–43.

[5] Filipenses 1:21–24 (NBLH).

[6] 2 Corintios 5:6

[7] Apocalipsis 6:9–10

[8] Garrett, Jr., James Leo: Teología sistemática, bíblica, histórica, evangélica, tomo I, Mundo Hispano, 2007.

[9] Lucas 23:46.

[10] Hechos 7:59.

[11] Génesis 35:18.

[12] 2 Corintios 5:8.

[13] San Agustín, La inmortalidad del alma, 26.25

[14] Tomás de Aquino, Suma Teológica, 1ª parte,75.

[15] J. P. Moreland, William Lane Craig, Philosophical Foundations for a Christian Worldview (Fundamentos filosóficos de una cosmovisión cristiana) (Intervarsity Press, 2003), p. 228–229.

[16] Velad y orad para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil (Mateo 26:41).

[17] Proverbios 17:22.

[18] 1 Corintios 15:42–44 (NBLH).

[19] 1 Corintios 15:51–54.

Traducción: Gabriel García V. y Felipe Mathews.