Más como Jesús: Santidad (2ª parte)

Septiembre 13, 2016

Enviado por Peter Amsterdam

[More Like Jesus: Holiness (Part 2)]

(El presente artículo está basado en puntos esenciales del libro En pos de la santidad, de Jerry Bridges[1].)

Al buscar fórmulas para llegar a ser más como Jesús es importante examinar el significado de la santidad de Dios y cómo podemos ser partícipes de ella. En la economía divina de la salvación, la segunda persona de la Trinidad —Dios Hijo— se hizo humano, vivió una vida libre de pecado y posteriormente fue inmolado en la cruz por los pecados de la humanidad. Gracias a Su vida y a Su muerte hizo posible nuestra salvación. No tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado[2].

A lo largo del Nuevo Testamento leemos que Jesús vivió una vida intachable. Apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en Él[3]. No cometió pecado ni se halló engaño en Su boca[4]. Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros seamos justicia de Dios en Él[5]. En los Evangelios oímos a Jesús referirnos Su propio testimonio relativo a Su santidad. En presencia de Sus discípulos, que habían vivido con Él día tras día, cuestionó a los fariseos con esta frase: ¿Quién de ustedes me puede probar que soy culpable de pecado?[6] No es solamente que Jesús estuviera exento de pecado, sino que vivía en perfecta consonancia con la voluntad de Dios. He descendido del cielo, no para hacer Mi voluntad, sino la voluntad del que me envió[7]. Jesús les dijo: «Mi comida es que haga la voluntad del que me envió y que acabe Su obra[8]. Yo hago siempre lo que le agrada»[9].

Naturalmente que nosotros no somos inmaculados como lo era Jesús ni podemos tampoco llegar a serlo; pero sí es reconfortante saber que la integridad y justicia de Jesús nos han sido adjudicadas a nosotros. Debido a la vida santa que llevó y a Su muerte en la cruz, Dios le imputó o le traspasó nuestros pecados a Cristo y nos acreditó a nosotros la justicia de Jesús. Podemos acceder a la presencia de Dios, la más excelsa santidad, porque somos santificados a través de Cristo. Gracias a que Jesús murió por nuestros pecados, somos miembros de la familia de Dios y podemos entablar relación con el Padre. Todo ello se debe a la gracia de Dios. No obstante, la calidad de nuestra relación con Dios depende de nosotros.

Ser reflejo de Cristo, ser santos, en esencia tiene que ver con nuestra relación con Dios, nuestro Padre. Es imposible que alcancemos la perfección de Jesús en esta vida. Sin embargo, esa perfección nos puede servir de modelo, de ideal, al cual nos aproximamos lo más posible. Él se enfocó en cumplir la voluntad de Dios, en hacer las cosas que agradaban a Dios. ¿Nos hemos hecho nosotros el propósito de hacer lo que agrada a Dios? ¿Estamos dispuestos a pensar como Dios piensa y alinear nuestra voluntad con la de Él? Así se procura la semejanza con Cristo. Jesús ingresó en nuestro mundo con el fin de hacer la voluntad de Su Padre y nos dejó un ejemplo a seguir. Si es cierto que seguimos ese ejemplo, el principio motivador que guía nuestros pensamientos, acciones y carácter debiera ser el deseo de hacer la voluntad de nuestro Padre.

Cuando hablamos de hacer la voluntad de Dios en este contexto, el foco no está en encontrar la voluntad divina para decisiones muy explícitas —como por ejemplo qué carrera seguir, con quién casarse, etc.—, sino más bien en cumplir con la voluntad de Dios tal y como viene expresada en la Escritura, procurando con energía hacer aquellas cosas que Él ha instruido específicamente a Sus hijos que debemos hacer. Parte de esa búsqueda conlleva despojarse del pecado y revestirse del nuevo ser del que habló el apóstol Pablo[10]. Por la gracia de Dios y con la ayuda del Espíritu Santo podemos vivir de un modo más santo, más acorde con Su voluntad; en todo caso, la obligación de hacerlo recae sobre nosotros.

La santificación, el crecimiento progresivo en santidad, en semejanza con Cristo, no es algo que suceda porque sí, por el simple hecho de ser cristianos. A través de Su gracia Él nos ha librado del poder de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de Su amado Hijo[11]; así y todo, también se nos insta: no reine el pecado en su cuerpo mortal para que ustedes no obedezcan a sus lujurias[12]. Si bien se nos ha librado del reino del pecado y del dominio que este ejercía sobre nosotros, todavía sufrimos sus embates. El pecado ha sido destronado de la morada que tenía en nosotros y ya no mantiene la misma sujeción que ejercía anteriormente sobre nosotros; no obstante, sigue presente y por lo tanto es algo que debemos afrontar y vencer con regularidad.

Para vencer el pecado en nuestra vida conviene tener un buen conocimiento del pecado. Somos miembros de la familia de Dios que han recibido la salvación y como tales gozamos de una relación con Él. Nuestros pecados no determinan que dejemos de ser Sus hijos; lo que sí hacen es afectar nuestras relaciones con Él. En nuestro empeño por parecernos más a Jesús es indispensable tomar conciencia de que el pecado, todo pecado, se opone a Dios. El rey David, después de acostarse con la mujer de otro hombre y mandarlo matar, entendió que, si bien las ofensas pecaminosas que cometió hicieron daño a otros, en última instancia fueron pecados contra Dios. Pidiendo misericordia y perdón a Dios, David imploró: Contra ti, contra ti solo he pecado; he hecho lo malo delante de Tus ojos[13]. Cuando pecamos, independientemente de qué transgresión se trate, en última instancia lo hacemos contra Dios.

El pecado es más que una debilidad personal y más que un aspecto de nuestra vida que debemos esforzarnos por mejorar. Es cosa seria. El pecado es un acto personal que implica apartarse de Dios y Su voluntad, un acto contra Dios de parte nuestra. Es un asunto íntima y profundamente personal para Él. Claro que algunos pecados que cometemos no son decisiones conscientes de desafiar a Dios; los cometemos por ignorancia o en momentos de descuido. Aunque esos igualmente son pecados por los que necesitamos perdón, son distintos de aquellos casos en que tomamos la decisión consciente de pecar, cuando a sabiendas resolvemos actuar contra la voluntad de Dios.

Existe en el caso de muchos cristianos de la actualidad la tendencia de no tomar seriamente la mayoría de pecados. Por supuesto que cuando se trata de un pecado atroz, evidentemente que lo consideramos grave. Sin embargo, solemos tener una percepción muy distinta de lo que es una mentirilla por aquí y otra por allá, alardear, chismosear y cosas por el estilo. Nos resulta fácil catalogar mentalmente de aceptables algunos pecados, o por lo menos de no totalmente inaceptables. Si el objetivo que nos proponemos es una mayor fidelidad a los principios divinos, es imperativo entender que todo pecado es reprochable y ofende la santidad de Dios. La semejanza con Cristo, por tanto, no da pie a que cataloguemos de pasables algunos pecados. Nos exige que asumamos responsabilidad personal por nuestros pecados. Claro que contamos con la magnífica gracia de Dios que nos ayuda a conquistar nuestros pecados; empero, aunque la gracia por sí sola obra en nuestra salvación inicial, es necesaria la acción para progresar hacia la santidad.

Es importante saber que por más que pequemos no perderemos nuestra salvación y seguiremos formando parte de la familia de Dios. Además, los pecados se nos pueden perdonar siempre que los reconozcamos, nos arrepintamos y pidamos a Dios que nos absuelva.

El que oculta sus pecados no prosperará, pero el que los confiesa y se aparta de ellos alcanzará misericordia[14]. Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad[15].

La idea de tomar medidas contra el pecado en nuestra vida no debe abordarse como una pretensión a base de esfuerzos carnales o una campaña de perfeccionamiento personal. El objetivo no es ni mucho menos alcanzar la perfección. El propósito de oponerse activamente al pecado en nuestra vida está vinculado a nuestra relación con Dios y a nuestro deseo de acercarnos a Él y mantener esa cercanía. Señor, ¿quién habitará en Tu tabernáculo? ¿Quién morará en Tu santo monte? Él que anda en integridad y obra justicia, y habla verdad en su corazón[16].

Nuestro deseo es estar relacionalmente cerca de Dios. Ya somos hijos Suyos gracias a la salvación; no obstante, queremos una estrecha relación personal con nuestro Padre. Parte de ese acercamiento a Él tiene que ver con la santidad personal. Acérquense a Dios, y Él se acercará a ustedes. Limpien sus manos, pecadores; y ustedes de doble ánimo, purifiquen sus corazones[17]. A lo largo de las Epístolas leemos sobre la necesidad de obrar y actuar: Hagan morir todo lo que es propio de la naturaleza terrenal[18]. Despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante[19]. Procurad con diligencia ser hallados por Él sin mancha e irreprochables[20]. Resistan al diablo, y Él huirá de ustedes[21].

Eso no significa que no tengamos ningún apoyo para sobreponernos al pecado en nuestra vida, puesto que contamos con la ayuda del Espíritu Santo. Gracias a que el Espíritu habita en nosotros, disponemos de los medios para amoldarnos al carácter de Dios.

Los que viven según la carne no pueden agradar a Dios. Pero ustedes no viven según las intenciones de la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios habita en ustedes[22]. Todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados a Su semejanza con más y más gloria por la acción del Señor, que es el Espíritu[23]. El fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza[24].

El Espíritu Santo desempeña un papel en nuestra progresiva santificación; no es que tengamos que arreglárnoslas solos, pero jugamos un papel vital.

Un aspecto clave es asumir cada uno responsabilidad por su crecimiento espiritual, lo que incluye las acciones de despojarse y de revestirse. Con respecto a despojarse del pecado, el apóstol Pablo escribe:

Hagan morir todo lo que es propio de la naturaleza terrena[25]. La palabra griega empleada en este pasaje, nekroo, tiene el sentido tanto de matar como de privar de poder, destruir la fuerza de.

Este versículo se refiere, pues, a debilitar y demoler la fuerza y el poder de elementos en nuestra vida que son pecaminosos. ¿Cómo hacemos eso?

El primer paso es decidir que la semejanza a Cristo —parte de la cual es la santidad— tiene importancia para nosotros, y que a la vez tenemos voluntad para tomar las decisiones morales correctas. Nos urge, por tanto, abrigar una íntima convicción en lo tocante a creer, obedecer y aplicar lo que enseña la Escritura sobre el pecado, y seguidamente ser consecuentes con esa convicción. Eso nos genera un conflicto interno, ya que nuestros valores y creencias basados en la Escritura chocan contra nuestra decaída naturaleza humana y los valores impíos del mundo. Ante ese escenario, con la ayuda del Espíritu Santo, optamos por obedecer lo que instruye la Escritura, aun cuando resulte trabajoso o contrario a nuestras preferencias.

Es ahí cuando realmente se pone a prueba nuestro deseo de imitar a Cristo. La semejanza a Cristo, en su médula, es consecuencia de albergar las mismas convicciones que Cristo con respecto a lo que está bien y es virtuoso, y lo que está mal y es pecaminoso. La base de ser más como Jesús está en una transmutación de nuestro espíritu, de tal manera que nuestras acciones externas sean reflejo de nuestro ser interno transformado. Ello exige que seamos resueltos en nuestra aspiración a vivir en armonía con Dios, que enfrentemos nuestros pecados y los conquistemos mediante la oración y la acción: Oración para recabar la ayuda del Espíritu Santo en cuanto a superar nuestros pecados, y acción en cuanto a resistir con determinación el pecado en nuestra vida.


Nota

A menos que se indique otra cosa, todos los versículos de la Biblia proceden de la versión Reina-Valera, revisión de 1995, © Sociedades Bíblicas Unidas, 1995. Utilizados con permiso.


[1] Jerry Bridges, En pos de la santidad (Unilit, 1995).

[2] Hebreos 4:15.

[3] 1 Juan 3:5.

[4] 1 Pedro 2:22.

[5] 2 Corintios 5:21.

[6] Juan 8:46 (NVI).

[7] Juan 6:38.

[8] Juan 4:34.

[9] Juan 8:29.

[10] Colosenses 3:5–10.

[11] Colosenses 1:13.

[12] Romanos 6:12 (NBLH).

[13] Salmo 51:4.

[14] Proverbios 28:13.

[15] 1 Juan 1:9.

[16] Salmo 15:1,2 (NBLH).

[17] Santiago 4:8 (NBLH).

[18] Colosenses 3:5 (NVI).

[19] Hebreos 12:1.

[20] 2 Pedro 3:14.

[21] Santiago 4:7.

[22] Romanos 8:8,9 (RVC).

[23] 2 Corintios 3:18 (NVI).

[24] Gálatas 5:22,23.

[25] Colosenses 3:5 (NVI).